Portada del relato El Juramento del Hada Roja
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Fragmento:


Cruzó una espesura de bojes y sauces, sintiendo cómo el bosque la aceptaba o la juzgaba. La sangre le hervía bajo la piel, por el miedo, por el anhelo de no estar sola, por la fuerza misteriosa de aquel anillo de oro rojo que colgaba de su cuello. Un anillo que en susurros prometía: “Vuelve”.

Duración: 09:07

El Juramento del Hada Roja
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Texto de ajuste de pausa.

***

Cuando Lysandra cruzó el umbral del claro, la luz de la luna teñía sus cabellos de llamas y su corazón, ya habituado a los tormentos de la soledad, latía con una desesperación silenciosa. La niebla del bosque de Ardenthal, antigua y perpetua, reptaba por sus botas de cuero blando, enredándosele en los tobillos como caricia y amenaza. Nadie con memoria humana se adentraba tan profundo en la espesura sin motivo, y Lysandra tenía dos: el dolor y el deseo.

Desde la muerte de su esposo, caído en las guerras de los hombres del sur, Lysandra se había entregado al olvido de la taberna y el susurro de las flautas a media noche. Pero el recuerdo de un juramento la perseguía: una promesa hecha a un hada roja, en noches aún más antiguas, sellada con una gota de su propia sangre. En ese entonces, la joven Lysandra, de apenas diecisiete otoños, había creído en fae y duendes, aún cuando su madre la azotaba por mencionar tales nombres.

Pero las hadas de Ardenthal existían, danzaban en la bruma, tejían hechizos en la savia de los abedules, y Lysandra, hace ya una década, había salvado a una de ellas de los perros negros del rey. El hada, pequeña y etérea, con cabellos de rubí y labios como granada, le había ofrecido tres deseos. Y Lysandra, siendo una muchacha enamorada, sólo desperdició dos: uno para salvar la vida de su amado, entonces moribundo, y otro para tener valentía. El tercero, quedó envuelto en la penumbra de un “aún no”. Eso fue hace años, pero ahora la fae la llamaba con sueños febriles y risas en el viento.

Cruzó una espesura de bojes y sauces, sintiendo cómo el bosque la aceptaba o la juzgaba. La sangre le hervía bajo la piel, por el miedo, por el anhelo de no estar sola, por la fuerza misteriosa de aquel anillo de oro rojo que colgaba de su cuello. Un anillo que en susurros prometía: “Vuelve”.

A lo lejos, entre pilares de luz argentada, apareció Althea, el hada roja. Sus pies descalzos apenas perturbaban la niebla, su vestido parecía tejido de pétalos y telarañas, y sus ojos, ah… aquellos ojos, prometían secretos de placer y de muerte. Lysandra, pese a su vida de mujer endurecida, sintió la humedad en sus labios, la tensión en sus muslos. Aquella criatura no era la amiga infantil de otros tiempos; era algo más, brillante, terrible, y tal vez, la única que aún la recordaba.

“Has venido”, murmuró Althea. Cada palabra era como agua fresca en la lengua, y también como un filo sobre la garganta.

“Nunca aprendí a olvidar”, respondió Lysandra, la voz quebrada.

“Perdiste más de lo que ganaste, ¿sabes?”, sonrió el hada, y la luna se encendió más detrás de sus cabellos. “Y tu tercer deseo aún me pertenece”.

Lysandra rió, amarga.

“Sólo me queda el deseo de morir, y ese es fácil de conceder”.

Los ojos de Althea centellearon con una lástima sin compasión.

“Ven, siéntate. El bosque escucha, pero aquí, en el círculo de abedules, sólo las pasiones perduran”.

Lysandra se dejó caer junto a ella, el cuerpo cansado pero el espíritu alertado. Sabía demasiado de las viejas historias para confiar en la apariencia dulce.

“¿Qué buscas de mí?”, preguntó, la voz baja y urgente.

Althea acercó su boca a su oído, con un gesto casi humano, casi tierno:

“No he olvidado el deseo sin pronunciar. Pero he cambiado. Ya no me contento con baratijas ni deseos triviales. Quiero tu nombre verdadero. Quiero tu deseo honesto. Quiero que digas lo que la noche esconde debajo de tu carne”.

La niebla vibró alrededor, como si el bosque respirara al unísono. Lysandra, tentada y aterrada, comprendió entonces por qué los hombres de su pueblo susurraban sobre los peligros de enamorarse de las hadas. Porque el deseo podía ser un veneno tan sutil como el amor.

Tomó aire, y con la honestidad que daba el dolor, respondió:

“Quiero sentir. Quiero vibrar. Quiero que mi piel arda y supure canciones. Quiero perderme en tu abrazo, aunque signifique perderme para siempre”.

Algo tembló en la voz de la fae, un suspiro que parecía estremecer los mismos árboles.

“Puedes. Pero has de pagar con recuerdo y palabra”.

Lysandra no titubeó. Nadie que haya amado alguna vez se salva en la renuncia.

“He vivido años olvidando mi nombre. ¿Qué importa una vez más?”

Las manos del hada, frías como plata nueva, recorrieron el dorso de la mujer, y Lysandra sintió el cruel placer de la imprudencia. El mundo se desvaneció en el roce de las bocas, en la lengua que sabía a uva madura y hojas de fresno. El grito ahogado se perdió entre las ramas cuando Althea la penetró con su deseo, y las piernas de Lysandra temblaron cuando la magia le erizó la piel, descendiendo de la columna al vientre, extendiéndose hasta los dedos.

Fue un placer abrupto, imposible de esconder, mezclado en igual medida con la certeza del precio.

Las estrellas giraban sobre el claro, y Lysandra lloró de alegría convulsa, de dolor redimido. A su alrededor, los árboles susurraron su nombre, y luego, lo dejaron ir.

Cuando recobró el aliento, supo sin saberlo que ya no era Lysandra la viuda, sino sólo Lys, la deseada y la deseante. Recordaba el roce de un anillo, un amor perdido y una infancia entre fantasmas, pero las caras ya eran difusas, los nombres sal y viento.

Althea le sonrió, satisfecha e inalcanzable.

“El tercer deseo te ha hecho mía, y tú lo has nombrado sin miedo. Ahora te ofrezco mi propio juramento: por cada sombra que te aceche, tendrás mi abrazo; por cada noche de soledad, mi canción”.

Lys —ya no Lysandra— asintió, sintiendo en su vientre una extraña semilla de esperanza y de vértigo.

“¿He muerto?”, preguntó, la voz tranquila, tras tanta tormenta.

“No”, repuso el hada. “Has renacido. Las mujeres como tú no mueren: arden, una y otra vez, en el fuego de su deseo”.

El tiempo en el claro transcurrió diferente. Se alimentaron la una de la otra, entre caricias, mordiscos y promesas. Lys olvidaba el mundo de fuera, y el bosque comenzaba a enredar su cabello con helechos, sus uñas tornándose verdes, sus risas volviéndose pura música. Althea la bañó en la luz lunar y le mostró los caminos secretos de la satisfacción, aquellos que ni hombres ni dioses imaginan. Algunas noches danzaban bajo la lluvia hasta que no quedaba más aliento que susurros, y otras, mordían frutos prohibidos e inventaban palabras para nombrar lo inefable.

Sin embargo, todo deseo lleva su cicatriz.

A veces, en los giros del viento, Lys creía escuchar una voz lejana llamando su nombre antiguo, un nombre que ya no podía pronunciar. Los fantasmas de la memoria aullaban en las noches de más densa niebla, y la añoranza del abrazo mortal del pasado la hería con punzadas de hielo.

Althea la observaba en silencio, y una noche, tras una unión más desesperada que las anteriores, le preguntó:

“¿Aún echas de menos tu dolor humano?”

Lys cerró los ojos.

“A veces. Hay dulzura en el lamento. Hay pasión en el recordar. Pero ahora, cuando te toco, cuando me inundas de luz y de savia, sólo deseo perderme”.

Las estaciones rotaban sobre el claro. Los hombres contaban historias en la taberna: que Lysandra, la viuda de los cabellos de fuego, se había arrojado a la espesa niebla y nunca regresó. Algunos decían que de noche veían brillar dos pares de ojos, rojos y verdes, que los miraban danzar entre los abedules. Otros decían que la pasión la había maldecido.

En verdad, Lys ardía y ardía, sin pasado ni porvenir, sólo deseo cumplido. Y el hada roja reía, dándole nuevos placeres y nuevos lamentos, porque así es la vida bajo el juramento del Fae: gozo, olvido, renacimiento, y pasión.

En la última luna del ciclo, su piel era ya líquida como agua y su boca sólo sabía nombrar lo nuevo:

—Soy tuya, Althea. Para gozar y ser atrapo, para perder y ser hallada.

El hada le besó el corazón, y Lys sintió brotar de su interior un canto nuevo, mitad risa, mitad llanto. Supo entonces que la eternidad no es más larga que el instante en que dos cuerpos olvidan el mundo y se inventan uno propio. Deseó, por infinita vez, arder y arder hasta que el bosque no fuera más que un eco, y los susurros del dolor antiguo se apagasen bajo las caricias de la noche inmortal.

Y así Lysandr—no, Lys, sólo Lys—es aún recordada entre la niebla. Dicen los leñadores que cuando la pasión de la tierra es más fuerte, danzan en el claro dos formas, una de fuego, otra de sangre, y que quien las ve, jamás olvida lo que deseó en su momento más oscuro. Llora, pero también sonríe, porque en Ardenthal el deseo es ley, y la única muerte es no atreverse a nombrarlo.

Cuando al fin la primera niebla del invierno bajó, Lys sabía que la humanidad estaba perdida para ella. No dolía. Porque en brazos del hada roja, supo que ningún hombre la amaría nunca de esa manera tan prohibida, tan absoluta, tan devoradora.

Y el bosque de Ardenthal, siempre hambriento, aprendió otro nombre para la pasión.

Un nombre sin regreso.

Un nombre de sangre, de lujuria, y de resurrección.

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