Portada del relato Las alas del crepúsculo
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Le tembló una mano antes de atreverse a cogerla.

Duración: 09:26

Las alas del crepúsculo
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Había algo tremendo en los días que nacen con niebla. Algo inminente y suspendido, como el latido de un corazón al borde de desplegar una emoción que aún no tiene nombre. Así eran las mañanas en Belmora, tierra delimitada por la muralla del bosque de milenarias hayas y el susurro constante del lago Esméralda entre piedras negras y frías. Allí, donde lo real y lo invisible compartían territorio con naturalidad ancestral, Vivian se alzaba antes del alba, calzándose sus botas raídas y cubriéndose con una capa tan oscura como el secreto que guardaba desde hacía años.

Ese secreto era una marca oculta sobre la clavícula izquierda: un extraño símbolo que a veces ardía con el contacto de la luna llena y otras, tras los sueños en los que el bosque la llamaba con voces profundas e inhumanas. Era el legado de su madre, llegada del otro lado del Velo, y la única herencia que Vivian conservaba –junto con una carta, ya casi ilegible por el paso del tiempo– desde la noche en que los hombres del Concejo se llevaron a su madre y quemaron todo lo demás.

Eran tiempos peligrosos para los descendientes de lo feérico, al menos para quienes vivían del lado humano. Pero Vivian estaba acostumbrada a callar y a ganarse el pan como curandera joven y discreta, paseando furtivamente entre los límites del mercado y la sombra de las hayas, manteniéndose invisible salvo para aquellos que, necesitados, sabían cuándo llamar a su puerta.

Aquella mañana, sin embargo, la niebla era tan espesa que apenas distinguía el sendero de las piedras. Y sabía, en lo más hondo de sí, que aquel velo era diferente. Lo supo también cuando una garra de frío imposible le rozó la garganta apenas pisó el claro donde acostumbraba recoger hierbas y raíces.

—Sabía que vendrías —dijo una voz, áspera como la corteza y musical como un arroyo secreto.

El hombre apareció con la absoluta silenciosa de los sueños. Era más alto que cualquier habitante de Belmora y sus ojos, de un celeste líquido y sobrenatural, brillaban en el aire gris. Llevaba los cabellos largos, oscuros, caídos como un río negro. Tenía los pómulos afilados y la boca, apenas torcida en una mueca que podía ser sonrisa o amenaza.

Vivian sintió cómo la marca ardía con un destello azul bajo su capa.

—Tú… —susurró, sin fuerzas para formular un reproche o una pregunta.

El forastero inclinó la cabeza, estudiando cada una de sus reacciones con atención feroz. Al bajar los párpados, algo en su rostro se suavizó, aunque su cuerpo entero permanecía tenso, preparado para la explosión o la huida.

—Me llamo Rhian —dijo finalmente—. Y he cruzado el Velo por ti.

Había escuchado aquella oración dicha por otros feéricos; pero ningún humano la había oído jamás dirigida a sí misma. Y sin embargo, la convicción de Rhian era un lazo físico arrastrándola hacia él, haciéndole sentir que en ese momento, y solo entonces, podía respirar por primera vez.

—No te creo —masculló Vivian, dándose la vuelta, resistiendo el impulso de comprobar si su corazón de verdad palpitaba más deprisa que el tambor de las lluvias—. Nadie cruza el Velo solo por… por alguien como yo.

Rhian no pareció sorprendido. Caminó a su lado, a una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca como para que Vivian sintiera el calor y la electricidad que emanaba de su piel.

—¿Te suena familiar esto? —sacó de su gabán una pequeña sortija, tallada en plata antigua con filigranas ondeantes que imitaban las raíces de los árboles. Vivian la reconoció: era idéntica a la que llevaba su madre en la noche de la desaparición.

Le tembló una mano antes de atreverse a cogerla.

—Eso… ¿Es una amenaza? —dijo entre dientes.

Rhian negó con una lentitud melancólica.

—Es un salvoconducto. Y una ofrenda. En la corte de los Sombrios, ningún objeto sigue perteneciendo a un exiliado; la suerte y el precio lo dictan todo allí. Pero me fue concedida con una condición: que te encuentre antes de la séptima noche desde la luna roja.

Vivian guardó silencio. Sabía lo suficiente de ese mundo prohibido —por los susurros de la abuela y las pesadillas sudorosas del invierno— como para comprender el peso de aquellas palabras. Sin embargo, el miedo era menos intenso que la fascinación.

—¿Y si me niego?

Una chispa se encendió en sus ojos; su voz fue un zarpazo envuelto en terciopelo.

—Entonces, el Velo caerá. Y lo que duerme bajo el lago —añadió, mirando el agua con repentina gravedad—, despertará. Y todos, humanos y feéricos, pagaremos.

No era un ultimátum. Era la solemnidad brutal de las profecías.

Y fue así como esa noche, guiada por Rhian, Vivian cruzó el primer anillo del bosque, adentrándose en la parte prohibida: allí donde las raíces brillaban con tonalidades imposibles y el aire olía a mariposas y a hierro viejo.

La noche cayó de golpe, y con ella la primera lluvia de luciérnagas blancas. Nunca las había visto en aquel lado del bosque, pero hacían anillos sobre las páginas de su carta —esa carta amarillenta que no se atrevió a releer antes de partir—.

El camino era sinuoso y peligroso, aunque Vivian sentía que, a cada paso, el símbolo bajo su clavícula ardía menos como amenaza y más como abrazo. Fue Rhian quien, tras horas de silencio, se detuvo bajo el arco enroscado de dos alisos y, mirándola intensamente, habló:

—El vínculo te reclama. El Velo te reconoce, Vivian. Pero aún puedes rechazarlo.

—No sé si quiero. Solo… quiero saberlo todo. Por qué mi madre…

Rhian desvió la mirada.

—No hay respuestas dulces. Cuando se rompió el Gran Pacto, muchos de nosotros fuimos marcados. Tu madre eligió salvarte del hambre que venía con el invierno eterno. Traicionó a su Corte. Pagó el precio.

Vivian se atrevió, por fin, a tenderle la mano.

—Enséñame —pidió, sintiendo que, por primera vez, la súplica no era debilidad sino coraje.

El contacto de su piel fue como una tormenta cálida; Rhian la envolvió entre sus brazos, y el bosque mismo pareció inclinarse, como si aprobara ese primer gesto. Bajo su toque, Vivian vio visiones: paisajes de luz y penumbra, torres de cristal azul y ríos de plata por los que danzaban criaturas sin nombre; el lobo lunar elevando su canto en la noche roja, y la silueta de su madre tendiéndole esa misma sortija con lágrimas ocultas.

El tiempo se disolvió en esa comunión. Todo era otra cosa: la corteza suave de los árboles, el roce de la bruma entre los labios de ambos. El roce de sus bocas fue inevitable: primero un roce titubeante y luego, al sentir la certeza compartida de la pérdida y el anhelo, un descenso voraz en la carne y el alma de cada uno.

La pasión entre ellos era algo que no podía narrarse con palabras, solo con el estremecimiento profundo de quien sabe que ha encontrado a su igual, y que todo el dolor anterior solo era la antesala de la verdadera entrega. El cuerpo de Rhian era duro como la piedra viva pero flexible como el musgo, y Vivian supo, en ese momento, que la renuncia no era su destino.

Después, desnudos y medio ocultos entre las raíces, él le contó historias antiguas. Que los humanos y los feéricos no siempre habían vivido separados, y que a veces el amor nacía pese a la guerra; que los descendientes de los exiliados podían escoger recuperar su linaje o vivir en la periferia, ignorando la llamada hasta que el propio Velo se deshilachaba porque nadie respondía.

—El linaje es más que sangre —susurró Rhian, acariciando la marca bajo la clavícula de Vivian—. Es destino y voluntad.

—¿Y qué sucede si elijo quedarme?

Su voz tembló, no por miedo, sino por un ansia voraz por vivir algo más allá del amanecer.

Rhian apretó la sortija entre ambos, la luna creciente brillando sobre su piel.

—Vienes a la Corte como mi igual. Un juramento. Una promesa.

Los ojos de Vivian —inmensos, brillantes, un poco salvajes— buscaron los de Rhian sin parpadear.

—Acepto. Pero solo si el amor es la llave, no la obligación.

El viento pareció reír de pura alegría; el bosque entero pareció inclinarse hacia ellos.

Esa noche, bajo la luna que oscilaba plateada y benevolente, Vivian y Rhian sellaron el pacto. Él le puso la sortija en el dedo, recitando en lengua antigua palabras que danzaban como aves ante la brisa. Donde la sortija rozó la piel, la marca de Vivian brilló suavemente, hasta desvanecerse del todo. Y, en el eco de esa magia, ambos sintieron la dulce y férrea cadena del destino en unión.

No fue un final sencillo. La Corte de los Sombrios era un lugar feroz, de belleza tan letal como un puñal envuelto en terciopelo; pero en ella Vivian descubrió la pasión oculta de su linaje y la fuerza nueva de su propio corazón. Rhian fue amante y aliado, cómplice y guardián, y cuando el lago Esméralda intentó despertar su antiguo mal, fueron ellos juntos quienes tejieron la bruma e impidieron el desastre.

No sin heridas, no sin noches de dudas y réplicas. Pero sí con la certeza de haber encontrado en el otro aquello que ningún Velo, por espeso, gris o interminable, podía ocultar para siempre: el amor verdadero, ese que atraviesa la magia y la carne y te devuelve, finalmente, a ti mismo.

Y así fue como, en Belmora y más allá de sus límites, se narró durante generaciones el eco de un juramento prohibido: el de una mujer marcada por el misterio y el de un hombre nacido en las sombras; dos almas entre mundos, atadas por la promesa de amarse ante los ojos de todos los dioses y todos los bosques, la noche interminable y luminosa en la que el crepúsculo decidió, por fin, abrir sus alas sobre la tierra.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.