Portada del relato El Pacto de las Estrellas
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Fragmento:


De entre la maleza emergió una figura, envuelta en un manto púrpura. El rostro era el de una anciana de pellejo traslúcido, los ojos tan claros que parecían huecos. Alya dio un paso atrás, pero Seris apenas vaciló.

Duración: 13:37

Libro El Pacto de las Almas

El Pacto de las Estrellas
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Texto de ajuste de pausa.

Capítulo 3: El Pacto de las Estrellas

La noche fue una manta de silencio que apenas lograba ahogar el rumor persistente del miedo y las preguntas no formuladas. Alya despertó antes que el resto, el sueño disperso por el eco de imágenes imprecisas: la cabaña perdida, el bosque acechando en los márgenes de la vigilia, el contacto de los dedos de Seris, cálido contra su piel. A su lado, la forastera dormía con el ceño ligeramente fruncido, como si fuese incapaz de abandonar del todo las alertas de un pasado perseguido. Los primeros rayos de luz atravesaban las grietas de la cueva, transformando el polvo en hebras doradas que ondulaban lentas sobre ambas.

Se sentó, abrazando las rodillas al pecho, y se dejó invadir por la absurda paz del instante. Fuera, el Bosque de Cristal aún murmuraba su letanía de aves tardías y brisas heladas. Era fácil imaginar un mundo sin persecución ni miedos, donde la magia no fuera caza sino canto. Pero Alya sentía el filo de la realidad al respirar hondo: nada era seguro, nada era eterno.

Seris se removió y abrió los ojos con lentitud calculada. Despertaba con la cautela de quien nunca ha confiado en la mañana. Se cruzaron las miradas, y el silencio se pobló de palabras no dichas. Alya le ofreció un trozo de pan endurecido, una sonrisa vacilante.

—¿Descansaste?

Seris asintió, su voz apenas un susurro. —Tanto como se puede, aquí.

Compartieron un desayuno frugal. Alya notó las manos de Seris: pálidas, fuertes, las uñas marcadas de tierra y magulladuras viejas.

—¿Tienes familia? —Alya preguntó, la voz sonándole más íntima de lo que pretendía.

Seris retuvo el bocado en la boca antes de tragar, y una sombra cruzó su rostro. —Tuve. Ahora solo tengo enemigos, y, quizás, una deuda con las estrellas.

El aire vibró entre las dos. Alya contuvo el impulso de ofrecer consuelo con las manos, y eligió las palabras.

—Mi hermana está sola en Grovan. Todo lo demás… lo perdí hace tiempo.

Seris asintió. —Estamos marcadas. Por la sangre y la tragedia. Pero también por algo más. —Alzó la mirada, intensa, y por un momento parecía buscar en la expresión de Alya algún reconocimiento, una señal compartida por las almas destinadas.

Se pusieron en marcha sin decir una palabra más. La herida de Seris era ahora poco más que una sombra rojiza bajo la manga, y caminaba con renovada seguridad. El bosque se abrió ante ellas, trayendo la promesa de caminos ignotos y peligros apenas apaciguados por la luz de la mañana. Tardaron poco en perder la pista del sendero seguro; a cada paso, las raíces asomaban como dedos de un gigante dormido, las piedras humedecidas amenazaban con hacerlas caer.

Avanzaron guiadas por el instinto y la memoria. Alya notaba la pulsación de la magia: un zumbido bajo la piel, más fuerte mientras se internaban en lugares donde los troncos eran más gruesos, y la luz apenas dibujaba estelas en la penumbra. Bastaba con entrelazar la mirada de Seris para sentir aquel lazo invisible, aún débil pero indomable, que crecía irrevocablemente entre ambas.

Al mediodía, llegaron a una vaguada donde el agua se deslizaba lenta y clara, en silencio. Seris se arrodilló, mojando las manos, y al mirarla así, tan próxima bajo el sol, Alya sintió cómo se abría una grieta cálida en su pecho. Pero la intimidad fue interrumpida por un ruido sordo demasiado cercano: una piedra cayendo, una rama quebrada. Ambas se tensaron al instante.

De entre la maleza emergió una figura, envuelta en un manto púrpura. El rostro era el de una anciana de pellejo traslúcido, los ojos tan claros que parecían huecos. Alya dio un paso atrás, pero Seris apenas vaciló.

—No busco problemas —dijo la forastera, la voz firme, aunque bajó la mano lentamente hacia el cuchillo oculto en su cinto.

La anciana las examinó, olfateando en el aire el rastro de su magia.

—Vais al templo —aseveró, sin entonación de pregunta. —No sois las primeras, ¿sabíais?

Alya tragó saliva. —¿Qué sabe usted?

—El bosque guarda las huellas —la anciana sonrió, dejando entrever sólo encías casi incoloras—. Tened cuidado. Aquí, todos los pactos se pagan tres veces: en sangre, en recuerdo y en deseo.

Antes de que pudieran responder, la mujer se desvaneció entre los árboles, ligera como niebla. Por unos instantes, Alya creyó que la visita no había sido real, pero Seris, con los ojos aún clavados en el punto donde había estado la anciana, murmuró:

—Las guardianas de los lindes… Las leyendas cuentan que ven lo que fue y lo que será. Ha tomado nota de nosotras.

El aire, denso y expectante, volvió a apretarles los pulmones.

Caminaron el resto de la tarde casi sin hablar, alertas a cualquier señal que el bosque quisiera brindar. Los árboles se tornaban cada vez más antiguos, cubiertos de líquenes color esmeralda y plata; las ramas altas entretejían un cielo apenas visible, y bajo sus pies, la grava cedía ante símbolos tallados en lenguas que Alya no reconocía, pero que despertaban en su interior un anhelo desagradable, hecho de nostalgia y reverencia.

Al caer la noche, emergieron en un claro de circunferencia perfecta. Allí se erguía el templo: apenas un esqueleto de columnas corroídas y arcos caídos, cubiertos de musgo y sombras. Todo parecía respirar una quietud anterior al tiempo, tan profunda que obligó a Alya a detenerse casi con reverencia.

Seris se adelantó, mirando las ruinas con un respeto mezclado de dolor antiguo.

—Aquí empezó todo —dijo, apenas audible—. Y aquí debe terminar.

Ambas cruzaron la linde del claro, pisando cuidadosas entre malezas y piedras desportilladas. El aire olía a flores muertas y a un perfume agridulce indefinible. Cuando se hallaron bajo el manto desmoronado de la bóveda, Alya sintió un peso repentino, una presión leve, como si mil ojos invisibles las escrutaran desde las paredes agrietadas.

Seris, con un gesto silencioso, le indicó un altar de piedra donde aún yacían tallados símbolos en espiral. Se arrodilló y pasó una mano por la superficie, dejando que el polvo viejo se pegara a la piel.

—¿Por qué estamos aquí? —preguntó Alya, el susurro opacado por la emoción y el miedo.

Seris tragó saliva y, durante un instante, el peso de todo cuanto aún quedaba por decir la sostuvo, antes de soltarlo:

—He venido a romper un ciclo. El ciclo de dolor que consume este reino y a quienes tienen la sangre vieja. Hay una maldición. La caza de los feéricos, el odio, la miseria… Todo está anudado a este lugar y a un juramento que fue torcido hace siglos.

Alya buscó en las runas antiguas alguna señal familiar, un eco de las canciones que su madre le enseñaba. —¿Qué tienes que ver tú con ello?

—Todo —admitió Seris, la voz filosa de verdad—. No nací en este lado del bosque. Vine aquí para obedecer un mandato. Mi linaje… somos guardianes de la frontera entre la vida y el olvido. Hace una generación se rompió el pacto; la oscuridad se filtró al mundo y marcó a los de sangre feérica con una señal mortal. Solo alguien que conserve puro ese don…

Alya se estremeció. —¿Por qué yo?

Seris levantó una mano, temblorosa, y la posó sobre la de Alya. —La sangre te llama. Pero también tú has resistido: no te has vuelto sombra, no has renegado del todo de quién fuiste antes de los miedos. Eres lo que queda de una promesa rota.

La confesión nubló la vista de Alya, y lagrimas silenciosas formaron surcos tibios en sus mejillas. —Lo único que siempre he sido buena es en esconderme. Sobrevivir no es lo mismo que vivir.

—Sobreviviste para poder elegir —apuntó Seris, la voz suave y firme.

Durante varios minutos ninguna se movió. El aire vibraba con una energía sutil, y los símbolos del altar parecían iluminarse con la escasa luz de la luna. Alya sintió una oleada de magia ascenderle desde las palmas de las manos, un reguero caliente y antiguo que la conectaba al suelo, a las piedras, a Seris. La forastera la miraba con una ternura mezclada de respeto y temor reverente.

—Se aproxima una batalla —dijo Seris—. Si la oscuridad renueva el ciclo, no solo los feéricos caerán, sino todo el reino. Pero hay una forma de detenerlo. El pacto debe sellarse de nuevo, bajo el auspicio de las estrellas. Pero solo puede hacerlo alguien capaz de amar más allá del miedo.

Alya rió, breve y amarga. —¿El amor salva reinos? Eso suena a cuento.

Seris la observó largo rato. —El amor es lo único que puede romper maldiciones tan viejas como el odio. Y no hablo solo de dulzura. Hablo de elegir. De apostar todo lo que se tiene, incluso si el sacrificio es inevitable.

Alya se apartó, insegura. —¿Qué sacrificio exige este pacto?

—No lo sé totalmente —Seris admitió—. Las profecías solo dicen que alguien deberá ceder lo que más temió perder, y sólo entonces la maldición se disolverá. Esas palabras me persiguen desde mi niñez. —Levantó la vista hacia el óculo derruido por donde entraban destellos de estrellas—. Por eso vengo aquí cada año, esperando… a alguien como tú.

El silencio pesó mientras la noche crecía. Afuera, los lobos aullaban, y la brisa heló la piel de Alya. Seris, arrodillada aún, extrajo de su brazal una piedra azulada, iridiscente, que depositó en el centro del altar.

—¿Confías en mí? —Las palabras sobresalieron, zurcidas a cada cicatriz de ambas.

Alya dudó. Todo en ella gritaba prudencia, desconfianza, refugio en lo conocido. Pero la mirada de Seris era una promesa y una súplica.

—Sí. —La voz le salió temblorosa. Pero era verdad.

Seris tomó sus dos manos entre las suyas, los dedos entrelazados, y pronunciaron juntas, primero en voz baja, luego en un susurrar que parecía danzar entre los restos del templo:

“Por las estrellas y la sangre,

Por el dolor y la esperanza,

Que se selle el pacto antiguo,

Que el amor renazca.”

La piedra azul brilló, arrojando destellos que prendieron como fuegos fatuos en el techo descarnado. Por un instante, la noche fue toda luz. Alya sintió un vértigo delicioso, el corazón batiendo con una fuerza sobrenatural. El aire giró a su alrededor, y mientras el resplandor la envolvía a ella y a Seris, supo que nada volvería a ser igual.

El hechizo se disipó gradualmente, dejando a ambas sentadas en el frío suelo, aún tomándose de las manos, respirando un aire pesado de significado. No quisieron hablar. Solo el roce de los dedos, la piel contra la piel, bastaban para certificar la realidad.

—¿Y ahora? —musitó Alya, vencida por un cansancio inexplicable.

—Ahora comienza. —Seris no apartó la mirada. —El ciclo se ha inclinado. Ya no puedes volver atrás a la cabaña, al silencio seguro. Ahora formas parte del tejido, y nada te resguardará de la elección.

Alya pensó en Lira, sola en Grovan, y sintió el peso de la responsabilidad crecer como un lobo hambriento en su pecho. Pero también halló un consuelo inesperado en la proximidad de Seris, en la certeza de que su vida, truncada por el miedo, finalmente llegaba a la encrucijada soñada y temida a partes iguales.

Fuera, la noche se abría como un abismo. La luna derramaba ríos de plata sobre las ruinas, y las primeras estrellas titilaban, tímidas, sobre el templo. Tiritando, Alya recogió una manta raída de su zurrón y se la echó a Seris sobre los hombros. Se quedaron juntas, acurrucadas contra un bloque de piedra, compartiendo el temblor y el anhelo, y la sensación de que el universo, por un instante precioso, permitía que dos exiliadas soñaran con algo más que la supervivencia.

Pasaron así el tiempo, con las cabezas unidas, murmurando historias a media voz. Alya habló por primera vez de su madre sin escudos ni nudos en la garganta, y Seris confesó el peso de sus derrotas, sus huidas, las veces que traicionó y fue traicionada por quienes le juraron amor o lealtad. De sus palabras brotó un espacio compartido entre la culpa y el perdón, donde el deseo asomó vulnerable y palpitante.

—¿Qué sentiste? —preguntó Alya, pensando en el momento en que el pacto se selló, en aquellas chispas interiores que aún la recorrían.

Seris no respondió de inmediato. Bordó en la manga el dedo, como si tejiera un símbolo secreto.

—Sentí que, por primera vez en mucho tiempo, la magia no era ni carga ni condena, sino una promesa. Sentí verte. Sentí ganas de quedarme.

Alya tragó lágrimas que no supo si eran de alegría o de miedo.

—Puede que este sentimiento sea la peor trampa.

Seris se inclinó, tan cerca que el aliento de ambas parecía un solo pulso.

—O la única llave. No me dejes ir, ni siquiera si me lo suplico mañana.

Alya cerró los ojos, dejando que el vértigo se convirtiera en certeza. Rozó la mejilla de Seris con la punta de los dedos, y sus labios se acercaron, primero con la indecisión de quienes nunca han conocido una caricia sin peligro, luego con la determinación de una promesa sellada en lo secreto del alma. El beso fue breve, tembloroso, cargado de electricidad contenida. Después, se abrazaron, prisioneras y a la vez salvadas por ese espacio diminuto en el que solo ellas existían.

Una sombra, sin embargo, se cernía invisible sobre el claro. Alya, vislumbrándola en el rabillo del ojo, supo que aquello era solo el principio. Habría traiciones, tentaciones y sacrificios, como en toda profecía. Pero también se prometió, en lo profundo, que no dejaría que el miedo fuese la última palabra.

Al amanecer, la luz filtrada por el óculo derruido iluminaba sus rostros aún juntos, el pacto sellado, y dos corazones latiendo en una promesa abierta a la incertidumbre y al amor: la única magia capaz —de verdad— de mover el destino de un mundo entero.

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