Libro El Pacto de las AlmasCapítulo 1: La llegada de la Forastera
La lluvia caía como una maldición sobre Grovan, afilada y feroz, arrastrando consigo el lodo de las calles y lavando cualquier rastro de calidez de las tardes de otoño. Alya contemplaba la ventana empañada desde la cabaña de su abuela, donde vivía ahora junto a Lira, su hermana pequeña. Afuera, los postes de madera crujían con el viento. Adentro, las sombras bailaban a la luz de la chimenea, y el calor era solo un susurro frente al frío de la persecución que nunca parecía muy lejos.
Grovan era el último refugio de los olvidados. Un pueblo pequeño encerrado entre el bosque de Cristal y las colinas de Hueso, marcado por la superstición y el temor. Alya aprendió desde niña que las miradas debían ser bajas y las palabras, contadas. En una tierra así, la magia podía costar la vida o algo peor. El secreto de su linaje feérico era una condena que llevaba tatuada bajo la piel, quemando cada pensamiento audaz, cada gesto que pudiera atraer la atención sobre lo diferente que era.
El crepitar de la leña arrancó a Alya de sus pensamientos. Lira, con las rodillas recogidas cerca del hogar, repasaba por enésima vez las cuentas de arcilla que le servían de talismán.
—¿Vendrán esta noche? —murmuró Lira, la voz quebradiza, los ojos fijos en las sombras proyectadas en la pared.
Alya le acarició el cabello, tal como su madre solía hacer. —No. Estamos seguras aquí. Nadie sabrá de nosotras.
La mentira era un bálsamo necesario. Afuera, el bullicio del mercado diurno había desaparecido. Los vecinos solían recoger sus cosas antes de que la luna asomase, temerosos de las patrullas del reino y de sombras aún más oscuras.
Fue entonces, en el filo entre dos relámpagos, cuando la noche se rompió. Un golpeteo sordo resonó en la puerta trasera, apenas audible sobre el aguacero pero tan urgente que Alya sintió cómo se le encogía el pecho.
—Quédate aquí, Lira.
Cruzó la estancia mientras la tormenta arreciaba. Si era un vecino, ¿por qué llamar ahora? Si eran soldados, ¿habrían de irrumpir así, en mitad de la noche? Deslizó el pestillo, dejando apenas espacio para ver afuera. Un instante: el reflejo de una silueta deshecha por la lluvia.
—¿Quién va?
La figura vaciló. —Ayuda —susurró una voz femenina, quebrada, extraña, vibrando con un eco ajeno al mundo ordinario.
Alya dudó. La advertencia de su abuela resonó en su memoria: "No abras puertas a desconocidos. No en noches así". Pero algo en ese tono, en la desesperación de la recién llegada, la empujó a actuar. Echo un vistazo rápido y, al no ver emblema alguno en la ropa empapada, abrió del todo. La figura se desplomó en sus brazos, dejando una estela de sangre oscura y hojas en el umbral.
Lira ya se acercaba, ojos grandes como lunas.
—Cierra la puerta, rápido —ordenó Alya, mientras ayudaba a la extraña a entrar.
La llevó hasta junto al fuego, deteniéndose al notar el peso de la mujer. Su ropa parecía fina y, sin embargo, tejida con hilos que reflejaban la luz de la llama con colores insólitos. El rostro, parcialmente cubierto de barro y sangre, era de una belleza tan lacerante que Alya sintió una punzada de vértigo al contemplarla.
La forastera, aún consciente, tanteó el aire buscando a Alya y murmuró entre jadeos:
—¿Es este… Grovan?
Alya asintió, sin dejar de observar la puerta.
—Quién eres, ¿qué te ha pasado?
La mujer cerró los ojos y, por un segundo, Alya sintió un pulso en el aire, una corriente mágica que reconoció instintivamente pese a años de negación. Lira la sintió también: se abrazó a las piernas de su hermana, apretando fuerte.
—Soldados… los vi en el bosque —susurró la visitante, antes de desplomarse por completo.
Alya, con corazón desbocado, comprobó la herida: una incisión profunda en el hombro, hecha quizá por acero afilado. No podía dejarla morir. Ayudó a Lira a limpiarla y vendar la herida con paños calientes. Con manos nerviosas, rebuscó entre los frascos del estante: lavanda, corteza de sauce, un ungüento prohibido que había hecho ella misma para urgencias como esta.
Mientras trabajaba, sus miradas se cruzaron una y otra vez. Los ojos de la desconocida eran grises, orlados de destellos plateados como si arrastrasen toda la pena del mundo y, al mismo tiempo, un fuego secreto. Alya sintió cómo algo en su interior se abría, una puerta oxidada años atrás.
—Eres… —empezó a decir, pero se detuvo. Sabía bien qué era lo que sentía: la vibración sutil, casi dolorosa, que encendía su sangre a medida que la energía mágica de la otra mujer se filtraba en el ambiente. No podía ser humana del todo. Y tampoco Alya quería decirlo en voz alta.
Lira, más niña que nunca, apenas murmuró:
—No debería estar aquí.
Alya asintió, repitiendo el ritual de la vigilancia. Cada pocos minutos se asomó a la ventana, pero solo las sombras respondieron a sus temores.
La noche creció y, con ella, el peligro. Murmullos en la taberna, ecos distantes de pisadas sobre las piedras húmedas. Afuera, el rumor de que cazarían a brujos y extranjeros recorría Grovan como un veneno. Alya mantuvo la lámpara apagada y se limitó a escuchar la respiración pausada de sus acompañantes.
De madrugada, la forastera despertó. Se irguió, pálida y vulnerable, y su mirada fue directa a la de Alya.
—¿Por qué me has ayudado?
Los labios de Alya temblaron antes de responder. —No podía dejarte morir. Nadie merece acabar así.
Una sonrisa invisible asomó en el rostro de la mujer. Al hacerlo, Alya vio una cicatriz larga en su cuello, casi borrada por una capa de magia sutil.
La forastera extendió la mano y, por un instante, sus dedos rozaron los de Alya. El contacto fue como una corriente eléctrica que le recorrió el cuerpo. Alya jadeó involuntariamente, apartando la mano con torpeza.
—Tu magia… huele como la lluvia —susurró la forastera, con media sonrisa, y luego cayó de nuevo en el agotamiento.
Alya tardó en dormir. Dejó que Lira se rindiera primero ante el sueño, velando la noche junto al fuego. Su reflejo en el cristal de la ventana le devolvía una imagen que cuesta reconocer: una joven alerta, con miedo dibujado en las comisuras de su boca, los ojos grandes incapaces de cerrar del todo sus secretos. Durante años había evitado mirar demasiado, temerosa de lo que pudiera descubrir en sí misma: algún brillo a destiempo bajo la piel, o las marcas de quien desciende de linajes malditos.
Pero esa noche, mientras la forastera dormitaba y las palabras no dichas crepitaban en el aire, Alya sintió por primera vez en mucho tiempo que el mundo podía ser diferente. Que quizá el amor no era solo miedo y peligro.
Justo entonces, un golpe sordo resonó en la puerta delantera. Alya contuvo el aliento, cruzando la mirada con Lira, quien ya despertaba alarmada. No hizo falta hablar; tomó el puñal oculto bajo la mesa y avanzó con sigilo.
Desde el resquicio de la puerta escuchó voces apagadas, el murmullo de soldados del rey discutiendo con algún vecino. Las palabras "magia" y "sospecha" se mezclaban con el retumbar de corazones asustados. La noche era hostil.
Regresó junto al fuego, donde la forastera luchaba por incorporarse. Cuando abrió los ojos, la determinación brilló en su mirada:
—Debo marcharme antes de que me encuentren.
Alya negó con la cabeza, sintiendo la atracción irracional de protegerla.
—No sobrevivirías más allá del bosque esta noche. Aquí estás a salvo… por ahora.
La mirada de la mujer pareció atravesarla; era más intensa y abierta de lo que Alya había experimentado jamás, como si pudiese leer cada pensamiento oculto y cada temor. Alya se sintió vulnerable, expuesta de un modo íntimo y desconocido.
Lira susurró:
—¿Quién eres realmente?
Por un latido largo, la forastera dudó. Luego, cerró los ojos y se limitó a decir:
—Seris. Me llamo Seris.
El nombre se enredó en la atmósfera igual que los hilos invisibles que, Alya supo, ahora las unían. Una promesa de peligros y secretos compartidos.
Pasaron las horas, con la tormenta menguando. Alya no podía despegar los ojos de la extraña, atrapada en una contradicción: temía el peligro que la forastera representaba y, al mismo tiempo, ansiaba que la noche no acabara, que Seris no desapareciera tras la próxima ráfaga de viento. El miedo y el deseo se entrelazaban en su pecho, una madeja imposible de deshacer.
Antes del alba, Alya tomó la decisión que cambiaría su vida para siempre.
—Aquí no puedes quedarte —anunció con voz ronca—, pero tampoco puedo entregarte. Mañana intentaremos ponerte a salvo, fuera del alcance de los soldados.
Seris la miró con una intensidad feroz y tierna a la vez. —No tienes que arriesgarte por mí.
—Ya lo he hecho. Ya es tarde para volver atrás —confesó Alya, sintiendo un temblor en la voz.
La promesa quedó suspendida en el aire, un puente invisible tendido entre sus corazones en un mundo hostil. Alya no sabía qué vendría después, pero sentía un insólito valor germinar en lo profundo de su pecho.
Y así, cuando las primeras luces grises perfilaban el contorno del bosque de Cristal, bajo el manto de una amenaza inminente, Alya sostuvo a Seris entre sus brazos y supo que, por primera vez, el secreto que se empeñó en ocultar podría ser su única salvación. El amor —ese amor desconocido y peligroso que nacía entre dos almas perseguidas—, era en sí mismo un acto de fe y de rebelión.
Aquella noche, la llegada de la forastera no solo cambió el destino de Alya, sino el de todo un reino al borde de la oscuridad. Y la chispa latente en sus corazones sería la llama capaz de desafiar cualquier tormenta.
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