Portada del relato Ceniza bajo la Luna Carmesí
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Fragmento:


Él extendió la mano. Un simple roce, una promesa de roce, bastó para que la atmósfera se tornara espesa, viva. Lysandra sintió el tirón de la frontera, el abrazo invisible de un amante olvidado. La punzada deliciosa de la magia se deslizó a través de ella, quebrando los anillos de las cicatrices, insertándose bajo la piel y susurrando: no hay fin, no hay olvido, no hay piedad.

Duración: 08:14

Ceniza bajo la Luna Carmesí
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Texto de ajuste de pausa.

La humedad se deslizaba como una lengua lenta sobre las losas del claustro. Allí, bajo el ocupado dosel de nubes y encinas centenarias, el tiempo parecía plegarse; el instante inaugural de la primavera apenas era un suspiro, una promesa equívoca rodeada de ecos. Cada noche, cuando las campanas ahogaban su lamento sobre los tejados de la ciudad, Lysandra descendía a las criptas de la Casa Ausente. Sus pies descalzos trazaban círculos sobre el mosaico frío, y sus dedos temblaban con el sutil temblor de la ansiedad o del deseo.

El secreto empezaba siempre en el mismo instante: cuando la luna brillaba borracha y roja, como la vergüenza o el destino. Lysandra tenía en la frente el signo de una raza extinta, y sus brazos, cubiertos de cicatrices en espiral, eran el testamento y herida de una vida a medio camino entre los vivos y los muertos. Nadie más pisaba la Casa Ausente. Nadie excepto ella, reina sin reino, y Erevan, el fantasma que nunca aprendió a morir del todo.

Erevan, cuyas manos eran neblina y cuyas palabras ardían. Fuiste antes que yo, murmura la voz en el aire espeso. Fuiste siempre, aunque no te recordara. La joven se arrodilló junto al túmulo central. No había tumba, solo una losa dislocada y el símbolo de los sueños prohibidos, tallado por alguien que nunca supo escribir su propio nombre.

Lysandra rozó el borde con el índice. —No podré, sabes —dijo, sin necesidad de pronunciar el nombre—. No podré quedarme.

El aire tembló, y Erevan apareció. Era una silueta alargada, hecha de humo y nostalgia, con los ojos más oscuros que el vino y la sonrisa rota por el dolor antiguo. Su amor por Lysandra era una cadena vencida, un rubor prohibido en la frontera del mundo y de la muerte. Pero esa noche, bajo la luna carmesí, el aire palpitaba con otro anhelo.

—Nadie puede, Lys, —contestó, obrando un sortilegio de palabras. —Todos partimos al final. Pero se puede bailar antes del fin.

Lysandra rió, amarga, con lágrimas como rocío pálido. —Danza hasta que duelan los huesos, hasta que sangren las estrellas… ¿Es eso lo que quieres, Erevan?

Él extendió la mano. Un simple roce, una promesa de roce, bastó para que la atmósfera se tornara espesa, viva. Lysandra sintió el tirón de la frontera, el abrazo invisible de un amante olvidado. La punzada deliciosa de la magia se deslizó a través de ella, quebrando los anillos de las cicatrices, insertándose bajo la piel y susurrando: no hay fin, no hay olvido, no hay piedad.

El mundo se inclinó levemente. Música de otro tiempo, tamborileando en los huesos de la tierra, emergió del silencio. Y Lysandra danzó. Danzó en torno al túmulo, girando bajo la mirada líquida de Erevan, permitiendo que su vestido se enredara en los suspiros de él, que su cabello recogiera un destello de la luna roja. Con cada vuelta, la separación entre el mundo y el otro lado se difuminaba.

Erevan la seguía, pies de vapor, boca de ceniza, ojos devorando. —Aún me amas —susurró, y la palabra era un conjuro.

—¿Cómo no hacerlo? —contestó Lysandra entre jadeos.

—Vendrás conmigo. Al final.

—Quizá —replicó, con amargura— pero no esta noche.

Un roce, un eco de labios en la mejilla, el atisbo de un último beso, ése que nunca había podido recibir en vida y que ahora, en la frontera del amanecer, buscaba con desesperación entre la materia y el sueño. Lysandra apretó los dedos contra la neblina del fantasma, y por un segundo, la carne y el éter se confundieron. Súplica, promesa y peligro.

El tiempo sangró hacia atrás. El recordatorio de otra noche, de otro amor y otro beso: la víspera del último aliento de Erevan, cuando el mundo aún era íntegro y las campanas repicaban para señalar éxodos y bodas por igual. Aquella noche, Lysandra se negó a besarle, temerosa del poder definitivo que podía nacer en la consumación desesperada de un amor interrumpido.

Ahora, bajo la luna carmesí, agitaba en las manos el residuo de aquel beso robado al tiempo, y sentía el vértigo de quien contempla el abismo de su propio deseo.

—Si yo muero, vendrás —afirmó Erevan, con voz de tragedia y miel.

—Si tú mueres, viviré mil años para olvidarte —susurró Lysandra, y la mentira ardió, hermosa, en el aire.

El ritual avanzaba. En la Casa Ausente los ecos de los abrazos se filtraban por las piedras desiguales; todas las pasiones y los adioses del pasado retumbaban a su alrededor. Erevan se arrodilló ante ella.

—Permíteme, solo esta vez, dejar la marca. No es un beso, Lysandra, es la eternidad deslizada como un cuchillo dulce.

La tentación era pesada. Lysandra inclinó su rosto, permitiendo que el vapor de Erevan se aproximara a su boca, a sus ojos húmedos, a la curva de su cuello. Cuando la niebla tocó su piel, sintió la presión de todos los besos no dados en vidas anteriores, el peso de los silencios, la crepitación de las promesas selladas con sangre de luna.

¡Oh, qué dulce el tormento, qué cruel la venganza de los gestos incompletos!

Sus labios no llegaron a encontrarse nunca. El beso flotó entre ambos, como un puente de niebla, como una lanza dirigida al corazón del tiempo. Lysandra permitió que la marca invisible se grabara en su cuello, que el calor devastador de la pasión le robara un gemido. Y entonces, la línea entre la carne y el espíritu se resquebrajó.

Imágenes cruzaron su mente: promesas pronunciadas entre los pliegues de los sabanales, risas ahogadas por la melancolía, bocas entreabiertas por el deseo suplicante, el silencio interminable de la muerte y la persistente sombra del amor desencontrado. Cada imagen era un hilo, tensando y deshilachando por turnos el tejido de su voluntad.

—Véndete al olvido —susurró Erevan, acariciando la línea de su mandíbula con un hálito de escarcha. — O bébeme.

—No tengo miedo al olvido, sino a la repetición —respondió Lysandra, su voz feroz en la penumbra. —La eternidad sin ti es una prisión, pero contigo temo a la condena del amor eterno.

Las palabras eran antiguos conjuros, pronunciados en cientos de lenguas y en todos los giros del alma. Más allá de la puerta, la luna ardía, desbordando el horizonte con la promesa de un nuevo ciclo.

Ambos callaron. Sin más danza, sin más sortilegio, Lysandra posó un dedo sobre los labios de Erevan, tan fríos como el mármol y tan sedientos como la noche. Rozó apenas el vestigio de unos labios que ya no tenían forma ni destino; un beso no dado, pero inmortal; un roce que sostenía la brecha entre los mundos.

—No puedo, hoy no, y quizás nunca.

—Vivirás condenada a buscarme —dijo Erevan, y la voz era un soplido, un gemido, un hilo de la gran noche.

—Y tú condenado a esperarme —respondió, con lágrimas en las mejillas y fuego en los ojos abiertos.

La luna gimió en la plenitud de su color y la Casa Ausente vibró con un eco sordo. Era el sonido de los que anhelan, de los que no alcanzan ni sucumben, de los que se alimentan de la caricia suspendida, del beso interrumpido y la promesa nunca cumplida.

Lysandra se levantó lenta, el vestido arrastrando ceniza y deseo. La marca en su cuello latía, motivo y cicatriz. Caminó hacia la escalinata, dejando a su amante en el umbral de ambos mundos.

Detrás de ella, Erevan se desvanecía, no en paz, sino en la tensión del gesto inconcluso. Lysandra no miró atrás. En su corazón, cada latido era el eco de un último beso, y sabía —terrible y hermoso— que ese beso sería siempre el prólogo de todas sus noches, la condena y el gozo de toda su vida.

Bajo la luna carmesí, la ciudad dormía mientras la pasión continuaba su ronda secreta, danzando entre criptas y vísperas, aguardando el preciso instante en que el mundo, del todo, se detuviera. El amor inmortal de Lysandra y Erevan, incapaz de completarse, latía oculto en la ciudad como una herida, una promesa, una llama que la muerte no podría apagar.

Y así, bajo el peso de los besos no dados y el capricho de la eternidad, Lysandra siguió viviendo. Porque a veces el último beso no es el final, sino el comienzo de todas las condenas —y de todos los sueños.

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