Portada del relato El Lienzo de Fuego y Niebla
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Fragmento:


Él sonrió, una curvatura de labios tan letal como un veneno.

Duración: 08:16

El Lienzo de Fuego y Niebla
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Texto de ajuste de pausa.

Aquella noche, la lluvia caía sobre los tejados de Altara como si intentara purificar las viejas calles de la ciudad, pero Livia sabía que algunas manchas no podían borrarse ni con los aguaceros más furiosos. Desde la ventana del estudio, observaba cómo la humedad se filtraba por las grietas del cristal, hasta que su reflejo quedó distorsionado en un espejismo de fuego y sombra. Afuera, la ciudad dormía, ignorante del peligro agazapado bajo la calma: el rumor de una guerra próxima, el crujido rasgado de la magia prohibida, la llegada de forasteros con ojos demasiado antiguos.

A Livia le gustaba pensar que el destino la había nacido dos veces: una al alumbrar la luz de su madre, y otra cuando tocó con descaro las páginas hechizadas del Libro de la Bruma. Dos vidas: la de la bibliotecaria discreta, temida por su lengua y venerada por su memoria; y la otra, clandestina, en la que desenvainaba sortilegios como dagas y bailaba con espectros más viejos que el reino. Aquella noche, una carta perfumada de azafrán, llegó hasta su escritorio. Dejó que el fuego la devolviera al mundo, quemando apenas los bordes, liberando el mensaje oculto entre las cenizas: “Esta medianoche, en el Pabellón del Artífice. Ven sola.”

Abandonó su estudio cuando la ciudad ya parecía difusa tras las huellas del aguacero. El aire olía a tierra fértil y a peligro. Caminó con la capa recogida al cuello, saltando sobre charcos que eran lunares en la piel empedrada de Altara. Sabía que la estaban siguiendo, por el crujir intermitente a su espalda, por una voz en el centro de su pecho que le recitaba viejos conjuros de salvaguarda. Pero la llamada era irresistible; la tentación hacía vibrar su carne: el remitente de la carta, el misterioso Lyren, era un nombre que la ciudad tarareaba con miedo y deseo. Decían que tenía aliento de dragón y que nunca tomaba el sol.

El Pabellón del Artífice surgió entre la bruma como un esqueleto de hierro y vidrio, su esqueleto translúcido palpitaba con las luces de orbes mágicos y sombras que serpenteaban por los pasillos vacíos. Una figura aguardaba, envuelta en las ruinas de una capa oscura, aferrando el mango de un bastón tallado en lapislázuli. Lyren era aún más hermoso y peligroso al natural, con aquellos ojos violetas cuyo fulgor, decían, era capaz de someter a cualquier voluntad.

—Livia —susurró su nombre, cada sílaba un roce en la médula—. Has venido.

Ella tragó saliva, sintiendo la tensión entre ambos, como la cuerda rebosante de una arpa a punto de romperse.

—No he podido evitarlo. La ciudad arde de rumores sobre ti y sobre el velo de sombras que levantaste hace tres lunas.

Él sonrió, una curvatura de labios tan letal como un veneno.

—No vengo a guerrear. Esta noche, vengo a pedirte un favor. Uno que solo tú puedes concederme.

Avanzó hacia ella, acortando la distancia. El calor de su cuerpo impregnaba el aire, y sus pupilas parecían devorar los secretos que Livia había pasado media vida intentando ocultar. Apenas sus dedos quisieron rozarse, un chispazo de energía los envolvió: la magia reconocía a la magia, como amantes silenciosos en medio del peligro.

—La Corte Sombría necesita tu ayuda. No para la guerra, sino para evitarla —explicó Lyren—. Hay una reliquia perdida, el Lienzo de Fuego y Niebla. Solo puede hallarlo quien haya conocido ambas pasiones, y si no lo encontramos antes del solsticio, los dos reinos caerán.

Livia ladeó la cabeza, su pelo oscuro recogiendo gotas de lluvia. Las leyendas hablaban de ese Lienzo: un pergamino maldito que podía unir o separar mundos. Pero cada vez que su historia era pronunciada, un precio reclamaba la noche: deseo o destrucción. Recordó a su abuela advirtiéndole sobre las puertas prohibidas, sobre las tentaciones que no podían resistirse entre dos enemigos.

—Siempre hay un precio, Lyren. ¿Qué buscas realmente de mí?

El hombre retrocedió, desenmascarando un instante su vulnerabilidad:

—Solo tú puedes guiarme. El Lienzo reclama a dos cuya pasión desafíe al destino. Nos quiere juntos. O nos quiere destruidos.

El vaho de la respiración de Lyren se subía entre los dos como el eco antiguo de un pacto. Livia averiguó en su pecho una sed de peligro, de aventura y, sobre todo, de él. ¿No era eso lo que la mantenía despierta en sus noches más solitarias? Un deseo sin nombre, con el nombre de Lyren en la boca.

—¿Y si lo encontramos? —preguntó—. ¿Qué será de nosotros?

Lyren rebuscó en sus ojos, buscando respuestas que solo ella podía ofrecer.

—Quizás la paz. Quizás el fin de todo cuanto conocemos. Pero juzgaría la vida una vez por sentirte completa, aunque fuera cien noches envueltos en guerra.

Aquel juramento suspendió el tiempo. Un instante después, Livia tomó su mano y juntos, atravesaron la puerta del Pabellón, internándose en el laberinto de la ciudad y de la noche.

El Lienzo yacía oculto más allá de las murallas de Altara, en las tierras de Neném, donde la realidad parecía languidecer bajo el peso de los siglos. El viaje fue una lenta combustión de palabras, silencios y roces furtivos. Días cabalgando junto a Lyren, noches en hostales donde apenas sus sombras dormían separadas. En cada cuento junto al fuego, las defensas de Livia se licuaban; la frialdad de Lyren encontraba refugio en la risa herida de la mujer.

Era inevitable: el anhelo crecía entre ellos, imposible de ser ignorado más tiempo. Bajo la luz malva del crepúsculo, desmontaron en las ruinas de un templo devorado por la hiedra, donde el aire semejaba una promesa y un conjuro. Allí, el Lienzo los aguardaba: la puerta a una pasión inmortal o a la condena de ambos reinos.

El hechizo que rodeaba el Lienzo no permitía la mentira. Para acercarse, debían confesar una verdad imposible, algo jamás dicho a otro ser. Livia tembló; los dedos de Lyren buscaron los suyos, y él fue primero.

—En mi juventud creí que el amor era debilidad, un veneno que devora reyes. Pero frente a ti, me sé más mortal que nunca. Temo tu rechazo más que la muerte. Porque tu luz ahoga todas mis sombras.

Ella lloró en silencio, bañada por la mezcla de miedo y éxtasis que le asaltaba.

—Yo aprendí a esconderme —susurró—. A temer ser vista, ser necesitada. Pero contigo... deseo ser total y vulnerable. Si este Lienzo pide una pasión que pueda quebrar el mundo, que la halle en este instante: nuestro miedo al amor y a la pérdida.

El Lienzo brilló, insuflando una ráfaga de viento cálido. Ambos cayeron de rodillas, envueltos en filamentos de magia. Livia sintió que Lyren acariciaba su mejilla; los labios de ambos se encontraron, primero fugaces, después fiera y absolutamente, como si nunca hubiesen besado antes. El poder les atravesó, resonando en sus venas hasta el umbral de lo insoportable. Tocaron el Lienzo juntos y la visión se apoderó de ellos.

Vieron un Altara salvado solo si elegían renunciar. Vieron campos en guerra, ruinas sobre la cuna de los enamorados, si preferían el egoísmo de la pasión. El Lienzo exigía decisión: donarse al mundo, o a sí mismos.

—¿Qué deseas, Lyren? —exhaló ella, entre lágrimas y calor.

—Desearía un mundo en el que seas libre para amarme. Pero si el precio es renunciar, te amo demasiado para condenarlo todo.

La noche cedió. La realidad les aceptó de nuevo, y el Lienzo se desintegró entre las palmas, dejando tras de sí un resplandor tibio, una huella de esperanza. Habían elegido el sacrificio, pero el conjuro recompensó su honestidad: el equilibrio fue restaurado en ambos bandos y los dos reinos sellaron la paz.

Cuando regresaron a Altara, el sol saludó la cumbre de la ciudad con luz dorada. Nadie supo lo que había ocurrido fuera de las leyendas que empezarían a contarse en las plazas al caer la tarde. Pero en el corazón de Livia ardía una llama imposible de extinguir. Lyren se despidió no con promesas huecas, sino con un último roce de labios y la certeza de un amor demasiado puro para las reglas del mundo mortal.

A veces, en la medianoche, Livia se asomaba a su ventana y creía ver la silueta de Lyren entre la bruma, guardián silencioso de la paz que juntos forjaron y del amor que renunciaron para salvarlo todo.

Quién sabe si, en otra noche y bajo otra luna, ambos hallarían un rincón en la historia donde las reglas de la magia y el amor, por fin, pudieran rendirse al deseo.

FIN

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