Fragmento:
La reunión del Consejo terminó bajo una lluvia de chispas plateadas, cuando el reloj astral de la Gran Biblioteca marcó la medianoche en la ciudad de Lysaria. El eco de los últimos decretos aún flotaba entre las columnas de mármol negro y los tapices bordados con hilos de runas, pero a Cassandra le dolía poco las nuevas leyes que dictaban los altos magos. Había aprendido hacía tiempo a moverse entre los cenagales políticos de la ciudad y, sin embargo, esa noche, mientras arrastraba la capa azul parcheada y se escabullía a través de los arcos dorados, el presentimiento de que algo estaba a punto de cambiarle la apretaba el pecho con un ansia desconocida.
Duración: 09:02
La reunión del Consejo terminó bajo una lluvia de chispas plateadas, cuando el reloj astral de la Gran Biblioteca marcó la medianoche en la ciudad de Lysaria. El eco de los últimos decretos aún flotaba entre las columnas de mármol negro y los tapices bordados con hilos de runas, pero a Cassandra le dolía poco las nuevas leyes que dictaban los altos magos. Había aprendido hacía tiempo a moverse entre los cenagales políticos de la ciudad y, sin embargo, esa noche, mientras arrastraba la capa azul parcheada y se escabullía a través de los arcos dorados, el presentimiento de que algo estaba a punto de cambiarle la apretaba el pecho con un ansia desconocida.
La sentinela lobuna la observaba desde la esquina, ojos ámbar fulgurando en la penumbra. Cassandra asintió apenas y una mano invisible abrió la doble puerta, bordeada de filigranas de plata, que daba al exterior. El aire frío de las cimas la golpeó en la cara, trayendo consigo el rumor del bosque encandilado que rodeaba la ciudad, hogar de criaturas prohibidas y leyendas susurradas en voz baja. Cassandra dejó que su poder —una chispa impulsiva mezclada con la herencia de antiguas hadas— la envolviera mientras cruzaba la muralla y descendía la rampa de piedra, aún empapada por el rocío nocturno.
Cruzó rápido la linde entre las luces sonrosadas y el gris azulado del bosque. Su corazón latía con un ritmo nuevo: no de miedo, sino de anticipación. Hacía semanas que en sus sueños alguien le susurraba un nombre, un timbre –a veces masculino, a veces ambiguo– que danzaba entre los límites de la vigilia y el sueño. Una súplica, una advertencia. Había llegado a entender que no era un hechizo ni una trampa: era una llamada, incluso una promesa.
Entre los fresnos y robles, el aire se volvía cada vez más denso. Las luciérnagas bordaban trenzas verdes entre las ramas y los pétalos caían lentamente, lentos, tal plumas que no temen al vacío. Cassandra se detuvo al llegar al claro de la Fuente del Espectro, donde la luna llena nadaba aturdida entre las aguas inmóviles.
Él ya la esperaba.
No era la primera vez que lo veía, pero cada encuentro parecía una revelación. Si había un nombre que sintetizara todo lo indeseable y deseable a la vez, ese era el suyo: Kael. Metamorfo, herido, exiliado, y sin embargo más vivo que ningún otro mago de Lysaria. Tenía los labios partidos, la barba oscura y el pelo enredado en estrellas diminutas. Sus ojos, de un azul líquido, la atravesaron y Cassandra sintió que la fuerza de veinte inviernos caía sobre sus hombros.
—Pensé que no vendrías —murmuró Kael, con esa voz grave, palpitante—. El Consejo no te dejará ilesa si saben que me buscas.
Cassandra se encogió de hombros, demasiado cansada para jugar a la política incluso con él.
—No me importa. No aún. ¿Qué quieres decirme?
Él sonrió, pero fue una sonrisa corta y rota. Avanzó dos pasos; ella notó cómo la temperatura del claro bajaba, cómo los árboles se encogían y el agua titilaba con un reflejo hostil. Era su magia, esa que Kael no controlaba por completo tras la maldición que le habían impuesto: mitad hombre, mitad hielo.
—Esta noche —dijo, y su aliento tembló como si peleara con cada palabra—, he sentido que la maldición se agitaba. Hay algo más. He soñado contigo en mi forma bestial y… Cassandra, temo no reconocerme si mis amarras se rompen.
Ella tragó saliva. Miles de historias giraban detrás de sus ojos: de hombres corrompidos por el poder, de mujeres devoradas por juramentos, de amantes destruidos por el miedo. Se acercó, colocó su mano –ardiente, mortal– en el pómulo helado de Kael. Su hechizo luchó contra el suyo, fuego y agua, luz y sombra.
—No estoy aquí por lástima —dijo ella, y su voz fue un conjuro, limpio y seguro—. Sino porque, desde el instante en que te vi, supe que algún día mi destino sería atarme a la noche contigo, aunque me costara el alma.
Kael la abrazó tan lentamente, tan torpemente, como si temiera romperla; y sin embargo, en ese roce vacilante hubo más ternura que en todos los poemas que Cassandra había leído de niña. Allí, entre los musgos helados y el resplandor lechoso, sellaron un pacto que ningún consejo, ni humano ni mágico, podría anular. Se besaron largos minutos, probándose como si fueran la cura y la causa de toda enfermedad.
—Debemos escondernos —susurró él finalmente, y la voz le salió trémula—. Hay cazadores que acechan, y la luna guarda secretos que ni siquiera los nuestros conocen.
Ella asintió, ligándose aún más a su cuerpo, deseando que el tiempo se detuviera. Pero sabía, como él, que la persecución sólo acababa de empezar.
Pasaron muchas noches y días en un exilio voluntario. Habitaron la antigua casa de la Guardabosques, donde los azulejos estaban cubiertos de líquenes y las arañas navegaban de viga en viga. Allí, donde la ciudad era solo un rumor lejano, Cassandra se dedicó a aprender la parte más dulce y peligrosa de la magia: la de la entrega absoluta.
Pero no todo era sosiego. En los días grises, Kael se transformaba: su piel se volvía más pálida, sus brazos adquirían la musculatura retorcida de un animal y los colmillos asomaban en su sonrisa. Cassandra escuchaba los rumores del bosque –fantasmas, brujas, criaturas antiguas– y tejía hechizos de protección mientras lloraba en silencio, temiendo que Kael no regresara jamás del fondo de su propia maldición.
Y, sin embargo, la pasión entre ambos no menguaba. El peligro solo la avivaba. Las caricias de Kael, a veces gélidas, a veces tan cálidas como un rayo de sol robado, la encendían cada vez más. La noche en que Kael, dominado por la transformación, la llevó al lago, Cassandra debió hacer un acto de fe tan feroz como el primer hechizo de amor jamás pronunciado: se hundió con él en las aguas heladas y lo ayudó a recordar su humanidad entre caricias febriles, besos que ardían allí donde la piel parecía incapaz de sentir algo más que frío.
Esa noche, acuclillados sobre la orilla bajo el manto de constelaciones temblorosas, Kael susurró:
—Solo tu magia me recuerda quién soy.
Cassandra lo abrazó, y por primera vez, no sintió miedo del futuro. Que el mundo arda, pensó, si solo nos conocemos en las cenizas.
***
El invierno fue cruel, pero sobrevivieron. El bosque los protegía, o acaso solo los ocultaba. Probaron bayas silvestres, aprendieron el idioma de los cuervos y compartieron historias al calor de una vieja marcha que chisporroteaba en la cocina. Sin embargo, la nostalgia de la ciudad, la memoria de un pasado donde las reglas eran claras y los enemigos tenían nombres propios, los alcanzaba a veces en los sueños.
Una tarde, cuando el cielo estaba tan cargado de nieve que parecía a punto de desplomarse, llegaron los cazadores. Eran hombres y mujeres vestidos con pieles, armados con dagas de plata y ojos desprovistos de empatía. Cassandra vio a su antiguo maestro entre ellos, el anciano mago Darion, quien la había protegido desde niña y ahora parecía solo un eco retorcido por el miedo.
—¡Entréganos al monstruo, Cassandra! —gritó él antes de derribar la puerta con un trueno de energía azul—. Nosotros podemos curarlo. Tú no sabes lo que arriesgas.
Pero ella se interpuso, el pelo revuelto, la mirada feroz.
—Mi vida, mi riesgo. Y el monstruo —dijo, girándose hacia Kael, ahora en plena transformación pero con los ojos humanos llenos de súplica—, es el único amor verdadero que he conocido jamás.
La batalla fue breve y atroz. La magia chocó con magia; sangre y hielo, fuego y luz. Cuando el polvo se asentó y la nieve dejó de caer, Cassandra y Kael estaban solos en el porche destrozado, heridos, pero vivos. Los cazadores se habían replegado, algunos muertos, otros solo humillados.
Kael, aún jadeante, tomó el rostro de la maga entre sus manos. El temblor que los unía no era sólo de frío ni de miedo: era el eco profundo de saberse incompletos, y al mismo tiempo, invencibles juntos.
—¿Te arrepientes? —musitó él.
—Solo de no haberte amado antes —respondió ella.
***
No hubo final fácil. Lograron, con el paso de los meses, trazar un pacto con el nuevo Consejo. El mundo jamás podría nombrar su historia –profana, híbrida, inaceptable para unos; heroica, revolucionaria para otros– sin estremecerse. Cassandra entrenó a una nueva generación de magos que no temían lo desconocido, mientras Kael batallaba a diario con la bestia interna y, muchas noches, la vencía solo con el roce de las manos de Cassandra.
El bosque nunca olvidó a la pareja que desafió los dictámenes, que hizo del amor una forma de magia ancestral. Cada primavera, la fuente relucía y los árboles abrían paso a los amantes perdidos.
Y allí, donde la luna nunca se atrevía a delatar secretos, Cassandra y Kael bailaron eternamente entre el hielo y la llama, recordándole al mundo que algunas maldiciones pueden romperse, pero sólo por aquellos dispuestos a arder hasta el final.
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