Portada del relato Susurros del Crepúsculo
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Fragmento:


Él dejó caer la carta sobre la mesa de fresno y la miró—realmente la miró, como si en el iris de Eryn se alojara la respuesta a todo linaje desvanecido.

Duración: 10:26

Susurros del Crepúsculo
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Texto de ajuste de pausa.

La tormenta de verano se desató sobre los viñedos de Adrastis con la precisión de un juramento antiguo, lacerando la tela púrpura del ocaso con relámpagos que pintaban sombras danzantes sobre la colina. Desde la torre de Ámbar, la hechicera Eryn contemplaba las nubes mientras tisaneaba una copa de licor especiado, escuchando el modo en que el viento golpeaba, impaciente, los cristales. Llueve, pensó. Llueve sobre corazones en ruinas.

Su torre—refugio de enigmas tallados en piedra miel y vetas de cuarzo—había sido su mundo desde la génesis de la sequía, momento en que dejó de creer en finales felices. Pero la noche prometía un giro que Eryn, con todo su don de adivinación, no había previsto. En su vidriera más alta, apareció una silueta escarchada de lluvia: un extraño, ajeno al hechizo de hostilidad que mantenía alejados a todos los mortales.

Se desplazó como quien ha caminado mucho bajo tormentas. Llevaba el cabello largo, oscuro como las promesas rotas, atado a la nuca. Su rostro era hermoso, marcado de cicatrices que hablaban de guerras y caricias arrancadas. Sostenía entre los dedos una carta sellada con cera azul; la marca de la corona de Artamon.

—Eryn de la Torre de Ámbar—anunció con una voz borde y grave, como si las montañas mismas lo dictasen—. Tengo asuntos pendientes.

La hechicera ladeó la cabeza, boquiabierta. Sintió el poder antiguo, no en los gestos, sino en la forma en que sus ojos la buscaban, claros y peligrosos como los lagos bajo luna llena.

—No todos los asuntos deben resolverse—musitó Eryn, mientras el aire entre ambos chisporroteaba de magia.

Él avanzó un paso. Casi reptil, como si cada zancada doblegara una maldición invisible.

—Esta vez, sí. Traigo la petición de un rey… y la súplica de un amante.

El atisbo de una sonrisa curvó los labios de la hechicera, cargada de veneno tanto como de panal. En la torre de Ámbar, la ironía era ley.

—¿Y qué más puede ofrecerme un mensajero que busca consuelo en la bruma?

Él dejó caer la carta sobre la mesa de fresno y la miró—realmente la miró, como si en el iris de Eryn se alojara la respuesta a todo linaje desvanecido.

—Puedo ofrecerte el nombre que dejaste atrás.

Eryn sintió un resorte secreto tensarse en su pecho.

La carta aguardaba, perversa y reluciente. Un detalle trivial: el color azul de la cera, sólo usado en las misivas de desesperación, aquellos últimos recursos cuando incluso los dragones temían preguntar.

Con mano temblorosa, Eryn rompió el sello sin apartar los ojos de los del mensajero.

Dejó que las palabras fluyeran como un conjuro en voz baja:

“Eryn Haleth, por gracia y pena, a quien el crepúsculo teme: se solicita tu regreso para salvar a Artamon del Lirio Azul. El rey ha caído enamorado de una doncella exánime, prisionera entre el velo y la muerte. Ningún brujo osa intentar la ruptura. Salva a la dama, o condena a la corona. Promesa: tu deuda quedará saldada.

Por mano y ardid de Cassian Volaris.”

El nombre la hirió, más puntual que cualquier veneno.

Cassian.

Se atrevió a levantar la mirada, y ahí estaba él. Ojos de venado, tragedia al filo de la lengua. El hombre por quien, once años atrás, Eryn había arrojado su corazón a los lobos.

—Cassian Volaris—dijo, arrancando el nombre de sus labios con una quietud gélida—. Debí imaginar que eras tú.

La tormenta amainaba, pero dentro de la torre, algo poderoso, más tormentoso, apenas se encendía.

Él pasó la lengua por el labio inferior, un tic nervioso que Eryn reconocía demasiado bien.

—No pido clemencia. Solo tu poder. Y ese fulgor temible que aún veo en tus ojos, bajo la cicatriz de tu orgullo.

Bien sabía Cassian que era un golpe bajo hablar de orgullo a una hechicera.

En un suspiro, Eryn recorrió los avatares de su historia: la noche en que Cassian la dejó, reclamado por la armadura y el juramento. El sabor amargo de la traición, y esa esperanza enferma de reencuentro. ¿Se atrevería, por un reino, a reabrir la herida, dejar que la magia sangrara por ambos?

—Si el rey está maldito por amor, será tarea de una mujer desengañada salvarlo. Qué paradoja, ¿no crees?

Cassian dio un paso más, tan cerca que Eryn percibió la fragancia de la sal; olor de viajes, de océanos y de pérdidas. La miró con un dolor hondo, un arrepentimiento que dolía incluso a la piedra.

—No he dejado de buscarte, Eryn. Cada noche he hilado mis pasos a la nostalgia de tu nombre.

El hechizo falló por un instante, y el aire supo a miel y hierro.

—¿Sabes por qué nunca volví?—dijo ella, tocando la yema de sus dedos a la boca del licor—. Porque el amor es la magia más cruel. Porque el recuerdo de tu piel ardía más que la condena del exilio.

—Ahora el reino mismo arde—susurró él—. Y solo tú puedes apaciguarlo.

Hubo un silencio, tan pesado como la promesa de un destino torcido.

Finalmente, Eryn suspiró, ese suspiro que a veces barre nubes y a veces hace brotar incendios secretos.

—Partiremos al alba, Cassian. Pero esta vez, juro, no dejaré que el pasado me consuma.

***

Montaron en la bruma previa al amanecer, pasando por caminos en que la niebla ocultaba mucho más que rocas y raíces; ocultaba confesiones, arrepentimientos. Ninguno habló en las primeras horas, porque cada palabra podía rasgar una herida recién cerrada.

Al llegar al Andén del Lirio Azul, la fortaleza flotaba en un islote de vapor, recortada como una joya sobre la seda de la niebla. Era un castillo acorralado por lamentos y canciones ahogadas. En sus ventanales, luces temblorosas sugerían a Eryn un dolor reciente, un romance antinatural.

El rey recibió a la hechicera entre cortinajes perlados de lágrimas y vergüenza. Había sombras bajo sus ojos, las de los insomnes, las de los amantes incapaces de dormir tras besar a la muerte. Le habló de la doncella encantada, prisionera en una urna de cristal azul, la piel tornándose cada noche más translúcida.

El reto era simple y maldito: si alguien osaba romper el velo, compartiría el destino de la doncella. Un hechizo nacía solo del sacrificio verdadero.

Eryn contempló la urna, su reflejo deformado por el vidrio. La mujer dentro era hermosísima y quieta, flotando en un letargo embriagador. Abandonarse era tentador. Vivir era doloroso.

—Nadie puede amar tanto—musitó Eryn—. Nadie puede perdonar semejante pérdida.

Cassian posó su palma sobre la suya, sellando la unión de quienes pactan debajo del universo cuando el amor es un riesgo.

—Yo creía que no se podía, hasta conocerte.

***

La noche previa al ritual, Eryn y Cassian compartieron alcoba por primera vez en años. Hubo palabras, sí, pero solo al principio. Luego, entre las sábanas y las miradas, entre el murmullo de la lluvia y la madera crujiendo, el lenguaje fue otro: piel contra piel, respiración contenida, el lento desliz de las manos reconstruyendo la cartografía perdida de sus cuerpos.

Cassian no era el joven que Eryn recordaba; tenía la ternura de quien ha sido desterrado mucho, la fiereza de quien sabe cuán poco dura la dicha. La tocaba como si fuera reliquia y sed, vulnerabilidad y milagro.

Eryn se dejó perder en ese tacto, en la maraña húmeda de cabellos oscuros, en el gemido ahogado cuando el deseo escalaba hasta unirles incluso donde la magia no llegaba. Hicieron el amor como solo hacen quienes han rozado la muerte: urgentes y solemnes, agradecidos y vengativos. Se encontraron en la nada y en todo, entre relámpagos al otro lado de la ventana y temblores internos que le hicieron prometer a Eryn que, si esa era la última noche, la viviría como la primera.

Después, en el umbral del sueño, Cassian susurró algo apenas audible contra la curva de su hombro:

—Si el hechizo te lleva, lo haré yo también.

Ella no respondió. Sabía que ambos, en esa cama, en esa luna, esperaban redención por el mismo precio.

***

El ritual, al día siguiente, fue una danza de esencia y duelo.

Eryn se situó frente a la urna, cruzando la mirada con la doncella dormida. Cantó palabras antiguas, cada sílaba una hebra dorada que iba tejiendo alrededor del cristal. Las paredes se cubrían de escarcha y un fulgor azul les arrancaba lágrimas a los presentes.

La energía exigía un trueque: para revivir a una amante, debía experimentarse la muerte de otra. Eryn sintió el hechizo succionando sus recuerdos de Cassian, marcando su frente con el mismo frío de la puerta cerrada hace una década.

Cassian, afuera del círculo, solo murmuró su nombre, una vez, y luego otra, como una oración torpe.

La doncella abrió lentamente los ojos. El rey gritó, arrodillándose, mientras la urna crujía y se evaporaba en un leve rocío de zafiro.

Pero algo no fue como esperaban. En vez de desvanecerse, Eryn sintió una avalancha caliente. Al contrario de lo previsto, no surgía vacío, sino plenitud.

Cassian, guiado por la desesperación, irumpió en el círculo, abrazándola sin permiso. La energía colapsó con su contacto. Brillaron juntos en la penumbra, el círculo estalló en luz y ambos se desplomaron. Cuando abrieron los ojos, ya no estaban en la cámara; flotaban entre nubes de escarlata y susurrantes criaturas etéreas.

La voz de la magia retumbó en su interior:

“El sacrificio ha sido mayor, el amor más antiguo, el perdón más auténtico. Que el lazo entre ambos salve no solo al reino, sino a todas las puertas entre los vivos y los que aguardan. Elijáis juntos el amor o el olvido.”

Cassian apretó la mano de Eryn.

—Contigo, incluso entre fantasmas.

Eryn sonrió, eligiendo la plenitud sobre la renuncia. Eligiendo el amor, a cada latido, pese a las cicatrices.

***

Cuando regresaron al mundo, el castillo celebraba una boda y un rescate. Cassian y Eryn se convirtieron en leyenda; no por la magia, sino por la vulnerabilidad de haberse perdonado. Salvaron a la doncella, sí, pero más aún: tejieron sobre las ruinas del ayer un romance feroz y delicado, que supo de noches en vela y de tormentas reconstruidas en la misma cama donde, noche tras noche, la hechicera y el mensajero jamás temieron volver a encontrarse, ni a perderse, mientras el reino los bendecía bajo la luz de los lirios azules.

Y así, al fin, la torre de Ámbar dejó de temerle a la lluvia.

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