Fragmento:
En la atalaya del castillo de Escontia, donde la niebla y las mareas eran antiguas confidentes y las gárgolas velaban las ventanas, Annelise Biscardi se había acostumbrado a las vigilias. Dormía ligero, o no dormía, y gastaba las noches escribiendo cartas que no enviaría, hijos de un desvelo que susurraba que la frontera entre la vigilia y el sueño era tan delgada como el papel. Su cuarto era un océano de hojas y plumas gastadas, y la escasa luz de las lámparas arrancaba reflejos dorados en las botellas de tinta. No escribía para la posteridad, ni siquiera para la esperanza: escribía para sobrevivirse a sí misma.
Duración: 08:04
En la atalaya del castillo de Escontia, donde la niebla y las mareas eran antiguas confidentes y las gárgolas velaban las ventanas, Annelise Biscardi se había acostumbrado a las vigilias. Dormía ligero, o no dormía, y gastaba las noches escribiendo cartas que no enviaría, hijos de un desvelo que susurraba que la frontera entre la vigilia y el sueño era tan delgada como el papel. Su cuarto era un océano de hojas y plumas gastadas, y la escasa luz de las lámparas arrancaba reflejos dorados en las botellas de tinta. No escribía para la posteridad, ni siquiera para la esperanza: escribía para sobrevivirse a sí misma.
Afuera, la bruma amortiguaba todos los colores menos el azul, como si el mundo fuera el reflejo de una verdad que Annelise no terminaba de comprender. Parecía natural entonces que la noche que Fynn Aegil desbrozó el camino de setos espectrales y tocó a la puerta del ala este, la joven no se sorprendiera de ver un extraño atravesando el velo. Sabía, con la misma certeza que separa el pulso de la calma, que alguien vendría. Ella misma había dejado en el alféizar una carta, rota y sin remitente, una misiva escrita con un anhelo tan secreto que ni el fuego de la desesperación la habría podido consumir del todo.
Pero no sabía que el hombre que contestaría a la invocación sería Fynn. Ni que él traía consigo el perfume del peligro: la marca de los que cruzaban realidades por amor o por huida.
—¿Eres tú la dama de la carta sin nombre? —preguntó él, deteniéndose bajo el arco gótico.
Annelise fijó sus ojos color ocre en los suyos, claros y cansados, como lagos tras la tormenta.
—¿Y tú el destinario que no debía existir? —respondió. Y entonces supo que la noche sería distinta.
**
El castillo había estado dormido demasiado tiempo. Era una costumbre, esa modorra de piedras frías, desde la muerte del último Biscardi legítimo: su padre, el hombre que dormía en las leyendas de los trasteros y el lunar de los retratos velados. Annelise y su soledad se habían hecho inseparables; pero la llegada de Fynn sacudió la rutina con la violencia de una ola: libros que crujían solos, espejos empañados que devolvían imágenes truncas, y esa carta —la respuesta nunca escrita— que ahora ardía en la chimenea.
Fynn tenía un pasado carnal y remoto, un olor a clavo y almizcle, a noches sin redención. Nadie venía de tan lejos para buscar compañía en medio de hechizos y sortilegios, pero ella leyó la pregunta en sus labios como si la hubiese pronunciado. “¿Por qué?” “¿Para qué?” Eran preguntas viejas, de las que traen la condena.
—He venido... —empezó, pero su frase se quebró como la porcelana fina.
A Annelise le costó sostener la mirada; la brasa de la vergüenza calentaba más que el fuego. Había escrito una confesión y la había desterrado; ahora, las palabras regresaban en forma de hombre.
—Solo he deseado, Fynn —balbuceó entonces, con la voz pulida por la culpa—, volver a ser parte de algo: alguien que duele cuando se aleja. ¿Qué esperas tú aquí, entre piedras mudas y lamentos que se filtran en las paredes?
La sinceridad, en Fynn, era una pieza oxidada, pero la suya tenía la belleza de los secretos bien gastados.
—He cruzado más de un mundo porque no supe leer el amor cuando lo tuve cerca. Seguí cartas rotas, pistas que solo conducen de vuelta al propio corazón. —Tomó el mechón de pelo que ella no sabía que había soltado: un gesto íntimo, casi atávico—. Creí que aquí podía recomponerme. Que entre tus cartas, Annelise, aprendería a descifrarme.
Nadie había hablado su nombre así, tan lento y tierno.
**
En Escontia, cada noche contenía su propio hechizo. Relatos de amantes que desafiaron reinos, de bestias que aprendieron el lenguaje de quienes las amaban, de promesas ardidas en el éter. Pero Annelise y Fynn, al contrario, habitaban el reino de los silencios, de la pausa que antecede a la confesión.
Aquella noche, compartieron la cámara abuhardillada donde antiguamente vivía el celador. No hubo caricias apresuradas ni palabras hinchadas de deseo; fue un acercamiento lento, distinguido por la ceremonia de mirarse y de reconocerse como heridas abiertas. La luna, astuta, penetraba la cortina y dibujaba líneas de plata sobre la colcha ajada.
—¿Tienes miedo? —preguntó él, acariciando con los ojos la piel descubierta de Annelise.
—No. —Pero sí. Miedo a que fuera sueño. Miedo a que él partiera y ella volviera a escribir cartas sin respuesta—. ¿Y tú?
La respuesta de Fynn fue un beso en la aurícula, leve, torpe, cargado de nostalgia como un adiós anticipado.
—Solo temo olvidar cómo se siente despertar en el pecho de alguien —confesó.
Las manos de Annelise, tan sabias en caligrafía, erraron en el cuello de Fynn buscando certezas. Sus texturas se encontraron, sus nombres se tatuaron en gemidos bajos, y la ropa cayó como la piel de las heridas viejas. El amor, compartido en la penumbra, estuvo hecho de palabras pronunciadas en voz baja, de dedos que deletreaban deseos, de pupilas dilatadas que suplicaban: “Quédate”.
Danzaron entre las vigas, sobre sábanas olor a lavanda seca y secretos. Hicieron el amor como quienes no habían sido amados por años: con la terca esperanza de que el otro pudiera recomponer lo roto, hacer nido en la soledad.
Después, con el cuerpo aún tiritando de la embestida de lo inexplicable, Annelise habló en la penumbra:
—Si esta es una carta, Fynn, no quiero que la rompas. Guárdala cerca del corazón, aunque duela.
**
El amanecer, en el castillo de Escontia, no llegaba: se filtraba lentamente, como el recuerdo de un exilio. Así, entre sorbos de café frío y promesas sin prometer, los dos visitantes del insomnio aceptaron su simetría.
En los días siguientes, Annelise y Fynn reconstruyeron los fragmentos de una vida posible. Se convirtieron en cómplices: leyentes de augurios en los posos del té, expertos en descifrar el lenguaje secreto de las cortinas agitadas por el viento, aficionados al arte de dejarse dormir juntos, temblorosos y exhaustos, descubriendo que el verdadero desvelo consiste en no poder cerrar los ojos porque uno teme perderse el milagro del otro.
Pero todo hechizo exige su precio. Una tarde de lluvia, Fynn apareció en el umbral con una carta amarillenta en su puño. Era suya, la original. Había recorrido un camino imposible para devolvérsela.
—Esta carta nunca debió encontrarme —dijo él, la garganta tensa—, pero aquí estoy, Annelise. No porque lo eligiera, sino porque algo —magia, destino, desvelo— decidió que yo era tu destinatario.
Annelise tembló. Las cartas eran sus confesiones, pero que Fynn la hubiera leído la despojaba de sus escudos.
—¿Qué lees en ella, Fynn?
Él la tomó de la mano, conduciéndola hasta la ventana donde el mundo era todo neblina y futuro.
—Que te has pasado la vida reconstruyendo ausencias. Que tus palabras buscan una respuesta. Y que yo… he aprendido a contestarlas, aunque tome una vida cada letra.
Se besaron, y entre sus labios la noche se llenó de promesas más antiguas y profundas que el castillo mismo. Dejar de temer la respuesta fue la magia. Juntos, comenzaron a escribir una nueva carta, una sin remite y sin destinatario, porque aprendieron que cuando dos insomnes se encuentran y comparten sus desvelos, ya no existen cartas rotas: solo las que, noche tras noche, van tejiendo su propio sortilegio.
**
Annelise despertó una madrugada. Fynn murmuraba ensueños a su lado, y la habitación estaba, como siempre, plagada de hojas. Pero en aquella bruma, por primera vez, no sintió el corazón vacío. Supo, con la certeza de los que han amado con todo el miedo, que el verdadero sortilegio nunca fue no dormir: fue esperar a alguien capaz de leer —y responder— las cartas que escribimos cuando el mundo calla.
Afuera, la niebla cedía ante los primeros destellos. Annelise esbozó una sonrisa y, sin hacer ruido, dobló la última carta no enviada. Ya no hacía falta esconder palabras ni ocultar desvelos. La magia estaba despierta —y ellos, también.
Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.