Fragmento:
La noche se cernía sobre la ciudad con un silencioso manto plateado. Calles húmedas por la reciente lluvia reflejaban luces titilantes y destellos, envolviendo a los transeúntes rezagados en un mundo casi onírico. Desde el ventanal de su apartamento, Lucía observaba todo con la distancia de quien se sabe extranjero incluso en su propia vida. Las sombras bailaban en la pared y el reloj marcaba minutos lentos. Ella esperaba, aunque nunca lo admitiría en voz alta; esperaba esa sensación eléctrica, ese temblor que la recorría cada vez que el ciclo lunar alcanzaba su plenitud, como si algo dentro de ella pulsara en sincronía con el universo.
Duración: 08:20
La noche se cernía sobre la ciudad con un silencioso manto plateado. Calles húmedas por la reciente lluvia reflejaban luces titilantes y destellos, envolviendo a los transeúntes rezagados en un mundo casi onírico. Desde el ventanal de su apartamento, Lucía observaba todo con la distancia de quien se sabe extranjero incluso en su propia vida. Las sombras bailaban en la pared y el reloj marcaba minutos lentos. Ella esperaba, aunque nunca lo admitiría en voz alta; esperaba esa sensación eléctrica, ese temblor que la recorría cada vez que el ciclo lunar alcanzaba su plenitud, como si algo dentro de ella pulsara en sincronía con el universo.
La llamada llegó poco antes de la medianoche. El teléfono vibró sobre la madera de la mesa, casi al mismo tiempo que la luna, gorda y blanca, asomaba entre las nubes, muy baja sobre los tejados. El nombre en la pantalla: Tomás. Lucía dudó apenas un segundo antes de responder. No lo veía desde hacía seis semanas, aunque no había habido un solo día en que no pensara en él. Se había prometido mantenerse lejos, cuidando de su propio corazón, pero las promesas siempre le duraban poco cuando de Tomás se trataba.
—¿Estás despierta? —La voz de él era ronca, con esa textura que se amolda a la noche, que invita a confesar secretos o cometer imprudencias.
—No podía dormir —confesó ella, y, al otro lado, el silencio le hizo sentir la sonrisa de Tomás.
—¿Puedo verte?
Lucía recorrió el filo de la ventana con los dedos y contempló el reflejo desdibujado de su rostro. La luna, enorme, parecía empujarla a decir que sí, a dejarse llevar por el ritmo primitivo que todo en la naturaleza seguía durante esas horas. No importaba el trabajo, la distancia emocional, ni los miedos acumulados.
—Ven —respondió simplemente.
En menos de veinte minutos, Tomás tocó el timbre. Ella le abrió con el corazón martilleando, imaginando que toda la ciudad podía oír la carrera de sus latidos. Se encontraron en el recibidor, iluminados apenas por la luz que entraba desde la calle. El pelo de Tomás estaba húmedo, le caía sobre la frente en mechones desordenados; sus ojos, siempre oscuros y profundos, parecían más intensos bajo el conjuro de la luna.
—No podía quedarme en casa —le dijo, quitándose la chaqueta y colgándola con ese gesto suyo tan cotidiano que le llenaba el pecho de nostalgia y deseo.
Ella se negó a pronunciar lo que sentía, a ponerle nombre al anhelo que la enredaba cada vez que lo tenía tan cerca. Lo miró, esperando que entendiera el idioma de sus gestos, de sus lágrimas secas y sus risas ahogadas. Tomás dio un paso, y otro, recortando el aire denso que los separaba. La luna brillaba más allá del vidrio, lanzando haces de luz que parecían recorrerle la piel expuesta.
—¿Tienes miedo? —preguntó él.
—Sólo de perderme —susurró ella.
Tomás sonrió, y de pronto todo resultó tan sencillo como la respiración, como el pulso acelerado de la sangre. Sin más, la tomó de la mano y la condujo hacia la ventana. Abrazados, contemplaron juntos la plenitud luminosa de la luna, atrapados bajo ese influjo antiguo, ese hechizo que parecía trastocar lo cotidiano y desatar algo oculto debajo de sus pieles.
Él deslizó lentamente la yema de sus dedos por el brazo de Lucía, recogiéndole un temblor involuntario tras cada caricia. Afuera, un perro ladraba lejanamente. La ciudad vibraba en otro plano, distante, como un eco emborronado. Había en el aire el perfume de la tierra mojada y el deseo contenido: el olor de las cosas que aún no han sido, pero que buscan ser.
Tomás apoyó la frente en la sien de Lucía, y entonces ella supo, sin palabras, que esa noche (como cada luna llena), él también buscaba dejar atrás todo, rozar el olvido y rendirse ante la verdad de sentirse vivos. Con movimientos lentos, como quien desvela un secreto largamente guardado, Tomás besó suavemente su cuello, luego la comisura de sus labios. Lucía cerró los ojos. Al abrirlos, todo tenía la nitidez acerada de las cosas que importan: la urgencia, la vulnerabilidad, la entrega.
Deslizaron los cuerpos hacia el sofá, rodeados por la luz mercurial. Tomás la desvistió con la paciencia de quien custodia un tesoro, acariciando cada curva como si pudiese guardar en sus manos el calor de ese instante para siempre. Lucía sentía cómo se le erizaba la piel de anticipación y gozo. El deseo era más intenso que de costumbre, como si la marea lunar arrastrara también sus cuerpos y sus voluntades, empujándolos a ceder a algo más grande que sí mismos.
Las manos de Tomás eran seguras, conocedoras de su geografía. Trazó un sendero de besos por el esternón de Lucía, dejando un rastro efímero de calor allí donde su boca la reclamaba. Su lengua danzaba, juguetona, y Lucía arqueó la espalda, abriéndose al placer y a la sumisión voluntaria de quien ha tomado una decisión y la habita con plenitud. Tomás la miró a los ojos, y lo que encontró allí fue más salvaje que un lobo en el bosque, más antiguo que la noche misma.
Sin prisas, la envolvió con su cuerpo, y bajo el claro translúcido de la luna se adueñaron del instante, de la ciudad, del universo entero. Cada caricia era una promesa y un desafío. El deseo creció, envolviéndolos en una maraña de jadeos y suspiros; sus cuerpos se buscaron, adaptándose, reclamando y concediendo todo en una danza arcaica, tan vieja como el tiempo y tan vital como el ahora.
Lucía ahogó un gemido en el hombro de Tomás, y sintió su cuerpo responder como si todo ella fuera una cuerda afinada y lista para romperse. La mirada de él la sostenía, la desarmaba y la reconstruía al mismo tiempo. Había en sus manos la ternura feroz de los amaneceres, en sus labios la urgencia de lo irremediable. Cuando sus cuerpos por fin se encontraron con plenitud, sólo existía el presente: su ritmo detenido, marcado por el compás ancestral del deseo.
La luna, testigo implacable y silenciosa, derramaba luz sobre ellos, haciéndolos brillar, volviéndolos irreales y perfectos sólo por ese instante. En algún lugar de la ciudad, un tren cruzó la distancia, su silbato breve cortando la noche, pero ellos eran ajenos a todo, sumidos en el fulgor innegable de su unión.
El clímax fue una explosión inesperada, arrasadora. Lucía se aferró a Tomás, sus cuerpos empapados, convulsos, y supo, por un segundo eterno, que no había nada más allá de esa entrega absoluta. El placer la sacudió desde dentro, abriéndola a un renacimiento íntimo y salvaje. Tomás la sostuvo fuerte, acariciándole el cabello mientras el pulso regresaba a su ritmo habitual y sus respiraciones se acompasaban.
Con la piel aún vibrando, ella se refugió en el pecho de él. Alguien en la calle encendió una radio y la melodía lejana se coló por la ventana, tan suave como las manos de Tomás delineando la curva de su cintura. La luna seguía observando, insaciable, prometiendo otras noches como esa, si sólo se permitían atravesar las sombras y aceptar lo que sus cuerpos pedían.
—¿Vendrás la próxima vez que la luna esté llena? —susurró Lucía, invadida de una dulce somnolencia.
—Siempre que me dejes entrar —contestó Tomás, cubriéndola con la manta, abrazándola como si pudiera salvaguardarla del tiempo y la distancia.
No hablaron más. A través de la penumbra, sus dedos se entrelazaron, y así permanecieron, dándose calor y promesas silenciosas. La noche, tibia y nueva, les regaló la ilusión de que el futuro era tan dócil y tan brillante como la luna que los cubría. Afuera, la ciudad seguía girando, ajena a su pequeño milagro, pero ellos —de piel contra piel, al amparo de ese éxtasis lunar— supieron que, en ese instante, se pertenecían sin remedio.
El descanso fue profundo, como si la luna guardara sus sueños. Al despertar unas horas después, la luz del alba robaba lentamente el territorio a la noche. Tomás ya no estaba a su lado, pero en la mesa, junto a la ventana, un papel aguardaba bajo una de sus tazas preferidas: “A veces la luna nos invita a vivir lo que de día tememos. Hasta pronto, mi Lucía.”
Ella sonrió al leerlo, sintiendo todavía en la piel el eco lejano de sus caricias, y supo que la siguiente luna llena reclamaba un nuevo encuentro. Porque, bajo el influjo de ese satélite incansable, el deseo no conoce fronteras y el amor, aunque efímero, se vuelve eterno.
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