Fragmento:
Su corazón latía, no tanto por el temor al peligro como por la necesidad de descubrir aquello que los aldeanos no se atrevían siquiera a nombrar. Desde niña, ella había sentido el llamado: voces en la brisa, destellos entre las hojas, un arrullo seductor al caer la tarde. Ahora, sus pasos resonaban en la hojarasca húmeda, quebrando el silencio ancestral.
Duración: 08:58
El viento soplaba con furia entre los árboles milenarios del bosque de Veale, trazando caminos invisibles en la corteza musgosa y acariciando los mil secretos que la noche guardaba celosa. Había ocurrido ya el equinoccio, y la oscuridad, como un amante impaciente, ocupaba el reino de los hombres con dedos largos y nostálgicos. Fue entonces, bajo un cielo turbio sin luna ni estrellas, que Celine desvaneció los límites entre razón y misterio, adentrándose sola en la espesura prohibida.
Su corazón latía, no tanto por el temor al peligro como por la necesidad de descubrir aquello que los aldeanos no se atrevían siquiera a nombrar. Desde niña, ella había sentido el llamado: voces en la brisa, destellos entre las hojas, un arrullo seductor al caer la tarde. Ahora, sus pasos resonaban en la hojarasca húmeda, quebrando el silencio ancestral.
—No regreses hasta el alba —le había pedido su madre, los ojos plenos de preocupación y de un amor que rozaba la resignación—. Pero si debes ir, lleva esto —y le ofreció un colgante de plata, antiguo, coronado por una piedra rojiza—. No sabría protegerte de lo que hay allí, pero recuerda que la sangre de nuestra casa siempre ha sido amiga de la tierra.
Celine aceptó el colgante y la advertencia, pero desoyó el miedo; la curiosidad era su condena y su bendición. Interna y sigilosa, descendió hasta el lago Carmesí, donde el agua reflejaba únicamente la negrura del cielo y las hileras de sauces que parecían vigías eternos. Se preguntó, mientras temblaba en la humedad que penetraba su vestido, si la leyenda era real.
Decían que en ese lago habitaba un espíritu, príncipe de los desterrados, cuyo castigo era habitar los umbrales entre el mundo mortal y el de las sombras, atado a una promesa incumplida. A cambio de un beso, ofrecía deseos; a cambio de amor verdadero, la muerte o la salvación. Nunca nadie regresaba igual de aquel encuentro.
Y, aun así, Celine sentía el mismo anhelo que ese ser debía lidiar: una sed imposible de apagar, la esperanza de romper una soledad milenaria.
Al llegar al borde, se arrodilló y hundió las manos en el agua helada para hallar, más allá de la superficie, alguna señal. La luna, súbitamente, emergió de un velo de nubes y esparció su luz pálida sobre el espejo líquido. Fue allí cuando su reflejo se duplicó: a su lado, la silueta de un hombre se materializaba como si la niebla le otorgara un cuerpo y la memoria, un rostro.
Sus cabellos eran largos, densos, de un negro tan denso que absorbía el resplandor. Los ojos, sin embargo, brillaban con lágrimas de esmeralda. Vestía ropajes de otro tiempo, roídos pero dignos, y cada pliegue guardaba promesas perdidas y sueños marchitos.
—Has venido, como todos los de tu linaje, aunque nunca temí el día en que lo harías tú, Celine —musitó, su voz grave, como el rumor de una tormenta lejana.
El corazón de ella se apretó, golpeado por el reconocimiento. Como si, a través de los siglos, esos ojos la hubieran estado buscando.
—¿Quién eres? —preguntó, apenas un susurro.
El espectro dejó escapar una sonrisa amarga.
—Fui Ewan de Vellaris, príncipe y custodio de estas tierras, antes de que la maldición cayera. Fui condenado por el deseo y la traición; condenado también a esperar a la hija de la sangre, aquella que podría ofrecerme redención… o condena eterna —se inclinó, inclinando la cabeza sobre su mancha de sombra—. Y esa eres tú.
La historia, demasiado viva y tangible, corroía la frontera entre la cordura de Celine y el peligro del hechizo. La brisa jugó con su cabello y, por un instante, sintió que su sangre vibraba como si una segunda vida recorriese sus venas.
—¿Por qué yo? ¿Por qué mi sangre?
—Por amor —suspiró Ewan, y las ramas susurraron también la palabra—. Por el amor que alguna vez arrebaté de los brazos de una antepasada tuya. El precio de la traición fue renunciar al mundo, al calor, al gozo de la carne… y esperar siglos mi penitencia. Ahora solo una hija de ese linaje puede elegir: entregarme su alma, o rehacer mi condena. El deseo no ha perdido su filo tras tantas noches.
Celine sintió que todo el bosque la miraba. El poder de ese amor trágico la envolvía, llevándola a recordar sueños y temores que nunca había tenido. Se levantó, sus pies firmes en la orilla, y permitió que el colgante brillara en la penumbra. Una chispa pareció despertar en los ojos de Ewan.
—Muestra tu verdad, espíritu.
Con solemnidad, Ewan extendió la mano y tocó la piedra del colgante. Instantáneamente, Celine fue transportada —o al menos, su mente lo fue— al pasado. Imágenes se desplegaron: un baile bajo antorchas, un jardín de flores carmesíes, besos robados y gemidos ahogados por la amenaza del mundo. Sintió en su pecho la pasión de una joven —su antepasada— y la desesperación de Ewan. Vio la traición: la doncella llevó a otros a los bosques, entregó a Ewan a los cazadores de sombras y lo condenó.
La visión se desgarró, volviendo de golpe a la orilla. Celine gimió, arrojando lágrimas rojas, idénticas a la piedra del colgante.
—Y tú, ¿me condenas o me salvas? —preguntó Ewan, hincándose ante ella como un penitente.
En ese momento, el deseo emergió entre ellos como una fuerza ancestral, despojada de moralidad o razón. Celine se arrojó al lago, sintiendo que cada gota de agua era una caricia, no helada sino abrasadora. Ewan la recibió, y el contacto fue cataclismo. Su boca la buscó, primero tímida, como si temiera despertar otros fantasmas, pero la avidez creció, invadiendo hasta la médula.
Bajo la luna renovada, el lago se volvió escenario de una unión prohibida. Sus cuerpos, ahora ambos reales y tangibles por la magia del momento, se enlazaron en un abrazo frenético y dulce. Ewan era fuerza y ternura; Celine, furia y anhelo. Era un rito y una batalla, huidizo y eterno. El agua los cubría pero no los apagaba; la noche era cómplice, no testigo. Cada gemido era un rezo a la redención, unas veces de placer y otras de dolor, mientras la marca de la maldición ardía entre ellos.
Después, exhaustos, Celine se postró sobre el pecho de Ewan, sintiendo cómo su latido —ausente hacía tanto— despertaba, como un tambor lejanísimo.
—¿Es esto el fin de tu condena? —preguntó, temiendo la respuesta.
—Depende —musitó él—. Si te marchas antes del alba, quedo solo, relegado por siglos más. Si elijas quedarte, perderé mi esencia y seré mortal, pero entonces… amar será dolor y dulzura verdadera.
La amenaza del alba era tangible, visible en el temblor de las hojas y el rubor del horizonte. Celine sintió el peso de la elección. ¿Qué era más valioso: una eternidad con el recuerdo del amante imaginado, o una vida breve y mortal a su lado, enfrentando las miserias y goces del mundo real?
La pasión había dejado su marca en ella. Ya no era la muchacha ingenua de la aldea, sino una mujer hecha y deshecha por el deseo.
“Tienes hasta el primer canto del gallo”, susurró Ewan, sus dedos enredados en el cabello de Celine.
El primer rayo de luz asomó en el cielo. El bosque entero parecía contener el aliento. Los sauces llorones se inclinaron, presagiando un destino irrevocable.
Celine besó a Ewan con ternura feroz. Tomó el colgante y se lo ató al cuello de él.
—Escoge por mí, pues el amor nos encadenó y también debe liberarnos.
El lago se agitó, las aguas susurraron mil promesas. El último instante se estiró hasta el infinito, mientras los cuerpos, aún unidos, se fundían en la claridad trémula del amanecer.
Y entonces, Ewan decidió: selló el beso y eligió la mortalidad, aceptando la finitud como única vía para el amor verdadero. El grito del gallo rompió la magia; el bosque exhaló su penúltimo suspiro.
Celine y Ewan emergieron de las aguas, exhaustos, vulnerables y bañados en luz. Sus pieles, antes separadas por siglos de oscuridad, respiraron juntas, ardientes en la promesa de una vida compartida, donde el amor, con sus garras y sus alas, fuese redención y condena al mismo tiempo.
El bosque, testigo y verdugo, guardó silencio. El rumor del agua se convirtió en música lejana, y la pareja caminó, desnuda y triunfante, hacia lo desconocido de la mañana, allí donde la esperanza y el deseo, finalmente, podían entrelazarse sin miedo ni arrepentimiento.
Y así, bajo la temblorosa luz del nuevo día, Celine y Ewan iniciaron su propio mito: no como fantasmas ni dioses, no como víctimas de caprichos antiguos, sino como humanos marcados por el amor, caminando hacia la eternidad de lo efímero. Con cada amanecer, el lago Carmesí recordaría su historia; con cada crepúsculo, sus silencios serían sólo para quienes, alguna vez, se atrevieron a amar en el umbral entre la noche y el día.
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