Portada del relato Los Encantamientos de la Medianoche
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Fragmento:


—La seguridad es un lujo para quienes sólo ansían la vida. Yo quiero algo más.

Duración: 09:42

Los Encantamientos de la Medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

Partida

Era una noche tan saturada de fragilidad y deseo, que el aire mismo temblaba bajo el peso de lo no pronunciado. Las ramas del bosque negro, retorcidas y antiguas como el mundo, tejían un techo de penumbra sobre el claro donde Annalise aguardaba. Vestida con una capa escarlata, su figura contrastaba con las sombras circundantes; parecía tan imposible como una flor en la escarcha, tan indeleble como una herida. La luna, apenas visible entre jirones de nubes, iluminaba su rostro—ovalado, terso, y sin embargo endurecido por la determinación propia de quien ha decidido traicionar sus propias reglas.

Cerró el libro que llevaba entre las manos. Un tomo viejo, escrito en una lengua ya muerta, cubierto de polvo y de los susurros de mil secretos. Lo había robado, sí, como quien roba un pedazo de sí mismo, sabiendo que cada página ofrecía una promesa y un peligro: la posibilidad de que algo fuera diferente, aunque apenas por una noche.

El primer sonido fue apenas un crujido, como cuando una rama cede bajo el peso de un ave. Annalise giró sobre sus talones, el corazón marcando el ritmo frenético del conjuro que había preparado. Entonces apareció él: alto, con el cabello negro cayendo sobre la frente y una cicatriz en la mejilla izquierda, donde la violencia del mundo había dejado su firma. Llevaba una capa aún más oscura que el bosque mismo, y sus ojos, de un violeta preternatural, se posaron en Annalise como quien mide la distancia antes de saltar.

—Pensé que no vendrías, Rhys —susurró Annalise, y aunque su voz era baja, vibró como una cuerda recién tensada.

El hombre sonrió, ese gesto hosco y arrastrado, como si las sonrisas hubieran sido arrancadas de su boca a lo largo de los años.

—Y yo pensé que serías tú quien se acobardaría, mi lady. Pero ya ves… ninguno de los dos es bueno siguiendo instrucciones.

La tensión entre los dos era antigua, forjada en madrugadas interminables, en cartas escritas y quemadas, en miradas cruzadas en banquetes donde todo debía ser olvido y diplomacia. Que se encontraran allí, desarmados excepto por los sortilegios que ambos conocían, era un acto de guerra y amor, de huida y encuentro.

—¿Lo tienes? —preguntó él.

Annalise asintió, mostrándole el libro. Sus dedos, tan pálidos, estaban manchados de tinta y de dudas.

Rhys la observó con una mezcla de desprecio y admiración.

—Debo preguntarlo una vez más, antes de seguir: ¿estás segura?

Ella no respondió de inmediato. El viento levantó su cabello en una caricia que era solo para los solitarios y los condenados.

—La seguridad es un lujo para quienes sólo ansían la vida. Yo quiero algo más.

El pacto

No intercambiaron más palabras. Cada uno sabía lo que debía hacer: se arrodillaron en el centro del claro, con el libro abierto entre ambos. Annalise recitó la primera estrofa, en aquella lengua olvidada; Rhys, la segunda. El conjuro era antiguo, y las palabras se deslizaban por la piel, rozando cada nervio, encendiendo llamas en lugares donde el deseo había sido enterrado por el deber.

A su alrededor, los árboles temblaron. Entre las hojas, pequeñas luces azuladas comenzaron a titilar, curiosas, como si las hadas mismas hubieran sido convocadas por el arrojo de dos mortales dispuestos a arriesgarlo todo. Un aroma a lilas y sangre llenó el claro.

Sus manos, entrelazadas sobre el tomo, comenzaron a brillar. Era un dolor eléctrico, pero también un placer insoportable, como si cada secreto susurrado en la oscuridad se hiciera carne entre sus dedos.

—No sueltes —dijo Rhys, apretando más fuerte.

Annalise cerró los ojos. Por un instante, el miedo se apoderó de ella, pero lo apuñaló con el recuerdo de todos los momentos en los que había querido algo más, algo como esto: sustancia y magia, amor y perdición.

—No soltaré —prometió.

La luz los arrojó hacia atrás, desembocando en un silencio tan nítido que dolía. El claro desapareció, y en su lugar hubo una sala de piedra, con un hogar encendido y un tapiz de constelaciones imaginarias en el techo. La magia, por fin, había cumplido su función: los había llevado a un lugar fuera del tiempo, donde no existían reyes ni obligaciones, ni mapas, ni traiciones. El aire olía a castañas y canela, un eco de la infancia perdida.

El encierro

Rhys fue el primero en hablar:

—Parece que el conjuro resultó…

Se acercó, rozando la mejilla de Annalise con la yema de los dedos, y por primera vez se permitió la ternura. Los labios de ella se abrieron, sin resistencia, y bebió el aliento del hombre como quien prueba un vino amargo pero necesario.

El beso fue, en sí mismo, un conjuro. Lento; al principio apenas un roce, una prueba de que el otro era real, luego una vorágine de deseo contenido demasiado tiempo. Las manos de Rhys la rodearon, y Annalise se rindió a la urgencia. Se sentía como si todos los años de soledad y secreto hubieran sido una preparación para ese instante, ese despojo total de la voluntad.

—No somos libres de verdad —susurró ella contra el cuello de él, cuando el primer temblor remeció sus cuerpos.

Rhys arqueó la espalda, la risa grave y rota escapando de su pecho.

—Estamos juntos. ¿No basta?

—Por ahora, sí.

Arrojados sobre la alfombra, desnudos excepto por los tatuajes mágicos que destellaban cada vez que se tocaban, se entregaron a una violencia dulce, el deleite y el dolor entrelazados como las ramas del bosque. Cada caricia era una promesa de eternidad, cada gemido, una negación del mundo exterior.

Cuando finalmente el cansancio los venció, Annalise se sentó junto al hogar, envuelta en una manta, y miró por la ventana. Allá fuera, la noche seguía su rumbo indiferente, pero allí dentro, el tiempo era de ellos.

Sin embargo, un relámpago de duda atravesó su mente.

—¿Y si este lugar no es un refugio, sino una prisión?

Rhys se incorporó, contemplándola desde la penumbra.

—Toda pasión encierra su propio encierro. Pero ¿acaso no preferirías estar prisionera conmigo, que libre y sola?

Ella no respondió. La pregunta quedó suspendida en el aire, palpitando como una herida.

Despertar

Los días en la sala encantada comenzaron a deslizarse uno tras otro, indistintos en su perfección. Annalise y Rhys exploraban cada rincón, cada libro polvoriento, cada copa de vino añejo. Descubrieron un piano desafinado, que Annalise tocaba en las tardes, y una espada oxidada que Rhys usó para enseñarle a defenderse. Se contaron historias inventadas y verdaderas, compartieron miedos que nunca antes habían sido desvelados.

En la habitación más alejada, Annalise encontró un espejo cubierto. Al retirar la tela, su reflejo la sorprendió: había algo salvaje en su mirada, una fiereza nueva. Rhys se acercó por detrás, rodeándola con los brazos.

—Me gusta la mujer en el espejo —murmuró, besando la silueta reflejada de su cuello.

—Nunca pensé que podría gustarme la vida tanto —confesó ella, con un rubor inesperado.

Pero la magia es insaciable, y el mundo exterior nunca permite que el goce sea completo. Una tarde, un trueno sacudió las paredes de piedra, y Annalise vio, entre los destellos, una silueta conocida: la figura de su hermano, Aldric, apareciendo como una acusación al otro lado de la ventana, llamándola por su nombre.

La disyuntiva

Ella se estremeció. El conjuro no era sólo un refugio, sino una burbuja frágil, condenada a reventar ante la menor interrupción.

—Está aquí —dijo, con un hilo de voz. Rhys asintió, su serenidad rota por una sombra de horror.

Sabían qué quería decir: el deber, la familia, la condena y la piedad.

—¿Quieres volver? —preguntó él, sabiendo que ninguna respuesta sería suficiente.

Annalise luchó consigo misma. El bosque negro aún los esperaba, oscuro y cruel. Su hermano no ofrecería piedad si encontraba al hechicero vivo a su lado. Y sin embargo, quedarse era una condena: la eternidad a solas, un amor incompleto, un exilio de todo lo que alguna vez había sido su vida.

Después de un silencio interminable, Annalise lo besó una vez más, con la desesperación de quien se despide de sí mismo.

—Si me quedo hoy, será porque te elijo —dijo—, pero mañana puede que tenga que recordarte lo que significa el sacrificio.

Rhys le tomó la mano, la llevó hasta su pecho, donde el corazón latía desesperado.

—Entonces, elige hoy. Deja que mañana arda solo cuando sea su turno.

Compromiso

Cuando Aldric irrumpió en la sala, la atmósfera se quebró como un vaso arrojado al suelo.

—¿Qué has hecho, Annalise? —gritó, con el rostro descompuesto por la furia y la incredulidad.

Ella lo miró con una calma nueva.

—He elegido, Aldric. Y si tengo que hacerme enemiga del mundo entero por una sola noche de verdad, así sea.

Aldric sacó su espada, pero Annalise lo detuvo—con un gesto, un hechizo aprendido en los susurros y caricias de Rhys.

—No más cadenas —dijo, mientras las paredes de la estancia comenzaban a desmoronarse, la magia disipándose, devolviéndolos al claro donde todo había comenzado.

Epílogo

Los tres quedaron bajo la luz fría del amanecer. Rhys la abrazó con un respeto tembloroso; Aldric, derrotado, se alejó sin volverse. Annalise cerró los ojos, sintiendo que la vida se reanudaba, cruel y obstinada.

Ya no había conjuros ni promesas de eternidad; quedaba, apenas, la cicatriz de una noche fuera del tiempo, cuando los encantamientos de la medianoche les otorgaron la libertad de elegir y la condena de recordar.

Pero en el fondo, Annalise supo que sobreviviría. Que el amor y la magia son parientes cercanos del dolor, y que vivir era, de nuevo, el acto más valiente de todos.

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