Portada del relato Ecos de jade y ceniza
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Fragmento:


Ashan la contempló con una mezcla de asombro y pesar.

Duración: 07:20

Ecos de jade y ceniza
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando la tormenta arrasó la llanura de Verth, solo quedaron esquirlas de hielo sobre el pasto y la silueta de la posada de Lórien, una posada que de tan rústica parecía perpetuamente moldeada por las manos del viento. Los viajeros solían esquivarla, temerosos del bosque adyacente del que se decían surgían criaturas de sueños no soñados aún.

Pero esa noche, cuando la luna nueva se ocultaba bajo un velo de nubes grises, los jarros de cerveza tintineaban sin parar, y en una mesa apartada de la sala principal estaba Ashan. No se le podía calificar aún de héroe ni de forastero: tenía la piel bronceada por soles ajenos y los ojos cubiertos por la pátina de los que han viajado demasiado.

La rutina de sus días era simple. Tomaba su jarro de hidromiel y observaba a los parroquianos con la distancia húmeda de quien jamás terminará por entender sus palabras o sus risas. Él hablaba el idioma de los caminos: silencios, miradas, extrañas monedas en el bolsillo y una carta nunca enviada en el pecho. Su destino era una bruma que se alejaba cuanto más la perseguía.

Esa noche, cuando aún faltaba mucho para el alba, los jinetes del sur iban llegando, trayendo consigo el aroma a madera quemada y sudor, y entre ellos, llegó Vërna. No era hermosa en el modo en que las historias quieren que sean las mujeres de cuento, con bucles dorados y delicadeza de porcelana: Vërna era una tormenta, con cabellos caoba y ojos de ágata. Vestía una capa teñida de escarlata, y sus botas aún traían barro del camino. Movía los dedos como quien teje patrones invisibles en el aire, y cuando pidió vino, los hilos de su voz dejaron en Ashan un desconcierto afilado.

Vërna lo reconoció antes que él a ella. Un juego de cartas en algún puerto, la huida apresurada de una taberna en llamas, un toque casual en la manga.

Se acercó a su mesa como quien desenvaina una espada.

—Pensé que los errantes como tú no regresaban jamás —dijo, y el brillo en sus ojos sugería que ocultaba el filo bajo las palabras.

Ashan la contempló con una mezcla de asombro y pesar.

—A veces hay lugares que llaman otra vez, aunque uno no quiera.

El silencio entre ellos fue mucho más largo que cualquier saludo. La taberna era un nudo de voces y de gestos, pero en su mesa solo existía el murmullo de la lluvia y la memoria. Vërna se sentó, echando su capa sobre el respaldo, y ambos fingieron interesarse en los pergaminos colgados en la pared.

La conversación se fue llenando de viejos recuerdos: robos en mercados perdidos, huidas a caballo bajo linternas extinguidas, la risa de un niño en una ciudad donde ambos eran apenas sombras. Pero eran los años pasados y las heridas no confesadas lo que palpitaba entre ambos, una electricidad hecha de deseo y arrepentimiento.

Ashan se animó a preguntar algo que el licor hizo más fácil:

—¿Sigues creyendo en hadas, en dragones?

Vërna sonrió de medio lado.

—Ya no. Ahora solo creo en lo que puedo tocar… y perder.

Ese filo dolía en el aire, pero a Ashan nunca le temblaron los dedos para tomar lo que no debía, así que, con una osadía que era más tristeza que valentía, rozó la mano de Vërna.

Las horas se estiraron, acurrucados en una burbuja donde el tiempo ya no servía de nada. Ella le contó de ciudades tomadas por la peste, de la promesa de un duque corrupto, de la hermana a la que no volvería a ver. Él le habló del mar de jade y de las criaturas que vio más allá de las islas prohibidas, de la búsqueda absurda de una luz que se disipaba siempre ante sus ojos.

Cerca del alba el bullicio de la ciudad se extinguía bajo los primeros rumores de una nueva tormenta. Vërna fijó su mirada en la ventana cubierta de escarcha.

—No hay mapas —susurró—, ningún mago que te diga cuándo has llegado a casa.

La posada se había vaciado. Solo quedaban dos músicos, uno dormitando sobre laúd, el otro apurando tragos a la espera de que nadie lo echara. Los caminos, pensaba Ashan, eran como venas abiertas. Nos llevan, nos devuelven, jamás cicatrizan del todo.

Vërna giró su rostro hacia él, la luz incierta pintándole surcos en la piel.

—Esta noche, —dijo—, si es la única que tenemos, no me hables del mañana.

La habitación que alquilaron parecía tan provisional como los sentimientos que los llevaban a ella: sábanas ásperas, un ventanuco cubierto de musgo, una silla tan mutilada por el uso que apenas sostenía la ropa. Se dejaron caer uno sobre el otro con la avidez sumisa de quienes saben que la nostalgia vendrá como un azote.

No fue pasión arrolladora, ni amor que consume el alma, sino un fuego de paso, tibio, preciso, dejando en la piel no solo el temblor del deseo sino también la certeza amarga de lo efímero. Ashan sentía los labios de Vërna en la clavícula y la recordaba de otras noches, de otros nombres, como si sus caminos se hubiesen tocado en mil vidas menores.

Después, con la madrugada derramándose como pintura sobre las vigas, reposaron juntos, casi agotados por la sencilla tarea de haber sido, apenas por unas horas, menos extranjeros para el mundo y para sí mismos.

—¿Dónde irás después? —preguntó Vërna, su voz opaca en la penumbra.

Ashan buscó los ojos de ella, pero no encontró respuesta en ellos.

—Donde no haya recuerdos —dijo al fin, y supo que mentía.

Vërna acomodó la cabeza en su pecho y durante un instante, sus sueños mezclaron los de él: dragones sin nombre, ciudades de cristal, una hija que corre en la arena, llamando a quien nunca llega. La red de una vida que no vivirán juntos, la posibilidad de un futuro que solo existe para quienes pueden quedarse.

Pero la historia de Ashan y Vërna no estaba hecha de futuros, sino, como tantas historias tejidas en la fragua del viaje, del instante suspendido antes de que algo se quiebre o se pierda.

Cerca del mediodía, cuando el aroma de pan recién hecho inundaba la posada, Ashan fue el primero en vestirse.

—¿Volverás a buscarme alguna noche? —preguntó Vërna, su voz vibrando en el aire con la fragilidad de la porcelana.

Ashan dudó. No porque no quisiera, sino porque el amor de los errantes no es nunca regreso, sino promesa incumplida.

—Nada en este mundo es imposible —la última caricia, un eco de esperanza, una disculpa hecha de silencio.

Bajó las escaleras y no volvió la vista atrás. La posada parecía, a esa hora, más un refugio para fantasmas que para vivos. En la mesa donde estuvieron la noche anterior solo quedaba una rosa de cristal, olvidada por algún viajero anterior. Ashan la tomó y supo, en su corazón de exiliado, que esa era la naturaleza de las historias como la suya: bellas de noche, frágiles al alba y, sobre todo, imposibles de conservar bajo la luz.

Cruzó el umbral, embistiendo el frío y el barro de un mundo al que nunca acaba de pertenecer.

Vërna, ya sola, observaba desde la ventana, la piel erizada no solo por el viento, sino por la maraña de emociones que la anudaba por dentro. Quizás Ashan volvería una noche o tal vez no. Pero en el lugar donde una vez sus cuerpos se buscaron a ciegas, seguiría palpando el perfume de un amor que, como la bruma de los errantes, solo podía existir mientras nadie intentara retenerlo.

La posada siguió albergando historias: jinetes, corazones partidos, promesas hechas y rotas. Y en cada esquina susurró desde entonces la misma leyenda: que en noches de tormenta, si el relámpago ilumina la ventana, aún pueden verse dos sombras entrelazadas, besándose apenas un latido antes de separarse para siempre.

Y así, la vida emprendió su curso, y ni Ashan ni Vërna buscaron consuelo, porque sabían, en ese saber que solo poseen los que han amado y huido, que la eternidad no está hecha de promesas, sino de instantes. De rosas de cristal que no sobreviven al primer sol. De un amor pasajero escrito en la vigilia, y que nunca será olvidado en la memoria húmeda de Verth.

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