Las llamas oscilaban en las lámparas de aceite, proyectando siluetas fantásticas sobre las piedras cubiertas de musgo de la vieja sala del consejo. El aire, cargado de incienso y antiguos secretos, olía a hierro y a magia gastada. Edlyn Harthorne presionó la yema de sus dedos contra la fría base de piedra del asiento reservado para los herederos de la rama menor, fingiendo una calma que no sentía. Siendo sinceros —y Edlyn odiaba no serlo, incluso consigo misma— jamás había entendido al detalle las intrigas de la corte de Argalia. Quizá porque, desde niña, había preferido el entrenamiento del acero y la carrera impetuosa por los bosques a la astucia de la política. Siempre había sospechado que, por mucho que la obligaran a vestir sedas y sonreír entre los grandes tapices del castillo, la sombra del hierro era lo único que podía fiarse en ese lugar.
Las puertas retumbaron un instante antes de abrirse, y todos los miembros del consejo, en sus astillas de oro y terciopelo, callaron. Nadie se atrevió a respirar cuando entró el mago celador.
En las tierras de Argalia, contar con la presencia de un celador durante un consejo significaba desgracia, pérdida o conjuro peligroso, probablemente los tres a la vez. Pero esta noche, la tensión era aún mayor. Porque el celador no era uno de los antiguos, sino alguien de lejos, de la tierra de las nieblas, un hombre cuya llegada nadie esperaba y cuyo rostro había surgido en los sueños de Edlyn semanas antes.
—Lords y ladies —entonó un anciano canciller por costumbre, aunque su voz siseó como una serpiente asustada—, ante ustedes, el celador enviado por el Alto Senado de Caelum.
Los ojos de Edlyn se encontraron, aunque sólo fugazmente, con los del forastero. Bajó la mirada, temerosa de que su propio pulso la delatara. Él también la miraba de un modo casi imposible, casi... familiar. ¿Qué conocía de ella?
El celador avanzó. Era alto, de hombros anchos aunque elegantes, y caminaba con la precisión de alguien entrenado más para sentencias que para combates. Llevaba el pelo azabache recogido en una trenza que caía sobre su capa oscura, y en su muñeca palpitaba el tatuaje apenas visible de aquel lobo imposible, símbolo del juramento de los guardianes. Su nombre era Ilan. Edlyn había escuchado ese nombre en los susurros de los santuarios, en los rituales de la sangre y la estrella. Pero, sobre todo, lo había oído en aquel sueño recurrente donde una tormenta cegadora borraba todo salvo la figura solitaria de Ilan, tendiéndole la mano.
El consejo expuso sus plegarias, sus advertencias y sus preocupaciones acerca del ritual del Equilibrio —la ceremonia que, antigua incluso para los dioses, evitaba que la Magia Salvaje corrompiera la tierra cada siete años—. Pero la magia, ese año, no quería dormir, y el corazón mágico en las profundidades del lago Olaen había empezado a sangrar. El celador despreció cualquier solución diplomática: sólo la sangre unida, la de una hechicera del linaje Harthorne y un protector marcado, podría sofocar el daño.
Edlyn, atónita, supo que sus días de sombra habían terminado. Cuando los ojos oscuros de Ilan se clavaron en ella, entendió que era la única.
Su padre, el Lord de Argalia, trató de negarlo. Pero la sangre llama a la sangre. Y allí, frente a la corte entera, fue prometida al ritual, y a Ilan, conocido y temido por todos pero amado por nadie.
Las brasas no se apagaron hasta horas después, cuando la sala quedó vacía salvo por los dos condenados a caminar juntos hacia la noche que venía. Ilan, entonces, se quitó la capucha, mostrando las runas plateadas sobre su piel, como si los años hubieran pasado por él sólo para dejar marcas de lunas nuevas. Se aproximó a Edlyn.
—No temas, dama. Aunque este deber es cruel, yo no lo soy.
El tono, cálido e incluso tierno, se filtró en la armadura de sus dudas, sembrando preguntas, pero ninguna fácil.
—¿Por qué yo? —susurró ella.
Él sonrió como si la conociera de otro tiempo, de otra vida.
—Porque tu corazón ve la sombra y la abraza, pero nunca deja de buscar la luz. Es la única forma de salvar Argalia.
Ella no sabía si creerle. Pero mientras hablaban, vio en Ilan el cansancio de cientos de promesas incumplidas, la soledad del centinela que no esperaba redención.
Esa noche comenzó su viaje hacia el lago Olaen, más allá de los bosques donde el tiempo parecía detenerse. Edlyn era diestra con la espada, y no estaba dispuesta a entregarse a un destino dictado. Así que, cuando el celador caminaba unos pasos por delante, ella lo interrogó:
—¿Siempre caminas tan seguro de ti mismo, Ilan? ¿No dudas?
Él giró la cabeza apenas, la ceniza de su pelo brillando a la luz espectral de la luna.
—Dudo, Edlyn, más de lo que podría confesarte. La diferencia es que sigo caminando.
Por un instante, un silencio cómodo plantó sus raíces entre ellos. El camino era largo y, a pesar del peligro, Edlyn se sorprendió observando el modo en que Ilan prendía el fuego, cómo clavaba sus ojos en el cielo buscando constelaciones. Esa noche, bajo el firmamento azul oscuro y sembrado de estrellas, compartieron historias de exilios y pérdidas. Edlyn sintió que, por primera vez, no era sólo una heredera: era una mujer con deseos propios.
Cuando acamparon, Ilan ofreció su capa contra el frío. Ella vaciló, pero luego, temblando bajo la tela, reconoció el alivio íntimo del gesto. Ilan la observaba, y algo profundo y primitivo ardía en la mirada del guardián.
—Es peligroso este ritual —dijo él, despacio, midiendo las palabras—. Te unirás a mí en cuerpo y alma. Podrías perderte, Edlyn.
—¿Y tú? ¿Tienes miedo de perderte?
Él tardó en responder. En sus ojos bailaba una respuesta que nunca confiaría a nadie. Al fin, habló apenas audible.
—Siempre.
En la espesura, oyó el crujido de ramas. Edlyn desenvainó la espada, girando sobre sus talones. Ilan levantó una mano serena y la oscuridad se replegó como un manto: una criatura de sombra, formada por miedo y antigua traición, emergió. Edlyn cargó, su acero plateado cortando la niebla, mientras Ilan murmuraba palabras de poder. La cosa retrocedió, hiriendo a Ilan en el brazo antes de desvanecerse en un alarido de ira.
Edlyn acudió a él en la penumbra. El mago respiraba hondo, el sudor perlado sobre su rostro.
—No te preocupes —susurró—. No tengo miedo…
Y, sin embargo, Edlyn vio más dolor en sus ojos que en la herida. Temblando, ella limpió la sangre y lo cubrió con una manta. Bajo los dedos, la piel de Ilan crepitaba con magia y un deseo callado. Cuando él la miró, la distancia entre sus cuerpos desapareció. Se besaron, primero desesperados, después con la calma de dos que saben que van a saltar juntos al abismo.
Entre susurros y promesas, se unieron esa noche, bajo las estrellas vigilantes de Argalia. El contacto era a la vez tierno y ardiente, una conversación sin palabras donde Edlyn no era sólo la hechicera prometida y Ilan no era sólo el guardián marcado. Eran simplemente ellos, por primera vez en la vida.
Al alba, el lago Olaen los esperaba, silencioso y cargado de presagios. El rito comenzó; Edlyn se sumió en aguas heladas, mientras Ilan recitaba versos en la lengua olvidada de los dioses. La magia aulló, trató de dividirlos, pero Edlyn, aferrada a Ilan, resistió el embate oscuridad. Notó una conexión indescriptible, un lazo tan antiguo como la noche misma. Veía con sus ojos, sentía con su corazón. Ilan era parte de ella, y ella de él.
El lago brilló con luz propia. El corazón de Argalia latió fuerte, y la magia astillada fue sanada. Ambos colapsaron exhaustos en la orilla, amparados sólo por la promesa que ya no era forzada, sino elegida.
Edlyn, todavía llena de la energía pulsante del lago, tocó suavemente el rostro de Ilan. Él la miró con temor y esperanza.
—Esto no termina aquí —dijo ella.
—No —admitió él—. Nada termina nunca, no por completo.
Sonrieron, sabiendo lo que se avecinaba: la política, las alianzas peligrosas, los enemigos acechando. Pero ahora, ambos comprendían: su vínculo estaba tejido de mucho más que sangre o deber. Habían probado la sombra y la luz juntos, y ninguno de los dos saldría indemne. No lo querían.
Cuando caminaron de regreso a Argalia, las estrellas danzaban sobre sus cabezas y el destino, por fin, les concedía la tregua necesaria para descubrir dónde acaba el deber y empieza el amor.
Ambos sabían —y el consejo lo aprendería pronto— que en el equilibrio de la magia, como en el de los corazones, la mayor fuerza brota siempre de la delicada tensión entre la promesa y el deseo.
FIN
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