Fragmento:
Era un ritual antiguo, más viejo que el linaje dormido en los retratos polvorientos de la mansión. Transcurría cada siete lunas llenas, cuando las aguas del arroyo rebosaban y algún anhelo callado crujía desde lo más hondo del pecho. Desde que se marchó Alain –la última vez, pensó Lucienne, porque siempre han habido últimas veces, todas ellas transitorias– el silencio había caído sobre la casa como una manta tibia a la que, a pesar del tiempo y del dolor, jamás consiguió acostumbrarse.
Duración: 10:24
Bajo la luz de las luciérnagas – Relato
La brisa nocturna arrullaba los álamos y serpenteaba entre las flores con la dulzura de un amante diligente. Era noche de luna llena, la más brillante del año, y Lucienne aguardaba, descalza sobre el césped húmedo, bajo el arco musgoso que dividía su jardín del bosque que se alzaba como un océano de sombras al fondo de la propiedad. El aire olía a jacintos y a promesas perdidas. Frente a ella, una hilera de luciérnagas bailaba en círculos concéntricos como si trazaran un alfabeto secreto sobre la penumbra.
Era un ritual antiguo, más viejo que el linaje dormido en los retratos polvorientos de la mansión. Transcurría cada siete lunas llenas, cuando las aguas del arroyo rebosaban y algún anhelo callado crujía desde lo más hondo del pecho. Desde que se marchó Alain –la última vez, pensó Lucienne, porque siempre han habido últimas veces, todas ellas transitorias– el silencio había caído sobre la casa como una manta tibia a la que, a pesar del tiempo y del dolor, jamás consiguió acostumbrarse.
Lucienne había oído las historias en la infancia, en las veladas junto al fuego, cuando la voz de la abuela se volvía un susurro conspiratorio. Decía que algunas mujeres tenían una herencia peculiar: la de llamar a la frontera del mundo conocido a seres cuya esencia era mitad deseo, mitad peligro. Solo hacía falta una noche de luna, una ofrenda sencilla –flores, piel, verdad– y la valentía de mirar fijamente a lo desconocido sin apartar la vista.
Nada le quedaba ya de Alain, salvo el anhelo de lo no vivido. Decía su madre que los hombres mortales traen palabras y ardor, pero dejan la ausencia pegada a los huesos. Por eso, esa noche Lucienne se había despojado tanto de las medias de encaje como de los remordimientos y esperaba la llegada del invitado con el corazón latiendo a ritmo de tempestad.
Padre decía que el bosque era peligroso. Que los hombres –y los seres que no son hombres– venían de él solo para sembrar miedo, enfermedades, pasión prohibida. Pero Lucienne había comprendido temprano que el peligro es el reverso del deseo, y que nadie puede vivir solo de prudencia.
La luna trepaba, azul y redonda, por encima de la copa mayor del roble centenario. El jardín despertaba: el jazmín, excitado por la promesa, exhalaba su perfume almibarado. Lucienne avanzó con paso firme, los pies hundiéndose en la hierba, y cruzó bajo el arco musgoso, adentrándose en el bosque prohibido. Sentía cosquillear la piel, como si alguien la hubiera cubierto de besos diminutos.
Llegó hasta las zarzas donde el arroyo pronunciaba su canto acuoso. Allí, sobre una piedra vestida de musgo, se arrodilló y depositó su ofrenda: una sola pluma azul, arrancada del ala de un pavo real del jardín, testigo del encierro y de la vanidad. Estaba desnuda bajo la chaqueta de terciopelo azul oscuro, y le temblaban los muslos y la lengua.
El aire se espesó; una melodía aguda, casi inaudible, comenzó a arder entre los árboles. Una sombra emergió del follaje. No era del todo hombre, ni del todo fiera, ni del todo sombra. Tenía largos cabellos como hilos de humo, la piel centelleante, los ojos líquidos de un ámbar imposible. Caminó hacia ella envuelto en su misterio; sus pies apenas tocaban el suelo.
—Has venido —dijo Lucienne, la voz quebrada entre la ansiedad y la embriaguez.
El extraño asintió. Su apariencia variaba a cada parpadeo: ora era un joven de piel dorada, ora la silueta escurridiza de una cierva, ora la nada misma bajo el ropaje de la noche.
—He esperado mucho.
El visitante sonrió, y su boca era la curva de una luna nueva. Tomó la pluma con dedos que ardían y la sumergió con cuidado en el agua. Un destello azul bañó la orilla y rebotó entre las ramas. De repente, todo el bosque olía a tormenta eléctrica y a racimos de uvas maduras.
—¿Sabes mi nombre? —La voz era múltiple, formada a partir del murmullo de las hojas y del bramido lejano de los ciervos.
Lucienne hizo memoria de los nombres prohibidos aprendidos en la niñez, de los versos susurrados en sueños, y uno cruzó su mente como un relámpago:
—Ewan.
Sus ojos –por un momento, perfectamente humanos– brillaron con una ternura feroz.
—¿Y sabes lo que sucede cuando se pronuncia mi nombre en voz alta bajo esta luna?
Lucienne se incorporó y sentía la fuerza subiendo desde los pies hasta la boca, como una oleada de valentía nacida de la locura.
—Lo deseo.
Bastó el roce sutil de la mano de Ewan sobre su mejilla para que la sangre se le llenara de fuego. El aire se densificó. Las luciérnagas encendieron sus diminutas lámparas sobre sus cabezas. Ewan la abrazó; su cuerpo era tan real como el miedo, tan imposible como la dicha.
Entre las raíces y la hierba mojada, Lucienne recordó todas las historias de amantes perdidas; su piel recibía el frío y la humedad del bosque como un sacramento. Ewan recorría su espalda con la paciencia de la resina que escurre lenta por la madera. Se fundieron, habitándose el uno al otro, hasta que el tiempo perdió sentido y espacio y solo quedaron los jadeos, los suspiros y las palabras antiguas compartidas.
Cuando el clímax estalló, se sintió liberada de todos los pesos y las ataduras: su cuerpo temblaba, pero su alma volaba.
Ewan besó su pecho y su ombligo, y la miró con una intensidad que la traspasó como el rayo al árbol caído. Lucienne sintió que podía vivir todas las vidas, que las cadenas invisibles de la rutina se desmoronaban a sus pies y que ningún invierno sería suficiente para apagar la llama encendida esa noche.
—¿Vendrás de nuevo? —preguntó en un susurro gastado.
Los ojos de Ewan eran océanos en los que podía ahogarse sin temor.
—Si quieres. Si me llamas desde lo más profundo.
Las luciérnagas rodearon sus tobillos desnudos y el perfume del bosque era más intenso, embriagador. Ewan desapareció entre la niebla, desgranando la noche en mil promesas.
Lucienne regresó al jardín caminando lentamente, aún temblorosa; su cuerpo conocía ahora una melodía distinta, una cadencia secreta. Se perdió entre las sombras de los bojes, recorrió la galería de la casa y se precipitó, desnuda bajo la chaqueta, a la gran habitación donde la luna tejía encajes sobre los viejos muebles.
Miró su reflejo en el espejo. Los ojos eran más oscuros, la piel más brillante, la boca entreabierta como si aún un beso flotara en los labios. Bajo los ojos, un rastro de purpurina azul, fino como un hilo de lágrimas, denunciaba el paso de Ewan. Nadie más vería esa señal, salvo ella.
Se tumbó sobre la gran cama de madera y escuchó al exterior: lejos, junto al arroyo, la risa líquida del visitante aún se deslizaba entre las ramas. Afuera, todo seguía su curso: los búhos cazaban, los ciervos pastaban, los ratones corrían entre raíces. Pero para Lucienne, la vida había cambiado; en su carne y en sus adentros había escrito un nuevo poema, irreversible, incendiario.
Así pasaron los días. En la villa de Les Ormeaux murmuraban de ella: la joven viuda que nunca recibía visitas; nadie la había visto de nuevo en la iglesia, ni paseando por la plaza como acostumbraba. Por las noches, sin embargo, Lucienne salía al jardín cuando la luna ascendía y, bajo el arco de musgo, se despojaba de todas las certezas y llamaba en voz baja.
Y Ewan acudía. Cada vez más palpable, más ardiente, más él mismo. Ora tomaba la forma de un amante de piel oscura y mirada de obsidiana, ora se deslizaba en soledad como un perfume que encendía el aire, ora la poseía sin palabras, fundiéndose con sus sueños.
Nadie presenciaba aquella unión, salvo las luciérnagas y las sombras que callan. El amor crecía y cuanto más profundo era el deseo compartido, más áspera sentía Lucienne la claridad del día, más distante el mundo de los demás. Se preguntó si la abuela también había amado a un ser así, si entre las costuras de las sábanas antiguas aún gemía alguna huella de aquellos besos nocturnos.
Una tarde, una mujer del pueblo, Margot la curandera, se atrevió a preguntarle frente al mercado:
—¿Lucienne, por qué tus ojos brillan como carbones al atardecer?
Pero Lucienne sonrió y siguió su camino. ¿Qué sentido tenía confesar lo que ni siquiera el lenguaje humano podía nombrar? ¿Quién comprendería la dicha salvaje de amar a un ser que no puede poseerse jamás, que huye con la brisa y regresa solo cuando el anhelo es tan intenso que desgarra?
Los inviernos vinieron. El jardín se cubrió de escarcha y las luciérnagas durmieron en refugios de corteza y musgo. Más allá de las puertas cubiertas de escarcha, Lucienne aguardaba: con él, todo frío era solo espera; el calor ardía bajo su piel como la veta de un milagro tibio.
Una noche especialmente fría, Lucienne caminó hasta el bosque helado. La luna, en lo alto, era como un huevo de perla. Ewan la esperaba junto al arroyo. Su luz era menos intensa: sus formas parecían desvanecerse entre las brumas.
—¿Por qué pareces tan lejano esta noche? —preguntó ella, apretando la chaqueta contra el pecho desnudo.
—Es el tiempo —contestó Ewan, con voz de escarcha y agua corriente—. Tu vínculo con este mundo se debilita. Tu deseo es una llama inconstante.
Lucienne supo que el invierno, para él, era hambre y ausencia; que los seres como él solo existen donde los sueños aún pueden prender. Y sintió miedo: temor de olvidar, de resignarse, de vivir para siempre en el lado seguro del jardín.
Se arrodilló junto al arroyo, como la primera vez, y susurró:
—No quiero que te vayas. Llévame contigo.
Ewan se acercó. Su beso era ahora más frío, más etéreo.
—Ningún mortal puede vivir siempre en el filo del misterio —dijo con tristeza—, pero cada vez que tú, o alguna mujer como tú, traspase el arco con el corazón intacto y el deseo vivo, volveré.
Las luciérnagas, aunque dormían, chisporrotearon en la distancia. Lucienne sintió en los labios el último beso de Ewan, y la promesa de todos los deseos aún no cumplidos.
Regresó, cubierta de escarcha y de lágrimas dulces, a su casa. Jamás volvió a casarse ni a vivir conforme a los dictados de los hombres. Cuando murió, muchos años después, encontraron su cuerpo sobre la cama, entre sábanas perfumadas de jazmín y musgo, con una pluma azul y un rastro de purpurina en los párpados.
Nadie supo nunca la verdad: que el amor más real es aquel que arde solo en la frontera de lo imposible, allí donde la luz de las luciérnagas revela, por un instante, que los besos prohibidos pueden durar para siempre.
FIN
Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.