En la penumbra de los grandes salones de Aeloria, la corte murmuraba secretos y tejía intrigas como si fueran hilos de oro y veneno. El invierno, ceñudo y frío, deambulaba en ráfagas gélidas por los corredores y se arremolinaba en el corazón de Lucienne, la hija menor del duque de Lyria, quien no encontraba lugar ni calidez en el detestable artificio de la nobleza.
No era su destino desear con anhelo la sangre tibia de las fiestas ni someterse a besos de cortesanos ávidos, cuyo aliento olía a promesas falsas y vinos picantes. Lucienne anhelaba el susurro de la tierra bajo sus pies, la llamada indómita del bosque prohibido que rodeaba el castillo como un manto oscuro de leyendas.
Pero el bosque tenía sus propias reglas, y los habitantes de la corte decían que bajo sus ramas se ocultaban seres de otro tiempo. Bestias aladas, guardianes de secretos y placeres que los mortales no debían probar jamás.
La noche del equinoccio, mientras la luna rebosaba de locura luminosa, Lucienne se escabulló de la galería principal tras escapar de las garras de un pretendiente insistente. Afuera, la nieve cubría el mundo con susurros de deseo helado, y el aroma del enebro la guió más allá de las murallas.
En el umbral entre castillo y sombra, Lucienne se detuvo. El silencio la envolvía. Lavanda, menta y algo agrio danzaban en el aire… y con él, la certeza de que no estaba sola.
—No deberías estar aquí —susurró una voz desde las sombras—.
Lucienne giró, dispuesta a negar el miedo. Ante ella emergió una figura oscura, apenas humana, envuelta en una capa que absorbía la luz. Ojos dorados, como dos brasas bajo la penumbra, la examinaron con cálculo y hambre.
—¿Quién eres tú? —la pregunta salió de sus labios, temblorosa aunque desafiante—.
—El guardián de este bosque y de tus deseos inconfesos —dijo la criatura, esbozando una sonrisa lenta, casi depredadora—.
Ella lo estudió: un cuerpo tallado de noche y piedra, alas replegadas sobre la espalda, manos largas y elegantes. La atracción —peligrosa y dulce— chisporroteó en el aire helado.
—¿Y qué haces acechando a las muchachas que se pierden? —replicó Lucienne, erguida—.
—No acecho —replicó él—. Acudo a la llamada. Respondí a tu plegaria no pronunciada, a tu hambre de algo más que la vida tibia y previsible que te ofrezco donde todos beben y se entrelazan sin pasión real.
Su voz era música rota; una promesa de algo que dolía al imaginarlo y más aún al negarse.
Lucienne se humedeció los labios, atrapada entre la razón y el instinto que, como un animal dormido, comenzaba a desperezarse.
—¿Y si acepto tu compañía? —preguntó, jadeando apenas—.
Un destello recorrió los ojos dorados del guardián, pero su sonrisa amainó.
—Entonces podría mostrarte los secretos bajo la corteza, donde el placer y el peligro son uno. Pero debes venir sin miedo… y no pedir piedad si llegas a suplicar.
Lucienne tembló, si era de frío o de anticipación no lo supo. Dio un paso adelante.
—Muéstrame —susurró.
Él tendió la mano. Ella la aceptó, y la carne caliente y ajena la estremeció profundamente. Juntos, se adentraron en la maraña del bosque, allí donde las reglas humanas perdían toda fuerza y el tiempo se arrodillaba ante presencias más antiguas.
Bajo una cúpula de ramas entrelazadas, la luna filtraba su luz sobre un claro donde flores carmesíes brotaban, aun en la nieve. El guardián condujo a Lucienne hasta el centro del círculo; la miró largo, grave, asegurándose de que aún deseaba cruzar esa frontera.
Ella asintió sin palabras. Él desabrochó su capa, mostrándole las alas: membranosas, oscuras, cubiertas por un polvo iridiscente que relucía en azul y violeta.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Lucienne, casi infantilmente—.
El guardián esbozó una mueca—mezcla de ternura y antiguos dolores.
—Astarion. Nadie lo ha pronunciado en siglos.
Ella repitió el nombre, saboreándolo: “Astarion.” Sintió en la lengua un estremecimiento como de vino fuerte. Él se le acercó, borrando cualquier distancia.
—¿Me temes, Lucienne?
—Sí —admitió ella, pero no retrocedió. El guardián rozó su mejilla.
—Bien. El miedo es la otra cara del deseo.
La besó: un roce primero, después un reclamo ardiente sobre labios y lengua. Sus cuerpos se encontraron, y la nieve bajo sus pies ardió en vapor. La mano de Astarion ascendió por su cintura, tejió líneas invisibles en su espalda. Ella respondió con una furia que nunca había sentido entre los tapices amarillos del castillo.
Fue un rito antiguo —unidos por la promesa, el peligro, el gozo feroz y clandestino. Lucienne, que nunca había aprendido a rogar, se encontró suplicando; Astarion, que nunca había respondido a una plegaria, se sorprendió concediéndole todo.
En la batalla y la caricia, el mundo se transformó. La corte desapareció; solo quedaba el bosque y el tintineo de las ramas, el jadeo de dos cuerpos que por primera vez se sabían despiertos.
La luz volvió tras un tiempo que no podían medir y aún se aferraban, temiendo soltar la verdad de los dedos. Lucienne levantó la vista, aún envuelta en el cuerpo y el aroma de Astarion.
—¿Y ahora qué será de mí? —preguntó, suave—.
Astarion acarició su cabello, como si temiera que se deshiciera entre sus manos.
—Ahora debes elegir. El bosque exige un tributo por cada deseo colmado.
Una sombra cruzó por su frente, pero la pasión no se extinguido.
—¿Qué clase de tributo?
—O te quedas aquí, al margen de la humanidad, como amante mía y guardiana junto a mí… O regresas, y olvidas lo ocurrido. El bosque tomará tu memoria y sellará el vacío con un hueco tan frío que ningún hombre podrá llenarlo nunca.
Lucienne bajó la vista a sus propias manos, aún temblorosas. La promesa del bosque la llamaba. Podía quedarse. Amar sin restricciones, habitar la noche, arder y pertenecer solo a sí misma y a los secretos.
Pero el costo era el exilio.
—¿Y si regreso, y me resisto a olvidar?
—Sufrirás —dijo Astarion, con un dejo de compasión primitiva—. Pero quizás algo de mí sobreviva en tus sueños. Un susurro cuando la fiesta sea demasiado ruidosa; un estremecimiento cuando el invierno acose tu lecho.
Lucienne ladeó el rostro, debatida entre la llamada salvaje y las raíces de sangre y deber que no podía cortar de golpe.
Astarion no la apuró. Se recostó junto a ella, envolviéndola con un ala. Sopesaron la posibilidad de otra noche, otro encuentro robado.
La decisión se enhebró en el alba. Lucienne volvió la espalda al círculo y a su guardián, envuelta en el dolor dulce de la renuncia. Sin embargo, mientras se alejaba, la marca de su encuentro latía en la piel como un talismán.
Al regresar al castillo, sentía la mirada del bosque sobre su espalda, un consuelo y una amenaza. El tiempo pasó con la lentitud de una herida que se niega a cerrar: cada fiesta, cada pretendiente la encontraban ausente, expectante en busca de algo que ningún mortal podía ofrecerle.
Las damas cuchicheaban: “La duquesa vive en las nubes.” “Nunca se casa, ¿sabías?” Las miradas de los hombres deslizábanse sobre ella, pero nunca encontraban asidero.
En noches de viento, Lucienne abandonaba la cama e iba al ventanal de su cámara desde donde podía ver la línea oscura del bosque. A veces, le parecía distinguir una figura alada entre los árboles, tan real y tan inalcanzable como el amor que había conocido.
Y en la soledad, comprendió que el deseo y el dolor eran ramas del mismo árbol, y que su corazón era un claro donde aún resonaban los nombres no pronunciados.
Astarion. Lucienne.
Quizá otra luna—otras promesas rotas—los reuniría. Pero mientras tanto, en el pulso de la corte, Lucienne ardía en silencio, marcada por el bosque, recordando que una vez eligió amar sin redención. Y fue suficiente, aunque nunca lo admitiera fuera de la noche y sus secretos.
En Aeloria, donde el invierno no perdona y las pasiones se ocultan bajo capas de seda y hielo, fue la historia de Lucienne y su guardián la que siguió danzando en las sombras, tejida con la urgencia de los que han conocido algo tan prohibido que solo puede sobrevivir en el susurro del viento, en las alas que rozan la medianoche, y en la piel que nunca olvida.
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