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El invierno aún no se retiraba de las tierras de Iridia. Sobre los riscos nevados, un crepúsculo azul engarzaba los ventisqueros silenciosos y la ciudadela Tirael, con sus altas torres y cúpulas de ónice, se erguía orgullosa en la distancia. Allí, la magia era una bruma sutil que enmarcaba los días y las noches; allí, el peligro acechaba en cada suspiro y la pasión nacía entre ruinas de viejas alianzas y costumbres inquietantes.
Katharine se detuvo, envuelta en su capa carmesí, con las manos envueltas en un calor ilusorio conjurado para sobrevivir a los vientos de la tarde. Su cabello oscuro, rebelde e indócil como su espíritu, caía desordenado sobre su frente. Frente a ella, el portón este de la ciudadela se abría para recibir a los enviados de la corte rival de Ferya. Un temblor atravesó su espalda bajo mil razones contenidas, pues en ese cortejo caminaba el único hombre al que había amado—y al que debía odiar, por mandato de sangre y de reino.
El príncipe Kael cruzó la puerta, su porte imponente y la mirada acerada como las almenas de su corona de plata. Sus ojos, de un gris metálico, encontraron los de Katharine; ella no desvió la vista. El silencio entre ambos no era desconocido—había crecido durante años, como una hiedra negra, cargada de secretos nocturnos y promesas jamás pronunciadas. Sin embargo, cada vez que se miraban, el aire temblaba y las antiguas lealtades crujían bajo el peso de un deseo largamente prohibido.
El protocolo exigía distancia. Katharine lo saludó con una reverencia impecable. Él replicó con una inclinación mesurada.
—Princesa Katharine, es un honor descubrir que las leyendas sobre tu belleza han sido proféticas —dijo Kael, su voz creando un sendero de brasas invisibles entre ambos.
—Príncipe Kael—contestó ella, esbozando una sonrisa que no tocó sus ojos—,espero que no creas otras cosas que puedan haber contado sobre mí.
Draios, el consejero de Tirael, apareció como un eclipse a su lado. Su manto de terciopelo oscuro arrastraba notas de magia concentrada y una ansiedad bien contenida. —Las cámaras han sido preparadas para sus acompañantes—dijo a Kael, mientras dirigía una mirada significativa a Katharine—. El rey Ilarion los recibirá en el Gran Salón a la hora del crepúsculo.
Mientras los enviados eran guiados a sus dependencias, Kael retrasó sus pasos apenas un instante. Su mano rozó levemente la de Katharine; apenas un roce plausible ante los ojos de los demás, pero suficiente para encender una hoguera silente en sus venas.
—Hay cosas que no te han contado aún—susurró él antes de apartarse—. Esta noche, después de la audiencia. Yo te buscaré.
Aquella promesa —o advertencia— se quedó flotando entre los copos de nieve, deshaciéndose sobre el silencio de Katharine. Había jurado no volver a caer. Sin embargo, la mera cercanía de Kael avivaba la memoria de noches pasadas, donde la necesidad abrasiva nublaba el juicio y el mundo parecía rendirse en torno a sus cuerpos enlazados.
El Gran Salón se encendió de luz, con candelabros de llama azul y tapices que contaban la historia de batallas y hechicería. Katharine aguardaba, sentada en un trono menor, apretando los bordes de la tela de su vestido de gala, mientras el rey Ilarion tejía alianzas con palabras y amenazas veladas, prometiendo una tregua que ambos sabían improbable pero necesaria. Las miradas de Kael la buscaban a través de la multitud con una insistencia imposible de ignorar.
Cuando la audiencia concluyó y las máscaras de la cortesía cayeron con el último brindis, Katharine se escabulló por la galería occidental, sintiendo el pulso apremiante de su propio corazón. Kael la esperaba en la logia que dominaba el jardín interior, rodeado de un círculo de lirios imposibles y estatuas cubiertas de escarcha.
—Han pasado tres inviernos desde la última vez—dijo ella, como quien señala una herida invisible.
Kael se acercó, su presencia demasiado tangible en el aire frío.
—¿Y sigues enviándome sueños cada noche? —preguntó él, desarmado, vulnerable apenas un momento.
—No… No lo hago. Ya no puedo permitírmelo—admitió, la voz quebrada por la confesión más dolorosa que cualquier traición.
Kael tocó su mejilla, dedos cálidos pese al frío. —Fuiste tú quien encedió el fuego y el hielo. Jamás aprendí a apagarlos—dijo—. Si vuelves a permitírmelo, no habrá barrera de reino, sangre o magia que me detenga.
La atracción era un animal salvaje que reclamaba. Katharine buscó el coraje entre su orgullo y la ceniza de las antiguas promesas; sus labios encontraron los de Kael y el tiempo se detuvo bajo su tacto. Todo lo que la guerra les había negado, todo lo que la razón desaconsejaba, resurgió entrelazado en un beso que fue súplica y declaración, derrota y conquista a la vez.
Se apartaron apenas para alimentar el ansia de mirarse. Por un instante, la ciudad desapareció y no quedó más que el latir furioso de sus corazones y la magia trémula que se desbordaba, entrelazándose en una nube luminosa alrededor de ambos.
Sin embargo, el hechizo se quebró con la llegada de Danna, capitana de la guardia, que rompió la intimidad con una urgencia implacable.
—¡Alteza!—exclamó—. Un emisario de Ferya ha sido hallado sin vida en los establos. Las sospechas recaen sobre nosotros. Debéis venir… inmediatamente.
La bruma del deseo dejó paso al filo de la realidad. Kael tomó la mano de Katharine, sin permitir que la separaran aún.
—Sabes que esto puede ser el principio de una guerra peor—dijo, los ojos ardiendo—. Si confías en mí, permíteme ayudarte a descubrir la verdad.
La princesa evaluó el abismo a sus pies: la devoción y la ruina, el amor y la traición. Le sostuvo la mirada, hallando en ella la chispa de desafío que nunca pudo rechazar.
—Vamos juntos —decidió, sin vacilación.
Bajaron de la logia hacia los corredores sellados de Tirael. Las sombras alargadas creaban espejismos del peligro. En el establo, el aire olía a hierro y paja mojada. El cuerpo del emisario, un joven férrico de las montañas orientales, yacía rígido, con las venas azuladas por veneno de basilisco—aquel mismo veneno que, se decía, era imposible conjurar sin un pacto ancestral.
El consejero Draios llegó con sus invocadores. Los ojos del mago se cerraron; murmuró palabras arcanas buscando los últimos recuerdos del muerto, pero la magia colisionó con una barrera más poderosa que el dolor: alguien había sellado los recuerdos con un conjuro de sangre prohibida.
Kael se agachó, sus dedos rozando el puño cerrado del emisario. Encontró, envuelta en un retazo de seda, una insignia grabada con el blasón de las Dos Lunas: el antiguo pacto entre ambas casas rotas.
—Esto es una advertencia—dijo Katharine, la voz helada—. Alguien quiere que la tregua fracase y que nuestros reinos se destruyan mutuamente.
Kael apretó la insignia. —Debemos descubrir quién juega este juego mortal antes de que sea demasiado tarde.
Ella lo miró, y en ese momento el odio y el amor eran un mismo susurro.
***
La investigación los llevó a través de salones en penumbra y pasajes secretos; compartieron noches en vela entre pergaminos y maldiciones, rozando los límites de la confianza mientras el deseo crecía, incontrolable, en cada roce accidental, cada palabra a media voz. Katharine descubrió en Kael no solo al rival, ni siquiera solo al amante apasionado, sino al igual—al único capaz de desafiarla y protegerla a la vez.
Una noche, mientras la luna doble elevaba su rostro pálido sobre los tejados de Tirael, Katharine fue atacada. Un círculo de sombras conjuradas por la magia prohibida de los traidores intentó apoderarse de ella. Kael emergió de las tinieblas y, juntos, deshicieron la trampa con un baile letal entre acero y encantamientos, sus cuerpos girando como astros en colisión.
Al final de la refriega, ambos jadeantes y con sangre ajena salpicando su piel, la mirada de Kael se oscureció.
—No puedo perderte otra vez —dijo, arrastrando a Katharine hacia sí—. Sería más fácil apagar el sol.
Ella lo besó con la furia de quien ha estado hambriento demasiado tiempo, sus cuerpos fundiéndose de una forma en la que las palabras carecían de sentido. La pasión era la única verdad en ese instante, un torrente de caricias y jadeos reprimidos, promesas selladas entre sábanas revueltas y murmullos que eran conjuros.
A la mañana siguiente, Katharine despertó en los brazos de Kael, envuelta en un cansancio dulce y en la certeza de que su destino era tan frágil como inevitable. Pero los enemigos no cejaban.
Fue el propio Draios quien reveló, tras días de pesquisas, el nombre del traidor: una de las magas de confianza de la corte de Ferya, aliada con una facción iridiana hostil a la paz. Las piezas encajaron y la trama fue descubierta, pero la noticia se extendió demasiado rápido. El odio acumulado durante años entre ambos reinos comenzó a estallar en pequeñas escaramuzas, la tregua pendiendo de un hilo.
Kael y Katharine tenían solo una opción: aliarse abierta y públicamente, arriesgando no solo sus corazones, sino sus vidas—y la reputación de sus casas.
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En una sala abarrotada por testigos de ambas cortes, Katharine se erigió junto a Kael. Él enlazó su mano a la de ella delante de todos, la declaración más audaz que nadie allí hubiera imaginado.
—La sangre ha sido derramada por aquellos que quieren perpetuar el odio—dijo Katharine, su voz resonando como una espada—. Pero nosotros elegimos otro camino. Por mi magia y mi palabra, ofrezco el pacto de las lunas: unir nuestros linajes, sellar la paz, desterrar la venganza.
Kael la secundó: —La amo, y no me esconderé más. A los que se atrevan a separarnos, solo les espera la condena.
Las reacciones fueron de escándalo, horror, incredulidad… y en algunos rostros, el reflejo de una esperanza nueva.
***
El fin del largo invierno llegó con una primavera inédita en Iridia. La ciudadela celebró la unión de dos linajes y dos magias. Katharine y Kael despertaban juntos cada mañana, la pasión intacta y la confianza naciente, dispuestos a proteger lo que habían conquistado, sabiendo que el amor, como el fuego y el hielo, debía ser alimentado y respetado, o arrasaría con todo a su paso.
Incluso entre halos de incertidumbre, Katharine sentía por fin que pertenecía a sí misma—y al único hombre capaz de desafiarla hasta hacerla arder.
Porque en Iridia, el pacto de las lunas había nacido del deseo… pero sobreviviría a fuerza de coraje, magia y amor indomable.
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