Portada del relato El susurro de la Dama Sombría
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Fragmento:


—Os dais muy bien el papel de extranjero, señor Edrival. Pero el modo en que entráis me dice que habéis estado aquí antes.

Duración: 10:06

El susurro de la Dama Sombría
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Texto de ajuste de pausa.

El eco del laúd flotaba en la penumbra del gran salón, melancólico y hondo, acompañando las florecientes llamas de los candelabros de hierro forjado. Kestrel, Dama de Galesh, se hallaba de pie ante el ventanal, mirando cómo la lluvia trazaba filigranas de plata en el vidrio. La noche se desplegaba húmeda, plena de vientos y misterios, y la luna doble cruzaba las nubes como una promesa velada. Era el aniversario de la batalla final y la corte parecía suspendida entre el júbilo y el recuerdo. Desde la derrota del Rey Oscuro, el mundo se había volcado al orden y la luz, pero la magia, aunque prohibida, aún respiraba bajo la superficie, indómita e inquieta.

Kestrel recordaba la guerra mejor que cualquiera de los reunidos. No cumplía aún los veinte años cuando sintió por primera vez el fuego surgirle de las palmas, justo antes de lanzar el rayo que había salvado a su madre y, junto con ello, sellado su sino de proscrita. Desde entonces, había ocultado su poder, mostrándose como la noble atenta y resignada a un matrimonio de conveniencia que la ligaría a algún lord respetable y previsible. Pero el corazón de Kestrel era un mapa de secretos: anhelaba algo más, algo vasto y temible, y en sus sueños veía siempre los mismos ojos: negros e infinitos, como la noche entre los bosques.

Cuando se apartó del ventanal, notó que la música había cesado. La gente se giraba hacia el extremo opuesto del salón, donde la puerta de roble se abría en silencio para dar paso a un invitado inesperado. Llevaba capa oscura, aún húmeda por la tormenta, y tras él entró una ráfaga de brisa fría, tiznando las velas. Sus facciones eran angulosas, de belleza austera. El cabello, enmarcando el rostro pálido y ojos de lobo, caía en ondas desordenadas. Se movía con la autoconfianza de un guerrero y el secreto de quien ha aprendido a ser más sombra que hombre.

Kestrel se irguió. No lo conocía, aunque algo en la postura le resultaba inquietantemente familiar, como si ambos compartieran el mismo esqueleto de historias no contadas. El silencio era casi absoluto cuando el recién llegado se inclinó ante la anfitriona, la Duquesa Maerni, y pidió permiso para presentarse.

—Mi nombre es Rhun Edrival, —dijo—. Vengo del norte, en nombre de quienes aún deben favores tras la última guerra.

La mención de la deuda fue suficiente para reavivar un murmullo. Demasiado se había prometido y traicionado en los días de sangre.

Kestrel fue a su encuentro. Le pareció correcto; era la única capaz de percibir el pulso secreto de la magia que fluía con él. Al acercarse, notó un sutil aroma a musgo y tierra mojada: el olor de los druidas. Cuando él le dedicó una reverencia, ella intuyó que sus secretos no estaban tan bien resguardados como había creído.

—Os dais muy bien el papel de extranjero, señor Edrival. Pero el modo en que entráis me dice que habéis estado aquí antes.

Él alzó una ceja, divertido.

—Quizás en sueños, Lady Kestrel.

Había un peligro en su voz, pero también una promesa velada. Un magnetismo antiguo, casi físico, los unía en un instante de tenso reconocimiento. Antes de que pudiera responder, la duquesa los llamó para que se acercaran a la mesa principal. El banquete comenzaba.

Durante la cena, Kestrel observó a Rhun. No comía mucho, apenas sorbía el vino, pero cada palabra, cada mirada que echaba a las personas sentadas a su lado era calculada y precisa. Era un hombre que estudiaba todas las posibilidades antes de elegir su siguiente movimiento, como si el único tablero que valiera la pena fuera aquel que cambiaba con el tiempo y la sangre.

A mitad del banquete, la duquesa decretó el baile. Parejas se formaron, risas estallaron y el laúd regresó, ahora acompañado de flautas y un tambor sutil. Kestrel solía rechazar estos juegos amables; su sangre danzaba al ritmo de otras músicas, más antiguas y salvajes. Pero sus pies se movieron casi sin pedir permiso, y antes de comprender cómo, se encontró girando en los brazos de Rhun Edrival.

El contacto era como un hechizo. Donde su piel rozaba la de él, una corriente eléctrica fluía, implacable. Las miradas cómplices se multiplicaban a su alrededor, pero para Kestrel y Rhun el salón desaparecida. Sólo existía la danza, la tormenta afuera resonando en el pecho de ambos.

—¿A qué habéis venido en realidad? —susurró, mientras giraban en un paso de vals.

Rhun acercó los labios a su oído, el calor de su aliento la agitó.

—A buscar a alguien que conozca el precio verdadero de la magia. Alguien como vos, Kestrel de Galesh.

La música subió de intensidad. Cuando acabó el baile, Rhun la condujo hacia un pasillo discreto, lejos de las miradas curiosas. El silencio cristalino de las galerías se tensó cuando él extrajo una ínfima piedra luminosa de la bolsa de su capa. La magia crepitaba a su alrededor como centellas en un cielo crepuscular.

—Han vuelto —dijo él, y Kestrel comprendió que hablaba del enemigo antiguo—. No de la forma en que lo esperamos. No como ejercito, sino como sombra, susurro. Se están infiltrando, minando los cimientos de la paz. He sentido su presencia en los bosques. Vos debéis sentirla también.

Kestrel asintió. Recordaba los sueños inquietos de las últimas semanas: voces en la penumbra, ojos rojos al acecho tras los árboles, promesas dolorosas en lenguas olvidadas.

—¿Qué esperáis de mí?

Rhun guardó la piedra. Su expresión era dura, pero vulnerable en la misma medida.

—Unir fuerzas. Sabéis que no quiero el poder para mí. Pero juntos… Juntos podríamos alertar a la corte, prepararla. Y, si no nos escuchan… destruir la raíz de la invasión antes de que germine. Las antiguas runas permanecen en las Colinas Nocturnas.

Kestrel sintió la adrenalina palpitando con violencia. Años había esperado una causa digna, una razón para desplegar plenamente sus poderes. Pero ahora, al borde del precipicio, el vértigo era real, y su corazón —ese órgano terco e insatisfecho— latía también por el hombre de ojos de lobo que la invitaba a la condenación compartida.

—¿Por qué yo? —preguntó.

La respuesta de Rhun fue sencilla, teñida de una melancolía que sólo los caídos bajo la sombra conocen.

—Porque os elegí antes aún de conoceros. Porque juntos somos más que la suma de dos soledades.

Ya no hubo palabras entre ellos. El aire bullía con el perfume de la tormenta y lo prohibido. Se miraron largamente y cuando Kestrel dejó que sus labios rozaran los de él, lo hizo no por impulso sino por la inevitable atraída de las órbitas, como dos lunas que giran eternamente una alrededor de la otra. Fue un beso pronunciado por los dioses antiguos, un pacto que sellaba el inicio de todo.

Esa misma noche partieron. El palacio dormía bajo capas de terciopelo y sueños dorados. Tomaron caballos, provisiones y capuchas, y cabalgaron hacia las Colinas Nocturnas, donde aún aullaban los lobos heridos. El viaje fue silencioso pero intenso; comprendieron pronto el lenguaje de las pieles rozándose al abrigo de la fogata, el consuelo tembloroso de las piernas entrelazadas en los breves descansos.

Las Colinas Nocturnas eran un páramo marcado por cruces de madera oscura y obeliscos incrustados con el oro antiguo que relucía bajo la luna. Aquí, en la frontera entre los reinos del hombre y lo eterno, la magia y el deseo eran hostias de un mismo altar.

En la tercera noche, cuando el viento trajo cantos extraños desde el este, Rhun detuvo su marcha.

—Estamos cerca. Hay un guardián aquí, un espíritu atado a la piedra. Sólo una conjunción podrá abrir la senda.

Kestrel asintió. No sintió miedo; sólo el brote ardiente de vida y expectación. Se tomaron de las manos y, por primera vez en muchos años, liberó plenamente su magia. El aire vibró al encender sus palmas con luz ámbar. Rhun murmuró un son antiguo, y su propio poder se unió al de ella. Las piedras, testigos eternos, absorbieron sus energías y dibujaron un portal de sombras y relámpagos.

De aquel umbral surgió la guardiana: la Dama Sombría, envuelta en suspiros y la promesa del olvido. Sus ojos eran pozos insondables, su voz, el eco de mil travesías y errores cometidos. Pero Kestrel no miró atrás. Sujetó la mano de Rhun y, juntos, ofrecieron su amor recién nacido como prenda: una hebra vital de poder, irrompible.

—La puerta está abierta —susurró la Dama—. Pero sólo una pasión que no tema a la oscuridad puede iluminar el otro lado.

El umbral pareció vibrar con sus palabras. Kestrel y Rhun se adentraron, hombro con hombro, abrazados a la certeza de que el verdadero enemigo era el olvido, la indiferencia, la soledad infinita.

Avanzaron por un corredor de piedra viva donde flotaban espejos de agua y fragmentos de recuerdos. Cada vez que dudaban, se abrazaban más, fundiendo la magia de sus sangres en una. El enemigo, una sombra líquida, intentó separarlos, tentó sus voluntades con visiones de poder y destrucción. Kestrel sintió la tentación de abandonarse a la fuerza, de dejarle a Rhun el liderazgo solitario. Pero sus dedos entrelazados la devolvían siempre, la anclaban al presente.

Juntos, alcanzaron la raíz: un altar de ónice negro, donde brillaba un corazón palpitante enjaulado en runas antiguas. Entendieron que sólo el sacrificio conjunto —no del cuerpo, sino del miedo al propio poder— podría desvelar la verdad. En ese instante Rhun tomó el rostro de Kestrel entre sus manos y la besó, profundo y sincero. El eco de su amor rompió las cadenas de la oscuridad; el corazón latió una vez, y se dispersó en mil estrellas.

Nada fue igual después. La magia, ahora redimida y celebrada, fue aceptada de nuevo entre los reinos humanos. Kestrel se convirtió en símbolo de un poder sin cadenas y de un amor que no se arrodilla ante nada. Rhun, su compañero de penumbras y relámpagos, fue su guardián y rival, abrazo y desafío.

En las noches de tormenta, cuando el viento susurraba con voz de tiempos antiguos, la gente aseguraba ver dos figuras caminando juntas, aferradas la una a la otra, bailando a la luz de lunas gemelas; guardianes del equilibrio, dueños de sus destinos y amantes, por siempre, en el umbral de la sombra y el fuego.

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