Portada del relato Bajo la Luna Carmesí
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


La noche estaba impregnada de magia antigua, tan densa como la niebla que se colaba entre los árboles del bosque de Rhun. El susurro de la brisa hacía ondear el vestido azul de Lira, esa tela de lino áspera a la luz y suave al roce, y el rastro de su cabello plateado y suelto iluminaba la senda entre helechos y raíces retorcidas. Caminaba sin miedo, aunque sabía que seres peligrosos acechaban desde las sombras; los cazadores nocturnos no se atrevieron a tocarla porque sentían el poder grabado en sus venas. Era bruja, sí, pero su magia era tan salvaje como la tierra misma, y ni siquiera las bestias más hambrientas del bosque se atrevían a desafiar la cólera oculta tras sus delicados labios.

Duración: 08:33

Bajo la Luna Carmesí
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La noche estaba impregnada de magia antigua, tan densa como la niebla que se colaba entre los árboles del bosque de Rhun. El susurro de la brisa hacía ondear el vestido azul de Lira, esa tela de lino áspera a la luz y suave al roce, y el rastro de su cabello plateado y suelto iluminaba la senda entre helechos y raíces retorcidas. Caminaba sin miedo, aunque sabía que seres peligrosos acechaban desde las sombras; los cazadores nocturnos no se atrevieron a tocarla porque sentían el poder grabado en sus venas. Era bruja, sí, pero su magia era tan salvaje como la tierra misma, y ni siquiera las bestias más hambrientas del bosque se atrevían a desafiar la cólera oculta tras sus delicados labios.

Esta noche, sin embargo, sus pasos no la llevaban en busca de hongos raros o esencias para pociones. Esta noche había sido llamada. Una orden la atraía, le quemaba a través de la Marca que llevaba en el antebrazo, cicatriz brillante y casi invisible, hecha por fuego y juramentos rotos. Quien la había marcado regresaba cada luna carmesí, cuando el mundo se teñía de rojo y las reglas entre los mortales se disolvían.

La nostalgia era otro tipo de magia, pensó Lira, mientras el claro al que se dirigía asomaba entre los árboles. Y nada era tan poderoso como un vínculo sellado con deseo.

Él la esperaba en el centro del claro, la piel dorada y reluciente bajo el influjo del extraño resplandor que caía del cielo. Seguía alto, indómito, apenas vestido con pieles de lobo cosidas toscamente para cubrir su desnudez con una oscura gracia. Khael, el maldito, el consorte prohibido de la bruja errante. Lira lo sintió antes de verlo, igual que el primer día: la sutil vibración en el aire, el aroma a tierra mojada y hojas quemadas. Sus ojos dorados, ahora brillaban como carbones candentes.

"Has venido", murmuró él. Su voz era pura hambre, un gruñido casi ronroneante. Lira sintió la calidez en su bajo vientre, ese fuego conocido que solo él sabía avivar.

"El juramento me obliga", respondió ella, la barbilla en alto. Le temblaba la voz, no por miedo, sino por la anticipación. Recordaba cada encuentro, cada promesa, cada desgarradora separación hasta la luna siguiente. Él tenía el poder de convocarla, sí, pero ella era libre de marcharse al alba. O eso se decía.

Khael dio un paso hacia ella, la fuerza de su cuerpo contenida en ese movimiento elegante. Su mano enorme la rodeó por la cintura y la atrajo con lentitud, como si ambos temieran que el hechizo que los ataba finalmente se rompiera.

"Hay algo diferente esta vez", murmuró él, olfateando su cuello expuesto. Este acto, tan animal, tan profundamente íntimo, arrancó de Lira un suspiro suave. "No solo estás aquí por el juramento. Algo te pesa."

"No lo digas", suplicó Lira, retrocediendo apenas, pero su propia voluntad era tenue. Había razones, deseos no confesados, miedos sellados en lo profundo de su pecho. Y aun así, cada luna carmesí encontraba respuesta en su cuerpo, en la manera en que él la tocaba como si pudiera leer sus secretos en la piel desnuda.

"¿Me temes, Lira?" preguntó él, y sus dedos encontraron la Marca en su antebrazo, recorriéndola con la ternura de un amante y el poder de un captor. Un destello azul respondió al contacto, y la memoria de su primer beso los envolvió: lluvia, sangre y un grito de placer bajo el gran roble.

"No", susurró ella, y la verdad de la palabra se le clavó en los huesos. "Me temo a mí misma. A cómo me pierdo cuando estoy contigo."

La confesión quedó suspendida entre ellos, tan espesa como la niebla. Khael la abrazó con posesión, los labios rozando la línea de su mandíbula.

"Déjate llevar", ordenó, y Lira obedeció sin reservas.

La siguiente hora fue un estallido de sensaciones: el roce de su barba en su nuca, las manos expertas que despojaban tela y dejaban marcas, los suspiros y gemidos ahogados en el lecho de musgo. Se fundieron en el placer de los amantes condenados a reencontrarse siempre al borde de la despedida. Cada movimiento era río y fuego, cada beso era un conjuro pronunciado con los dientes apretados.

Pero no era solo lujuria lo que bullía bajo la luna roja. Era promesa. Era miedo. Era amor, ese que ninguno de los dos se permitiría pronunciar.

Cuando los cuerpos quedaron agotados y la noche se espesó, Lira sintió lágrimas en la comisura de su ojo. No las detuvo—eran saladas y honestas, y Khael las besó con devoción.

"¿Por qué cada vez duele más?" preguntó ella, enterrada en el calor de su hombro.

"Porque la próxima luna está más lejos que la anterior", respondió él, en voz baja.

"No quiero marcharme. No esta vez", confesó Lira, y de pronto la vulnerabilidad no era carga sino anhelo. "¿Y si rompo el pacto? ¿Y si esta noche me quedo, Khael?"

Él se apartó apenas, la miró con la intensidad del deseo y la amargura de quien sabe que la vida de los condenados se alimenta de ciclos de presencia y ausencia. Sus manos fuertes la aferraron, incapaces de soltar.

"Si rompes el pacto, pierdes tu magia. Yo pierdo mi libertad", explicó. "El tuyo es el poder, pero el mío es la maldición. Somos gotas en la misma tormenta, y para amarnos debemos aceptar el dolor del reencuentro. Si te quedas, ambos quedamos perdidos."

"Tal vez la pérdida sea el verdadero hechizo", murmuró Lira, y besó la cicatriz vieja en el pecho de Khael, aquella que se había hecho para sellar sus destinos. En ese contacto, un suave destello azul surgió bajo sus labios.

El silencio se rompió, entonces, por un aullido lejano que heló la sangre en las venas de ambos. La jauría de los Altos volvía a cazar, y no toleraban pactos con brujos ni lobos caídos en desgracia. El tiempo se fugaba, y la luna carmesí caía más rápido de lo que ambos esperaban.

"Ven", dijo Khael, levantándose con su agilidad salvaje, "Te llevaré donde no puedan hallarte."

Pero Lira no se movió. Sus ojos, enormes y plenos de secretos, buscaron los de él. Sintió la urgencia de la huida, el rugir del peligro, pero algo había cambiado. Una certeza cálida y terrible quemaba en el centro de su pecho.

"No," repitió, esta vez firme. "Huir ya no es opción. Esta vez elijo quedarme, Khael. Lo elijo no por el pacto, ni por el deseo, ni por el miedo. Te elijo porque lo imposible solo es una palabra. Si perdiéramos todo—magia y libertad—pero nos quedáramos el uno al otro, encontraríamos otra forma de vivir."

Khael cayó de rodillas a sus pies, como si la fuerza del hechizo lo hubiera despedazado por dentro. Había lágrimas en sus ojos dorados, y las dejó caer, no por debilidad, sino por un júbilo feroz y devastador.

"Que así sea, mi bruja," murmuró, sellando la promesa con un beso feroz.

La tierra vibró bajo sus pies, y en el acto de amor absoluto, el hechizo que los ataba ardió con furia azul, consumiendo el juramento y la Marca, desvaneciendo las antiguas ataduras de poder y servidumbre. Fue agonía y júbilo a la vez, y por un momento, en medio de la ardiente intensidad, Lira pensó que moriría. Pero no murió. Vivió, por primera vez, sin el peso del juramento, sin la sombra de la luna carmesí.

Los aullidos de la jauría se acercaban, pero la pareja no huyó. Khael llevó a Lira hacia el roble antiguo, allí donde todo comenzó, y juntos desenterraron el corazón de la magia prohibida: una raíz negra que latía como un corazón. Lira la cortó y de su herida manó sangre azul. Pronunciaron palabras vetustas, una promesa de amor y pertenencia que ningún hechizo podría atrapar.

La aurora encontró a la pareja aún desnuda, acurrucada en el musgo. Khael ya no era solo lobo; su forma oscura y poderosa se suavizó, y la humanidad regresó a sus facciones. La vida mortal y libre, la pobreza terrible y la dicha sublime del despertar juntos, una y otra vez.

"¿Lo lamentas?" susurró Khael, acariciándole la mejilla mientras el sol ascendía.

Lira encontró en sus ojos la respuesta a todas sus dudas. "No hay mayor magia que la de elegir amar, todos los días", respondió ella. "Y hoy te elijo. Mañana también."

El peligro les rodeaba todavía, pero por primera vez en muchas lunas, Lira no sintió miedo. Porque el amor era una rebelión tan impía como cualquier magia. Porque la luna carmesí los vería danzar como libres, aunque el precio hubiese sido alto.

Y entre los susurros de la hierba mojada y los ecos de la noche, quedó sellada una eternidad llamada instante; allí donde el deseo y la magia no eran cadenas, sino alas.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.