Portada del relato Destellos bajo la luna carmesí
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Fragmento:


El susurro llegó desde la espesura, tan suave como la caricia de una pluma y tan cortante como el filo de una daga. Ailish giró lentamente, manteniendo la compostura a pesar del sobresalto. Allí, entre las columnas de niebla y sombra, se recortaba la silueta de un hombre: alto, cubierto con una capa de terciopelo negro, y con esa manera de moverse que delataba tanto hambre como peligro. Sus ojos tenían el tono del oro viejo; su rostro estaba marcado por las líneas de quien ha visto demasiadas verdades.

Duración: 09:33

Destellos bajo la luna carmesí
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Texto de ajuste de pausa.

El viento nocturno danzaba entre los árboles centenarios, arrojando destellos plateados sobre el sendero pétreo que cruzaba el Bosque de Timary. Allí, donde las ramas se entrelazaban como los dedos de un amante ansioso, la oscuridad parecía latir con vida propia. Si uno escuchaba con suficiente atención, podía oír el murmullo del río Argana mezclado con las historias que el bosque recordaba: tragedias de héroes desterrados, de amores imposibles, de pactos sellados con sangre y deseo.

Ailish caminaba descalza, vestida solamente con el halo etéreo de su magia. Con cada paso sus tobillos brillaban tenuemente, una señal de la maldición que la ataba a ese lugar. Sabía que el peligro acechaba en la frontera del bosque, donde las criaturas de la noche se relamían ante la promesa de un alma vulnerada, pero Ailish era distinta. Ella era la elegida, la figura que tanto elfos como humanos temían y anhelaban. Todavía recordaba el día en que se le impuso la tarea: proteger el Velo, esa membrana invisible que dividía el mundo mortal de los reinos arcanos. Recordaba, también, el doloroso precio.

Una noche más, se dijo, dejando que su cabello negro azabache cayera sobre sus hombros. Si sobrevivía hasta el amanecer, el hechizo perdería fuerza, le permitiendo una noche de descanso antes de que la maldición reanudara su ciclo. Pero algo era distinto en esa noche. El aire tenía un sabor mineral, esquirlas de ceniza y promesas rotas, y el ansia de lo desconocido se mezclaba con el aroma de la tierra húmeda.

—Sabes que no podrás ocultarte eternamente, bruja.

El susurro llegó desde la espesura, tan suave como la caricia de una pluma y tan cortante como el filo de una daga. Ailish giró lentamente, manteniendo la compostura a pesar del sobresalto. Allí, entre las columnas de niebla y sombra, se recortaba la silueta de un hombre: alto, cubierto con una capa de terciopelo negro, y con esa manera de moverse que delataba tanto hambre como peligro. Sus ojos tenían el tono del oro viejo; su rostro estaba marcado por las líneas de quien ha visto demasiadas verdades.

—Pensé que habrías aprendido a no ladrar advertencias a un corazón roto —respondió ella, esbozando una media sonrisa.

El hombre inclinó la cabeza, contemplándola como si quisiera saborearla.

—Y yo pensé que nuestros corazones aún latían en los mismos sueños.

Ailish reprimió el temblor; no por miedo, sino por la creciente certeza de que su destino volvía a entrelazarse con el de él.

—¿Qué haces aquí, Dathan?

—Vengo por ti, evidentemente. Como cada año.

La súplica y el desafío se mezclaban en su voz. Dathan, el amante cuya traición había sellado el destino de ambos, el caballero que prometió luchar a su lado y que huyó cuando más lo necesitaban. Sin embargo, la magia de Timary todo lo recuerda y la pasión, en ocasiones, es un conjuro igual de cruel.

Los dos permanecieron en ese delicado equilibrio, interrumpidos solo por el zumbido distante de los grillos. Finalmente, Dathan avanzó, apartando las ramas con la mano. El aire chisporroteó a su alrededor, pequeño recordatorio de la magia que poseía. Las sombras danzaban con cada movimiento.

—No tienes que quedarte prisionera aquí —dijo en voz baja, tan carnal como una plegaria—. Podrías marcharte conmigo.

Para cualquier otra, aquello habría sido una promesa irresistible. Pero Ailish alzó la barbilla y no apartó la mirada.

—Lo sabes tan bien como yo: el Velo no permitirá que me aleje —respondió sin amargura, solo cansancio—. Fui la elegida. Fui maldecida.

Dathan respiró profundo, acercándose lo suficiente para dejar que la electricidad entre ambos cargara el ambiente.

—Entonces déjame ayudarte —susurró, sus labios apenas rozando el límite entre súplica y tentación—. Juntos podríamos romper el hechizo. Una última vez, como antes…

Ailish sacudió la cabeza, pero su corazón dio un vuelco traicionero al recordar los secretos que habían compartido. Dathan, el infame exiliado de los Reinos de Obsidiana, poseía un talento innato para la magia oscura, pero también un coraje dolorosamente sincero. Había amado, había perdido, y allí estaba de nuevo, implorando redención.

—No somos los de antes —musitó ella, la voz temblorosa—. Lo que rompiste aquella noche… no puede restaurarse.

El silencio entre ellos era tan denso como la niebla que les rodeaba. Sin embargo, Dathan levantó una mano, rozando la mejilla de Ailish con ternura.

—Quizás no pueda restaurarse —susurró—, pero puedo hacer que duela menos.

La bruja dejó caer la cabeza por un instante en su hombro. El cuerpo de Dathan era un puerto olvidado, peligroso pero extrañamente familiar. Durante años se había prohibido a sí misma recordar ese calor, ese olor a hierro y lluvia. Pero ahora, en la inminencia del peligro, se permitió un respiro de vulnerabilidad.

El tiempo perdió su significado en esa tregua silenciosa. A lo lejos resonó el rugido de un dragón nocturno —una de las criaturas que custodiaban el límite del Velo— y ambos supieron que las quimeras no tardarían en salir. Dathan rodeó a Ailish con los brazos; ella, por un momento, cerró los ojos y se aferró a él.

La noche es un umbral, pensó. Entre el dolor de la memoria y la esperanza de un futuro incierto.

—¿Existe una manera? —preguntó con voz carente de esperanza.

Dathan sujetó su rostro, obligándola a mirarlo directamente. Había fuego en sus palabras.

—Sí. Pero requiere un sacrificio. Un sacrificio que ambos deberemos hacer.

El corazón de Ailish se contrajo, reconociendo el peligro y el deseo en partes iguales.

—¿De qué se trata?

Dathan vaciló. Luego extrajo de su capa un pequeño frasco; dentro, un líquido dorado giraba como oro fundido. El Elixir de Travesía, la única sustancia capaz de disolver de manera temporal los dictados ancestrales del Velo. Sin embargo, había un precio: aquel que lo bebiera corría el riesgo de perder sus recuerdos, de olvidar quién era, quién había amado.

Ailish tragó saliva. La noche era fría, pero su piel ardía bajo la mirada del hombre al que había temido y anhelado durante años.

—Si cruzamos juntos —explicó Dathan, mostrándole el frasco—, podríamos romper el ciclo. Pero uno de nosotros debe dejar atrás sus recuerdos para siempre. El otro… custodiará ambos destinos.

El dilema se atragantó en su garganta. ¿Olvidarían el amor, el dolor, la traición? ¿Sería capaz de pagar el costo de la libertad con la moneda más valiosa de todas —la memoria de aquello que los convertía en ellos mismos?

Mientras las sombras oscilaban a su alrededor y el canto lechoso de la luna iluminaba sus perfiles, Ailish alzó una mano y envolvió la de Dathan, apretando el frasco entre sus dedos.

—¿Estás dispuesto?

Dathan no dudó; su mirada era pura llama.

—Por ti, siempre.

Así, juntos, buscaron refugio en un claro bañado en luz lunar. Allí la magia vibraba más fuerte, el Velo era casi visible, ondulando como un vestido de neblina a punto de desgarrarse. Ailish tomó aire, bebiendo los últimos instantes de su ser inalterado.

—¿Lo hacemos juntos? —susurró.

Dathan asintió y destapó el frasco. El aroma del elixir era embriagador, como la promesa de un mundo nuevo o la última caricia antes de la despedida. Se miraron; luego, sin apartar la vista el uno del otro, bebieron al mismo tiempo. Un calor salvaje los envolvió de inmediato —el don y la condena de los que aman demasiado.

El bosque pareció dilatarse. Las raíces crepitaban bajo sus pies, el viento aullaba en lenguas olvidadas. Ailish sintió como si mil manos invisibles le arrancaran los recuerdos más antiguos, los momentos más atesorados. El olor de las violetas en primavera, el tacto de la mano de su madre, los secretos al oído de Dathan… todo se tambaleaba en el hilo del olvido.

Dathan, por su parte, juró guardar cada destello, cada fragmento de su amada, en lo más profundo de su alma. El sacrificio era real: en el umbral del Velo, ella cerró los ojos y dejó atrás el pasado, mientras él, con el rostro empapado en lágrimas, renovó el juramento. “Por ti, volvería a empezar mil vidas”, pensó.

Ambos cruzaron el Velo. El mundo del otro lado era un océano de plata, un firmamento invertido donde los recuerdos podían rehacerse, donde los cuerpos podían recomenzar la danza infinita de la seducción y la pérdida. Allí, en ese paisaje suspendido, Dathan se arrodilló ante Ailish, que lo miraba con ojos nuevos, desprovistos de rencor o dolor, abiertos solo a la posibilidad.

—¿Quién eres? —preguntó ella, incapaz de recordar el frío, la maldición, o siquiera su propio nombre.

Dathan sonrió a través del dolor, tendiéndole la mano.

—Un viajero, como tú. Alguien que te ha amado antes y que espera hacerlo de nuevo.

Ailish titubeó, pero algo —un resabio de calor, una chispa en la piel— le hizo sonreír. Tomó la mano de Dathan, y juntos se adentraron en el nuevo mundo, libres de las cadenas pero marcados por el sacrificio.

Mientras el Velo se cocía de nuevo tras ellos, el Bosque de Timary lloró una sola lágrima de rocío, celebrando el fin del ciclo y el nacimiento de una leyenda: dos amantes que desafiaron al destino, pagaron el precio más alto y, en el olvido, encontraron la promesa de amar más allá de toda memoria.

Así, la noche se cerró sobre sus pasos, envolviendo la esperanza y el deseo en un solo susurro: el verdadero amor nunca se olvida, solo renace en formas distintas, danzando eternamente bajo la luna carmesí.

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