Portada del relato Sombras entre Estrellas
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Fragmento:


“La distancia entre nosotros será mi gloria y mi condena”, le dijo la voz, ronca como el trueno, suave como las plumas, en el rincón más secreto de su mente.

Duración: 08:54

Sombras entre Estrellas
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Texto de ajuste de pausa.

El atardecer en Valmira tenía algo de un sortilegio viejo, una promesa nunca cumplida que serpenteaba entre los muros áureos del puerto y tejía juegos afilados de sombra y luz sobre el río. A Elira le encantaba sentarse cada tarde en la cornisa de su alcoba y mirar cómo las embarcaciones rozaban el horizonte apenas tangible, donde el cielo parecía fundirse con las aguas. Valmira latía con la esperanza de los que partían, la nostalgia de los que aguardaban. Ella era de las que esperaban, pero nunca había escrito su nombre en las cartas que cruzaban el mar a su amado.

En la otra orilla del mundo, tras extensiones de hielo y bosque, Kael buscaba el aroma de Elira entre las gamas húmedas de los robledales y la niebla. Lo consumía el deseo —ese filo de cuchillo caliente— que sólo la distancia sabe convertir en veneno y alivio a la vez. Sus manos, firmes en el arco, habían aprendido a cazar ciervos que se deslizaban en la madrugada, pero no sabían retener la tibieza de una caricia prometida. Desde la Torre de los Susurros, cada noche lanzaba, sin palabras, su anhelo en la corriente mágica que sólo los amantes elegidos sabían usar: mensajes de éxtasis y dolor palpitaban en aquella línea invisible que unía su pecho con el de Elira en un crisol de brujería prohibida.

No fue el azar, sino un hechizo antiguo, el que los unió. Cuando Elira rozó el tomo carmesí en la biblioteca de los Fieles, notó algo chisporrotear bajo su piel, una vibración que fue creciendo hasta colmarla de una certeza inevitable: lo que tenía entre las manos no era sólo una puerta a la erudición arcana, era la llave a un destino tejido mucho antes de que ambos nacieran. Sus dedos recorrieron palabras olvidadas, y en ese instante, supo de Kael como si él emergiera de los pliegues de su propia sombra, como si hubiese vivido con él desde el inicio del tiempo.

“La distancia entre nosotros será mi gloria y mi condena”, le dijo la voz, ronca como el trueno, suave como las plumas, en el rincón más secreto de su mente.

Así empezaron. Pequeños destellos durante el sueño; una canción irrepetible tarareada mientras amanecía; un latido que no era suyo cuando el peligro acechaba en los caminos de Valmira. Era un juego de deseo, una agonía compartida donde la magia era lengua, piel y juramento. Elira se entregaba cada noche a las cartas de Kael. No había tinta, sino susurros. Su respiración, al leerlos, se volvía entrecortada, sus muslos apretaban la vela derretida que guardaba bajo la mesa y sus labios aprendían el sabor de la distancia: un vino exótico, delirio y tortura.

Una noche el mensaje llegó más nítido, más impetuoso que nunca. La luna parecía haber sido usurpada por una sombra carmesí, presagio de aquello que Kael preparaba del otro lado.

“Esta noche, cuando el reloj eclipse la media, te llevaré conmigo más allá de los límites del cuerpo,” murmuró en la mente de Elira, su aliento acariciando la raíz de su cuello, bajando, lentamente, como una lengua invisible que despertaba todos sus nervios. “Quiero tomar tu aliento y latido, quiero llenarme de ti hasta el desbordamiento.”

Elira se tumbó sobre el lecho, el corazón azotando sus costillas, la espalda arqueándose en un deseo sin testigos. Entre velos de éter y magia, las manos de Kael se materializaban como brisas intensas que la arrastraban por un abismo delicioso. Sentía los dientes de él encontrar la curva de su hombro, la palma que descendía, audaz, por el monte de su vientre hasta la selva inquieta de su sexo. Ella respondía con jadeos, brazos abiertos a un placer sin nombre, mientras sus cuerpos, aún separados por distancia y reinos, se fusionaban allí donde sólo pueden hacerlo los que aman con el alma primero.

No se decían promesas tontas. El éxtasis era, también, la certeza de lo imposible. Había un juramento mudo en cada gemido, un pacto de seguir buscándose aunque ningún puente físico pudiera cruzar ese mar sin nombre. Cuando Kael, desde la Torre de los Susurros, se derramaba en ella a través de la magia, ambos tocaban una cumbre de dulzura insólita, un clímax donde la separación era puñal y bendición. Elira sentía replegarse el mundo, la ciudad, los libros. Sólo quedaba él, Kael: piedra y querer, hambre y ternura, bebiendo sus lágrimas y su júbilo como un amante voraz.

Mientras tanto, la realidad seguía girando. Había pretendientes que buscaban la sonrisa de Elira; mercaderes y poetas la cortejaban sin descanso. Su cuerpo estaba en Valmira, pero su espíritu pertenecía a la bruma donde Kael la esperaba cada noche, desnudo bajo los astros, tatuado de cicatrices y añoranza. Las palabras de él venían siempre como un bálsamo cruel: “Pronto, amor. Pronto cruzaré las fronteras de la noche para verte despertar a mi lado.”

La promesa era un cuchillo afilado y dulce.

No todos los días eran victoria. Algunas noches la magia se desvanecía; otras, un viento gélido en el bosque del norte le llevaba a Kael el miedo de perderla, absorbido en la tortura de sentirla tan cerca y tan lejana. En esos instantes, Kael cerraba los ojos, apretaba el cristal de obsidiana que era el ancla de su vínculo, y evocaba el aroma de Elira: ámbar y salitre, flores abiertas tras la lluvia. Esos recuerdos eran refugio y castigo por igual.

Cuando el invierno empezó a ceñirse sobre Valmira, la ciudad se volvió peligrosa. Había oído rumores de que la Orden de los Vigilantes buscaba prohibir la magia de unión a distancia. Decían que los enlaces etéreos robaban la fuerza de los amantes, que sólo el contacto de carne salvaba a los hechiceros del extravío. Elira reunió combustible, selló su ventana con mantas y rezó para que ninguna mirada intrusa intuyera cómo la lumbre de su habitación crepitaba con la fuerza inusual de un deseo encendido desde lejos.

El solsticio llegó envuelto en un sudario de niebla. Kael no envió carta ni susurro esa noche. Elira esperó y esperó, inmóvil, con la respiración consumida por el pánico. Salió en el frío, fue a la plaza porticada, preguntas sin voz filtrándose en sus labios helados. Nadie sabía de magos venidos del norte, ni de cartas flotando en la bruma.

Tres días. Elira no comió, no durmió. Cuando Kael regresó —una llamarada crujiendo bajo su piel— fue un estallido brillante, un latigazo tan intenso que la dobló sobre el suelo en un espasmo de gozo y alivio. Él le transmitió todo su miedo y su amor en un clímax sobrenatural y magnífico, como si mil tormentas derramaran su poder en un solo instante.

“Me buscaban —susurró con la voz rota—. Pensé en ti, en todo lo que no debo. En todo lo que sólo contigo puede ser. Luché por no perder lo único que es mío.”

Elira, entre lágrimas, le respondió sólo con placer, dejándose hacer por esas manos etéreas, bebiendo la distancia como un néctar peligroso. La piel le ardía al imaginar los dedos de Kael trazando constelaciones secretas sobre su vientre, su lengua borrando todo el mapa del exilio, robándole la tristeza y el hambre.

A la mañana siguiente, Elira se atrevió, por primera vez, a escribir con tinta la única carta física que jamás le mandó: una confesión desesperada, un hilo tangible entre mundos.

“Cruza el mar. Ven a buscarme. Si he de ser tu condena, que sea en tu lecho, con tu cuerpo respirando junto al mío. Prefiero un instante contigo a toda una vida de anhelos.”

Tardaron dos lunas. Kael apareció cuando la niebla se retiraba como una mujer coqueta de los brazos del río. Sus cabellos llevaban la memoria del bosque, y su piel —más curtida, más ansiosa que nunca— traía la promesa de una eternidad en una sola noche. Elira corrió a su encuentro, con los brazos abiertos y el corazón temblando de terror y júbilo.

No hubo palabras. Kael la tomó de la cintura, la besó como si quisiera robarle la vida y darle otra nueva. Los hechizos, la magia y la distancia se hicieron añicos bajo la presión de aquel primer contacto, tan feroz, tan tierno, tan colmado de un éxtasis adulto que ninguna fantasía podría igualar. La cama los recibió, húmeda de deseo. Se amaron al modo lento de los que conocen la distancia y el modo apremiante de los que temen al tiempo. Cada penetración fue un eco, cada suspiro una promesa, cada estallido el final de la soledad.

Después, bajo la vigilia del alba, Kael se durmió enroscado en la curva de Elira, como un niño al que devuelven a casa tras una eternidad. No hubo más miedo, ni extrañamiento. Sólo la certeza de que ningún reino, ninguna ley, podría jamás separar lo que la sed de piel y alma había unido.

En Valmira, contaba la leyenda que el amor verdadero puede cruzar el tiempo y los mares, trastocar la magia, convertir la distancia en delirio y refugio. Pero sólo aquellos que sean capaces de beber el éxtasis y el sufrimiento, como una copa mezclada con miel y veneno, podrán comprender la verdadera promesa: lo distante no es olvido, sino el preludio del éxtasis inimaginable. Y la historia de Elira y Kael, aún resonando en la bruma, era prueba vital de ello.

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