Portada del relato Jardines de Medianoche
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Fragmento:


Ariana nunca creyó en los cuentos susurrados detrás de la corte real. Había crecido en las sombras, hija ilegítima de un duque muerto hacía mucho y una ilusionista de renombre. Su vida se había tejido entre el glamur de los magos y la astucia de los criminales, y sabía que el amor era una moneda de doble filo, valiosa solo mientras servía a los intereses de uno. Pero cuando la reina Lysandra la llamó a su presencia en plena temporada de invierno, con nieve apilándose en los alfeizares como montones de ópalo brillante, Ariana no pudo rehusarse.

Duración: 09:59

Jardines de Medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

En la frontera sur de Alveryn, ocultos bajo el manto de robustos robles y espinos cargados de pequeñas flores carmesí, permanecían los misteriosos Jardines de Medianoche. Muy pocos forasteros cruzaban el umbral de sus arbustos retorcidos sin caer en un hechizo onírico, soñando, tal vez, con amantes imposibles, con deseos prohibidos, con un toque de poder antiguo y dulce como la miel cargada del verano. Se susurraba en la corte, entre valses y miradas tras los abanicos, que quien conociera el amor verdadero en los Jardines no solo sería bendecido con pasión eterna, sino que hallaría el coraje para enfrentar la propia oscuridad interna.

Ariana nunca creyó en los cuentos susurrados detrás de la corte real. Había crecido en las sombras, hija ilegítima de un duque muerto hacía mucho y una ilusionista de renombre. Su vida se había tejido entre el glamur de los magos y la astucia de los criminales, y sabía que el amor era una moneda de doble filo, valiosa solo mientras servía a los intereses de uno. Pero cuando la reina Lysandra la llamó a su presencia en plena temporada de invierno, con nieve apilándose en los alfeizares como montones de ópalo brillante, Ariana no pudo rehusarse.

—Han robado la Rosa Negra. —Lysandra no sonreía nunca, ni siquiera a sus favoritos. Sus dedos tamborileaban sobre la mesa de ónice mientras Ariana mantenía la vista baja—. Eres la única con las habilidades necesarias para recuperarla, y necesito que actúes antes de que salga la luna llena.

Ariana cruzó los jardines congelados esa misma noche, envuelta en una capa azul oscuro, con el pelo recogido bajo el capuchón. Sabía que la Rosa Negra era más que un simple trofeo; era el talismán que sujetaba el velo entre este mundo y los reinos de las criaturas nocturnas. Sin su protección, incluso los sueños podían volverse mortales.

La luna, llena y pálida de expectación, la vigilaba desde lo alto cuando alcanzó la verja de hierro forjado de los Jardines de Medianoche. Apenas sus dedos rozaron la cerradura, la verja se abrió de par en par, revelando una senda donde las sombras danzaban lento, ondulando como cuerpos entrelazados.

Ariana avanzó con cautela, sus botas hundiéndose en el musgo húmedo, su respiración volviéndose visible en pequeñas nubes. El aire olía embriagador, a flores nocturnas mezcladas con la promesa de tormentas. De pronto, escuchó una risa baja y masculina venir del corazón del laberinto.

—¿Te has perdido, o vienes buscando algo, brujita? —la voz la rozó como una caricia. De entre los setos emergió una figura alta, envuelta en una capa hecha de sombras, con ojos como brasas encendidas bajo la penumbra—. Este no es lugar para corazones temerosos.

Ariana levantó el mentón. La presencia de magia era tan densa que erizaba su piel. Un dragón, pensó. Solo ellos poseían semejante aura de poder antiguo.

—No he venido a temer —respondió, sujetando su daga de plata—. He venido a negociar.

El extraño rió, un sonido hondo que retumbó en la tierra y en el pecho de Ariana.

—¿Negociar? —dio un paso más cerca—. ¿Sabes con quién hablas, humana?

Ariana midió la distancia, alimentando el fuego fiero que le hervía la sangre. Había aprendido desde niña que el coraje era su mejor escudo.

—Sé que eres uno de los guardianes antiguos de este lugar. Y sé que la Rosa Negra fue robada, pero aún no ha salido de los Jardines. Quiero recuperarla antes de que la usen para romper el Pacto.

El dragón torció una sonrisa peligrosa. Con un movimiento lento, dejó que su capucha cayera, revelando un rostro de ángulos afilados y cabellos oscuros como plumas de cuervo. Había una belleza inhumana en él, pero también una tristeza antigua como los cimientos de la tierra misma.

—Eres más astuta de lo que aparentas, Ariana de las Sombras. —Su nombre pareció adquirir sabor en su boca—. ¿Qué ofrecerías a cambio de mi ayuda?

La pregunta la tomó desprevenida. Abierta de golpe, la herida de mil carencias, de anhelos insatisfechos, saltó en su pecho. ¿Qué podía ofrecer ella, con su vida hecha de secretos y soledad?

—Nada tengo salvo mi palabra y mi magia —respondió por fin, con franqueza—. Pero si me ayudas, te daré ambas.

El dragón asintió en un gesto solemne. Algo en él cambió: la arrogancia desapareció, dejando solo la intensidad de un corazón que latía debajo de mil escamas y siglos.

—Me llamo Rylan, y aceptaré tu trato, Ariana. Pero debes saber que la Rosa Negra solo obedece a quienes han amado de verdad y han aceptado la herida de su propio deseo. ¿Estás dispuesta a arriesgar la verdad de tu corazón?

La pregunta la atravesó como una llama. Pensó en los besos robados en los callejones, en los amantes furtivos que nunca se quedaron hasta el amanecer. Pensó en su madre, en los ojos húmedos de ternura jamás confesada. Sí, tenía miedo —pero no había huido de sus sombras para ahora temer la luz.

—Guíame —dijo—. Estoy lista a enfrentar lo que sea.

Rylan le tendió la mano enguantada. Al tocarla, una oleada de calor irrumpió en el pecho de Ariana, como si tocara no carne sino un horizonte en erupción. Caminaron juntos, cruzando setos que mutaban de formas, que susurraban recuerdos a sus oídos. A veces, el sendero se abría bajo sus pies como la seda de un lecho secreto; otras, tenían que forzar su paso, enfrentando visiones de sus propios temores.

En una de ellas, Ariana vio la figura de un hombre desplomado, pálido, con una daga—la suya—clavada en el pecho. La imagen la paralizó, pero Rylan apretó su mano.

—Todos cargamos con fantasmas. Solo hay que pedirles permiso para pasar.

Ella lo hizo, sintiendo cómo la visión se desvanecía como el humo. Cuando por fin llegaron al corazón de los Jardines, una fuente de obsidiana se alzaba, alimentada por raíces enredadas que se bifurcaban como venas.

Y allí, suspendida sobre el agua, flotaba la Rosa Negra.

Su aroma era devastador: una mezcla de deseo y pérdida, de pasión y sacrificio. Ariana extendió la mano, pero la rosa se alejó, pulsando con nerviosismo. No era una simple flor, sino una chispa de todos los amores perdidos y encontrados del reino.

—¿Cómo la tomo? —preguntó, consciente de que una sola respuesta errada podría perderlo todo.

Rylan la observó, y en sus ojos apareció algo inusualmente vulnerable.

—Solo puedes reclamarla si ofreces tu verdad, con todas tus cicatrices. Sin reservas.

Ariana pensó en lo que Rylan no decía. Un dragón, atado a servir, condenado a la soledad de los guardianes. Las promesas de amor suelen ser cadenas tan fuertes como los juramentos de sangre.

Se volvió hacia él, dejando que cayese toda su guardia, despojándose de años de costras invisibles.

—No sé amar como debería —susurró, más para sí que para él—. He huido de quienes me lo han ofrecido. He mentido, he robado, he destruido lo que toqué, porque pensé que no merecía más que la soledad. Pero deseo cambiar. No por poder, ni siquiera por redención. Solo para saber cómo es pertenecer a alguien, aunque sea solo por una noche.

La Rosa Negra descendió despacio, como si aceptara el peso de ese confesión. Rylan la miró, y la tensión entre ellos se hizo casi tangible.

—Eso basta, Ariana. —Tomó la rosa con sus dedos de dragón, y se la entregó.

Al hacerlo, un resplandor los envolvió, y Ariana sintió la magia crujir, desperezándose. Recordó mil años de romances ocultos, de alianzas rotas, de amantes que se buscaban en sueños bajo la luna de estos mismos jardines.

Y allí, ante la fuente negra, Ariana y Rylan se encontraron. Ya no como guardián y ladrona, sino como dos seres desnudos ante la verdad del anhelo. Cuando él deslizó la mano por su mejilla, Ariana no se retiró. Al contrario, buscó su boca con una urgencia tan antigua como el mundo. El beso tenía el sabor de la promesa y de la despedida, del poder y de la rendición.

No fue suave, ni inocente. Fue hambre, fue una danza feroz y tierna a la vez, un entrelazarse de lenguas y suspiros, un despojarse de barreras. En los brazos de Rylan, Ariana sintió por primera vez la posibilidad de pertenecer, de ser amada sin condiciones ni reservas. Y cuando cayeron juntos al césped tibio, bajo la mirada celosa de la fuente, se entregaron con la brutal honestidad que exige la magia verdadera. Piel contra piel, respiración desbocada, sus cuerpos se fundieron como fuego y perfume; él explorando la tierra de sus hombros, ella invadiendo el cielo templado de su pecho.

Allí, entre susurros y gemidos, Ariana sintió la magia despertar no solo en el Jardín, sino dentro de sí. La Rosa Negra brilló, creciendo hasta envolverlos, sellando un nuevo pacto —no solo entre mundos, sino entre dos almas rotas que habían tenido el valor de mostrarse tal como eran.

Cuando el alba los encontró entrelazados, Rylan le sonrió, una sonrisa suave y asustada, como si también él estuviese apenas conociendo lo que era volver a confiar.

—Nadie escapa entero de los Jardines de Medianoche —susurró—. Pero si te vas, Ariana, llévame contigo. Tal vez juntos podamos enseñarnos a curar las viejas heridas.

Ariana apoyó la Rosa Negra en su pecho. La magia la embargaba, pero también la dulzura del afterglow, ese temblor de placer y certeza que solo le habían prometido los cuentos de hadas y nunca había creído posible.

Se despidieron del jardín, caminando juntos hacia la frontera donde la nieve empezaba a derretirse bajo el primer sol de la nueva estación. Ahora, Ariana ya no tenía miedo, porque comprendía que el amor, como la magia, era feroz, demandante y, sobre todo, posible para quienes tenían el valor de buscarlo aun en la noche más oscura.

Y así, de la mano del dragón, Ariana regresó a la corte para entregar la Rosa Negra, pero fue su propio corazón el mayor trofeo que se llevó de los Jardines de Medianoche. Porque allí donde cruzan las sombras y la luz, donde el deseo y el temor susurran en el mismo idioma, comienzan las verdaderas historias de amor.

Y entre Ariana y Rylan, la historia apenas estaba comenzando.

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