Portada del relato Secretos del Bosque Encantado
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Fragmento:


La frase la perseguía y enloquecía. Quizá -se permitió pensar por un instante- su soberana conocía lo que ni siquiera Avanelle era capaz de nombrar. Quizá la reina había percibido la inquietud que la envolvía cada vez que, tras pasar bajo las hojas flotantes de la luna, imaginaba el tacto desconocido —y temido— de otro ser.

Duración: 08:07

Secretos del Bosque Encantado
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Texto de ajuste de pausa.

*

La brisa elfa traía consigo el aroma fresco de helechos y la promesa de lluvia cuando Avanelle, capitana de la guardia de la Reina Negra, se dejó caer bajo la sombra trémula de un roble milenario. No era común para ella buscar refugio en el corazón del bosque de Lyndalor durante las patrullas de medianoche, pero aquella vez sentía el pulso blanco de la magia emanar entre la corteza, como si el lugar mismo estuviera exigiendo su presencia.

El día anterior, le había sido encomendado un deber extraño: escoltar a un invitado de honor desde el borde del Bosque Prohibido hasta el mismísimo palacio. No solían solicitar sus servicios para misiones diplomáticas y prefería la compañía de las lanzas a la de las palabras, pero su reina había insistido: “Solo tú, Avanelle. Porque guardas el secreto de tu corazón bajo siete llaves…”

La frase la perseguía y enloquecía. Quizá -se permitió pensar por un instante- su soberana conocía lo que ni siquiera Avanelle era capaz de nombrar. Quizá la reina había percibido la inquietud que la envolvía cada vez que, tras pasar bajo las hojas flotantes de la luna, imaginaba el tacto desconocido —y temido— de otro ser.

La llegada del invitado fue todo menos solemne. Un destello azul desgarró la noche, arrastrando desde el portal un tropel de mariposas opalinas, y tras ellas apareció él: Darion, caballero renegado, exiliado de la Orden Solar, y —tal como el retumbar de su nombre evocaba— la promesa de un futuro inalcanzable. Vestía una capa deslucida por el viaje largo, y en sus ojos se encendía el reflejo de todas las tormentas olvidadas.

Avanelle recordó la vez, cinco veranos atrás, en que Darion había cabalgado a su lado por el sendero de la Montaña Dorada. Entonces solo eran aprendices, hijos del deber, retoños del combate sin otra ambición que besar la gloria o al menos el polvo del campo de batalla. El juego travieso de entonces —un reto, una caricia robada— no había sobrevivido al rigor de sus destinos divergentes.

Esta noche, sin embargo, la tensión era otra: un puente imposible tendido entre dos soledades. Avanelle ocultó su turbación bajo la coraza de mando.

“Darion”, le dijo sin ceremonias, “has sido convocado como emisario. Debes entregarte a mi custodia hasta que la luna caiga y sea seguro cruzar el anillo de Fuego.”

“Avanelle.” Él apenas susurró su nombre, pero la sílaba vibró en el aire como una cuerda tensa de arpa antigua. Las mariposas revolotearon alrededor de ambos, dejando una estela azulada. “Agradezco tu protección… aunque no la necesito.”

Ella entrecerró los ojos, inmediatamente sintiendo cómo no había piel, ni coraza, capaz de resguardarla del recuerdo de su boca. Observó cómo él, sin miedo, le ofrecía una rama de lavanda.

“Un tributo”, dijo él. “En mi patria se ofrece lavanda cuando se suplica perdón. Y yo… te debo tantas disculpas, Avanelle.”

“Los deberes no se negocian con flores”, respondió, recogiendo la rama como si fuera una daga. Pero en su interior, una grieta se abría, cálida, peligrosa, bajo la roca de su aparente indiferencia.

La noche avanzó, y el camino hacia el palacio se tornó más sombrío. El cruce del anillo de Fuego era tradición para los huéspedes no invitados: una forma de probar su sinceridad ante la corte. El riesgo era real, y Avanelle se descubrió preocupada, contra toda lógica, por la piel y los sentimientos de Darion más que por el cumplimiento del deber.

“El anillo probará si hablas con doble lengua”, le advirtió.

“Solo traigo verdad”, replicó él. “Y… una pregunta. ¿Por qué aceptaste escoltarme?”

La sinceridad de su voz la desarmó. Avanelle se quitó el guante de la mano izquierda y señaló la marca en forma de guirnalda que portaba sobre la muñeca.

“Porque aquí, bajo siete sellos, juré proteger a los que una vez quisieron mi bien.”

“No merezco tu piedad, Avanelle.”

“No la tienes. Solo cumplo mi promesa.”

Siguieron caminando juntos, cruzando claros donde la luz lunar tejía alfombras de plata. Poco a poco, lo inevitable comenzó a pesarles: el gusto a tiempo perdido, a conversaciones nunca dichas, a sueños desarmados. Pero, a la vez, se abrió entre ellos ese espacio sagrado que existe cuando el silencio es compartido por quienes han amado y han sido heridos.

La guardiana y el caballero alcanzaron la linde del anillo de Fuego cuando los primeros rayos matutinos quebraban la noche. Avanelle se detuvo, alertando con un gesto: “A partir de aquí, cada paso requiere verdad. Si mientes, el fuego te reclamará.”

“Entonces dejaré mi espada”, propuso Darion, y se despojó del arma como signo de confianza. Avanelle observó el gesto—sabía lo que costaba a un caballero de la Orden renunciar, aunque fuera simbólicamente, a su acero.

Avanzaron juntos. Las llamas susurraban, rozando la piel con promesas y amenazas. Darion tomó la mano de Avanelle, y la calidez de su palma, tan humana y real, la estremeció. Desde el círculo, los susurros de la magia les llenaban la mente con visiones: un carrusel de momentos posibles, besos concedidos y negados, vidas compartidas que nunca serían.

“El fuego te juzga, Darion”, pronunció la guardiana. “Confiesa ahora, antes que sea tarde.”

Él no titubeó. “Avanelle, te he amado desde antes de comprender lo que es el amor. He cruzado cien reinos y mil noches preguntándome si tendrías aún espacio en tu vida para alguien como yo.”

Las llamas subieron como arcos, dibujando extrañas runas en el aire. Avanelle sintió cómo el poder la atravesaba. No podía fingir, ni esconderse. Allí, en medio del círculo, abrazados por el juicio de la magia ancestral, ella también bajó sus defensas.

“No creo en promesas, Darion. Creí en ti una vez… y pagué el precio.”

El fuego seguía subiendo, un canto antiguo vibrando. Darion la miró, sin rencor ni súplica, solo con la pureza de aquel que ante la condena, prefiere ser sincero.

“He cometido mil errores por miedo, Avanelle. Solo deseo tener la oportunidad de cometer mil aciertos a tu lado.”

Ella sintió cómo la magia exigía un sacrificio. Cerró los ojos. “Mi corazón aún guarda el eco de tu nombre. Pero temo más perderme a tu lado, que sola.”

El fuego pareció entender. No se lanzó voraz, sino que se recogió en una danza suave en torno a sus cuerpos enlazados de manos. Una llama azulada se posó sobre la palma de Avanelle y ardió sin hacerle daño.

Darion besó la marca de su muñeca. “Solo tienes que pedirlo, y me iré.”

Por un instante, el tiempo se detuvo. Por fin pudo decir en voz alta, sin reservas: “Si pido que te quedes, ¿podrás amarme como soy? ¿Sin deber, sin promesas, sin el peso de lo que fuimos?”

“Puedo”, prometió él, sin vacilar. “Y lo haré, Avanelle. Porque solo a tu lado entiendo qué es el verdadero valor.”

La verdad los purificó; el fuego, satisfecho, dejó paso a la luz. Atrás quedaron los fantasmas de pasados incumplidos y culpas atormentando el amanecer. Ya no eran la guardiana y el caballero, sino dos amantes desnudos de miedo, listos para escribir un nuevo capítulo juntos.

Horas después, cuando el sol pintó de oro los tejados del palacio, los cortesanos contemplaron, asombrados, que por primera vez en un siglo el invitado había cruzado el anillo sin una sola quemadura y la capitana llevaba la sonrisa de quien, en la batalla más difícil —la del corazón—, había encontrado aquello por lo que valía luchar: el simple y mortal milagro del amor recíproco.

De aquellas cicatrices y noches insomnes nacería una leyenda repetida por trovadores: la historia de la capitana y el exiliado, en quienes la magia ancestral reconoció el amor verdadero. Un amor sin promesas eternas ni garantías, solo la decisión diaria, heroica, de quedarse.

Avanelle y Darion, juntos, buscarían nuevos bosques y nuevos desafíos. No serían perfectos; a ratos serían extraños, incluso enemigos. Pero ahora sabían que en el corazón del bosque, donde la magia del mundo prueba a los mortales, solo aquellos que se atreven a decir la verdad —la verdad desnuda, temblorosa, enamorada—, encuentran el coraje para amar de nuevo.

FIN

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