Portada del relato Atada a tu Sombras
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Fragmento:


La tormenta arremetía. Afuera, los truenos sacudían el aire y la calidez dentro del local se tornó íntima, cargada de secretos. Nyssa intentaba volver a su libro, pero la presencia del hombre revoloteaba a su alrededor. De pronto, él se levantó y, con pasos resueltos, se acercó a su mesa.

Duración: 09:29

Atada a tu Sombras
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Texto de ajuste de pausa.

El día que Nyssa Lavigne vio a Damian por primera vez, supo que su vida nunca volvería a ser igual. Algo latía en él, un fulgor oscuro que parecía devorar la penumbra de la tarde mientras la lluvia se deslizaba en gotas perezosas por los ventanales del café. Se había sentado frente a la puerta, como esperando a alguien, mirando de reojo la calle y, por un instante, su mirada se cruzó con la suya. Fue suficiente. Un roce apenas, pero en ese resplandor fugaz, Nyssa sintió el peso de siglos desarrollarse ante ella, como si el tiempo hubiera decidido hacerse visible solo para ellos dos.

La tormenta arremetía. Afuera, los truenos sacudían el aire y la calidez dentro del local se tornó íntima, cargada de secretos. Nyssa intentaba volver a su libro, pero la presencia del hombre revoloteaba a su alrededor. De pronto, él se levantó y, con pasos resueltos, se acercó a su mesa.

—Disculpa —dijo, su voz era baja, abrasadora—. ¿Te molesta si me siento contigo? Aquí no queda otra mesa libre y no quiero incomodarte.

Nyssa negó, invitándolo con una sonrisa que apenas pudo controlar. “No me incomodas”, quiso decir, pero solo salió un “adelante” sutil, casi tembloroso. Damian se sentó frente a ella, los ojos color obsidiana fijos en los suyos con una intensidad a la que Nyssa no estaba acostumbrada. Entre ellos, el aire crepitó.

—¿Esperas a alguien? —preguntó él, sus manos elegantes cruzadas sobre la mesa.

—No. Solo a que la lluvia amaine. —En su voz vibraba algo nuevo, un ligero temblor de nerviosismo que la sorprendió.

Él sonrió, y esa sonrisa hizo que Nyssa se estremeciera. A Damian le bastaba una mirada para hacerla sentir desnuda, al descubierto, pero no indefensa; más bien como si una parte de ella quisiera rendirse a lo que fuera que él prometía con cada palabra y cada silencio.

Hablaron sin urgencias. Descubrieron coincidencias absurdas, pequeñas promesas de complicidad. Compartieron historias nimias y, sin embargo, cada frase se entrelazaba con la textura densa de las confesiones que jamás habían hecho. La gente iba y venía alrededor, pero ellos eran el epicentro. El murmullo ambiental solo realzaba el nexo silencioso, algo alrededor de sus pulsos y respiraciones acompasadas.

Afuera, la tormenta se intensificó. Nyssa miró por la ventana, distraída. Damian observó el reflejo de su rostro en el cristal, apenas ladeando la cabeza, sus labios separados en un gesto inconmensurablemente íntimo.

—¿Temes a la oscuridad? —le preguntó con estudiada suavidad.

—No —respondió, sorprendida de su propia certeza—. Desde pequeña, siempre he sentido que me observa... pero nunca me asusta.

Él sostuvo su mirada un instante más. Entonces, dulcemente, llevó su mano hasta la de ella, acariciando con la yema de los dedos la piel pálida de Nyssa, como si buscara encender algo dormido. El contacto era sencillo, pero la electricidad hizo que ella contuviera el aliento.

No se vieron durante una semana. Nyssa se dijo que fue casualidad, que la vida diaria era así. Pero llevaba la huella de Damian en la piel. El recuerdo del roce, el peso de esa mirada, le impedían dormir en la soledad de su habitación. Soñaba con pasillos largos, puertas entreabiertas y una ominosa y dulce sombra que susurraba su nombre desde el otro lado.

Una noche, tocó a la puerta. Nyssa saltó de la cama, envuelta solo en una camisa gastada. La lluvia rebotaba contra la ventana. Al abrir, allí estaba: Damian, empapado, el cabello pegado a la frente, los ojos brillando en la penumbra.

—¿Puedo entrar?

No hubo preguntas. Con un gesto, Nyssa lo hizo pasar. Apenas cruzó el umbral, Damian tomó su rostro entre las manos y la besó. Fue un beso largo, lento, denso de significados. Nyssa sintió que el mundo giraba en torno a sus bocas unidas. Algo dentro ella se desmoronó, como una barrera desvaneciéndose bajo la marea.

Terminaron en la cama, perdiendo el miedo y la cordura. Las sábanas eran frías, pero el calor de sus cuerpos tejía un espacio ardiente, refugio donde sólo existían ellos dos. Damian besó el cuello de Nyssa, devorando cada pulso. Sus manos exploraron su piel con adoración contenida, como si ésta fuera a desvanecerse con un suspiro. Ella arqueó la espalda, entregándose, rozando el borde de algo indecible.

Fue entonces cuando Damian rompió la magia del silencio.

—Podría lastimarte.

Ella le sostuvo la mirada, sin pestañear.

—¿Por qué? —preguntó, pero en realidad ya lo sabía. Sentía la noche respirando en él, una profunda oscuridad que no era cruel, sino antigua y voraz.

Damian la observó en la penumbra, la luna arrancando reflejos plateados a sus rasgos afilados.

—No soy lo que parezco —confesó—. Puedo hacerte sentir cosas, Nyssa, cosas que no son de este mundo.

Su aliento tibio era el único ancla que necesitaba. Ella no vaciló. Su mano recorrió el pecho desnudo de él, deteniéndose sobre el corazón, sintiendo que debajo latía algo distinto, un ritmo más pausado, más profundo.

—No me importa lo que seas —susurró, entrelazando sus piernas a las de él—. Quiero sentirlo... quiero que me atravieses por completo, sea lo que sea.

Los ojos de Damian ardieron, cruzados por una sombra fugaz de miedo y deseo.

La temperatura en la habitación descendió. La oscuridad pareció deslizarse desde los rincones, acunando la cama en un manto etéreo. Damian se tendió sobre ella, su piel gélida y sedosa, y Nyssa sintió que la rodeaba una energía densa, tangible, casi líquida.

No fue sólo sexo. Fue un descenso, un abandono compartido. Damian la besó con una mezcla de devoción y hambre. Su boca viajaba desde los labios hasta los pechos, desde el vientre hasta los muslos. Cada caricia arrancaba destellos dorados a la penumbra; cada suspiro era un pacto silencioso.

Cuando la llevó al clímax, Nyssa creyó flotar, suspendida entre la vigilia y el sueño, con la sangre pulsando en sus sienes y los músculos replegándose en oleadas incontrolables. En ese instante, cuando parpadeó y vio los ojos de Damian –negros, infinitos, llenos de estrellas moribundas– supo la verdad.

Damian era un caído. No completamente ángel, tampoco demonio. Había cruzado el umbral hacía siglos, había dado la espalda a la luz y, sin embargo, no había renunciado a su capacidad de amar. Lo supo en su carne, su espíritu y en el aire que ahora parecía denso de electricidad.

Después, cuando el sudor se evaporó y ambos quedaron desnudos entrelazados bajo el tenue resplandor lunar, Nyssa le acarició el cabello en silencio. No necesitaban palabras. Había una historia oculta en sus cuerpos, un tratado inscrito sobre la piel y la sombra.

—¿Qué ocurre ahora? —preguntó ella, con voz temblorosa.

Damian se incorporó, con la mirada clavada en el techo.

—Ahora —musitó—, debo elegir. Quedarme contigo es condenarte a un mundo fuera del tiempo. Alejarme es perderme para siempre. Ya te he marcado —La miró—. Si lo deseas, nunca volveré, Nyssa. Pero si me llamas… vendré, sin importar el precio.

Ella sonrió, tocando el rostro de aquel ser a la vez humano y abismal. No era una petición, era un decreto sin palabras.

—Entonces, quédate —susurró.

Así pasó el tiempo, confundido entre noches de deseo y días siempre al borde de lo irreal. Hacían el amor como quien traza hechizos. Cuando Damian la poseía, traía consigo jirones de otros mundos, visiones de arcos y alas rotas, de ciudades suspendidas en el vacío y guerras libradas en el silencio estelar. Pero Nyssa no se ahogaba en el abismo: lo bebía con los labios abiertos.

El precio de amar a un caído no era otro que perderle miedo a la oscuridad. Nyssa aprendió a convivir con las criaturas que espiaban tras la puerta, a recibir los susurros en medio del sueño, comprendiendo que la noche está viva y cuida a quienes la eligen.

Una noche, mientras hacían el amor junto a la ventana abierta, las sombras en la habitación cobraron vida. Bañados por la luz de la luna, Nyssa sintió como si centenares de ojos invisibles los observaran. Damian tembló, un temblor que sacudía la cama.

—Me buscan —dijo, apenas audible.

El aire se volvió de hielo. Nyssa se aferró a él, sabiendo que en cualquier momento la separación podría ser definitiva. Entonces, con una fuerza que jamás sospechó que poseía, lo besó con todas las palabras que nunca había pronunciado. Besó su pena, su memoria, la oscura eternidad que lo rodeaba.

—No dejes que te lleven —exigió ella.

Damian, con lágrimas oscuras resbalando por sus mejillas, hundió el rostro en su cuello.

—A veces, el querer es más fuerte que el destino —susurró.

La sombra retrocedió. Quizá solo por una noche. Quizá por un siglo más. Nyssa entendió, en ese abrazo, que los amores verdaderos desafían la esencia misma del mundo, y que, aunque todo lo oscuro del universo se conjugara en su contra, jamás podría borrarse lo que han grabado los cuerpos que se funden bajo la lluvia y el deseo.

El tiempo fluye diferente para quienes aman desde la penumbra. Todas las noches, cuando la tormenta azota la ciudad, Nyssa abre la ventana y deja la cortina ondear. Sabe que Damian vendrá, que le pertenece y que, juntos, bailarán el vals inmemorial de quienes eligieron amarse entre las sombras. Porque ese es el precio y el regalo de vivir bajo la piel del caído: nunca renunciar a la oscuridad, nunca tener miedo de lo que el amor puede desatar al filo de la noche.

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