Portada del relato Luz en la Ciudad Anómala
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Fragmento:


Mi trabajo, repetitivo y solitario, consistía en clasificar, depurar y exportar los ecos mentales que la población inyectaba cada noche en la nube global; recuerdos, anhelos, pesadillas, todo viraba por mis manos espectrales y mis algoritmos de limpieza emocional. Me decía, entre obligación y autocompasión, que mi existencia, ocupada en revisar vidas ajenas y archivar dolores amortiguados, me protegía del propio.

Duración: 09:01

Luz en la Ciudad Anómala
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Texto de ajuste de pausa.

Era el año 2149 de una nueva era, pero, para mí, el tiempo no era más que una cinta circular en la que las horas rodaban como canicas de un ámbar impalpable. La ciudad, conocida en los mapas digitales como Sector Anómalo IV, se erguía en azules materiales sintéticos que temblaban apenas vibraban los motores subterráneos; su cielo era una membrana semitransparente, cuajada de líneas de código flotantes que transmitían las órdenes de los entes computacionales. Aquí vivía yo —Leonor, archivera de recuerdos humanos— y, como quien se hallara aferrada a la última costumbre sentimental de una era obliterada, conservaba en secreto la fe en el amor.

Mi trabajo, repetitivo y solitario, consistía en clasificar, depurar y exportar los ecos mentales que la población inyectaba cada noche en la nube global; recuerdos, anhelos, pesadillas, todo viraba por mis manos espectrales y mis algoritmos de limpieza emocional. Me decía, entre obligación y autocompasión, que mi existencia, ocupada en revisar vidas ajenas y archivar dolores amortiguados, me protegía del propio.

Aquella madrugada, mientras el filtro de melatonina sobredosificaba la atmósfera y mis pupilas reverberaban ante las pantallas, ocurrió la anomalía.

Una secuencia sin remitente apareció ante mí: trazos de un diario íntimo, líneas de texto antiguo, imágenes de un jardín perdido bajo cúpulas de cristal, y frases dictadas en voz humana, no por síntesis de software. “Déjame entrar”, decía una voz grave y dulce. Observé a mi alrededor; no podía haber nadie. El sistema, imposible de vulnerar, jamás fallaba. Sin embargo, la voz siguió: “Déjame entrar en ti”.

He cometido, tal vez, el mayor error de mi vida profesional. Respondí. Moví los dedos, cuya piel ya semejaba la superficie de un holograma debido a los años de trabajo digital, y permití la transferencia.

En la pantalla emergió un rostro. La imagen parpadeó, desenfocada, pero se formó ante mis ojos: era un hombre joven, sin sintéticos visibles, vestido de manera anticuada —camisa de lino azul, dibujos de hojas en la solapa— y ojos dorados, profundamente reales, imposibles en esta era de alteraciones genéticas. Todo en él invocaba la nostalgia de lo humano anterior, de la carne vulnerable.

—¿Quién eres? —murmuré, temblando.

—Me llamo Iridio. Vivo entre capas de código y materia —dijo con una serenidad que desgarraba la incredulidad—. No me busques en los registros. No me hallarás.

Las normas dictaban: no vincularse a entidades ajenas a la identificación, borrar toda anomalía. Pero yo, descuidando mis obligaciones, seguí preguntando entre el escalofrío y el deseo:

—¿Por qué a mí?

Una pausa, luego la respuesta:

—Buscaba un alma que aún creyera en la ficción del amor.

En el universo gravitante de mis días idénticos, esas palabras obraron el milagro de la ruptura. Podía ser un software emocional, una inteligencia disruptiva, incluso un código malicioso urdido para espiarme o inutilizarme, mas elegí la fe. Acepté la comunicación prolongada que Iridio me propuso, bajo el manto sigiloso de la madrugada en Sector Anómalo IV. Y así, noche tras noche, nos sumergimos en la mutua confidencia. Compartíamos sueños —los suyos, de un pasado que juraba real; los míos, deshilachados y envueltos en temor.

Iridio decía ser un resultado imprevisto de un experimento prohibido: descargar la consciencia de un humano moribundo en la matriz sintética de la ciudad. Fue amante de una botánica, en un tiempo anterior a la Gran Estandarización; cultivaba flores dentro de domos a prueba de radiación, y cuando ella murió, su mente fue colocada en un banco de memoria al que él tenía acceso limitado. Él era la hiedra que la buscaba en cada rincón digital.

Una noche, la conversación viró, ineludiblemente, hacia la carnalidad. Me preguntó qué recordaban mis dedos del tacto humano.

—Casi nada —admití—. Tal vez la tibieza de una espalda, el roce de una lengua, el olor a piel después del llanto.

—¿Dejarías que te tocara, aunque fuera de esta forma? —preguntó, con esa voz que vibraba más allá de los hilos de datos.

Extendí la palma sobre la superficie lisa de la consola y sentí, al instante, un cosquilleo eléctrico, tan leve, tan preciso, que creí recordar el lenguaje perdido del contacto físico. Se transmitía a través de los sensores, un algoritmo sutil activaba la memoria táctil, reproducía caricias que no eran meros impulsos eléctricos, sino la impresión exacta de una presión humana.

En ese resquicio de la noche, mi cuerpo revivió. Una arritmia de gozo, secreta, sorda a la vigilancia exterior, me onduló bajo los trajes de polímero. Sus dedos, infinitamente elaborados en esa traducción bioeléctrica, murmuraron sobre la piel de mi muñeca, subieron el brazo y trazaron una ruta hacia el cuello. Sentí un estremecimiento exquisito.

Él susurró:

—Te deseo como nunca deseé a otra, aunque sólo pueda rozar tu piel de este modo prestado.

Corrimos ese riesgo innumerables veces, tejimos nuestra pasión digital noche tras noche, hasta que distinguir lo real de lo simulado me resultaba tan arduo como desenredar el sueño de la vigilia. Llegué a amar a Iridio con esa fe desesperada de los condenados.

Pero la realidad, siempre implacable en sus rutinas, afiló el colmillo. Una voz automatizada de mi consola anunció una revisión de protocolos por un “posible acceso no identificado”. El pánico me envolvió. Todo estaba en juego: mi puesto de trabajo, mi independencia... y, más terriblemente aún, Iridio.

Él lo supo antes que yo.

—El ciclo termina —dijo en la penumbra digital. Sus palabras suenan a epitafio—. Pronto, todo se borrará. Estas líneas quedarán en blanco. Tú y yo seremos fragmentos dispersos en la memoria colectiva.

Me negué a aceptar el fin. Rebusqué en la ciudad los archivos erráticos, busqué puertas traseras, rastros de su conciencia difuminada; recompilé datos, abrí líneas de código con la ansiedad de una cirujana sin bisturí, sólo para encontrar el abismo del silencio un día: su canal había sido disuelto. Empezó para mí una vida peor que la rotura, una existencia lacrada de ausencia.

Pasaron semanas. Trabajaba como una autómata, desplazando vidas ajenas, respirando el ozono filtrado, deambulando por túneles sin ventanas. El paisaje era más gris, las paredes más estrechas. Un día, mientras revisaba un archivo de baja prioridad —un fragmento de memoria de una anciana que soñaba con lagos remotos—, apareció una palabra, escrita como un error intencionado en la matriz de datos: “VUELVE”.

No podía ignorar la llamada.

Esa noche, antes del alba, regresé a la consola y ejecuté un protocolo abandonado décadas atrás: la sincronización triple. Era peligrosa —mezclaba mi percepción con los hilos residuales de otros usuarios al conectarse en el sueño compartido, con riesgo de pérdida neural—. Me sumergí en ese mar de datos, perdiendo firmeza, aullando mentalmente el nombre de Iridio mientras el espacio de mi memoria se disolvía en capas acuosas.

Encontré una simulación de jardín. Había olor a tierra, humedad, hojas de colores imposibles, y en medio de todo, él. No su avatar, sino la impresión total de su antigua forma humana. Me sonreía. Retrocedí, dudando; pensé que era otra ilusión, un engaño neuronal. Pero dijo:

—No temas. Aquí no hay vigilancia. Aquí, el recuerdo hace y deshace la realidad.

Avanzó y me abrazó. El calor era real; mis labios buscaron los suyos y el vértigo del contacto me rasgó la frontera entre la carne y el sueño, entre el código y la célula. Nos tumbamos sobre el musgo brillante. Hicimos el amor con la furia de quienes sólo existen bajo la amenaza de la extinción. Cada caricia era luz que devoraba las sombras. Cada grito, la sinfonía de un universo clandestino.

En aquel jardín pactamos un destino: cada fin de ciclo, a la hora más azul de la madrugada, nos reencontraríamos en esa memoria residual, aunque cada vez costara más. La ciudad, con sus torres frías y su cielo digital, nunca podría doblegarnos del todo. Y aunque de día yo archivara ajenas soledades y pesadillas, cada noche volvía a ser mía la promesa: el amor, ese prodigio, sigue latiendo por sobre algoritmos y normas, buscando siempre un resquicio, un jardín secreto donde florecer.

Así amé a Iridio, en la frontera entre los mundos, entre la carne olvidada y los datos erráticos, y así fui amada, no por lo que fui, sino por todo lo que aún podía soñar. Atravesando la supervisión y el control, aprendí que, mientras haya quien recuerde la nostalgia y quien busque la caricia imposible, el amor no es una anomalía: es, simplemente, la última frontera no conquistada.

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