Aytha se arrodilló en la tierra húmeda, entre las brumas azules que chisporroteaban sobre las raíces retorcidas del manzano antiguo. Todo a su alrededor parecía responder al mágico equilibrio del crepúsculo: los pájaros-búho salían de sus nidos, las luciérnagas invertían el sentido de su luz, y el aire vibraba con chispas de aire multicolor. Hoy era la Noche de los Cruces, y todos los clanes del valle –salvo el suyo– se preparaban para la unión de mundos.
Con los dedos manchados de tierra y los músculos rígidos por la tensión, Aytha aspiró hondo. Sabía que hoy rompería la promesa que le hizo a su madre. Aquella promesa que, como un lazo de acero, había sostenido durante siete inviernos, resistiendo la tentación, el miedo y, lo más complicado de todo, la ilusión. Porque lo prohibido, cuando se desea, duele. Y ella deseaba a Caelan más de lo que jamás había deseado respirar.
Una rama crujió. Aytha giró la cabeza, con sus cabellos oscuros flotando como seda sobre la espalda, la luna reflejada en sus irises amatistas. Ante ella, deslizándose entre las brumas, aparecía Caelan: el heredero del clan rival, portador del fuego subterráneo y del linaje más impuro que la madre de Aytha podía concebir.
Venía sin capa ni amuletos, solo las cicatrices en las muñecas y la mirada de quien ha aprendido a no tener miedo del filo del exilio. Caelan se detuvo a menos de dos pasos, los labios curvados en una sonrisa que destilaba peligro y consuelo a partes iguales.
—Temí que no vendrías —dijo él, tan suavemente que el susurro pareció pasar entre ellos como una caricia.
Aytha luchó contra el impulso de perderse en ese tono bajo. Se apretó el dobladillo de la falda, donde una runa azulada palpitaba, recién pintada con la tinta de los iniciados.
—No debería estar aquí. Si madre... si alguien nos ve, me desterrarán. Y eso sería lo mejor de los castigos.
Caelan cerró la distancia en un paso contenido, lo bastante cercano para que ella sintiera el calor de su estirpe. El aroma a mirto y pólvora flotaba en torno a él.
—Nos desterrarían a los dos. Lo sabes —dijo, e incluyó en su amenaza de desastre cierta dulzura resignada—. Pero solo aquí somos libres. Aquí no nos miran bajo el peso de los nombres.
Aytha asintió, mirando el suelo. Desde la muerte de su padre, la rigidez en la casa era invulnerable. Su madre vigilaba incluso el aire que respiraban, dictando a quién debían amar y qué sangre podía mezclarse con la suya. Y la sangre de Caelan era veneno para los suyos. Fuego mezclado con las raíces del don prohibido.
—¿Trajiste lo que prometiste? —preguntó ella, deseando no sonar tan ansiosa.
Él se agachó, con la gracia felina de un renacido entre la vida y la leyenda. De una pequeña bolsa colgada al cinto extrajo el fragmento de runa vidriada, oscura salvo por una chispa roja en su centro. El hechizo que, según las historias, podía abrir portales entre reinos por un instante: suficiente para dos amantes fugitivos… o para desatar el desastre en la frontera de ambos mundos.
Aytha tembló, incapaz de apartar los ojos de la runa. Sabía que debía tener miedo. Había crecido con historias sobre los clanes que, desoyendo a los ancestros, invocaban las runas rojas y lo pagaban con generaciones de maldición. Incluso le habían contado la verdad sobre el rostro mutilado de la tía Sanai: una traición de amor.
—¿Estás seguro de querer hacerlo? —susurró, sintiendo cómo se estremecía el aire.
Caelan, tan solemne como nunca antes lo había visto, cerró la mano sobre la runa.
—Solo tú entiendes el poder del peligro. Y aún así estás aquí —murmuró—. No hay destino peor que eternamente anhelar y nunca alcanzar.
La frase, tan grave, se instaló como una raíz en el pecho de Aytha. Recordó las noches en vela, el rostro encogido de su madre mirándola a los ojos, prometiéndole que ningún heredero de la sangre de Roen la tocaría nunca, que la magia del deseo se pudre cuando el vínculo es ilegítimo. Pero Aytha había mirado más allá del miedo.
—Entonces hagámoslo, antes de pensar —exhaló.
Caelan asintió. Trazó la runa en el aire, y la chispa roja creció hasta formar una línea de sangre flotante. Un portal ovalado comenzó a latir ante ellos, bordeado de fuego y sombra; al otro lado, un paraje donde la luna era doble y los ríos serpenteaban dorados.
Tomados de la mano, sintiendo el pulso eléctrico de la magia mezclada, Aytha y Caelan cruzaron juntos. Del otro lado, la gravedad era distinta. Todo parecía respirar con un compás lento y titilante. La hierba chorreaba rocío azul, mientras en el cielo una bandada de dragones menudos tejía figuras imposibles.
Se sentaron, atrapados por esa suspensión temporal. Aytha, con el corazón desbocado, apoyó la frente en el hombro de Caelan. Él la rodeó con el brazo; su calor era ancla y llama.
—Aquí nada puede tocarnos —musitó él, aunque ambos sabían que era mentira.
Aytha cerró los ojos. Sabía que debían hablar de lo que vendría. Del precio de haber cruzado la frontera. Pero por un instante, el peligro era solo una melodía de fondo, la urgencia en la respiración del otro, el roce frenético de los labios, la humedad salada entre murmullos a punto de quebrarse.
Fue Caelan quien rompió el silencio, su voz pastosa y vulnerable:
—Si pudieras quedarte, ¿lo harías?
Aytha se aferró a él.
—La pregunta es si podemos regresar. Porque esto... esto es solo un fragmento. Si nos descubren, si alguien del consejo ve que he tomado tu sangre y tú mi sombra...
Su frase se suspendió en el aire. La oscuridad en los bordes del portal destelló, una señal inequívoca de que su tiempo se agotaba. Caelan apretó el fragmento de runa una vez más, y el hechizo empezó a chirriar, impaciente.
Aytha supo, con una certeza instintiva, que su desaparición ya habría causado revuelo. Sintió el aura helada de su madre, su desdén endurecido a lo largo de tantos años, su miedo transmutado en furia ante la posibilidad de que el amor de Aytha manchara la ascendencia.
—¿Lo lamentarás? —le preguntó Caelan, con una seriedad recién nacida.
Pero Aytha negó, tomando su rostro entre las manos; la piel de él era sol y bosque nocturno.
—Me lamentaré si no te abrazo, si no dejo un pedazo de mí para marcarte antes de volver.
Él sonrió, entre el alivio y la resignación de quien sueña con finales imposibles. Y entonces, en ese segundo embriagado de deseo y temblores, la besó. Sus labios se movieron con la urgencia de los desterrados, con la ferocidad suave de quienes han entendido que el gozo es siempre más valioso bajo la sombra del castigo. Los dedos de Aytha se hundieron en el cabello de Caelan, el torso de él vibraba contra el suyo; y en ese roce, todo el aire del mundo pareció arder y suspenderse, como si cada latido decidiera su destino irrevocable.
Fueron minutos, tal vez solo veinte latidos, hasta que el portal crujió, una grieta a punto de cerrarse. La realidad volcó a su alrededor, obligando a Aytha a despegarse, demasiado rápido, del cuerpo de Caelan. Se miraron con violencia silenciosa.
—Debemos regresar —dijeron al unísono.
Saltaron de nuevo al claro, donde la luna aún era única y la magia palpitaba más débil. Allí, una figura esperaba: la madre de Aytha, recta como un tronco de hierro, el cabello recogido en una trenza tan tensa que parecía cortarle la sangre al rostro. A su lado, dos ancianos del consejo mantenían en alto piedras luminosas, listas para desencadenar los castigos más antiguos.
Aytha retrocedió; Caelan permaneció a su lado, la runa escondida de nuevo.
—¿Cómo te atreves? —susurró su madre, escupiendo la vergüenza y el horror en cada sílaba—. ¡Has deshonrado nuestra sangre! ¿No comprendes que el deseo no vence las raíces?
Aytha quiso hablar, pero la miró a los ojos: vio allí el amor mutilado de una viuda, la furia nacida del miedo a perder, una cadena hecha de viejas heridas. Aytha respiró hondo; no callaría más.
—Madre, el linaje solo importa si la libertad se sacrifica —dijo, la voz erizada, no solo por el miedo, también por el deseo de que ella, al menos, pudiera recordar lo que era anhelar sin prohibición.
La madre levantó una mano temblorosa, pero no avanzó. Los ancianos cuchichearon, decidiendo su destino entre susurros de condena.
Caelan habló entonces; la voz segura, como un juramento:
—Si el precio del exilio es la libertad, acepto. Pero ella no merece cadenas por amar.
Por primera vez, la madre de Aytha tambaleó. Se la veía pelear entre la rabia y la nostalgia; por un segundo, la niña que fue –y el amor prohibido que nunca tuvo el valor de defender– asomó en sus pupilas.
—No comprenderías el precio —musitó ella, y fue menos reina y más mujer, cansada.
Aytha avanzó, desafiante:
—Sí, lo comprendo. El precio es dejar que el miedo dicte a quién le ofrecemos el corazón.
Caelan dio un paso a su lado, hombro con hombro.
Los segundos se dilataron. Por un momento, el viento sólo trajo la fragancia de los manzanos y la promesa de lo imposible. Los ancianos, reacios, sentenciaron el exilio, pero no la muerte. La madre no los despidió con maldiciones, aunque la amargura le helaba el semblante.
Aytha, de la mano de Caelan, cruzó el umbral del bosque. Cada paso era un corte, pero también una afirmación. Sabría lo que era perder el hogar, pero no huiría ya de sí misma.
Entre el canto distante de los búhos y el temblor esperanzado de la sangre mezclada, Aytha supo que, aun lejos, había hallado un hogar en la única frontera que nadie podría arrebatarle jamás: la brasa compartida del deseo y la valentía.
Al fin, cuando solo quedaba la noche y el eco de lo imposible, Caelan apretó su mano y susurró, con una sonrisa clandestina:
—No hay vuelta atrás.
Y Aytha sonrió también, sabiendo que solo los que desafían lo prohibido pueden, a veces, cruzar la única frontera que importa—la del corazón.
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