Fragmento:
Fingí desinterés, mas la curiosidad, ese veneno dulzón de la corte, me infestó tras la cena. Cuando la noche sepultó los corredores en azul y las antorchas crepitaban al compás de mi pulso, fui hasta la cámara oeste. El rumor era que Ariadne habitaba allí, la torre que antes correspondía solo a huéspedes distinguidos y, por ende, peligrosos.
Duración: 09:47
La primera vez que vi el espejo de la cámara oeste, una neblina púrpura se arremolinaba en su superficie y, por un instante, creí descubrir el futuro en sus profundidades. Años atrás, habría ignorado la llamada silenciosa de un artefacto prohibido, pues en la Corte de Cristal, la desobediencia —por pequeña que fuera— se pagaba en sangre y recuerdos desterrados. Sin embargo, aquel anochecer me tentó un anhelo que ni mi apellido, ni los estigmas de nobleza, pudieron contener.
Yo era Marguerite de Lys, dama de compañía en la corte de Sondeur, para quienes la intriga era el respiro y la traición, el narcótico. Mis días discurrían entre banquetes donde la risa era un filo encubierto, y noches en las que el viento ululaba de secretos. Mi corazón, sin embargo, era un terreno yermo, custodiado por la cordura y la soledad, hasta la llegada de nuestra nueva maestra de música —el rumor la precedía, asegurando que una hechicera exiliada nunca perdería su don, aun bajo amenaza real—.
Ariadne Bel-Caelis ingresó al palacio con un gesto altivo y un crepitar de magia contenido bajo las puntas de sus dedos. Era de una belleza extraña, con cabellos como la noche tras la tormenta y ojos de un gris tan pálido que parecían escurrirse entre tinieblas. Desde nuestro primer encuentro, noté la sutileza de su sonrisa y la manera en que su andar desmentía sumisión. Durante la lección inaugural, dejé que mi mirada divagara por el arco de sus manos mientras las teclas del clavicémbalo gemían melodías que nunca había escuchado, ni aún en los jardines de la Fae.
Fingí desinterés, mas la curiosidad, ese veneno dulzón de la corte, me infestó tras la cena. Cuando la noche sepultó los corredores en azul y las antorchas crepitaban al compás de mi pulso, fui hasta la cámara oeste. El rumor era que Ariadne habitaba allí, la torre que antes correspondía solo a huéspedes distinguidos y, por ende, peligrosos.
No llamé a la puerta. Mi mano vaciló apenas antes de girar el pomo, y hallé a Ariadne sentada ante el espejo, sus labios rojos apenas moviéndose en antiguas sílabas. Quise retirarme, pero ella sostuvo mi reflejo con una caricia de voz: “¿Te has perdido en los corredores, Marguerite?” Supe entonces que conocía mi nombre desde antes de pronunciarlo yo misma; y también supe que, de algún modo, mi llegada le era tan esperada como la escarcha en una rosa.
—Vengo a advertirte de la traición —mentí, torpemente, creyendo que así evitaría la humillación.
—¿De quién? —inquirió sin volverse, dejando que la imagen del espejo nos contuviera a ambas, forasteras y cómplices.
—De los que temen tu magia —susurré al fin.
Ariadne sonrió, una curva apenas perceptible. En el reflejo, la neblina púrpura pareció reptar entre nuestros cuerpos como augurio de lo que podría ser una promesa, o un pacto.
—Volverás mañana —dijo—. Y traerás un secreto a cambio de una canción.
Regresé a mis aposentos con el pecho en ascuas, fingiendo el sueño mientras aquella melodía inacabada me perseguía. Los días siguientes, entre sonrisas envenenadas y miradas furtivas por los vitrales emplomados, encontré pequeñas excusas para cruzar la torre oeste. El trato se convirtió en rito: un susurro sobre algún escándalo, un rumor de amante, un nombre prohibido, y Ariadne me entregaba una pieza de música cuya serenidad traía consigo ecos de otros mundos.
Con cada confidencia, algo en mí se oxigenaba y resquebrajaba, como si una capa de polvo se desprendiera de mis huesos. Restallar de magia y deseo bajo la superficie. El palacio era un hervidero de peligros, pero yo solo temía, auténticamente, la noche en que Ariadne me ofreció una canción sin precio.
—Toca. —Deslizó mi mano sobre las teclas frías del clavicémbalo, y sus dedos buscaron la curva de mi cintura como quien mide el pulso al peligro.
No sabía si temblaba por la música o por otra promesa. Sentí la corriente pasando de su piel a la mía, una chispa sorda, y entonces la música creció en el aire, como palomas negras batiendo las alas antes de la caza. Noté cómo la magia se infiltraba entre nuestros cuerpos, atravesando la frontera de la piel; lo invisible se hizo tangible, y el deseo, palpitante, se mezcló con cada nota.
—¿Tienes miedo? —susurró encima de mi cuello.
—No —mentí otra vez, sabiendo que el peligro, esa vez, no tenía nombre de veneno ni de puñal, sino de anhelo.
En la penumbra, sus labios rozaron la línea de mi mandíbula, su olor a lilas nocturnas me aturdió y, por un parpadeo, ya no estuve en la torre del palacio, sino en un claro suspendido entre dos lunas. En ese encantamiento, Ariadne y yo nos devoramos con la urgencia de quienes nunca se han buscado y, sin embargo, se encuentran, una y otra vez, en cada vida prestada.
Desperté al alba, desnuda bajo un manto de lilas marchitas y heridas recién grabadas en el alma. Ariadne dormía aún, su respiración acompasada y, en la curva de sus hombros, la brasa azul de un hechizo aun no extinguido. No me atrevía a tocarla, como si al hacerlo deshiciera el abrazo del sortilegio nocturno.
Pero la corte jamás duerme, y menos aún olvida. Por la mañana, las miradas se tornaron más filosas. El rumor de nuestra unión —más mágico que carnal, más peligroso que ambos— empezó a filtrarse entre murmuraciones de pasillo. No me importó, hasta que el propio Sondeur, monarca cruel en sus ansias de eternidad, me convocó.
Entré en la sala del trono con el miedo oxidándose en mis venas. El rey, ciego de un ojo y desgastado por la magia negra, me observaba como si yo fuera un peón en su tablero.
—Te has encariñado con la hechicera exiliada —declaró sin ambages, su voz como un trueno lejano—. ¿Qué te da ella que no encuentras en mi corte?
Pensé en la respuesta sincera —vida, ansias, libertad— pero sólo dije:
—Canciones nuevas.
El rey, irritado, apartó la copa. Por un instante, leí en la sequedad de su boca la condena reservada a quienes desafían sus dominios.
—Harás que parta. O ambas conocerán el beso del olvido.
El beso del olvido. La magia real que arrancaba no sólo la memoria, sino el alma de quienes la sufrían. Corrí a la torre oeste antes de que el anochecer cubriera la decisión fatal.
Ariadne, envuelta en un manto de bruma, me esperaba. Sus ojos, usualmente templados, ahora lucían la furia de quien no teme perder la vida, sólo al amor negado.
—Debemos huir —exclamé, las palabras atropellándose entre miedo y deseo—. Nos condenarán si te quedas.
Ella negó despacio, con esa tranquilidad sólo permitida a quienes han cruzado la frontera del dolor.
—Nos condenarían igual en cualquier otra parte, Marguerite. No somos de este mundo; tú has sido tocada por el espejo, y yo… demasiado tiempo exiliada ya —susurró, el temblor apenas visible en la comisura de su boca—. Pero hay otro camino.
La vi acercarse al espejo, depositando en el marco una gota de su propia sangre. El vidrio titiló y la neblina púrpura se agitó hasta transformarse en un portal. Ariadne me extendió la mano, temblorosa y firme a la vez.
—Sólo quienes se miran sin miedo pueden cruzar —explicó—. Si quieres, ven conmigo. Si no, rinde tu memoria y vive como todos en este reino de espectros.
No necesitaba más. Caminé hacia ella, y cuando sus dedos entrelazaron los míos, sentí la vida nacer, crispada y vertiginosa, por vez primera. Cruzamos el umbral entre un suspiro y otro, y el palacio de Sondeur desapareció como una nube tras la tormenta.
Desperté en un bosque donde la magia era aroma y presagio, donde el peligro olía a azahares y la luz parecía lamer las heridas lentas de la piel. Ariadne me besó con la boca y el corazón, y supe que el amor podía ser un sortilegio y un aguijón, un castigo y una salvación.
La pasión fue nuestra religión y nuestro ejército. En la espesura, Ariadne me mostró secretos reservados sólo a los exiliados mágicos: cómo quieren las brujas, cómo arden los condenados que aún esperan redención. Hicimos el amor bajo una luna violeta, y cada unión desgarraba el velo entre los mundos, fantasmas que intentaban seguirnos y criaturas que nos espiaban, curiosas de nuestro desafío.
El peligro no nos abandonó; la corte de Sondeur envió cazadores, espectros disfrazados de hombres, mas ninguno pudo traspasar el nuevo hechizo que Ariadne tejiera a base de nuestros secretos y gemidos. Descubrí, entonces, que la verdadera pasión no era solamente placer, sino temer por la vida y abrazar el riesgo de perderse en otra alma.
Entre las raíces del bosque prohibido, Ariadne me narró su penar: había amado antes, y había perdido. Yo, en cambio, sólo había vivido entre medias verdades, hasta conocerla. Nos fundimos en la promesa de una eternidad que era, a la vez, un instante: el momento mágico en que dos desterradas crean su propio hogar, ajenas a la condena de los reyes y la cautela de los fieles.
El futuro es incierto. Sé que algún día la frontera entre la Corte de Cristal y nuestro santuario será traspasada; los espejos son impacientes, y la magia, a veces, no perdona el atrevimiento. Pero cada noche, cuando la lilas susurran nuestros nombres y la neblina púrpura repta entre el musgo fresco, Ariadne toca para mí una melodía sólo nuestra. Y mientras bailamos —desnudas de miedo y llenas de amor—, sé que ninguna condena, ni siquiera la del olvido, puede robarme ya la memoria de sus labios en mi piel y la sombra de su promesa.
Así sobrevivimos, entre la luz y la espina, arrancándole al destino la eternidad de cada abrazo. Porque en el reino de la pasión y la magia, sólo pertenecen quienes arden sin permiso ni piedad —y a nosotras, exiliadas, sólo nos pertenece, y nos salva, el amor eterno bajo lilas y sombras.
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