Portada del relato El jardín de los vientos susurrantes
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Fragmento:


Abrió la ventana y el aire cortante le cortó las mejillas, trayendo olor a leña y a tierra helada. Más allá de la finca, el lago humeaba, un velo de niebla danzando perezoso hacia el bosque. Ningún sendero marcaba la nieve virgen, pero a lo lejos algo destelló. Un reflejo, quizá de algún azulejo roto o una rama cubierta de carámbanos.

Duración: 09:32

El jardín de los vientos susurrantes
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Texto de ajuste de pausa.

***

La primera nevada cayó temprano aquel invierno, tiñendo de un blanco insólito la colina donde se erguía la casa heredada. Dahlia se despertó en medio de un silencio que parecía acunar el mundo entero en un sueño nuevo. La chimenea vacía se perfilaba contra la pálida claridad del amanecer, y el reloj sobre la cómoda marcaba una hora indecente para estar despierta. No había dormido bien; la cama no era la suya y cada rincón exudaba recuerdos ajenos, promesas de secretos enmarañados entre tablones viejos y lianas de hiedra.

Durante años, la mansión Blythe había quedado cerrada, aguardando su regreso como una criatura paciente. El testamento de su tía Allegra se lo había dejado claro: “Debes habitar la casa durante una luna completa, al menos una vez en la vida, a fin de saber quién eres y qué anhelas”. En aquel momento, la joven se había reído de la extravagancia, pero ahora, en pleno invierno y sin ataduras en la ciudad, Dahlia pensó que, tal vez, el aislamiento sería más medicinal que la costumbre de huir.

Envuelta en una bata gruesa, bajó las escaleras crujientes, el único ruido en un mundo atemperado por la nieve. Bajo el marco de la cocina encontró una carta, no demasiado antigua, aunque el sobre lucía una pátina grisácea. Unas iniciales tejidas en tinta violeta: S.A.

Dahlia la rasgó con torpeza y leyó la letra rápida de su tía, que parecía susurrar entre líneas:

“No temas a los sonidos de la casa ni a los sueños que vengan. Hay regalos en los rincones, y regalos que son menos obvios. Si alguna vez oyes el viento, sigue donde conduce.”

Rió. Había aprendido a ver la extravagancia de Allegra como el paquete y la tarjeta de un regalo por abrir. “A dónde me conduce el viento, tía…” murmuró e, insondablemente, el aire de la cocina pareció vibrar.

Abrió la ventana y el aire cortante le cortó las mejillas, trayendo olor a leña y a tierra helada. Más allá de la finca, el lago humeaba, un velo de niebla danzando perezoso hacia el bosque. Ningún sendero marcaba la nieve virgen, pero a lo lejos algo destelló. Un reflejo, quizá de algún azulejo roto o una rama cubierta de carámbanos.

Dahlia cerró presurosa la ventana. El café caliente en sus manos fue una promesa casi mágica ese día, pero la sensación de ser mirada, de estar a la espera de algo, no se disipó. Antes del mediodía se envolvió en un abrigo largo, impermeables viejos sobre botas desiguales, y cruzó el umbral, resuelta a investigar el lago. Crujió la nieve bajo sus pasos, y el sol matinal tejió diamantes diminutos en su andar.

Al aproximarse al lago, el frío se apretaba distinto, algo convoca, como una llamada sin palabras. En la orilla distinguió una figura agazapada junto a una de las piedras grandes, apenas una sombra entre grises y blancos. El corazón de Dahlia, siempre dispuesto a asustarse, se tambaleó en el pecho y quiso retroceder. Pero la figura se volvió y reveló un rostro cubierto por una capucha azul.

“¿Eres tú la nueva inquilina?”, preguntó una voz masculina, tan quebrada y reverberante como el viento mismo.

Dahlia titubeó, sintiendo calor en las mejillas. “Vivo aquí. Al menos, por un tiempo. ¿Quién eres?”

El extraño desenrolló a medias la capucha, y un rostro de facciones agudas, piel pálida y cabello tan oscuro como la obsidiana, la miró. El par de ojos claros la observaban con una intensidad inquietante, bañados en un azul imposible.

“Me llamo Silas. Vivo aquí, en los inviernos. Cuando la casa está en uso, cuando Allegra recibía huéspedes.”

"Nunca te mencionó," murmuró Dahlia, aunque unas campanas de advertencia y fascinación la inundaron a la vez.

Él sonrió, y fue como si las ramas cercanas crujieran para aplaudirle. “La mayoría de los regalos no se anuncian, sólo se reciben. Allegra tenía ese arte.”

La frase la dejó extrañamente descolocada, y fue fácil dejarse llevar en charla trémula, mientras andaban en paralelo a la orilla helada. Silas le habló de peces ocultos bajo el hielo, de flores que brotaban tras la primera lluvia, de secretos enterrados en los jardines. Le mostró un puente hundido bajo charcos congelados y la pequeña glorieta de madera semienterrada en la nieve. Sus palabras tenían un ritmo antiguo, algo salvo del tiempo; y, por momentos, Dahlia sintió que caminaba en el filo mismo de otro mundo.

Al anochecer, Silas se despidió con una reverencia, prometiendo regresar al día siguiente. Dejó tras de sí una quietud expectante, un hueco que la casa, con todo su silencio, no podía llenar del todo.

***

Dahlia pasó los días explorando. Encontró libros leídos hasta deshojarse, cartas viejas, collares en cofrecitos polvorientos. Cada noche, al cerrar las cortinas, sentía crecer en su pecho una emoción extraña, a medio camino entre el ansia y la nostalgia. Las visitas de Silas siguieron, cada vez más largas, más íntimas. A veces, sin palabras, sólo el fuego entre las manos, el frío afuera y la promesa de algo que nunca había sentido.

Él le relató leyendas del lago y del viento, historias de amores perdidos y de pactos secretos entre la casa y la tierra. Ella, de vuelta, hablaba de sus fracasos, de sus ciudades, de la soledad de quien busca un hogar en todos los cuerpos menos en el propio. Entre ambos fue tejiéndose una red de complicidad, fina como el hielo pero profunda como el agua del lago.

Una noche, tras largas horas en la biblioteca, Dahlia encontró una puerta falsa, oculta tras una hilera de estanterías. El picaporte, bruñido por manos invisibles, abrió con un gemido laxo, revelando una sala secreta. Dentro reinaba el polvo y el olor a almizcle. Una larga mesa cubierta por un tapiz y, en el centro, una caja de madera tallada.

Al tocarla, el aire pareció arremolinarse en la habitación, y un murmullo de voces pasó como una ráfaga. Dahlia, temblorosa, abrió la caja. Dentro aguardaba una pluma azulada —idéntica al color de los ojos de Silas— y una carta sellada con cera. El sobre estaba dirigido a su nombre, letra elegante:

“Cuando el viento susurre tu nombre, no temas la respuesta. Cuando el amor te llegue, no lo rechaces aunque tema arder. Algunos regalos no pueden ser envueltos, pero relevan su magia sólo cuando son aceptados por completo.

Con ternura,

Allegra”

El pulso galopó en la garganta de Dahlia. ¿Era esto lo que debía encontrar? ¿Un recado, una promesa? Sentía que el mundo giraba bajo sus pies, distinto de nuevo.

Saltó del sobresalto cuando Silas la encontró allí, de pie bajo la luz temblorosa del crepúsculo. Sin palabras, se acercó a ella. La distancia parecía reverberar, cargada de electricidad.

“¿Por qué estás aquí, Silas? ¿De verdad? Mi tía hablaba de regalos. ¿Eres uno de ellos?” preguntó Dahlia, apenas un susurro, como si temiera ahuyentar un animal salvaje.

Silas la tomó de la mano, y su tacto era cálido y frío a la vez, carne y niebla. “La casa me guarda, desde hace siglos. Fui parte de un pacto antiguo: proteger los dones de Allegra y de su linaje. Cada generación debe encontrarme, debo recordarles que hay amor en el mundo aún cuando el invierno lo cubre todo.”

Dahlia parpadeó; una gota de luz danzaba en los iris de Silas. “¿Estás diciendo que… no eres exactamente humano?”

Silas asintió con gravedad. “Fui hombre una vez. El invierno me llevó; Allegra me trajo de vuelta, un eco entre mundos. Cada generación, si el corazón lo desea, puedo renacer verdadero. Pero sólo si el don es aceptado.”

La pluma vibró en la palma de Dahlia. Era tan ligera que apenas parecía más que una idea acaba de brotar. Sin saber cómo, supo qué hacer: la sumergió en la pequeña mancha de tinta que había junto a la carta, y escribió sobre su pulso, su pecho, una palabra: “Sí”. El aire sibiló, un estremecimiento en la médula del invierno.

Silas se estremeció. El cuerpo antes etéreo cobró solidez bajo sus ropas azules, los cabellos desataron sombras más profundas y los labios hallaron color. En un instante, la piel brilló con calor, y un suspiro largo pronunció su nombre.

Su abrazo fue la ceremonia de un pacto sellado, y la fuerza del sentimiento saltó de uno a otro como brasas caídas sobre nieve.

***

Pasaron los días, y la nieve siguió cayendo, pero el mundo cambió dentro del invierno. Dahlia descubrió cómo el miedo puede volverse aliento cuando se acepta el don de compañía. Silas, ya palpable, comenzó a hablar de futuro en voz baja, de manzanos floreciendo para ellos, de veranos donde el lago sería un espejo de sus secretos y no un guardián de encuentros robados.

No hubo promesa de eternidad, porque nada en el mundo terrenal la ofrece. Pero Dahlia aprendió en aquel mes que las casas guardan tesoros ocultos, y que un regalo —el más valioso— suele ser aquello que no sabemos cómo desear hasta que lo hemos aceptado.

La última noche, antes de regresar a la ciudad, Dahlia encontró sobre la almohada una nota con la letra capa de Allegra:

“El amor es un don caprichoso: a veces viene envuelto en leyenda, a veces en carne y hueso. Sea como sea, oígase bien el viento antes de cerrarle la puerta.”

Y esa noche, la joven salió al porche, rodeada por el invierno que ya no era frío, protegida por el amor prohibido y las viejas promesas. Silas la alcanzó, y juntos vieron al lago dormir bajo la luna. Ambos supieron en silencio que los verdaderos regalos, aunque ocultos, esperan a ser hallados cuando el corazón esté listo para abrirlos.

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