Portada del relato Susurros en el Claustro de Ópalo
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Fragmento:


—¿Quiénes son? —preguntó ella, mirando de reojo a los congregados.

Duración: 09:35

Susurros en el Claustro de Ópalo
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Texto de ajuste de pausa.

La niebla arremolinada en la primaveral medianoche parecía susurrar antiguas leyendas a todo aquel lo bastante inadvertido como para andar bajo las glicinas. Callie había aprendido a no escuchar esos susurros, al menos en voz alta; bastaba con ver la manera en que las matronas del pueblo miraban hacia otro lado cuando, a la caída del sol, las campanas del monasterio de Ópalo repicaban una nota de más. Era, según las leyendas infantiles, una invitación. Una advertencia, según los viejos. Un augurio para los corazones sensibles.

Aquella noche, el repique añadió un acorde inesperado: marejada en el pecho de Callie, y una ráfaga de frío espectral entre los establos que separaban la aldea de la colina, donde dormía el claustro. Ella, presa de inusitado ahínco, decidió caminar hasta allí, como si toda la vida hubiera esperado el llamado y sólo ahora comprendiera su razón de ser. No era sólo el eco de las historias narradas al fuego, ni sólo la tentación del destino; era un presentimiento dulce y cruel, una certeza de que algo sería diferente a partir de hoy.

Atravesó el portón, cuyos goznes lloraron al abrirse, y puso el pie en el sendero de guijarros. Las sombras parecían refugiarse a su paso. La vegetación —hiedras y jazmines— formaba arcos, y a través de ellos, Callie creía distinguir figuras etéreas: manos tendidas, bocas mudas, ojos transparentes, de tal modo que el miedo reptó sobre su piel, pero la esperanza latía igual de fuerte. Tal vez más. La luna, oscurecida apenas por una nube casual, derramó su luz sobre la puerta de madera tallada.

Fue allí donde lo vio por primera vez.

Aurel. Su presencia desbordaba el espacio. Era alto, con el cabello tan oscuro que parecía extraído de la noche misma, y las cejas delineaban una expresión inquisitiva. No tenía aspecto de monje, ni de sacerdote, sino de alguien que había olvidado hace mucho el significado de la vulnerabilidad. Y, sin embargo, cuando la miró, sus ojos ardieron con la ternura de un exiliado.

—Has respondido a la llamada —dijo, con voz semejante al arrullo de las fuentes viejas.

Callie, a pesar de sentirse observada por un millar de miradas invisibles, no dudó en sostenerle la mirada.

—Nadie ha podido resistirla —defendió—, aun cuando se suponía que era sólo para otros.

—¿Y quiénes son “otros”? —le preguntó él.

Ella sonrió, más con los labios que con el alma.

—Quizá los que han soñado siempre con huir.

Aurel la invitó a pasar, y las puertas del claustro se cerraron suavemente a su espalda, como el fin de una canción olvidada. Adentro, el aire estaba cargado de una vibración imperceptible: mezcla de incienso y tierra húmeda, promesas y advertencias.

Las velas, en largas hileras, creaban formas cambiantes en las paredes de piedra. Más allá del vestíbulo, una sala redonda albergaba un jardín interior: en su centro, una higuera se extendía hacia un óculo, y bajo su sombra, otras figuras aguardaban. Ninguna parecía haber notado que era medianoche: reían, compartían frutas, parecían sumergidas en una ligereza impropia de los vivos y, sin embargo, tan deseada por ellos.

Aurel la condujo con una cortesía antigua, señalando un banco de mármol casi oculto tras la maleza. Las ramas de hiedra, sin miedo a enredarse en los tobillos de Callie, adornaban el escenario con una sutilidad de cuento. No era sólo un jardín oscuro: era el umbral entre su mundo y el de ellos.

—¿Quiénes son? —preguntó ella, mirando de reojo a los congregados.

Aurel palideció como si le hubieran escarbado la herida de un antiguo secreto.

—Almas traídas aquí por un anhelo sin nombre. No todos cruzan el umbral. Y tú, Callie, puedes regresar si lo deseas.

Pero Callie había dejado atrás esa opción al seguir el repique. Algo dentro de sí —una semilla de deseo, un núcleo de pena— la retenía, incluso cuando los murmullos del jardín empezaron a tomar la forma de palabras. Sufrimiento. Gozo. Hambre antigua. Esperanza.

De pronto, una risa clara, hiriente y alegre a la vez, hizo que todos giraran. Era Mireille, una joven de cabellos rojizos, ojos vivaces y sonrisa peligrosa, como el filo de un cuchillo bajo el sol. Le ofreció una copa de cristal, en la que nadaba un licor ámbar que prometía olvido y felicidad en iguales dosis.

—No hemos tenido nueva sangre desde la última helada —dijo Mireille, solícita—. No temas, Callie, aquí los sueños bailan con el miedo y ambos alimentan la alegría.

Callie aceptó la copa y, tratando de aparentar más valor del que realmente poseía, brindó con aquellos seres. El licor era dulce y amargo, como la comprensión de que algo irreparable estaba a punto de suceder.

Aurel la observaba, y el temblor de sus manos delataba algo más que celos. Era la preocupación de quien conoce los senderos bifurcados del deseo.

—¿Qué sucede, Aurel? —le susurró mientras, a su alrededor, los otros comenzaban a entrelazar las manos, preparándose para una danza de medianoche.

—Cuidado con lo que deseas, Callie. Aquí, el miedo es parte de la alegría. Uno no elige a cuál entregarse.

Pero Callie se sentía ingrávida, sumida en una extraña euforia a medida que la música del jardín crecía, invisible y antigua. Los compañeros de la sala eran los marginados, los soñadores, las víctimas de un anhelo tan profundo que lo habían abandonado todo por la promesa de no sentir dolor nunca más. Bailaron bajo la higuera, y las sombras evocaron monstruos infantiles; luego, las risas alborotaron la noche hasta hacerla trizas, como si el júbilo fuera capaz de desgarrar el velo de los temores.

La euforia era contagiosa, y Callie se sintió parte de una comunidad por primera vez en su vida. Los miedos de su infancia —la orfandad, el hambre, el rechazo— parecían disiparse al contacto de tantas risas. Era casi feliz en aquel jardín, y sin embargo, un susurro —el eco del temor original— seguía acosándola.

Se apartó por un instante, recorriendo el claustro, y fue entonces que la negrura se espesó a su alrededor. Los corredores, antaño colmados de asambleas vivas, se sentían ahora tan vacíos que la ausencia parecía gritar. Callie se detuvo ante un espejo colgado entre dos columnas: su reflejo se difuminaba, como devorado desde atrás por una sombra ajena. Algo, desde la penumbra, la llamaba con voz gutural.

—¿Qué eres tú? —murmuró Callie, sintiendo el pánico atravesarle el pecho.

Una silueta emergió: no era Aurel, sino una criatura contrahecha, compuesta de pedazos de los temores de todos los que le precedieron. Ojos grabados de insomnio, bocas susurrando cuentos de niños tristes, manos huesudas buscando compañía. El horror fue tan profundo, tan visceral, que las piernas de Callie cedieron.

—¿Qué buscas aquí? —preguntó la criatura en un idioma que, sin embargo, Callie entendió.

—Anhelo... pertenecer —balbuceó, sin poder evitar el temblor.

La criatura asintió, y sus facciones se suavizaron momentáneamente. Se acercó, tocando su mejilla con tersura antinatural.

—Aquí todos vivimos las vidas que temíamos. Aquí bailamos y reímos para olvidar que nunca seremos libres —confesó—. Pero tú aún puedes elegir. Si te quedas, será para siempre. Si vuelves, llevarás contigo la memoria de la alegría y el miedo, pero ambos te pertenecerán para siempre.

Callie, asaeteada por la promesa y la advertencia, cerró los ojos y sintió el frío de la criatura disiparse, como agua entre los dedos. De nuevo, escuchó el canto burbujeante desde el jardín, y regresó, movida por una voluntad entretejida de su propia historia.

Aurel salió a su encuentro, y le tomó la mano con urgencia.

—No te demores, Callie. El alba trae otro llamado. Aquí, los vivos sólo pueden cruzar una vez por luna.

En ese instante, el terror de la decisión la golpeó con la fuerza de un relámpago: quedarse, y disfrutar de la eterna alegría, envuelta en la seda del miedo, aceptando el precio de la memoria; o volver a la vida, cargando la dulzura y el horror de lo vivido.

—¿Vendrías conmigo? —preguntó, dándose cuenta de cuánto había llegado a desear a Aurel—. ¿O sólo puedes vagar aquí, prisionero de tus propios terrores?

La tristeza cruzó el rostro de él como una sombra pasajera.

—Mi condena es guiar a los visitantes. Quizá, en otra vida, en otro acorde del repique, pueda seguirte.

La alegría y el miedo batallaban en el pecho de Callie. Sintió el sol aproximándose, una grieta dorada en los vitrales.

Mireille sonreía al fondo, un guiño de alivio y resignación en su rostro.

—Sea cual sea tu elección, Callie, la vida siempre será un jardín de delicias y horrores. Aquí sólo los separan las hiedras.

Con el primer rayo del alba, Callie abrazó por última vez a Aurel, susurrando una promesa que no sabía si querría mantener. Luego, atravesó el portón, dejando atrás el suspiro de hiedras y el murmullo de risas y temores entrelazados.

Cuando puso un pie en la senda de guijarros, la niebla se apartó reverente. Sintió, en el aire matutino, la marca de algo perdido y algo ganado para siempre.

Y aunque jamás regresó al claustro de Ópalo, cada vez que el miedo la asaltaba en la vida real, podía paladear la alegría oculta en él: el sabor antiguo de lo imposible, y la certeza de haber elegido sentir, aunque doliera.

Al final, en el regazo de la luz —con el recuerdo ardiente de Aurel y la risa de Mireille flotando en su memoria—, Callie supo que había encontrado un lugar más allá del miedo y la alegría: en el abismo que los une, allí florece siempre la posibilidad de amar.

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