Fragmento:
La palabra madre flotó en el aire, incómoda, como si invocarla fuera a romper el hechizo del instante. Seris se limitó a asentir, deteniéndose solo para extraer de su capa un pequeño frasco de cristal azulado. —Si encontramos la flor, necesitaré tu ayuda —explicó—. Hay un ritual. Requiere dos...
Duración: 13:13
Libro El Pacto de las AlmasCapítulo 2: Sombras en el Bosque de Cristal
El alba alumbró Grovan con una luz mustia. Las ráfagas de la tormenta habían dejado el aire afilado y limpio, y la tierra olía a promesas rotas. El pueblo despertaba, temeroso, tras una noche en la que los susurros sobre soldados rondando las casas se mezclaban con historias de brujas y desapariciones. Alya apenas había dormido; cada vez que cerraba los ojos sentía la respiración esforzada de Seris o el leve agitarse de Lira en la cama vecina. Allí, dentro de la cabaña aún tibia por el fuego moribundo, el miedo era una manta demasiado corta para cobijarlas a todas.
Fue Lira quien rompió el silencio tras el sueño inquieto. —¿Se irá hoy, hermana? —preguntó, la mirada errante sobre la silueta envuelta de Seris.
Alya miró a la forastera. Aún parecía dormida, pero su respiración era más regular, y en su cuello brillaba la marca de la herida, cubierta ahora por una venda improvisada.
—Lo intentaremos. Si todo va bien, pasaremos por el bosque, lejos de miradas curiosas —dijo Alya, más para convencerse que para convencer a nadie.
Seris abrió los ojos. Los reflejos plateados en su iris brillaron por un instante, y una tenue sonrisa curva asomó en su rostro. Se incorporó con dificultad, recibiendo el apoyo silencioso de Alya. —Gracias —murmuró—. Pero si ahora camino contigo, será un riesgo para ti y tu hermana. ¿Lo entiendes?
Lira se escondió tras el respaldo de una silla. Alya solo asintió. Aquella determinación que la había impulsado a socorrer a Seris la noche anterior crecía ahora como una semilla retorcida en su pecho. Era miedo, sí, pero también la sombra de otra cosa: deseo, coraje, tal vez esperanza. No quería analizarlo demasiado.
Mientras preparaban una modesta bolsa con pan, queso y la infusión amarga de raíces que siempre calmaba a los febriles, Seris apuntó hacia el estante cubierto de frascos y polvo. —Haré falta algo más —susurró—. La herida... No sanará si no encuentro ixia blanca.
Alya frunció el ceño, recordando la flor de pétalos casi traslúcidos, escondida en las zonas más densas del Bosque de Cristal. Crecía solo bajo la luz dispersa de la mañana y era codiciada por cazadores de remedios y troveros de magia. Quienes se adentraban al bosque rara vez regresaban con vida o, si lo hacían, algo en ellos ya no era igual.
—¿Puedes caminar?
Seris aseguró con la mirada que sí. Había en su porte una obstinación férrea, un control del dolor que impresionó a Alya.
Al poco, se despidieron de Lira. Alya la abrazó, susurrándole promesas de precaución, dejando a su hermana al resguardo de la cabaña y las oraciones aprendidas de su abuela.
El sol asomaba entre jirones de niebla cuando ambas cruzaron el umbral, internándose por un sendero oculto tras una hilera de sauces. El Bosque de Cristal tenía su nombre por una razón: cuando el rocío cuajaba sobre las agujas de los abedules y la luz incidía en el ángulo justo, todo el suelo chisporroteaba como un mosaico de espejos fragmentados, hendiendo por igual la belleza y el peligro. Los árboles, delgados y altos, se elevaban como columnas de una catedral silente, y el aire zumbaba con una magia antigua, reprimida y expectante.
Alya y Seris avanzaron en silencio, los pasos amortiguados por la espesura del musgo, los rayos jugando con sus sombras. Alya sintió, apenas iniciada la travesía, cómo la magia del bosque susurraba a sus sentidos dormidos. Era un cosquilleo bajo la piel, un susurro en la sangre que aumentaba con cada metro adentrado bajo el dosel. Miró a Seris de reojo. Aunque la herida aún le hacía tambalear, Seris llevaba la cabeza erguida, los ojos concentrados hacia delante.
No tardaron en separarse del sendero habitual; Alya se orientó por señales grabadas a cuchillo en la corteza, recuerdos de juegos prohibidos de la infancia. —Por aquí —dijo en voz baja—. Hay un claro donde la ixia crece. Mi madre me lo mostró una vez...
La palabra madre flotó en el aire, incómoda, como si invocarla fuera a romper el hechizo del instante. Seris se limitó a asentir, deteniéndose solo para extraer de su capa un pequeño frasco de cristal azulado. —Si encontramos la flor, necesitaré tu ayuda —explicó—. Hay un ritual. Requiere dos...
Alya sintió el peso de esa petición, y el calor en el pecho renovó su pulso. Un lazo invisible crecía entre ambas, una red de confianza y peligro. —Haré lo que sea —susurró, notando la gravedad implícita de sus palabras.
Caminaron durante una hora en la que apenas hablaron. La tensión latía bajo cada palabra no dicha: Alya sentía la energía de Seris, como un halo que la rodeaba, y a veces la otra mujer se volvía para mirarla con una intensidad casi dolorosa.
De repente, los pájaros callaron en el bosque y una ráfaga fría se deslizó entre los troncos. Seris levantó la mano e hizo un gesto de silencio. —¿Oyes eso?
Alya contuvo el aliento. Más allá del susurro de las ramas, llegaba el eco de voces lejanos, el retumbar de botas presurosas y risas crueles. El peligro había entrado al bosque. Se agacharon, ocultándose tras un tronco. Desde la espesura, alcanzaron a ver a tres soldados de la guardia real, armados con lanzas y faroles, revisando el suelo en busca de huellas.
—Deben estar rastreando tras de ti —murmuró Alya, el corazón en la garganta.
Seris apartó la mirada, una sombra de remordimiento nublándole el rostro. —No vinieron solo por mí —susurró—. Buscan la magia que late aquí. Sienten su renacer.
Durante largos minutos, no se atrevieron a moverse. Cuando el sonido se perdió entre los recovecos del bosque, Alya y Seris retomaron el camino, más atentas que antes. Alya sentía una inquietud nueva: no solo miedo por ser descubiertas, sino un anhelo tembloroso por saber más de la extraña que caminaba a su lado.
El claro de la ixia se hallaba cubierto por haces de luz temblorosos. Alya reconoció la flor de pétalos níveos junto a una raíz centenaria. Se arrodilló, cuidando de no quebrar el tallo, y reunió lo suficiente.
—Ahora, toma mis manos —pidió Seris, cerca de ella, el rostro perlado de sudor por el esfuerzo.
Alya obedeció. El contacto, apenas un roce, fue suficiente para disparar la magia: sintió un destello azul entre sus dedos, una vibración suave, y vio cómo la herida de Seris resplandecía apenas un instante sobre su piel. Seris propuso palabras en una lengua antigua; Alya repitió, torpe al principio, siguiendo el ritmo marcado por la mujer misteriosa. El perfume de la ixia llenó el claro. Cuando Seris terminó, el calor del hechizo diluyó el dolor en el rostro de la forastera, y la energía mágica de Alya, contenida durante años, encontró un cauce inesperado.
Terminado el ritual, ambas se sentaron exhaustas. La naturaleza mágica del bosque parecía reavivada, y Alya, por primera vez, no sintió miedo de sus dones, sino una plenitud nueva, un orgullo contenido. Miró a Seris, quien le devolvió una sonrisa tibia, los ojos brillantes.
—Tienes talento —dijo Seris, la voz tenue—. Sangre vieja. Lo sabes, ¿verdad?
La confesión la golpeó, pero Alya no apartó la mirada. Emergiendo de las sombras de su inseguridad, permitió que el silencio se llenara de todo lo que no se atrevía a decir. —Siempre tuve miedo. Mi madre murió por esa misma sangre.
Seris tocó suavemente su mano. —Yo también he huido toda mi vida. —Suspiró—. Pero el verdadero enemigo no está en nuestra sangre, sino en el mundo que nos obliga a escondernos.
Las palabras quedaron suspendidas. El vínculo entre ambas era más palpable que nunca, atado por el peligro común y algo más profundo y frágil. Alya sintió los latidos de Seris en su propia piel, y durante un instante tuvo la sensación abrumadora de que sus vidas estaban enredadas para siempre por fuerzas antiguas.
Un grito interrumpió el momento. No era humano: un chillido agudo, como el chirrido de metal rasgando piedra. Ambas se pusieron en pie, alertas.
Entre las sombras, un bulto retorcido emergió cerca de los árboles. Era un ciervo, pero sus ojos estaban vidriosos y en su costado florecían runas llameantes: marcas de los cazadores de brujas. Seris retrocedió, apartando a Alya de la criatura, que se desplomó en el suelo, inexplicablemente viva a pesar de las heridas imposibles. De un salto, la forastera apartó una rama y halló a pocos pasos un círculo de sal y cenizas: señales claras de brujos y rastreadores. El viejo rumor de escuadrones de inquisidores y obradores de magia negra era cierto. Alya sintió un terror frío.
—Tenemos que irnos —dijo, la voz quebrada.
Comenzaron a correr, guiándose por un sendero secundario entre zarzas y raíces. El peligro se cernía sobre ellas con cada paso, hasta que los gritos de los soldados y el chasquido de la maleza pisándoles los talones acabó por cerrarse en torno. En la carrera, Alya sintió la energía fluir de su pecho a sus piernas, llevándola más rápido de lo que nunca creyó posible. Seris frenó en seco, con la respiración agitada, y la miró con desesperación.
—Voy a distraerlos, tienes que seguir sin mí —apenas articuló, pero Alya se abalanzó sobre ella, negando con fuerza.
—No. Juntas. —Alya no supo de dónde nacía la resolución de su voz, pero el eco de la magia la recubría, y el mundo entero se reducía a proteger a Seris—. Si me descubren, nos descubrirán a ambas. No hay vuelta atrás.
Emboscadas en un saliente, se parapetaron tras un tronco caído. Los soldados, guiados por la runa de rastreo, se acercaban peligrosamente. Seris tomó la mano de Alya, y, como si se leeran mutuamente la mente, conjuraron un hechizo de ocultamiento, la conjunción de lenguas prohibidas y saberes heredados. El aire se espesó, vibrando con la energía de ambas. Unos segundos, pero el tiempo pareció expandirse.
Los guardias cruzaron el claro, siguieron la huella del ciervo maldito y, por milagro o magia, sus ojos no las vieron. Cuando el peligro se alejó, Alya se dejó caer en el suelo, sin aliento, con el pulso desbocado.
—No me dejes —susurró, apenas consciente de haber dicho en voz alta lo que sentía—. No otra vez.
Seris acarició suavemente su mejilla, con dedos temblorosos. —Nunca —dijo, y aquella palabra, más que una promesa, sonó como un pacto antiguo, recitado mil veces en sueños. Sus labios estuvieron muy cerca. Alya se inclinó, tentada, rozando el aliento de la otra mujer, y sólo el miedo de la huída frustró el beso esperado.
Caminaron el resto de la tarde, desperdigando tras de sí tanto las huellas como los fragmentos de una nueva confianza. El bosque se hacía cada vez más extraño. Encontraron árboles con marcas antiguas, artefactos mágicos medio enterrados —un espejo fracturado que devolvía rostros que no eran los suyos, fragmentos de anillos de ámbar, símbolos de linajes largamente erradicados—. A cada paso, era como si Alya caminara no solo entre raíces, sino también entre sus propias preguntas.
—¿Quién eres, en realidad? —preguntó, la voz quebrada tras la tensión.
Seris la observó largamente. —Alguien que ha perdido demasiado. Alguien que cometió errores y no puede volver atrás. Pero ahora... —y miró a Alya como si recitara un hechizo—, por primera vez en años, quiero que alguien me conozca de verdad.
Alya sintió arder la piel bajo esa confesión. Durante años había temido confiar, y ahora, en mitad de la persecución, junto a una desconocida, anhelaba el peligro de saberse vista.
Al caer la noche, encontraron refugio en una caverna disimulada por zarzas. Encendieron una llama leve, compartieron un bocado. Seris cuidadosamente retiró la venda de su herida y mostró la pronta mejoría. El ritual de ixia blanca había funcionado, pero también había despertado en Alya una efervescencia extraña: la alegría de un don largamente negado.
Al margen del fuego, hablaron a media voz. Seris contó, fragmentadamente, escenas de su propio pasado: la huida por tierras hostiles, la marca de la traición sobre su vida, el peso de una culpa que no quiso nombrar. Alya compartió recuerdos de su madre, las noches en el bosque, la llegada de las patrullas, la necesidad de fingir ser menos de lo que era. En ese intercambio hecho de medias verdades y confesiones susurradas, el vínculo entre ambas se tejió más fuerte, hasta llegar a los linderos de algo irreconocible.
Al filo del sueño, Seris tocó el brazo de Alya. —Gracias —dijo—. Por no dejarme sola cuando todo el mundo me ha dado la espalda.
Alya le devolvió la mirada, dejando que el silencio contestara por ella. Afuera, el Bosque de Cristal susurraba peligros y promesas. Allí mismo, bajo la amenaza de la persecución, Alya permitió que su pulso se acompasara al de Seris. Entendió que la magia más peligrosa, la que podría salvarlas o condenarlas, era la confianza naciente y el deseo inevitable. Y ambas, aun sabiendo que las sombras acechaban su destino, eligieron resistir a la noche juntas, sellando, entre penumbras y luz, un juramento silencioso.
Afuera, la luna filtrada entre los abedules perfilaba en plata a dos figuras sentadas muy cerca, cuyos corazones, por primera vez, latían sin miedo en el mismo compás.
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