Portada del relato Los latidos del espejo
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Fragmento:


Pero entonces, Lysander apareció entre las raíces retorcidas. Hubo en sus ojos algo salvaje. Sin darme tiempo, se acercó, separó a Cora de un manotazo –jamás le vi fuerza igual cubriéndole la cortés fragancia– y me arrastró, casi con desespero, hasta los límites del bosque.

Duración: 08:26

Los latidos del espejo
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Texto de ajuste de pausa.

15 de septiembre

He decidido, con una mezcla de urgencia y cansancio, que este cuaderno será mi confidente. En estas páginas, escribiré de Lysander y Cora, del Palacio de Humo y de las noches donde no sé cuál de los dos amo verdaderamente. Quizá, algún día, podré leer mis propios pensamientos y entender de cuál abismo nació mi deseo.

No hay paisaje más inabarcable que la ciudad de Etarial al anochecer, con sus catedrales de ónix, sus torres enredadas de musgo encantado y la niebla color amatista que, al caer, silencia los pecados de la tierra. Vivo en una jaula brillante, llena de misterios para ojos forasteros y amenazas bien conocidas para los hijos de este lugar. Yo, Calista, soy, según la leyenda familiar, la última de la sangre que puede abrir el Espejo Alado.

Sin embargo, esta historia no va sobre la profecía. Es sobre un deseo, una discordia en mi pecho tan violenta que temo que me parta en dos.

18 de septiembre

Fue una noche como la seda, y el Palacio celebraba el Festival de la Última Luna. Cora danzaba entre antorchas, su cabello cortado al mentón centelleando como un rubí lavado en sangre. Nadie se atrevía a mirarla sin perder el juicio, y yo tampoco soy inmune. Su risa es sal y miel, un alarde de libertad. A mi derecha, Lysander cruzaba la sala con una gravedad inquietante, ojos de mercurio frío y esas manos siempre enguantadas. Nadie sabe el motivo real por el que Lysander teme al tacto, pero sospecho que su piel encierra secretos tan venenosos como fascinantes.

Esa noche supe que ambos me rondan, pero de modos distintos y complementarios, como la luna y el cuchillo. Cora me besó detrás de la columna, el aliento perfumado de vino y azafrán, la lengua insurrecta. “Vienes conmigo esta noche”, dijo, y me llevó a través de pasadizos secretos, donde la piedra parecía respirar por sí misma.

21 de septiembre

He dormido mal. El sabor de los labios de Cora me duró hasta la mañana, tibio aún cuando bajaron las cocineras a prender el fuego. Pero cuando Lysander apareció en mi cuarto, luz azul celeste empapando su silueta, supe que mi alma se rendiría a ambos, pues mi cuerpo ya lo ha hecho. Él no dijo palabra. Caminó hasta el lecho y se sentó a mi lado, distante pero atento, como si escuchara un cántico en mi corazón.

“¿Temes lo que hay tras el espejo?”, preguntó, sin mirarme.

“No”, mentí.

“Llamas cosas que no comprendes. Cora no es un animal doméstico. Juega con lo que no puede poseer.”

Lysander se inclinó. Sus guantes temblaban como si intentara descifrar el pulso de mis venas a través de la tela. A veces creo que conoce mis pensamientos más profundamente que yo.

Cora ama el peligro en mí. Lysander intenta apaciguarlo. Entre los dos, me deshago como cera en una tormenta.

22 de septiembre

Me cuesta escribir porque mis manos tiemblan aún por lo sucedido esta tarde. Cora y yo nos internamos en la Umbría, ese trozo de bosque antiguo cuya magia es tan densa que el aire se bebe como agua envenenada. Allí me besó el cuello, la clavícula, me pidió jurarle fidelidad con palabra y cuerpo. La obedecí, perdida en ese vértigo tan antiguo como el hambre.

Pero entonces, Lysander apareció entre las raíces retorcidas. Hubo en sus ojos algo salvaje. Sin darme tiempo, se acercó, separó a Cora de un manotazo –jamás le vi fuerza igual cubriéndole la cortés fragancia– y me arrastró, casi con desespero, hasta los límites del bosque.

“Hay cosas que no ves. No todo placer es inocuo. No toda promesa debe sellarse en la Umbría,” murmuró, rostro encendido.

Mis venas ardían por ambos. Mi lealtad se agitaba, sucia, como un pez moribundo.

30 de septiembre

Esta semana la pasé entre el lecho de Cora en las noches y las vigilias filosóficas con Lysander al alba. Me embriago de la libertad salvaje de ella y me hundo en la quietud reflexiva de él. Ninguno pregunta por el otro, pero siento a veces que sus energías laten en tensión bajo mi piel, cortante y dulce, como la hoja de una daga ceremonial.

Hoy Lysander me llevó a la cámara del Espejo Alado. El cristal, profundo y lechoso como un lago antiguo, parecía respirar bajo nuestra cercanía.

“Solo tú puedes abrirlo, Calista. Pero el precio puede marcar una guerra.”

Lo miré. Clavé mi atención en la línea fina de sus labios; sus ojos grises jamás parpadean cuando espera confensión. Quise preguntarle si entre nosotros alguna vez habrá algo completo, un amor menos calculado, menos al borde del abismo.

En vez de palabras, besé el reverso de su mano enguantada. Pareció quebrarse su compostura, por un segundo. Susurró: “Si cruzas el espejo, todo lo que amas podría perderse.”

No le respondí porque, si soy sincera, ya estoy perdida.

5 de octubre

Cora planea fugarse conmigo al Mar de Luz. Habla de un mundo sin títulos, sin deberes, donde nuestras noches no tengan amenaza de intrusiones. Confieso, el deseo de huir me arde como una fiebre, pero siempre pienso en Lysander, en su silueta aguardando en la penumbra, en lo que dejaría atrás si sigo a Cora.

Esta noche los invité a cenar juntos. Quería, de algún modo, forzar la transparencia. Se sentaron uno frente al otro, estudiándose sin violencia, como gatos encerrados en la misma jaula.

Lysander, tras largo silencio, levantó su copa:

“Por aquello que no puede dividirse.”

Cora sonrió, labios manchados de vino:

“Por aquello que no puede poseerse.”

Yo me limité a mirar ambos reflejos en el cristal de mi copa, eligiendo y no eligiendo a la vez.

11 de octubre

He estado días sin escribir. Los hechos de la última noche me devoran el pulso, la lógica, hasta el sosiego. Realicé la Ceremonia en secreto, bajo la vigilancia de Lysander y la complicidad risueña de Cora. Recité las palabras sagradas ante el Espejo Alado. Durante un instante, vi en la superficie la imagen de ambos, tan nítida que me cortó el aliento.

Cora se acercó, sus labios en mi nuca, su mano fría entre mis muslos. Lysander, aún con guantes, apoyó la palma en la base de mi columna vertebral, su contacto apenas percibido, un relámpago de electricidad. El Espejo vibró, osciló entre el oro y la bruma, proyectando tres caminos ante mí.

Vi lo que elegir a Cora implicaba: fugacidad naciente, pasión y riesgo, ardor y exilio.

Vi lo que deparaba Lysander: estabilidad, legado, comprensión, un amor silencioso e interminable, pero tal vez frío, sujeto siempre al deber y a la lógica.

Y vi, finalmente, el tercer sendero: el de volverme espejo yo misma, dejar que ambos ardan en mí, ni renunciar ni poseer, amar en simultáneo, doble y contradictorio, caos y centro, vértigo perpetuo.

13 de octubre

He decidido escribirles una carta a cada uno. A Cora le digo que su ambición es la única que me hace olvidar el miedo; a Lysander, que su refugio es mi anhelo de claridad. A ambos les doy una cita secreta en la galería al alba, bajo los vitraux que proyectan en la piedra mil colores errantes.

La noche antes de la cita, sueño que navego entre islas de plata y sombra. Una figura empapada de perfume y otra vestida de susurros me tienden la mano. No las tomo, ni las dejo ir. El viento lleva sus nombres, bordados en el eco del Espejo.

15 de octubre

Cora llegó primero, arrojando su capa granate al suelo, nerviosa pero desafiante. Lysander apareció luego, tan callado que su sombra fue la que anunció su llegada. Una brisa helada cruzó el corredor.

Les conté mi visión. No puedo, ni quiero, decidir a uno sobre el otro. Si el mundo debe romperse por ello, suceda. Ambos me miraron, primero con asombro, luego con algo que solo después identifiqué como deseo compartido.

Cora se acercó, deslizó una mano por mi antebrazo, esta vez temblando. Lysander retiró por fin sus guantes y, juntos, sus dedos y los de ella se entrelazaron a los míos. El Espejo, desde la galería, nos devolvía el reflejo de un amor que nadie podrá contar después.

Quizá la gente susurre sobre nuestro escándalo. Puede que la guerra llegue. Pero entre el éter y la piel, ahí, justo en ese instante —sólo nuestro—, existimos sin futuro y sin culpa.

Ahora cierro este diario. No porque termine la historia, sino porque empieza de verdad nuestro hechizo: un triángulo imperfecto, pero tan luminoso y condenado como la última luna de Etarial.

Margaret Mitchell

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