Portada del relato El eco de las glicinas
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Fragmento:


—¿Se ha perdido, señorita Hammond, o busca fantasmas entre las glicinas? —le preguntó, al notar su presencia entre las sombras violetas.

Duración: 09:28

El eco de las glicinas
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Texto de ajuste de pausa.

Corría el verano de 1867 en Savannah, cuando el jardín de la casa de Ashton era una sinfonía de perfumes. Las glicinas trepaban el porche, y más allá danzaban las amapolas en el tibio atardecer. Beatrice Hammond, de mirada tempestuosa como el mar tras un huracán, sostenía la copa de brandy con los dedos flacos, observando al horizonte como si buscara, a la distancia, el barco que había de devolverle la juventud perdida o el amor que, según sus tías, aún no conocía. Cosmopolita por naturaleza pero sureña por costumbre, ese verano Beatrice volvió a casa arrastrando los ecos de París y Viena en su andar resuelto.

La guerra había dejado cicatrices profundas en Georgia. Había regresado a su mansión natal como quien vuelve a las ruinas de un templo saqueado; los caminos de grava eran ahora trochas de tierra dura, y los robles guardaban entre sus ramas la memoria de viejos valses y risas ahogadas bajo la tiranía del tiempo. La familia Ashton, los eternos vecinos, sobrevivían con esa dignidad férrea que solía confundirse con arrogancia.

Pero el 21 de junio, mientras Savannah ardía en un crepúsculo bermellón, Beatrice encontró algo inesperado en los jardines de la mansión Ashton: James Stuart, hijo pródigo, de ojos dorados y ropa gastada. Se rumoraba que había luchado en Virginia, y que su arrojo rozaba la imprudencia y la locura por igual. Delgado, casi esquelético tras años de privación y fiebres, Stuart tenía los labios marcados por una melancolía dulce y una sonrisa heredada de su madre, que parecía capaz de fecundar esperanzas secas.

—¿Se ha perdido, señorita Hammond, o busca fantasmas entre las glicinas? —le preguntó, al notar su presencia entre las sombras violetas.

Beatrice se giró, todavía envuelta en el crepúsculo. Su vestido de muselina, que había pertenecido a su abuela, rozó el suelo con un suspiro antiguo.

—Busco recuerdos. A menudo son más dóciles que los hombres vivos —respondió, con esa mezcla de franqueza y coquetería que tanto desconcertaba a los caballeros y que en Europa le había granjeado aventuras y desdenes por igual.

Stuart sonrió levemente, un vislumbre de complicidad. Caminó despacio hasta quedar frente a ella. Allí, bajo la cúpula de glicinas, la distancia entre ambos era tan delicada como el hilo de una telaraña. El aire vibraba con algo indescifrable.

—Se rumorea que usted bailó en Versalles y discutió con políticos en la Sorbona, pero los rumores rara vez son justos —comentó él, estudiando su perfil, la línea firme de su cuello, el cabello oscuro.

—¿Y qué rumoran de usted, capitán Stuart? —replicó ella, alzando una ceja.

La respuesta demoró, como si la pesara en la balanza de la sinceridad.

—Dicen que volví para reconstruir mi hogar. Lo cierto es que busco algo que nunca he tenido —susurró él, casi para sí, con una fragilidad peligrosa en la voz.

Ambos parecieron medirse mucho más allá de las palabras, arriesgándose a la vulnerabilidad. Los sauces temblaron con la brisa cálida.

—¿Sería demasiado pedirle que compartamos una copa en la galería? —aventuró Beatrice—. Mi tía Augusta dice que el brandy calma los estragos del alma.

En la galería lateral, donde la luz de las linternas titilaba, los dos se sentaron de espaldas al mundo y de cara al murmullo del río. Savannah parecía dormida, a salvo entre los pliegues de la noche. Hablaron poco; Beatrice notó en Stuart esa mezcla de nostalgia y hambre por la vida que sólo los sobrevivientes conocen.

La conversación de esa noche se transformó, con los días, en largas caminatas bajo la lluvia, en juegos de cartas furtivos y en esa corriente sorda de deseo inconfesado que crece al abrigo de la costumbre. Pero también, como la humedad del sur, se coló entre ellos una tensión que ni la mejor crianza podría disimular.

Una tarde de agosto, mientras la tormenta crepitaba y golpeaba los cristales, Stuart buscó refugio en la biblioteca Hammond. Los truenos ensordecían, y el viento agitaba los cortinados con ímpetu salvaje. Beatrice estaba sentada, absorta en la lectura.

Cuando él cerró la puerta tras de sí, el relámpago iluminó su rostro: pálido, hermoso en su devastación.

—¿Ha venido a robar libros, señor Stuart, o emociones? —preguntó ella sin levantar la vista.

Él vaciló, y luego avanzó hasta quedar junto a ella. Tomó uno de los volúmenes caídos en el suelo —era "La Dama de las Camelias"— y lo sostuvo entre ambos, como un secreto cómplice.

—He venido a robar coraje —musitó.

Hubo un silencio tan denso que las palabras pesaron más que la lluvia afuera. Stuart, con un movimiento lento, dejó el libro y rozó la mejilla de Beatrice con el dorso de la mano. Era la primera vez que se tocaban de ese modo, y el contacto desató una corriente fulminante entre los cuerpos.

Beatrice alzó el rostro y se encontró con los ojos exhaustos de Stuart.

—¿Por qué yo? —preguntó con verdadera curiosidad, sin coquetería esta vez.

—Porque con usted no existen más fantasmas, sólo presente —confesó él.

El beso, cuando llegó, fue despojado de inocencia. La boca de Stuart, áspera y ávida, reclamó la de Beatrice como quien busca salvación entre ruinas. El deseo, prisionero durante semanas, estalló en un torbellino de caricias hambrientas. Stuart la levantó con firmeza y la llevó junto a la ventana. Allí, mientras los relámpagos cincelaban las sombras, la sostuvo con una posesión que era promesa y despedida a un tiempo.

Beatrice sintió las manos de Stuart recorrer, titubeantes pero decididas, el camino de sus hombros a su cintura, aterrizando en territorios largamente soñados pero jamás conquistados. Dejó caer la cabeza hacia atrás, entregando su cuello, y el aliento de Stuart descendió por la clavícula hasta la curva de su pecho. La humedad de la tormenta, mezclada con el aroma a cuero y madera curtida que él traía consigo, la envolvió.

El placer era un exilio voluntario. Entre murmullos ahogados, la falda resbaló por sus caderas y, al sentir el cuerpo de Stuart colmando el suyo, Beatrice comprendió cuán vorazmente humanos eran ambos bajo la pátina de buena crianza y corrección sureña. Se amaron en la penumbra huracanada de la tormenta, sin pensar en el mañana, ni en las guerras por venir, sólo en la salvación de los cuerpos y el olvido efímero que traen las bocas entrelazadas.

La mañana siguiente los encontró mudos, exhaustos en el lecho. Afuera, el sol pintaba motas doradas en las persianas y la ciudad recomenzaba su rutina agria. Ninguno hizo promesas, pero sobre sus cuerpos aún ardía una brasa de ternura feroz.

Con el paso de las semanas, su relación devino en secreto público. Las tías y los vecinos murmuraban, algunos con envidia, otros con piedad. Beatrice apenas se inmutó: la guerra le había robado todo menos la dignidad y el deseo. En cambio Stuart, acostumbrado a cargar con órdenes y derrotas, descubría en esos encuentros un bálsamo insospechado.

Pero el sur no perdona a quienes desafían sus reglas. Una tarde de septiembre, la madre de Stuart —viuda de la vieja aristocracia— los sorprendió en la biblioteca. La anciana, implacable en sus juicios pero noble en su pena, comprendió instantáneamente el pacto silencioso entre ambos.

—Beatrice, un Stuart no repone su linaje en la clandestinidad —sentenció la madre, y la sentencia resonó en la sala con la fuerza de un himno fúnebre.

Stuart, fiel a sus instintos, desafió a su madre. Pero el precio del escándalo era alto; las oportunidades de reconstruir la hacienda pendían de la aceptación del vecindario. Beatrice, con ese temple aprendido en París, intervino.

Aquella noche, bajo un manto de estrellas, los amantes discutieron su destino. Stuart, dividido entre el deseo y el deber; Beatrice, entre la libertad y la esperanza. Pelearon con palabras crudas, confesaron viejos miedos, lloraron con la dignidad de los sobrevivientes.

—Podría casarme contigo, pero te condenaría a la prisión de esta tierra, a la monotonía de potreros y el veneno de chismosos —adujo Stuart, presa de un orgullo desarmado.

—Yo he cruzado mares, James. No le temo a los pantanos ni a las lenguas afiladas —reparó ella.

El silencio creció como una maleza entre ellos. Cuando finalmente Stuart la tomó entre sus brazos, ya no hubo ni orgullo ni rescoldos, sólo dos cuerpos sudorosos reconciliados con la vida.

La boda, improvisada una semana después, fue motivo de habladurías durante meses. Se celebró al pie de los sauces, con unos pocos testigos y un banquete austero. Los amigos brindaron con licor casero, las tías lloraron discretamente. Savannah los aceptó al fin, resignándose al escándalo y acogiendo la promesa de esperanza tras tantos años de pérdidas.

En las noches siguientes, compartiendo el mismo lecho, Beatrice y Stuart inventaron un idioma secreto hecho de caricias, silencios y viejos recuerdos. Su amor estaba marcado por la guerra, por la reconstrucción, y por la certeza de haber salvado algo hermoso entre las ruinas.

Los sauces florecieron ese otoño. El rumor de las glicinas era ahora banda sonora de sus días. El sur, cicatrizado pero fértil, los envolvió con una piedad tardía.

En la memoria de Savannah, el verano de 1867 sería recordado como el de la llama y la lluvia, el de la mujer que enseñó a un soldado vencido que aún puede haber vida y deseo después de la tormenta, y el de un amor tan feroz que se atrevió a desafiar incluso a los viejos fantasmas del honor y la historia.

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