Portada del relato Susurros en la Medianoche
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Fragmento:


Ella dejó la pluma en la acanaladura de la hoja. El sonido del carruaje volviendo por el empedrado la hizo sobresaltarse; el tiempo se había colado entre sus dedos distraídamente. Guardó la carta en un sobre lacrado, estiró la mano con determinación y extrajo, de la caja de madera junto a los tomos arcanos de su madre, el laurel seco que atesoraba desde que era niña.

Duración: 08:24

Susurros en la Medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

Había una persistente fragancia a lavanda y cera derretida flotando en la buhardilla de la Casa Ashwood. Las ventanas, altas y arqueadas, dejaban entrar la luz temblorosa de la luna, que lanzaba reflejos plateados sobre la alfombra gastada y el ídolo de bronce en la repisa: la diosa Vesta, protectora de secretos y fuegos sagrados. Sobre la mesa, la caligrafía nerviosa de Cassia apenas podía vislumbrarse bajo el temblor de la vela.

Querido Ethan,

Escribo estas palabras convencida de que jamás cruzarán las fronteras del tiempo ni despertarán ecos en tu pecho. Es absurdo, lo sé. Pero si algún día lees esto, si en el mundo que compartimos sobreviven los milagros, te pido perdón. En nuestra ciudad de brujería y poder, el amor tiene leyes crueles. A medianoche, he sellado un destino que sólo el corazón entiende.

Ella dejó la pluma en la acanaladura de la hoja. El sonido del carruaje volviendo por el empedrado la hizo sobresaltarse; el tiempo se había colado entre sus dedos distraídamente. Guardó la carta en un sobre lacrado, estiró la mano con determinación y extrajo, de la caja de madera junto a los tomos arcanos de su madre, el laurel seco que atesoraba desde que era niña.

Una semana antes, durante la Vigilia de Beltane, Ethan le había ofrecido aquel laurel. No era un galantería cualquiera: en Ashwood, el laurel designaba el lazo fiel entre entes afines, uno que solo podía romperse bajo pena de exilio espiritual. Él también lo sabía. Pero esa noche, bajo las raíces retorcidas del roble en la plaza, nada había importado excepto el roce de los dedos y la promesa susurrada.

"¿Salvarías el mundo por mí, Cassia?," preguntó él, el rostro manchado con polvos de luna y el pelo desordenado por el viento de las colinas.

Ella le había sostenido la mirada, firme como pocas veces. "No. Pero sí cruzaría cualquier condena a tu lado."

Ahora los hilos de la profecía suspiraban y crujían más fuerte que nunca. Las cartas del Oráculo, reveladas esa misma mañana, hablaban de una traición, de un corazón roto, de un regalo envenenado y una luna roja. La maga mayor había advertido: "Donde hay fuego, arde la verdad. Donde hay carta, un alma tiembla. Y en el regalo, se sellan futuros." Cassia sentía su propio pulso como un tambor de guerra bajo la piel.

Del otro lado de la ciudad, bajo la sombra de las torres góticas, Ethan caminaba en círculos por su estudio iluminado sólo por el reflejo oscilante del portal. Hacía días que no dormía. Los cristales de su ventana sudaban con la humedad espesa del verano, presagio claro de un conjuro por venir. En su mano tenía un envoltorio pequeño, atado con cordón negro: un relicario tallado con el árbol mítico de Ashwood, su regalo más preciado y, pensaba, su salvación.

Su carta para Cassia era tan diferente de lo que hubiera querido escribirle.

Cassia,

No sé si estas palabras llegarán a ti, porque ni mis artes ni mis rezos han podido tocar tu corazón últimamente. Siento la distancia, la amenaza en los susurros de quienes buscan quebrar nuestro vínculo. Si tienes miedo, confía en esto: el laurel es testigo de mi promesa. Ni el oro ni la gloria podrán jamás comprar mi alma, que ya no me pertenece, porque es tuya, mientras exista la Casa Ashwood y más allá.

Ethan

Ethan encontraba consuelo solo en los rituales de la tradición: escribir cartas selladas, intercambiar regalos con la esperanza de atar el destino de los amantes para siempre. Ashwood era un lugar de hechizos, pero también de recelos milenarios. Algo oscuro refulgía en las esquinas estos días: una magia diferente, anhelante de caos.

Fue en esa atmósfera tensa que Cassia bajó por la escalera de madera esa misma noche, la carta temblando como un segundo corazón en su mano. Tenía la certeza atroz de que habría un precio, pero el amor transforma incluso la desesperación en coraje.

En el gran vestíbulo, la familia de Cassia celebraba el banquete de Soulsday. El aroma a cordero, bayas y vino caliente apenas tapaba la inquietud subyacente. Sonrisas forzadas. Bromas que caían planas. Los ojos de los padres –magos, juramentados por siglos– seguían a Cassia cuando ella cruzó el salón en dirección a la puerta de la casa. Si la detenían, si le robaban la carta o el laurel, todo estaría perdido.

Solo la bruja vieja, Mara, le dedicó una mirada de entendimiento: "No hay futuro sin sacrificios, chica." Como siempre, sus palabras caían como piedras en un río: inevitables, antiguas y calientes.

En el umbral, un chillido de lechuza presagió la llegada de Ethan. Él esperaba junto al pozo, cubierto por la capa ribeteada con runas blancas, las mismas que Cassia había bordado para él el verano anterior. Le miró –tensa, hermosa en la luz lunar, luciendo una determinación que él jamás le había conocido– y supo que lo que ocurriría esa noche iba a cambiarlo todo.

"No tenemos mucho tiempo," murmuró Cassia, entregándole la carta y el laurel. "Prométeme que lo leerás solo cuando la luna se apague."

Ethan entrelazó sus dedos con los de ella, jugando con el laurel seco que ahora ardía en su tacto como si estuviera vivo. Nada podría haberlos protegido de lo que venía después, sin embargo, el simple hecho de estar juntos bajo las estrellas hacía que todo peligro fuera soportable.

Sólo un segundo después, una ráfaga de magia oscura barrió el claro. Un círculo de fuego surgió a su alrededor. El Gran Consejo, los vigilantes del Equilibrio, se materializó como una visión condenatoria. En filas perfectas, la mirada severa de los magos mayores cayó sobre los dos amantes, y la voz de la más anciana cortó la noche como un relámpago.

"Cassia Ashwood y Ethan Vale, habéis desafiado el mandato. Habéis intentado fusionar dos linajes enemigos, sellando vuestro destino más allá del permiso del consejo. La recompensa es exilio. O el anillo de promesa, imborrable y condenatorio."

Cassia miró a Ethan, la carta aún intacta en su mano, el laurel entre los dedos. Si aceptaban el exilio, nunca más volverían a pisar las tierras de Ashwood, perderían sus nombres, se condenarían al olvido. Si elegían el anillo, sus almas quedarían ligadas pero la magia de la familia se apagaría con ellos.

En el silencio, el laurel se derramó, hoja tras hoja, como lágrimas secas. Cassia tragó saliva, y en un susurro que solo Ethan pudo oír, preguntó:

"¿Crees en nosotros?"

"Más allá del mundo, de la magia, del destino," respondió él, y alzó el sobre sellado con la carta. "Sé tú mi anillo, mi regalo, mi condena. Elijo el amor, aunque el resto se convierta en cenizas."

Los ancianos se miraron. La magia crujió en el aire como una cuerda tensada a punto de romperse. Entonces, un suspiro colectivo: alguien, quizás la propia Vesta, intervino desde la repisa lejana. Una brisa barrió la estancia, y la llama de la vela en la buhardilla de Cassia titiló y se apagó.

La anciana del Consejo les tendió el anillo, hecho de laurel dorado y hierro forjado de siglos.

"Tomadlo si tenéis el coraje de un amor imposible. Nadie os recordará. Pero tampoco os podrán destruir ni los nombres, ni los linajes, ni los hechizos de ningún Consejo."

Cassia tomó la mano de Ethan. Colocaron juntos el anillo, y una descarga de luz atravesó la noche, sellando su voto.

El círculo desapareció, y con él, las figuras del Consejo, la casa, la ciudad. No quedó sino el claro, el pozo y la luna, ahora menguante. Ethan y Cassia, sin nombres, sin orígenes, existieron fuera del tiempo, en una magia solo suya, invulnerable a los odios antiguos.

No era exilio. No era condena. Era el regalo absoluto del amor, como una carta que, al ser leída, vuelve a sellarse con cada latido compartido. En la distancia etérea, donde la lavanda aún flotaba en el aire y la diosa Vesta vigilaba indefinidamente, dos corazones sabían que todo sacrificio, todo riesgo, todo desafío, sólo los hacía más reales.

Muchos años después, cuando los cuentos de la ciudad eran apenas ecos apagados y la Casa Ashwood no era más que una ruina cubierta de musgo y leyendas, se siguió contando la historia del laurel y la carta. Y los amantes, invisibles en todos los tiempos, susurraban a los que se atrevieran a escuchar:

"Toda promesa escrita en la noche trae su propia magia. Y todo regalo, si es dado de verdad, enlaza almas más allá de cualquier sombra o condena."

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