Portada del relato La danza de las dos lunas
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Fragmento:


El Drakhan recogió un cabello suelto de la frente de Vianne, lo giró entre sus garras y lo soltó como si significara algo.

Duración: 09:20

La danza de las dos lunas
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Texto de ajuste de pausa.

Hay noches en que las lunas se rozan en el firmamento: una, azul y voluble, la otra, encarnada y constante. Cuando ocurre, los más sabios cierran sus puertas, pues el velo entre los mundos se vuelve frágil y el peligro de perder el alma se baila en los vientos. Pero Vianne no era sabia ni prudente. Era, acaso, más temeraria que heroica; alguien cuya vida se había forjado a contraluz, donde la incertidumbre y la pasión caminaban desnudas y abrazadas.

Esa noche particular, la de la Danza de las Dos Lunas, Vianne descorrió la cortina de su ventana y miró largo rato el vaivén de la brisa sobre la colina. El pueblo de Eristal dormía bajo su manto, amasando sueños de cosechas y amores pasados. Ella, en cambio, no sentía ni el mínimo temblor de sueño bajo su piel. Había esperanzas ardiendo en sus venas, tamizadas de inquietud. Todo comenzó con una carta de un remitente desconocido, escrita en una lengua que solo quienes nacieron bajo la constelación de la Mirada podrían entender. Por fortuna, o desdicha, Vianne era una de las pocas.

La carta había llegado doblada en cuatro, oculta dentro del tomo ajado de un herbario en la biblioteca municipal. Decía: "Ven cuando las lunas se besen. Allí, bajo el olmo rojo, encontrarás la verdad que buscas. No temas si la noche te habla". Un escueto mapa dibujado detrás le mostraba el sendero, un atajo por el bosque que siempre le pareció demasiado oscuro, incluso de día. El olmo estaba en lo alto, un testigo milenario de promesas rotas y otros encuentros clandestinos.

El relato comenzaría aquí, aunque para Vianne hacía tiempo que todo había comenzado y terminado un centenar de veces en su pecho. Se calzó las botas con sumo silencio, una vieja costumbre heredada de su madre, y recogió la capa azul, la de las noches en que sentía que era otra persona. Una daga pequeña, pero filosa, colgó de su cinto. La valentía no consiste en desafiar al peligro sin cautela, se recordó, sino en caminar hacia él sabiendo cuánto teme perder.

Salió furtiva, los pasos medidos entre la grava. Soplaron los sauces y las ranas callaron al cruzar el umbral de lo conocido. El mundo, bajo la dualidad de las lunas, se sentía distinto: los colores más profundos, el aire con matices de música antigua. El sendero la envolvió y pronto los susurros le indicaron que no estaba sola.

Llegó al claro del olmo rojo, donde la corteza exudaba savia como sangre fresca. Allí aguardaba una figura que encarnaba todos los secretos de las viejas leyendas. Alto, esbelto y cubierto con un manto de escamas plateadas: era un Drakhan, uno de los seres que custodiaban los márgenes de la realidad y el deseo. Sus ojos, violetas relucientes, la escudriñaron con un calor antiguo, mezcla de invitación y peligro.

—Has venido —dijo su voz, arrastrando sílabas como si fueran caricias—. Eso requiere algo más que curiosidad.

Vianne notó que la carta se deshacía entre sus dedos, liberando motas de luz azulina. Apretó la daga sin pensar y sostuvo la mirada del Drakhan.

—Tengo preguntas —se atrevió—. Y advertencias. No juego con las lunas ni contigo.

Hubo lo que solo puede nombrarse como una sonrisa felina en su rostro, una chispa de algo que cruzaba la frontera entre humano y arcano.

—Pregúntame, Vianne de la constelación perdida. Pero sé que cada respuesta es un umbral. Y no todos retornan siendo quienes llegaron.

El pulso de ella retumbó en las sienes. Había leído que los Drakhan podían dar y quitar historias a voluntad, que cenaban con reinas y reyes en los pasados y porvenir. Sin embargo, nada la prepare para la cercanía de sus palabras. Él se acercó, la distancia entre ambos llena de promesas y amenazas.

—¿Por qué yo? —preguntó finalmente, la voz alta en el claro, bordeando la quiebra.

El Drakhan recogió un cabello suelto de la frente de Vianne, lo giró entre sus garras y lo soltó como si significara algo.

—Porque tienes la marca de quien ha amado y perdido, y aun así desea arriesgarlo todo otra vez. Porque nadie puede conjurar el rito de la Verdadera Mirada sin haber cruzado el filo de su propia alma.

La brisa trajo consigo el aroma de jazmín y tierra húmeda. Vianne sintió hambre por una vida que nunca supo posible. No temía morir, pero sí no llegar a descubrir para qué había nacido.

—¿Qué buscas realmente? —la voz del Drakhan se filtraba como vino dulce y fuerte.

Vianne bajó la daga, la hoja reflejando los dos cielos sobre ellos.

—Busco a Calen. Al único hombre que ha amado más allá de este mundo y del otro. Quiero saber si me espera, si su promesa tenía el alma que parecían tener sus palabras.

El Drakhan asintió. El antiguo ritual pedía un sacrificio, una muestra de arrojo y pureza que no se compra ni hereda. A veces era una lágrima. Otras, una confesión que nunca se había pronunciado en voz alta. Vianne, temblando, buscó en su recámara interior y habló:

—Temo no ser suficiente— susurró—. Temo que mi pasión no baste para llevarme hasta él. Pero lo haré, aunque me cueste el nombre o el corazón.

Las lunas se fundieron en ese instante, destilando una luz que oscureció las sombras y sumió en negrura todo lo demás. El olmo se crispó, brotando raíces que la rodearon sin tocarla, sosteniéndola en un abrazo vegetal. El Drakhan extendió una garra, señalando un punto entre los mundos. De ahí emanaba un brillo color ámbar con tonos de mar en otoño: un portal, un umbral, una posibilidad nada segura.

—Solo cruzan los que viven con el pecho sin murallas —dijo—. Enfrentarás recuerdos, tentaciones y aquello que temes de ti misma.

—¿Vendrás conmigo? —La mirada de Vianne rozó la del eterno guardián.

Él sonrió, y sus colmillos centellearon como promesas.

—No puedo cruzar ese umbral. Pero, si sales del otro lado, te habré de aguardarte con una pregunta que quizá querrás responder.

Vianne sintió el borde del atrevimiento morderle la piel. Dio el paso, dejando tras de sí las certezas, la gravedad, todo lo conocido. Sintió cómo el portal la disolvía y la recomponía, y dentro, un abismo revestido de los sueños que jamás osó recorrer. Caminaba descalza ahora, con una túnica de ceniza y las manos desnudas. Alrededor, los ecos de infinitas versiones de sí misma cayeron como hojas otoñales.

—¿Vendrás por mí? —insistía una Vianne de 12 años desde el reflejo de un lago.

—¿Cómo amarás a otro si no te amas a ti primero? —musitaba otra, con labios de fuego y ojos rotos.

—¿No temes desaparecer en tu deseo? —preguntó una sombra.

Por cada pregunta, el cielo dentro del umbral cambiaba de color. Vianne recordó a Calen: el roce áspero de su barba tras la tormenta, el modo en que le tomó la mano bajo el ciruelo y le susurró que la muerte no era separación sino otra forma de esperanza. Se dejó tomar por el naufragio de su memoria, ahondando allí donde la angustia se confunde con el éxtasis.

Cuando sintió la tentación de rendirse —de retroceder, de quedarse en la cómoda niebla del pasado—, una chispa le cruzó el pecho: la valentía de quien sabe que sólo las decisiones invertidas de temor forjan el deseo verdadero. Corrió hacia la imagen de Calen tendida bajo un puente dentro de ese mundo y la abrazó. Se deshicieron juntos, fundiéndose la imagen y la realidad, y Vianne despertó en el claro bajo el olmo rojo. En sus rodillas, la carta hecha cenizas; encima, la luz de las lunas apartándose, remolineando a solas.

Respiró profundamente. Frente a ella, el Drakhan aguardaba, con la paciencia del tiempo.

—¿Lo encontraste? —preguntó, sin juicio ni ansiedad.

—Lo hice, —exhaló Vianne, y era otra su voz, acaso más entera y serena—. Pero no lo encontré lejos. Estaba en mi memoria y en la valentía de buscarle aun sabiendo el riesgo de perderme.

Él asintió. Se adivinaba un destello de respeto en sus ojos, percepción nacida no solo del rito cumplido sino de un reconocimiento antiguo. Extendió una garra y en ella apareció un pequeño libro encuadernado en cuero azul. En la portada, apenas un símbolo: un ojo abierto en medio del corazón.

—Guarda este libro. Es la Mirada, el arte de cruzar y retornar, la alquimia de la nostalgia. Solo quienes se atreven a amar con todo el peligro tienen derecho a escribir en sus páginas.

Vianne tomó el libro, que tembló cálidamente en su palma. De pronto, sintió terrenal el peso de la noche, los grillos retomando su murmullo, la brisa familiar en los cabellos. El Drakhan ya se retiraba, fundiéndose lentamente con la espesura, pero antes de desaparecer giró el rostro y preguntó:

—¿Me responderás mi pregunta?

Vianne, de pie al filo de la nueva aurora, repitió tranquila, como quien ya no teme:

—Sí.

La pregunta, entendió al instante, no sería dicha en palabras, sino en los actos por venir. Amar otra vez. Buscar y perderse. Ser valiente aun cuando el mundo te pida lo contrario. Y así, bajo las dos lunas que se separaban en el cielo, Vianne abrazó su destino: se supo creación, rito, heroína de su propia y audaz historia.

Bajo el olmo rojo, el universo susurró un nuevo comienzo. Vianne, con el libro apretado contra el pecho y el corazón desbordando certezas y preguntas, emprendió el regreso. Esta vez, ni la noche ni el miedo tenían ya poder sobre ella.

El amor, lo comprendió de forma imborrable, no siempre promete victoria: a menudo, es tan solo el coraje de intentarlo de nuevo.

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