Portada del relato Susurros de un Crepúsculo Encantado
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Fragmento:


Un murmullo recorrió la asamblea. El aire mismo pareció estremecerse. La Reina Oscura frunció los labios, evaluándola. —Y si la oscuridad tomara tu corazón, ¿seguirías adelante? —preguntó, dándole una oportunidad para retractarse.

Duración: 09:24

Susurros de un Crepúsculo Encantado
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Texto de ajuste de pausa.

El crujir de la maleza bajo las botas era lo único que perturbaba el silencio de la noche. Morganna avanzaba por el sendero del bosque encantado con pasos decididos, la capucha de su capa roja arrastrando sombras sobre su rostro. El crepúsculo había cubierto la tierra con su manto color ocre y azul, y mientras Morganna penetraba más en el corazón del Dosel de Niebla, sentía cómo la magia crepitaba en la atmósfera, cosquilleando su piel.

La corte celestial celebraba esa noche su ritual centenario, al cual ningún mortal debía presenciar. Excepto ella. No por insolencia, sino por necesidad. Las brujas del valle decían que quien contemplara el ritual y sobreviviera a él, recibiría un don especial: el cumplimiento del deseo más profundo de su alma, aunque el precio a pagar pudiera ser tan alto como la vida misma.

Morganna no temía la muerte. Ya la había rozado una vez, la noche en que su amado, Ethorian, había desaparecido entre el humo y las llamas de un pacto oscuro para salvarla. Desde entonces, su anhelo había sido regresar al lado de aquel hombre marcado tanto por la luz como por la sombra. Ahora, el riesgo era un peaje pequeño comparado con el dolor de su ausencia.

La espesura se espesaba a cada paso. Los árboles, altos y vetustos, doblaban sus ramas, formando arcos sobre su cabeza. Los susurros parecían seguirla, promesas y amenazas mezcladas, flotando en la brisa húmeda. Justo cuando el sendero parecía volverse impenetrable, Morganna vio una débil luz plateada más allá de un umbral de raíces entrelazadas y empujó su cuerpo entre ellas con el corazón latiendo acelerado.

Al otro lado se expandía un claro bañado por el fulgor de las dos lunas. La corte feérica danzaba alrededor de un estanque de aguas limpísimas, sus cuerpos etéreos teñidos de azul, blanco y plata. El vaho mágico ocultaba parcialmente sus alas translúcidas, y todos, desde el Rey de las Sombras hasta la Reina de las Estrellas, giraban y saltaban en una coreografía que parecía retorcer el mismísimo tejido de la realidad.

Nadie le advirtió de la presencia de la corte —al contrario, el jefe de los elfos oscuros la miró profundamente y, sin pausar el ritmo de la danza, le sonrió como si aguardara su llegada desde hacía siglos. Un leve escalofrío recorrió la espalda de Morganna. Comprendió entonces que, para los seres de aquel mundo, cualquier historia mortal era sólo un hilo entre millones en la madeja del destino.

El ritual no había hecho sino comenzar. Un círculo de fuego azul surgió alrededor del estanque, y el aire se impregnó de un aroma embriagador, mezcla de jazmín y madera quemada. Morganna, hipnotizada, apenas pudo reaccionar cuando la Reina Oscura misma se acercó a ella. Alta y envuelta en un vestido que parecía confeccionado con la noche misma, la Reina se inclinó apenas, sus ojos radiantes de un violeta imposible.

—Mortal atrevida —susurró ella, y su voz era música y trueno—. Has interrumpido la danza del crepúsculo. ¿Qué buscas en el reino de los eternos?

Morganna tragó saliva, sus nervios tensos como cuerda de arco. No podía mentir: la sinceridad era la única moneda aceptada entre los fae, cuyo poder devoraba los artilugios humanos con facilidad.

—Busco a mi amado —dijo—. Cayó víctima de un antiguo pacto. Daría cualquier cosa por hallar su alma y traerlo de vuelta.

Un murmullo recorrió la asamblea. El aire mismo pareció estremecerse. La Reina Oscura frunció los labios, evaluándola. —Y si la oscuridad tomara tu corazón, ¿seguirías adelante? —preguntó, dándole una oportunidad para retractarse.

Pero Morganna no dudó. —Vengo preparada para lo que deba enfrentar. Mi deseo es mayor que mi temor.

Un instante después, el silencio cayó. Entonces un nuevo personaje emergió del bosque: un caballero cubierto en una armadura desgastada, los ojos iluminados con el reflejo de mil lunas. Morganna reconoció esa figura, incluso antes de que hablara.

—Ethorian —exhaló, apenas creyendo. El hechizo de su nombre bajito le hacía temblar el alma.

Pero Ethorian no era el hombre que ella recordaba. La piel a la altura del cuello estaba surcada por líneas oscuras, como raíces que hubieran crecido bajo la piel. Sus labios temblaban al verla, y sus manos fuertes y elegantes —las que tantas veces le habían acariciado las mejillas y el cabello— parecían ahora llenas de furia contenida y dolor.

—¿Qué has hecho, Morganna? —preguntó, su voz hecha añicos de invierno—. No debías venir. No aquí, no esta noche…

Ella no cedió. Atraviesó el círculo incandescente y lo rodeó con sus brazos, igual que antaño, con toda la certeza de su amor y su obstinación.

—He venido para buscarte. Prometiste regresar, Ethorian. No soporto otro siglo de ausencia.

La Reina Oscura levantó una mano, cortando la efusión. —El pacto de sangre aún no se ha roto —dijo, y un estilete de hielo cruzó su sonrisa—. La unión de ambos puede devolver la vida a uno, pero sólo si la otra alma paga el tributo completo.

Morganna no necesitó escuchar más. Apoyó una mano sobre el pecho de Ethorian, sintiendo el palpitar de su magia oscura bajo la carne, un veneno lento que arrebataba cada bocanada de humanidad.

—Si mi vida es el precio, que así sea.

Él negó, los ojos ardientes de dolor y amor.

—Morganna, no lo hagas. Soy prisionero de mi propio pacto. La culpa me devora. No merezco tu sacrificio.

Ella le sostuvo el rostro, rozando su barba con la palma de la mano. —No es un sacrificio si eres tú. En cada vida, en cada mundo, te elegiría de nuevo. Una vez, otra y siempre.

Sin embargo, la runa de la noche exigía su ofrenda. La Reina Oscura, gustosa del drama, alzó su cetro. —El amor verdadero es la única magia que puede desafiar la condena de la corte—. Propuso un reto en voz melodiosa—. Si lograra arder aquí, bajo nuestros ojos celestiales, el destino de ambos podría cambiarse.

Morganna tragó el miedo. Ethorian, pese a sus cicatrices, la atrajo hacia sí y la besó, lento, ardiente, un desafío a dioses y demonios. La tierra se estremeció bajo sus pies; las raíces de los árboles brillaron con luz azulada; las dos lunas reflejaron su unión en el estanque de la eternidad.

Un viento frío cubrió a la corte en un remolino de presión y magia. Entre las sombras, los elfos y las hadas susurraban en antiguos dialectos. El amor de Morganna y Ethorian detuvo el tiempo: en sus brazos, el ciclo de la muerte y la resurrección pareció encajar como las piezas perfectas de un destino largamente esperado.

Una luz brotó de su abrazo, primero tenue y luego feroz, tan violenta que la corte entera retrocedió ante su calor. Fue entonces cuando Ethorian sintió cómo las sombras se desprendían de su cuerpo, cómo el veneno oscuro que lo ataba a ese reino era quemado, consumido poco a poco por el fuego de la devoción de Morganna.

Ella gimió bajo el esfuerzo, sintiendo su propia fuerza vital desvanecerse, pero también una paz profunda. A su alrededor, el ritual ancestral alteraba sus reglas. Ni la Reina Oscura, ni el encapuchado Señor de los Elfos Oscuros, ni el propio Rey de las Sombras pudieron romper el sortilegio glorioso que tejieron entre los dos.

Cuando la luz por fin se disipó, ambos yacían en la hierba húmeda del claro: Morganna, pálida como la luna yaciendo entre los brazos de Ethorian, y él, vivo y libre, su piel reluciente y tibia, sus ojos claros y limpios de aquella terrible oscuridad. Intentó sacudirla, la llamó y la besó con lágrimas resbalando por sus mejillas, pero ella apenas pudo sonreír y posar una mano temblorosa sobre el pecho de él.

—Ahora que eres libre, vívelo por los dos—susurró. Y su aliento pareció fundirse con la niebla y la música de la corte.

Pero la Reina Oscura, conmovida por el sacrificio y el poder del amor verdadero, se inclinó sobre Morganna. —Has reescrito el pacto eterno con la tinta del corazón—declaró con solemnidad. El aire vibró. —Mortal inusitada, la corte es testigo: renuevo la vida cedida, un pago por otro pago, equilibrio perfecto. Despierta, Morganna, y camina libre con quien ha ganado la libertad.

Un suspiro colectivo inundó el claro. Morganna se incorporó, el color regresando a sus mejillas. Ethorian la rodeó con sus brazos, riendo y llorando a la vez. La corte, en una última reverencia, se desvaneció como niebla al sol.

Se quedaron solos en el bosque, dos corazones en un mundo demasiado vasto y peligroso, pero ahora unidos por algo mucho más fuerte que cualquier juramento feérico; algo tan simple y revolucionario como el amor verdadero, probado y templado en la fragua de la magia y el sacrificio.

De regreso al mundo de los mortales, la leyenda de Morganna y Ethorian alimentó la esperanza de los amantes separados por la distancia, las guerras o la muerte. Se susurraba que, en las noches de luna llena, si uno escuchaba con atención entre los suspiros de la brisa, podía percibir aún el eco de un beso dado más allá del velo: una promesa y un recordatorio de que el amor, cuando es real, puede reescribir incluso los decretos de las diosas oscuras y los reyes de las sombras.

Y así, andando de la mano entre raíces y luciérnagas, Morganna y Ethorian se encaminaron hacia su propio crepúsculo —no uno de despedida, sino de infinitas posibilidades. Porque la magia del corazón, como la noche, nunca muere: sólo se transforma y espera, paciente, segundas y terceras ocasiones para volver a brillar.

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