Fragmento:
Las risas, suaves como terciopelo ardiendo, se alzaron entre los nobles. Veylan se levantó, avanzó hacia ella con la gracia de un depredador. Se detuvo tan cerca que Mirabel olió la mezcla de ámbar, bosque y algo más peligroso.
Duración: 10:19
El Carruaje Negro avanzaba despacio por el bosque cubierto de relente; su farol apenas arañaba la niebla densa. A su paso, las zarzas se apartaban como si reconocieran la majestad de quien viajaba dentro. Lady Mirabel Cresswell sostenía la cortina aterciopelada del ventanuco con sus dedos enguantados. Veía temblar la noche en los cristales, ansiosa, un suspiro a punto de erupcionar.
Desde pequeña, sirvientes susurraban a Mirabel el precio que tenía la belleza en las tierras de Éadrin: la Corte de Medianoche se la cobraba en la flor de la juventud. Ahora, a sus veintiséis primaveras, Mirabel iba de buena gana a la corte de los fae, no como tributo, sino como delegada y posible parlamentaria. Al menos, ese era el acuerdo. Las Leyes del Reino Mortal y de Éadrin muchas veces no se medían en la misma balanza.
Mirabel recordaba la advertencia de su aya: “Nada de nombres verdaderos, mi niña. Y nunca respondas a las preguntas que no se han hecho.” Pero en la carta sellada que recibió tan solo tres lunas atrás, la invitación del Alto Lord Veylan de la Corte de Medianoche era clara: “Te aguarda un tratado y una promesa de paz. Cruza los portales cuando la hiedra sangre entre hierros, pues solo entonces podrás encontrarnos.”
Afuera, los caballos se detuvieron. El cochero, viejo y encorvado, pronunció las palabras rituales. Las puertas se abrieron. La niebla abrazó a Mirabel como un amante celoso.
Cruzó el umbral y, por un instante, creyó caer sin fin; el bosque mortal se desvanecía para dar paso a un crepúsculo perenne, donde los árboles se alzaban como catedrales y hojas doradas flotaban en la penumbra. Un perfume de tierra, madera y algo inquietante, inasible, la envolvió.
Dos centinelas fae la aguardaban con lanzas de plata. Altos, de piel tan pálida que parecía luminosa, ojos de un azul cambiante, la saludaron inclinando el torso.
—Lady Cresswell, sed bienvenida a Éadrin. El Alto Lord aguarda vuestra presencia en el Salón del Alba-Eterna.
Mirabel se cubrió con la capa y avanzó. Sus botas pisaron un sendero de gema azulada que emitía destellos suaves. Acudieron ecos de risas, arpegios de arpa y la sensación incómoda de que alguien, o algo, la observaba en la espesura. Cuidó de controlar su pulso.
Al cruzar los porterones del gran salón, vio a los nobles fae: hermosos más allá del deseo, terribles en su otrasombra. Sus ropajes cintilaban como la escarcha, sus miradas eran promesas de triunfo… o condena. En el centro, sobre un trono labrado en hueso y obsidiana, aguardaba Veylan.
Su piel era de un gris lunar, y la cabellera, larga y trenzada con oro, le caía hasta cintura. Los ojos, de un gris oscuro como la tormenta, relucían con inteligencia y, Mirabel supo al instante, peligrosidad.
—Bienvenida, Mirabel de la casa Cresswell. Hace tiempo que deseábamos tenerte aquí.
La voz de Veylan era grave, afilada, y al tiempo, llena de una dulzura subterránea. Mirabel inclinó apenas la cabeza, recordando no hacer una reverencia completa; los fae adoraban detectar debilidad.
—Alto Lord Veylan, traigo la voluntad de mi reina y el deseo de paz. Pero tal vez lo que buscas no pueda expresarse en pergaminos ni sellarse con sangre humana o fae.
Las risas, suaves como terciopelo ardiendo, se alzaron entre los nobles. Veylan se levantó, avanzó hacia ella con la gracia de un depredador. Se detuvo tan cerca que Mirabel olió la mezcla de ámbar, bosque y algo más peligroso.
—Vienes alerta. Sabes jugar. Me agrada eso, Lady. El baile más hermoso es el que se libra con los pies al filo del abismo.
La música calló de improviso; las puertas se cerraron a sus espaldas. Mirabel percibió apenas un cambio, un juego de sombras. Veylan los había envuelto en un hechizo de privacidad.
—Esta noche tu palabra determinará el porvenir de ambos reinos. ¿Confías en mí, Mirabel Cresswell?
Ella percibió el abismo entre los términos de su pregunta. Era una trampa. Sonrió.
—Confío en la fuerza de mis convicciones y en la cordura de quienes las comparten.
Veylan entrecerró los ojos. Un destello de aprobación.
—Que comience entonces el diálogo.
Los relojes se desmoronaron. Las horas, diluidas en vino de luna, pasaron entre charlas punzantes, insinuaciones y pequeños duelos verbales que tensaron el aire. Mirabel notó otras presencias acechando en el borde del salón: las consortes y favoritos de Veylan, la Gran Consejera Ithiel, el Juglar Cuervo, las Damas del Olvido con sus sonrisas heladas.
Hacia la medianoche, los dos estaban más cerca el uno del otro, no sólo en distancia, sino en otra clase de roce: el de las voluntades que confluyen, aún entre la vigilancia y la sospecha.
—Permíteme enseñarte mis jardines —ofreció Veylan.
La noche en Éadrin no era inmutable, descubrió Mirabel: era un tapiz de nieblas cambiantes. Camino al jardín, sin testigos, Veylan le habló bajo, con una voz diferente de la del alto trono.
—¿Nunca has sentido que toda la vida mortal es una promesa rota al nacer? Aquí, si lo deseas, podrías recordar tu propio nombre verdadero. Aquí, podrías ser más que un susurro entre tribunales humanos.
Mirabel, por un instante, vaciló. Se detuvo ante una arcada cubierta de hiedra sangrante. De sus labios salió una pregunta impensada.
—¿Y qué me pedirías a cambio?
Veylan no sonrió, pero sus ojos sí. Se acercó, casi rozando el rostro de ella con el suyo. En la distancia cómplice, la noche contenía la respiración.
—Que la próxima promesa que hagas… sea para mí.
Un estremecimiento —no de miedo, sino de deseo— le recorrió la espalda. Las manos de Veylan eran más cálidas que la luz, y en su tacto había tormentas guardadas. Mirabel no se apartó.
—¿Y si esa promesa me conduce a la ruina?
Veylan mantuvo la posición, inamovible.
—Muchos han temido la caída sin conocer los placeres del vuelo.
En los jardines, todo florecía y moría en ciclos rápidos; rosas negras, narcisos de fuego, lirios que exhalaban vapores azules. Caminaban entre ramas que silbaban secretos, y fue allí, bajo la luz ambigua de dos lunas superpuestas, donde la conversación se desvió hacia un terreno más traicionero: la propia carne y el ansia velada.
—Dime, Lady Mirabel, ¿qué anhelas tú, cuando todos los pactos y tratados han sido sellados y la noche aguarda sólo la verdad?
Mirabel no mintió, porque mentir en ésa pregunta era caer en la perdición fae.
—Quiero sentir. Todo. Sin miedo a perderlo.
Un pulso invisible los unió. Veylan la tomó de la mano, y el jardín pareció latir a su alrededor. Él besó el dorso de sus dedos, y fue como si una corriente eléctrica la atravesara. En aquel instante, la Corte palideció; sólo quedaban dos seres, suspendidos entre reinos.
Veylan la atrajo suavemente. Sus labios se encontraron, y el beso fue hambre y fusión, poder y sumisión mezclados hasta la fiebre. Mirabel tuvo la impresión vertiginosa de intercambiar recuerdos: su niñez bajo cielos mortales, la pérdida de su madre, la soledad... y a cambio, la eternidad fría, las guerras antiguas, la belleza feroz de la corte fae, la pura necesidad de compañía.
Se apartaron, aún asidos el uno al otro. Veylan la miró con seriedad inusitada.
—Si te quedas, nada será igual. Si partes, no podré asegurarte que esto no me devore.
Mirabel, por primera vez, se permitió ser pequeña en su honradez y grande en su deseo.
—No busco seguridades. Busco el salto.
Veylan tomó su rostro entre las manos, y el tiempo se ralentizó tanto que el murmullo del jardín se hizo eterno. Se besaron de nuevo, no con la furia de la primera vez, sino con la promesa de cielos y abismos por explorar juntos.
La bruma de la pasión los envolvió. Mirabel se dejó llevar al interior de la gruta de los Alisedos Susurrantes, donde la seda temblorosa se convertía en lecho, y el musgo brillaba bajo la piel desnuda. Fue entonces la unión desenfrenada: manos y labios, piel y pelo enredados en un vaivén tan antiguo como el mundo. El placer entre mortales y fae era un pacto tácito, cruzaba el umbral del dolor hasta transmutarlo en gozo; Veylan supo descubrir los secretos del cuerpo de Mirabel, y ella los suyos: marcas de guerra, cicatrices, la vulnerable suavidad detrás del poder.
En la vigilia posterior, Mirabel sintió peso en el pecho: no sólo lujuria, sino ternura, el peligro de amar a quien sólo podía prometerle la noche. Veylan, recostado a su lado, dibujó en su antebrazo símbolos que sólo los fae podían leer.
—Este hechizo te resguardará cuando debas partir —susurró—, pero cada vez que lo sientas arder, sabrás que yo te pienso.
Mirabel asintió, sabiendo que aún el más bello de los pactos podía ser clausura o liberación. Sintió la tentación de quedarse: olvidar la diplomacia, renunciar al mundo. Pero la responsabilidad vibraba en su interior tanto como el deseo.
Al despuntar el alba, Mirabel volvió al salón principal. Los fae la saludaron con sonrisas enigmáticas. Veylan habló, trémulo, ante la corte:
—Los términos están acordados. Habrá tregua entre nuestros reinos, pero no está escrito cuánta indefensión caerá sobre quienes se atreven a amar en ambos mundos.
Los invitados se inclinaron. Sólo Ithiel, la consejera, se permitió lanzar una advertencia entre dientes:
—Te lo llevarán todo, Lady, aun tu propio nombre. Pero, ¿acaso existe el amor sin riesgo?
Mirabel sonrió, tal vez resignada, o tal vez, por primera vez en su vida, verdaderamente libre.
Al regresar al Reino Mortal, su corazón ardía bajo la seda, marcado por el hechizo y por el beso de Veylan. Sabía que, de algún modo, la promesa que había dado en el jardín se extendía más allá de los portales, un hilo invisible tejido entre dos mundos, dos soledades, dos deseos condenados y celebrados por igual.
En su lecho de regreso, la noche mortal se sentía menos opaca, más intensa, como si Veylan, lejos, siguiera susurrando en la piel de su memoria. Y así, entre cartas secretas y sueños invisibles, la tregua de Éadrin comenzó a escribirse en la sangre y la luz, con la promesa de un próximo encuentro, cuando la hiedra vuelva a sangrar entre hierros y la luna desee, de nuevo, su propio beso.
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