Fragmento:
Escuchó el rumor de pasos en los arcos antiguos, resonando a través de la piedra mojada, una melodía de misterio, y su pulso se aceleró. Si la descubrían antes de tiempo, si adivinaban quién era realmente... solo quedaba fracasar, de nuevo, otra vez.
Duración: 10:45
La lluvia caía como si el mundo intentara borrar las huellas que los pasos de Nyssa dejaban en la plaza pavimentada de la vieja ciudad de Varlorn. Entre el aroma metálico del agua y el destello de las linternas mágicas, la brisa arrastraba las últimas hojas doradas del otoño. El aire, impregnado de magia, vibraba con una tensión antigua y arcaica, como si algo olvidado estuviera al borde de recordarse a sí mismo. Nyssa alzó la capucha de su capa, escondiendo la melena roja que tanto la delataba entre los suyos. Por suerte, aquí, en la frontera entre los Umbríos y los mortales, nadie la conocía.
Escuchó el rumor de pasos en los arcos antiguos, resonando a través de la piedra mojada, una melodía de misterio, y su pulso se aceleró. Si la descubrían antes de tiempo, si adivinaban quién era realmente... solo quedaba fracasar, de nuevo, otra vez.
Aquel encargo iba mucho más allá de cualquier misión secreta de la Hermandad de las Alondras. El Cetro de la Niebla, reliquia que protegía el delicado equilibrio entre los reinos y sellaba en las profundidades el poder de la Reina Sombría, había sido robado. Y el único rastro era una pluma de cuervo mágico, negra como el abismo y brillante como la obsidiana recién nacida.
El eco de una risa desconocida la sacó de sus pensamientos. Giró hacia el origen, la mano temblando levemente sobre la empuñadura de la daga afilada a fuerza de desesperación. Un hombre surgió de entre las sombras, alto y con los cabellos tan oscuros que parecían devorar la tímida luz de la linterna cercana. Sus ojos, de un dorado imposible, la escudriñaron como si pudiera leerle los secretos inscritos bajo la piel.
—¿Vas a matarme antes de preguntar mi nombre?—dijo él, voz baja y sedosa, con un deje de acento de los vampiros del este.
Nyssa apretó la mandíbula, tragando su miedo. —¿Me has seguido?
El hombre sonrió, y Nyssa sintió que la temperatura descendía aún más. —Tal vez—dijo, levantando inocentemente la mano, enseñando la pluma de cuervo entre sus dedos largos—. Tal vez solo eres demasiado ruidosa para alguien que pretende pasar inadvertida.
—Eso no te da derecho a husmear en mis asuntos.
El hombre avanzó un paso, imponiendo su estatura y su aura feral, aunque Nyssa no era de las que retrocedían sin una buena razón.
—¿Buscas el Cetro?
La pregunta flotó en el aire con el peso de una acusación solapada. La incredulidad le cosquilleó la nuca. No debería sorprenderse de que el robo fuera noticia incluso entre los extraños.
—Quizá.
—Quizá solo no quieres que te mate—repuso el vampiro, con aire divertido.
Ella tragó ácido. —Dímelo tú: ¿hay razones para matarme?
Eran como dos dagas lanzadas a la vez, buscando el corazón del otro. Sin embargo, en esa plaza oscura y lluviosa, Nyssa se percató de que lo que sentía por ese hombre era otra cosa: atracción, una tensión peligrosa. No, no podía permitirse tal debilidad.
Él finalmente habló—. Hay más de lo que parece tras este robo, ¿lo sabías? El Cetro no solo protege, también encierra. Sin él, las Sombras verdaderas acecharán incluso tu mundo encantado.
Nyssa vaciló. Nadie aparte de los miembros antiguos conocía el verdadero secreto del Cetro, y menos un extraño. —¿Quién eres?—preguntó, ya sin fingir.
Su sonrisa se ensanchó, tan letal como un corte de navaja. —Mi nombre es Lior. De los Nacidos de la Medianoche.
El corazón le apareció en la garganta. Los Nacidos de la Medianoche. Magos desterrados, mitad sombra, mitad fuego, exiliados de ambos reinos por su magia impura. Según los cuentos, tan destructivos como salvadores, capaces de romper el alma con un susurro... o de sanarla con un beso.
—Nunca pensé encontrarme con uno de los tuyos—susurró, reacia a bajar la guardia—. ¿Cómo sé que no fuiste tú? ¿Quizá el cetro te llama, te tienta volver a Varlorn como rey del caos?
Él rió y el sonido fue puro pecado. Dio otro paso, acortando la distancia hasta que solo medio respiro los separaba. La lluvia moría en su piel, humeante, evaporada antes de tocarlo.
—Sí, podrías creerlo. Pero dime, ¿quién roba una prisión solo para ser su propio carcelero? He seguido la pista del rastro oscuro, lo mismo que tú. Solo que yo... no me detengo ante lo que temo.
Nyssa lo miró fijamente, buscando mentiras y no hallando ninguna.
—¿Me dejarás ayudarte?
El impulso fue negarse. Empujarlo hacia la penumbra de la que había venido, pero la honestidad en aquellos ojos dorados la desarmó tanto como su voz grave, que le hablaba a algún rincón hambriento de su ser.
—Si me fallas, Lior, yo misma te clavaré un cuchillo en el corazón.
Él sonrió, y por un instante su rostro pareció menos humano, más antiguo, tan extraño como hermoso. —Eso, Nyssa, será entre tú y yo. Pero volvamos a la caza.
***
Bajo los puentes, Varlorn era otro mundo. Entre los túneles del Templo Caído, la magia flotaba en hilos húmedos y musgosos, y las sombras parecían observar y murmurar. Lior caminaba a su lado, como si hubiera nacido entre aquella penumbra líquida, orientándose con una precisión antinatural.
Seguían las pistas, restos de plumas mágicas y huellas de magia mal tejida. Nyssa sentía el fuego en las venas: la adrenalina, sí, pero también el calor incómodo de la cercanía de Lior. La forma en que se movía, el aroma a humo y menta que despedía, y ese leve roce accidental de sus dedos sobre los suyos cuando examinaban algún rastro. Podía simular indiferencia todo el tiempo que quisiera, pero cada vez que sus miradas se encontraban, el vértigo aumentaba.
Una bóveda abovedada, puertas de hierro forjado cubiertas de símbolos antiguos—Lior susurró un conjuro y la cerradura crujió y se disolvió, polvo entre la humedad.
—Adelante, valiente—murmuró, con un guiño.
Dentro todo era frío y azufre. Un altar sangriento, oscuro como la boca de un volcán apagado. Sobre él, el Cetro. Pero no estaban solos. Un grupo de figuras encapuchadas entonaba un hechizo, magia trenzada en ráfagas rojas y negras. Un círculo de sacrificio.
—¡Por los dioses antiguos…!—exclamó Nyssa, su instinto poniéndola en guardia.
Lior se movió como un vendaval. Sus dedos se encendieron en fuego etéreo y la sala se inundó de luz carmesí. Nyssa arrojó un cuchillo, y uno de los encapuchados cayó con un grito ahogado. La magia silbó por el aire—azotando, rasgando cuerpos y almas—pero Lior se mantenía firme, su poder envolviéndolos a ambos en una burbuja de energía indómita.
El líder del culto—ojo derecho arrancado, boca cosida—alzaba el cetro. Un rugido surgió de su pecho—una sombra negra trató de salir, de devorarlo todo.
Nyssa saltó para interceptarla, el filo de su espada brillando con el azul de su magia. Por un momento, la esterilidad de la muerte y la calidez de la vida, de su deseo, brillaron en sus venas. Decapitó la sombra con una estocada precisa, y la oscuridad aulló.
Lior se encontraba junto al líder, forcejeando. Los destellos de magia y sangre chisporroteaban por toda la bóveda. Al final, el cetro cayó rodando, deteniéndose a los pies de Nyssa.
Durante un latido todo quedó en silencio, pura espera.
—Elige—ordenó Lior, relámpago y trueno en la voz—. O lo salvas, o me salvas.
Nyssa miró al líder del culto, inconsciente, peligroso, y luego a Lior, que se tambaleaba, herido por una corriente oscura que le quemaba las venas.
La elección era imposible, tentadora. El deber le gritaba: salva el mundo, salva el cetro. Pero el deseo, impío y ardiente, susurraba: salva a Lior. Siente. Vive.
Nyssa apretó el cetro, sintiendo cómo el poder la inundaba. Una palabra, un gesto, y condenaría a uno u otro. Pero el amor—o lo que fuera esa feroz caricia entre sus almas—la empujó. Colocó la mano sobre el pecho de Lior, vaciando en él la luz, quemando todo atisbo de sombra que pretendía consumirlo.
Él gritó, un sonido de sombra y amor, y entonces la magia fluyó entre ellos como un río brutal y sensual. Sus cuerpos vibraron al unísono, la chispa de la pasión tan palpable que se volvió una segunda piel. Cuando el hechizo hubo pasado y Lior respiraba de nuevo, ella cayó de rodillas, exhausta y temblorosa.
La sala estaba vacía, el culto derrotado, la amenaza aplacada. Solo quedaban ellos, la lluvia del techo filtrándose en haces de agua reluciente, testigo de su salvación y su condena.
Lior se arrodilló frente a ella, tocándole el rostro con una ternura que la desarmó completamente. —Elegiste salvarme. ¿Por qué?
Nyssa le sostuvo la mirada, buscando en su pecho una respuesta y hallando solo deseo, temor y esperanza. —Porque... no puedo imaginar este mundo sin ti.
Él le acarició los labios con el pulgar, su contacto tan liviano que fue casi un suspiro. —Eso podría ser un error muy caro.
—Lo sé—contestó Nyssa, y se inclinó, besándolo con hambre, con furia, dispuesta a fundirse en su oscuridad si era necesario.
Y en ese beso no había linaje, deber ni reinos en guerra. Solo cuerpos encajando, lenguas entrelazadas como conjuros antiguos, manos explorando la geografía prohibida de un amante imposible. Lior la tomó entre sus brazos, deslizándose sobre la piedra húmeda hasta que sus capas y corazas fueron solo memoria y el calor de sus pieles, la única realidad.
Nunca nadie, ningún mortales, ningún mago, la había llenado así. Con cada embestida, con cada palabra a media voz, los confines entre la magia y la carne se desvanecían. La magia les envolvía como una niebla perfumada entre los muslos y los suspiros, y Nyssa se abrió completamente a él, dejándolo ser tormenta, salvación y perdición.
Después, yacieron exhaustos, la mejilla de Nyssa reposando en el pecho de Lior. Sobre ellos, el cetro flotaba, resplandeciendo un instante antes de dispersarse en un haz de luz, como si supiera que su dueña era más que una guardiana: era una amante, una reina que elegía su propia condena.
—¿Y ahora?—susurró él, voz ronca, llenando de deseo ese futuro incierto.
Nyssa besó la cicatriz de su hombro, sintió latir el poder desenfrenado de esa noche.
—Ahora—dijo ella, tan decidida como nunca—seremos leyenda. Y dejaré que el mundo tiemble ante nosotros.
Y mientras la lluvia lavaba la bóveda de todas sus viejas sombras, Nyssa entendió que el verdadero equilibrio era el fuego que ardía entre dos almas condenadas a encontrarse, una y otra vez, aunque el precio fuera siempre el mismo: amar y sobrevivir, entre la sombra y la luz.
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