Fragmento:
Mi nombre es Luise von Arnsberg, y nací bajo el sino de una casa en ruinas, con libros marchitos que mi padre ordenaba en estantes húmedos. Apenas adolescente, el destino me despojó de progenitores, y solo me quedó la herencia de sus costumbres: leer hasta que los ojos dolieran, y vagar de noche por jardines donde las hiedras parecían rezar salmos en la penumbra. Así pasé mis años de doncella, hasta que, durante el estío en que cumplí veintiséis, la vieja casona de Arnsberg recibió su huésped más singular.
Duración: 09:10
El río Nahe serpenteaba entre colinas cubiertas de encinas y sauces como una vasta guirnalda líquida. A la luz mortecina de la luna menguante, sus aguas parecían convertidas en platino bruñido, reflejando un firmamento poblado solo de sombras y un puñado de estrellas que, como vagabundas, se demoraban en sus destinos. Fue en ese paraje, ribeteado por el susurro de los juncos y la voz ronca de los búhos, donde hallé el umbral de mi infortunio; o, acaso, como algunos dirían, la entrada al verdadero mundo.
Mi nombre es Luise von Arnsberg, y nací bajo el sino de una casa en ruinas, con libros marchitos que mi padre ordenaba en estantes húmedos. Apenas adolescente, el destino me despojó de progenitores, y solo me quedó la herencia de sus costumbres: leer hasta que los ojos dolieran, y vagar de noche por jardines donde las hiedras parecían rezar salmos en la penumbra. Así pasé mis años de doncella, hasta que, durante el estío en que cumplí veintiséis, la vieja casona de Arnsberg recibió su huésped más singular.
Se llamaba Melchior, y llegó al ocaso, cuando la tierra se tiño de naranjas grises, montando un caballo pálido y embadurnado de barro hasta las piernas. Venía de Siebengebirge, o así lo aseguraban sus ropajes de terciopelo y su voz balsámica en dialecto renano.
Durante una cena en la que el silencio era solo interrumpido por el chisporroteo de la chimenea, Melchior me contempló bajo el parpadeo de las velas y dijo, sin preámbulos: “¿Ha soñado alguna vez, Luise, con un lago detenible, donde el tiempo reposa?”
Sonreí con cortés ironía, creyendo ver en sus ojos el brillo de alguien atrapado toda su vida en fábulas. “Los lagos de Arnsberg nunca reposan —repuse—. Los sueños ni siquiera nos pertenecen.”
Melchior inclinó la cabeza, como si hubiera escuchado algún secreto tras mis palabras. Luego se reclinó en su silla de nogal y a través de la ventana abierta apuntó hacia la oscuridad. “Hay una Dama en estos parajes, Luise. La llaman la Dama de Cristal. Sus jardines no se hallan en los mapas, pero los poetas aseguran que se infiltran en el corazón de cada alma insatisfecha. Si usted desea, puedo llevarla.”
Quizá fue por la languidez de la soledad, por el hechizo de su voz o simplemente por mis inclinaciones atroces a la curiosidad, pero no tardé en aceptar. Aquella misma noche, Melchior y yo nos internamos en los bosques donde el aire era hondo y embalsamado por pétalos invisibles. Recorrimos sendas que crujían bajo nuestras botas y nos adentramos en un claro anegado por la niebla. Allí, entre los troncos retorcidos de robles centenarios, la vi.
Un jardín surgía donde ninguna flor parecía posible: arcos de rosas azules y amapolas albinas. Las fuentes murmuraban canciones en idiomas desconocidos para la razón. Pero lo que más me hirió fue la completa ausencia de sonido humano: ni un lamento, ni una risa; solo el zumbido de algo añejo que observaba desde el follaje.
En el centro del jardín aguardaba una figura. Se elevaba varios palmos por encima de las flores, como si su rostro hubiese germinado de la tierra y solo tardíamente se hubiera vestido de carne y cristal. Era la Dama. Su piel emanaba un resplandor perlado y sus ojos, grandes y dolientes, parecían gemas sumergidas en agua. Nos saludó apenas con un lento giro de muñeca, y ambos supimos que Melchior no era desconocido en su esfera.
“Bienvenida, hija del infortunio y del ansia,” pronunció la Dama con voz de melodía glacial. “Has cruzado el umbral. Solo los de corazón inquieto pueden verme. ¿Te apetece danza y vino, o prefieres la verdad amarga del espejo?”
Mis labios alcanzaron a formar una pregunta, mas ninguna voz surgió de ellos. En su lugar, la Dama extendió su mano, y docenas de mariposas de vidrio salieron volando desde su palma, deshaciéndose en chispas azules al tocarme la frente. El aire vibró; sentí arder la sangre en mis venas, como si todos los poemas jamás escritos en Arnsberg, todos los secretos susurrados por mis antepasados, se hubieran volcado súbitamente en mi mente y hubiesen asentado su residencia en mi pecho.
Entonces, Melchior me atrajo del brazo. “No bebas del vino de la Dama —musitó—. Si bebes, no volverás. Serás parte del jardín, flor consciente, pétalo que lamenta el crepúsculo.”
Lo miré: sus ojos, antes tan vivos, ardían ahora de una desesperación tibia, de un anhelo que solo pueden sentir quienes han perdido repetidas veces la esperanza. “¿Qué deseas —pregunté—, protegerme o retenerme aquí porque temes tu propia soledad?”
La Dama sonrió, y el jardín parecía respirar junto con la curva de sus labios. “Las respuestas están en los espejos,” prosiguió, llevándonos a una galería oculta por sauces trenzados. Allí, el aire estaba impregnado de un perfume agridulce, y las paredes vibraban leves al roce de la brisa. De repente, vimos la galería forrada de espejos que no reflejaban la imagen, sino los recuerdos olvidados.
Me aproximé a uno: en él vi mi infancia sombría, la biblioteca de Arnsberg, mis dedos deslizando una pluma, escribiendo versos funestos. En otro, me vi besando a un hombre cuyo rostro se desvanecía cada vez que intentaba recordarlo. Melchior tocó un espejo y un lamento sin palabras emergió del cristal.
“Es el precio de la verdad —anunció la Dama—. Quien aquí recuerda debe pagar la moneda más dura: el olvido del presente.”
Me volví hacia Melchior. “¿Por qué regresaste?” pregunté.
Bajó la vista, mientras las sombras crecían entre los mármoles del suelo. “No regresé. Jamás me fui. La Dama me retiene entre sus hiedras. Solo puedo guiar a otros hasta aquí. Es mi condena y mi alimento.”
Una ráfaga atravesó el jardín. Vi cómo pétalos marchitos caían desde las copas y se disolvían en el aire. Sentí entonces el vértigo de la frontera: un paso más allá detrás de la Dama, toda mi memoria se extinguiría; pero también, si huía, la posibilidad de tocar alguna vez la plenitud se cerraría para siempre.
“Pídele tu deseo,” susurró Melchior, la voz cerca de mi oído.
Y así lo hice. Miré a la Dama. “Dame la melodía a la que mi sangre desespera. Quiero amar, pero no quiero olvidar quién soy.”
Ella sonrió y asintió con una grave solemnidad. “Entonces, prepara tu cuerpo para la alquimia,” dijo, y las mariposas de cristal revolotearon, entrando en mi boca y mis ojos, ardiendo en mi garganta. El jardín pareció distorsionarse; sentí los árboles doblar sus ramas como si asistieran a mi metamorfosis —y todo ardía, todo vibraba. El vino de la Dama estaba en mis venas, emborrachando mi conciencia.
Vi entonces los siglos pasar: los jardines cayeron, renacieron, se llenaron de amantes y de cadáveres. Yo yacía sobre la hierba y Melchior estaba junto a mí. Me di cuenta de que no éramos dos, sino muchas, miles de versiones de nosotros mismos, multiplicados y divididos en todas las realidades posibles.
Melchior me besó, y el tiempo se quebró como una copa mal sostenida. Había amor, pero era un amor sin territorio, sin frontera, un deseo que recorría los nervios como relámpagos en la voz de la tormenta. Hicimos el amor como quien danza al borde de un abismo, y en esa unión no hubo ni placer ni dolor diferenciables: solo la certeza de que, por una vez, el alma se había fundido en la carne.
No sé cuánto duró. Tal vez una noche, tal vez un siglo.
Desperté envuelta en sábanas de hiedra y néctar dulce, la Dama sentada a mi lado, peinando su cabellera hecha de lágrimas solidificadas.
“Es hora de marchar —anunció—. Ya has visto, ya has probado. Si te quedas, serás de los míos. Si partes, tu vida será la nostalgia de este instante.”
Miré a Melchior. Quise quedarme, ser raíz y flor, recuerdo y olvido, mujer y leyenda al fin. Pero quién podría soportar la eternidad en un jardín donde el deseo es siempre promesa y no consumación, donde la carne se vuelve luz y la memoria bruma, donde el amor es eco sin principio ni término.
Regresé, sola. La niebla me devolvió a los bosques de Arnsberg, y la noche había cambiado; la casa era más vieja, mi cuerpo más sabio. Melchior y la Dama de Cristal permanecieron en los márgenes de mi memoria, como un perfume extraviado que aún pervive en los pliegues de un vestido olvidado.
Aun así, yo supe. Cada luna llena la escucho, esa canción honda, esa cadencia de agua detenida y caricias que arden. Alguien me espera en la frontera del jardín, alguien como yo, asomado apenas a la verdad. Y aunque la carne envejece, y los espejos ya no muestran rostros sino huellas, es ese amor imposible —eterno, fugaz, líquido y abrasador— lo que preserva intacto mi corazón extraviado.
Y es que a veces, cuando nadie mira, dejo que mi sombra deambule entre los juncos y el canto del río. Busco a Melchior, busco a la Dama y a sus mariposas de cristal. Y sé —sé— que algún día cruzaré ese umbral y no miraré atrás. Porque hay jardines donde todo olvido es una forma de recordar, y donde el amor, aunque sea una herida abierta, sigue brillando más allá de los siglos y las pérdidas. Ese es el precio, y la dádiva, de aquellos que aman donde solo crecen las leyendas.
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