Portada del relato Ecos de una Última Promesa
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Fragmento:


Caelan se detuvo primero, mirando la puerta. Sus labios formaron la plegaria olvidada: “Solo el alma disuelta, solo el eco y la sombra…”

Duración: 08:42

Ecos de una Última Promesa
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Texto de ajuste de pausa.

Las torres de la Ciudad Oscura emergían entre la niebla como huesos de un gigante antiguo, siluetas fantasmales sobre el río Plateado. Nadya apretó la capa contra su cuerpo, buscó el calor, la seguridad que ya nadie podía ofrecerle. A su lado, Caelan caminaba en silencio, la cabeza inclinada solo levemente para observar los empedrados húmedos, tan ajeno ahora a esa ciudad como ella, aun cuando decía haber nacido en sus entrañas.

Nadie más transitaba esa noche. Era la hora azul, ni día ni noche, y solo el perfume remoto del almizcle flotaba desde alguna taberna cerrada. Nadya estaba acostumbrada al aire viciado de los bosques, al frescor mineral de las montañas; la urbe la oprimía, su historia la sofocaba. Caelan, por su parte, parecía rejuvenecer con cada esquina, cada bocacalle de ladrillo desgastado. Se detenía de vez en cuando, dejaba que los dedos rozaran puertas, faroles, incluso bancos olvidados. Gestos diminutos que ardían en el pecho de Nadya: tenía la certeza de que cada uno era una despedida secreta.

Así habían llegado, desposeídos de futuro pero aún poseyendo el arte de resistir el tiempo. Nadya, con la magia temblando bajo la piel como agua atrapada tras el dique de un conjuro mayor, le había prometido acompañarlo hasta el final. Hasta el portal. Caelan, el único hombre que había enfrentado a los Hombres de Bronce y había sobrevivido—solo para regresar ahora, como emisario de las sombras que les acechaban.

“Faltan solo tres calles”, dijo él, deteniéndose junto a un canal negro y sin fondo. “Luego la plaza, luego…”

Nadya asintió. Había preparado estas horas durante meses, pero ningún encantamiento, ninguna visión le había mostrado el modo de despedirse.

“La luna está baja”, murmuró ella. La luna: siempre doble en esta ciudad, reflejada en los espejos de agua, brillando arriba y abajo—gemelas que nunca se encontraban.

Caelan le rozó la mano. “Los guardianes podrían sentirnos ya. Quieres… ¿quieres que avancemos deprisa?”

Ella negó. “Prefiero caminar. Sé que no repetiré esta senda.”

Avanzaron. Las sombras crecieron, los puentes curvos se sucedieron, cruzaron patios donde los faroleros no se atrevieron a entrar. Los cascos de los caballos del pasado resonaban aún, ecos de risas, de tragedias pasadas, envueltos por la bruma. Era una urbe hecha memoria, y ellos sus últimos paseantes.

Llegaron a la plaza donde aguardaba el portal. Era un jardín en ruinas, anclado al costado de una catedral templada de musgo y alabastro. Columnas caídas, haces de luz entre la arboleda, y al fondo la estructura: una puerta de piedra brillando quietamente, como si todo lo terrible aguardase pacientemente a ser cruzado.

Caelan se detuvo primero, mirando la puerta. Sus labios formaron la plegaria olvidada: “Solo el alma disuelta, solo el eco y la sombra…”

Nadya no apartó la vista; dejó que cada latido se quedase grabado como los anillos de la madera centenaria. Sabía que él iba a cruzar, que solo uno podía retornar.

Dio un paso más cerca, y entonces las palabras le brotaron sin conjuro:

“Dime otra vez que regresarás.”

Habitualmente habría sonreído, habría respondido con alguna de sus bromas dulces, pero en ese momento él la miró largamente, como si la contemplara a través de todos los inviernos pasados y futuros.

“Te lo digo, pero será mentira. No puedo prometerte un regreso. Y sin embargo, toda mi vida, Nadya, solo he querido quedarme.”

Ella sintió el filo cortante del amor tardío que le profesaba. No era la pasión de los encuentros furtivos en el bosque, ni aquel deseo vertiginoso que la había hecho arrojarse a la batalla junto a él. Era el amor templado por la pérdida, reforzado por todas las veces que había imaginado quedarse sola. El amor de quienes ya saben la hora última.

“Entonces déjame el recuerdo”, susurró ella. “Haz que no te olvide.”

Entre los árboles de la plaza, el viento entonó una melodía ancestral. Caelan la abrazó, buscando en sus cabellos el fresca aroma a pino y cardamomo. Los labios apenas le rozaron la frente; fueron más promesa que acto, más adiós que posesión.

“¿Sabes, Nadya? Siempre creí que moriría sin testigos. Me condenaron, me persiguieron, me torturaron por pactar con lo prohibido, y creí que, si debía acabar, lo haría con el mismo frío silencio con que caen las nieves del este. Pero ahora, ahora que te tengo aquí, pienso que jamás habrá una despedida más dulce que esta: saber que tú me llorarás aunque solo sea en sueños.”

El portal vibró detrás: el Amanecer de la Otra Orilla, como le llamaban los brujos exiliados. Caelan se apartó despacio, pero no soltó la mano de Nadya hasta que el fulgor les cubrió.

En ese instante, el tiempo pareció doblarse. El jardín, la ciudad, incluso la bruma parecieron ceder en reverencia. El Portal solo se abría para quienes habían amado, eso decían los libros ocultos en la Biblioteca del Alba. Y Nadya, sabedora de esa verdad, rompió el sello de los silencios:

“Si no regresas antes del primer deshielo, buscaré el modo de seguirte. Sea cual sea tu destino, no permitiré que marches solo por más de una vida.”

Caelan soltó una carcajada suave. “Te conozco lo bastante para saber que lo harías. Por eso mismo, prométeme que aguardarás. Un año, un ciclo de lunas completas. Y si no retorno, entonces sí, ven. Destroza las fronteras del mundo si es preciso, pero regálame esa tregua.”

La magia crepitó bajo la piel de Nadya. Le dolía el pecho con la fuerza de las mil despedidas no dichas. Pero asintió, arrodillándose ante el umbral cuando él entró, envuelto en el resplandor de los exiliados, mientras la puerta rugía y se cerraba tras de él con un sonido metálico.

No lloró. No entonces.

Durante semanas Nadya vagó por la ciudad, con la promesa palpitando como una semilla amarga en la lengua. No se atrevió a dejar el jardín, custodiando el umbral con uñas y dientes. Ignoró a quienes venían a suplicar ofrendas, rechazó a las sombras que preguntaron por el brujo ausente. Al tercer mes, el mundo perdió el color: solo había grises y destellos esmeralda surgidos de algún recuerdo fugaz.

No comía. Apenas dormía. Se limitaba a velar el lugar donde Caelan había desaparecido, la runa quebrada en una columna como único testigo.

La primavera aún no asomaba cuando la sorpresa la visitó: el espíritu del Bosque, antiguo aliado suyo, apareció una noche tibia llevando el aroma de la tierra mojada.

“Nadya,” murmuró el ente, envolviendo sus mejillas en un frescor benévolo. “Ya no puedes esperar más.”

“Él me pidió un año,” contestó ella, terca.

“Y tu corazón, ¿puede sobrevivir a otro día?”

La pregunta era inocente y su condena. Nadya supo, en esa respuesta silenciosa, que no, que algo en ella agonizaba. El amor que había acogido era demasiado grande para compartirse solo con los muertos.

La primavera llegó de golpe: brotes verdes entre las piedras, cisnes sobre el canal, niños corriendo por patios donde antes solo había sombras. Nadya se mantuvo firme, esperando la señal, el imposible retorno.

Fue seis días después del último copo de nieve que el portal brilló con un destello breve. Nadya, que ni parpadeó, lo supo: no era el regreso de Caelan, sino una despedida definitiva. El susurro de las hojas, el temblor de la brisa: “No aguardes más. Cruza.”

Entonces sí lloró. Cada lágrima un conjuro, cada sollozo una vida rota. Recogió las cenizas del amor, tejió con ellas una ofrenda: unas hebras de su propia cabellera, el anillo de hierro que Caelan le había dejado, y una promesa inquebrantable: “No morirás solo.”

Avanzó hacia el portal como quien abraza la tormenta, sabiendo que el Otro Lado era solo una metáfora, que la muerte podía ser solo un continente desconocido donde los desesperados se reencontraban.

La última visión de la ciudad fue la silueta del río, los puentes como arterias esfumándose en la distancia. Nadya cruzó el umbral y todo el dolor, toda la oscuridad se rindió.

Y al otro lado, entre una bruma de plata, divisó la figura de Caelan, esperándola bajo un árbol imposible rodeado de luz nueva.

Sonrió, aún a través de la última lágrima.

Porque así era el amor: una senda recorrida a pesar de la certeza de la despedida, celebrando cada instante como si fuera el primero, abrazando el fin como una danza que no conoce el olvido.

Allí, donde la ciudad se acaba y empieza la otra vida, Nadya y Caelan, por fin, fueron sus propios crepúsculos. Y la leyenda dijo que, cada vez que las lunas gemelas se abrazaban frente al río, era el eco de dos amantes que aprendieron a no despedirse jamás.

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