Portada del relato A la luz de las sombras
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Fragmento:


—No tienes derecho —escupe ella, la voz temblándole, pero fuerte.

Duración: 09:33

A la luz de las sombras
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Texto de ajuste de pausa.

Es profunda la noche en los dominios de Évyth, más allá del velo que separa los reinos de la magia y de la carne. Una brisa fría, surcada de ceniza de los olmos quemados en la última purga, recorre los parapetos del castillo de Kallir. Allá, en el solitario torreón donde los tapices han sido devorados por siglos de rabia y duelo, camina sólo la nueva señora de los Urthalion.

El rumor de la tormenta, con esa electricidad en el aire que siempre precede a las tragedias, no es suficiente para inquietar el corazón de Maelis. Lo que la devora es, en verdad, más insidioso: el recuerdo de Dyrenn, su amante y albacea caída en desgracia. Fuera por la traición o por el destino, él había sido desterrado, su memoria sumida en el silencio de la vergüenza. Y sin embargo, persistía en los mármoles desgastados la huella de sus dedos, el aroma al vino rojo de sus besos, y—cómo negarlo—el filo de su abandono.

Ahora, sola en su torre, Maelis observa el lago de cristal extendido a los pies del castillo. El reflejo dormita, enturbiado por las últimas llamas del ocaso. La brisa le arranca un suspiro tan leve que no parece de este mundo. Con la muerte reciente de su padre, el antiguo señor Urthalion, todo su linaje está en sus manos, y entre todos los gélidos deberes del poder, ninguno es tan doloroso como la ruina de aquel amor.

Un suave golpe resuena en los postigos, rompiendo el embrujo de su vigilia. Maelis, sin atreverse a esperar nada más que un criado, baja la escalera de caracol, la melena cobriza flotando en su propia marea. Es el toque insistente de quien no teme.

Abre.

Y allí está.

El alborotado cabello negro, los ojos dorados, una cicatriz reciente partiendo la comisura de sus labios. Dyrenn se recorta contra la tormenta, el manto empapado pegado a la armadura, el peligro rodeándole igual que las antiguas leyendas.

—He venido a reclamar lo que juré, Maelis —murmura sin ceremonias.

Durante un instante sus pulmones se niegan a funcionar. ¿Sabe él cuánto ha dolido? ¿Sabe que su ausencia ha sido como una daga oxidada, hurgando en carne ya corrompida?

—No tienes derecho —escupe ella, la voz temblándole, pero fuerte.

Dyrenn sonríe, pálido. —¿Derecho? No vine a mendigar, sino a advertirte. Hay un conjuro sobre estas piedras. Alguien lo ha traído del otro lado. Debemos hablar.

El hall del torreón se ilumina, súbitamente, por un relámpago que lucha en vano contra la oscuridad. Maelis no nota el frío del piso bajo sus pies descalzos, sólo el extraño compás de su propio pulso. No has venido por advertencia... te has arriesgado por mí.

—Eres atrevido viniendo aquí. —Los recuerdos se cruzan: la última vez que se vieron, en los establos, los dos jadeando detrás de las puertas cerradas, la discusión, la lluvia, el beso robado, tan voraz que dolió en los labios y en el alma, antes de que él la dejara atrás. Después, el exilio. La grieta nunca sellada.

—La vida me enseñó que, cuando algo importa, se arriesga todo —responde Dyrenn. Su voz es un eco grave, conocido, que aún logra vibrar dentro de ella.

Miran, por un momento, las manos propias, los dedos crispados por recuerdos que todavía queman.

—No necesitas salvarme —dice ella, fingiendo la fortaleza que es sólo hojarasca seca. —Ya no somos los de antes, Dyrenn. No después de lo que hiciste.

Él da un solo paso, con la asimetría resignada de quien carga heridas famosas. —Nunca he venido a salvarte, Maelis. Quería ser digno de ti, y fallé. Pero el peligro es real. Hay criaturas royendo las raíces del castillo; los brujos de los Valles Negros, aliados con los Darnhaem.

La voz de Dyrenn la rodea; a su pesar, Maelis siente el tirón de una historia nunca terminada. Pero la traición pesa más.

—También fueron los Darnhaem quienes te compraron. Lo supe después. La carta con tu sello, la tinta roja.

Un destello de furia se dibuja en los ojos de Dyrenn. —¿Eso creíste?

—¿Qué otra opción tenía?

Sin pedir permiso, él se acerca, tan cerca que el calor que irradia se cuela bajo su piel. Maelis tiembla, luchando contra la tentación de apartarse, de ceder... Porque conoce de memoria ese rostro; conoce la grieta de la ceja, la sombra de la barba, la manera en que los labios se aprietan cuando teme perder el control.

La pausa entre ambos se alarga como una cuerda a punto de romperse.

En el zarandeo de emociones, Dyrenn alza la mano. Sus dedos rozan apenas la mejilla de Maelis. Es un toque implorante, nada del conquistador de antes; no es la caricia del hombre que viene a tomar, sino del que desea volver a pertenecer.

Ella podría rechazarlo. La decisión cuelga, abierta, en esa noche saturada de viejos relámpagos.

En cambio, sus labios se rozan con un temblor que es más súplica que pasión, un beso robado al abismo de todo lo que han perdido. Por un instante, el mundo vacila.

Pero Maelis se aparta, tan violenta como el trueno que estalla afuera.

—No lo hagas —dice, dolorida. —No vuelvas a robarme partes de mí para seguir adelante.

Él respira hondo, apoyando la frente en la de ella. —Nunca pretendí tomar, Maelis. Sólo quiero devolverte lo que perdimos. O... al menos, tú podrías escucharme. No fui un traidor.

El silencio cubre el vestíbulo como una sábana de resignación. Maelis está temblando y lo odia; odia sentir que una parte de su alma aún late por él. Pero también odia ignorar la verdad de su historia.

—Habla, entonces. —Da la espalda y camina hacia la sala abovedada, donde el rumor del lago amortigua los gritos del pasado.

Dyrenn la sigue. Afuera, la tormenta arrecia.

Cuando llegan a la penumbra del salón, Maelis se sienta en el trono paterno, con una dignidad que es sólo un escudo. Dyrenn se para frente a ella, no como el héroe que fue, sino como el hombre que ha perdido todo.

—La carta que recibiste... —Empieza despacio—. Fue escrita bajo coacción. Los Darnhaem tenían a mi hermana. Si no me marchaba, si no sellaba los papeles, la sacrificaban. No podía apostar por el trono, Maelis. Ni por el amor. Era escoger entre ustedes dos.

Ella siente que el aire ha espeso hasta el dolor. Está débilmente encendida la luz de la comprensión, pero le cuesta mirarlo sin ver traición, incluso sabiendo ahora la verdad.

—Deberías habérmelo contado.

—¿Para qué? —La voz de Dyrenn es apenas un murmullo—. Habría condenado a los dos.

Hace amago de agacharse frente a ella, y Maelis, incapaz de mantener la compostura, toma la jarra de vino que su padre solía reservar para las noches de tormenta. Sirve una copa sólo para él y otra para sí, y la sostiene entre ambas palmas. A la luz temblorosa, sus anillos brillan con el peso de generaciones.

—No sé si puedo perdonarte —admite, la respiración entrecortada—. Ni siquiera sé si podré confiar otra vez.

Dyrenn toma la copa y la deja, intacta, sobre la mesa baja.

—No te pido eso. Sólo te pido que luches a mi lado. Esta noche, los brujos han cruzado el lago para reclamar Kallir. Quieren lo mismo que los Darnhaem: romper el pacto de los Urthalion y sumir a todos en la sombra.

El nombre de su linaje vibra en el aire. Maelis se incorpora, la espalda recta, el cabello danzando como una llama domesticada.

—¿Cómo sé que no me usas para tus planes?

Dyrenn la mira, los labios curvados en una sonrisa triste. —Porque no hay plan que exista sin tu latido, Maelis. Si no confías en mí, entonces es mejor que caigamos juntos.

La determinación brota en los labios de ella. —Buscaré al Guardián del lago. Respondamos como Urthalion.

Por fin, la alianza sellada por el dolor, ambos bajan la escalera y cruzan el portón, el sonido de sus pasos reverberando en el mármol. Juntos, llegan ante el lago, donde las sombras de los brujos empiezan a enroscarse como hiedra oscura.

El Guardián, un ente viejo como las primeras aguas, emerge sobre la transparente superficie, todo tentáculos de niebla y ojos de relámpago.

—Urthalion y exiliado —murmura la criatura—. ¿Traen discordia, o reencuentro?

Maelis se arrodilla, Dyrenn apoya una mano sobre el hombro de ella.

—Traemos pacto —dice Maelis, con la voz trémula pero férrea—. Y dolor. Y la promesa de enfrentar juntos la tormenta.

El Guardián inclina la gran cabeza, y el lago vibra en ondas de magia.

—Entonces, la grieta debe cerrarse.

Les obliga a entretejer sangre de ambos en el agua sagrada. La piel de Maelis y Dyrenn se rasga levemente bajo el colmillo del Guardián; la sangre cae, y apenas rozan sus dedos—apenas—como si temieran el contacto y lo desearan a la vez.

Las sombras se disipan un poco, aunque no por completo. La amenaza no termina, pero algo profundo gruñe en el corazón de la magia: la promesa de que donde hubo una vez amor, puede nacer perdón.

Cuando regresan al castillo, exhaustos, bañados por la luz pálida del amanecer que lucha tras la tormenta, la distancia entre ambos aún existe. No hay certezas, ni garantías de regreso.

Pero mientras Maelis se recuesta en los restos de la sala y Dyrenn observa a su lado, hay, quizás, el destello frágil de una esperanza.

—¿Piensas irte con la primera luz? —pregunta ella, sin mirarlo.

—Sólo si tú no me pides quedarme, Maelis.

Y el antiguo juego crepita entre ambos, como el fuego de aquel primer beso robado.

Ella no responde con palabras. Le ofrece la mano.

Y Dyrenn la toma, sin miedo esta vez, decidido a no volver a perderse. Aunque la sombra de lo roto se cierna sobre ellos, la luz, sin embargo, nunca fue tan pura como en las ruinas de lo más amado.

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