Portada del relato Sombras de medianoche
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Fragmento:


Desde el balcón de su estudio, Lirae observó a la multitud congregada, multitud que coreaba los nombres de los dos duelistas. No era una noche cualquiera, aunque Silvara apenas veía noches que pudieran llamarse comunes; en esta, Arion Valar, el hechicero más renombrado del Concilio, retaría abiertamente a Fayel Ghrin, la Ilusionista del Alba, recién llegada del exilio y con la reputación cosida a la piel como escamas de dragón.

Duración: 09:00

Sombras de medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando el sol caía detrás de la cresta negra de los Montes Uvalin, la ciudad de Silvara se arropaba con las capas plateadas del crepúsculo y las promesas de la magia. La brisa traía el sutil aroma de jacinto y sangre, y en la vieja plaza del mercado, magistralmente iluminada por faroles flotantes, un duelo comenzaba. No con espadas, sino con miradas. No con conjuros, sino con una tensión que prometía arder.

Desde el balcón de su estudio, Lirae observó a la multitud congregada, multitud que coreaba los nombres de los dos duelistas. No era una noche cualquiera, aunque Silvara apenas veía noches que pudieran llamarse comunes; en esta, Arion Valar, el hechicero más renombrado del Concilio, retaría abiertamente a Fayel Ghrin, la Ilusionista del Alba, recién llegada del exilio y con la reputación cosida a la piel como escamas de dragón.

Para Lirae, ambas figuras no eran simples leyendas. Llevaba años escribiendo sobre sus proezas, documentando cada ruina asolada por Arion, cada festival transformado por Fayel en un tapiz de maravillas imposibles. Pero también los conocía en las sombras: esa mirada de fuego de Arion cuando se sentía desafiado, la risa de Fayel, roca suave donde se rompían los juicios. Y para su desgracia, o tal vez regocijo, ambos sabían que Lirae era mucho más que una simple cronista. No sólo alimentaban su quimérica rivalidad frente al público; jugaban a seducirse a través de la voz y la pluma de Lirae, que nunca se mostró del todo indiferente.

El farol más cercano palpitó con un leve estallido de luz azul, y Lirae supo que pronto todo comenzaría. Tomó su cuaderno —de aterciopelada portada, tatuada de runas personales— y descendió suavemente los peldaños de mármol hasta la explanada. A cada paso sentía cómo el aire se electrizaba, burlón, empujándola hacia el epicentro de la tormenta.

Fayel esperaba junto a la fuente, los cabellos reluciendo como una bandera negra bajo los faroles. Vestía una túnica púrpura, salpicada de escarlata y oro, y sus ojos, siempre briosos, ahora tenían la calma de un vendaval contenido. Arion aguardaba justo delante de la torre del reloj, el abrigo largo ondeando sobre los adoquines y la expresión hermética, como si eternamente midiera las consecuencias de cada palabra, de cada roce.

El aprendiz que ofició de maestro de ceremonias pidió silencio. El mar de rostros se congeló, anticipando el espectáculo. Lirae se colocó lo bastante cerca para oler el perfume de violetas y humo que compartían ambos duelistas.

—Ghrin —saludó Arion, con un leve reclinamiento de cabeza; la cortesía de un cuchillo antes del tajo.

—¿Valar? —respondió ella, sonrisa ladeada, translúcida de peligros.

—Las reglas —intervino el aprendiz— han sido acordadas. Un desafío de ilusiones. Quien domine la mente de su adversario, impondrá su voluntad para esta noche. Y, por tradición, la crónica será escrita por Lirae.

Ambos miraron entonces a Lirae con un brillo idéntico en los ojos. El desafío real, pensó, no era para ellos, sino para ella: decidir, algún día, o nunca, a quién pertenecería su lealtad… y su corazón.

El primer acto fue de Fayel. Alzó una mano traslúcida y el aire se agitó, proyectando sobre la plaza la imagen de una serpiente emplumada, tan vívida y colosal que los más jóvenes se apartaron aterrados. La criatura se enroscó alrededor de la torre, los ojos chisporroteando deseo y desafío. “Así me veo yo”, parecían decir, “envolviendo lo que deseo, sin miedo…”

Arion no se inmutó. Sonrió levemente, y de pronto la serpiente se transformó, bajo su propia magia, en un jardín palpitante. Las flores crecían a pasos imposibles, ascendiendo hasta inundar la noche con un perfume tan denso como un conjuro. Cada flor llevaba el rostro de Fayel, sonriendo, burlona, multiplicada hasta el infinito.

La multitud aplaudió, embelesada, presa del vaivén de poder. Pero las verdaderas llamas estaban en la mirada tensa de Fayel, cuyo pulso Lirae captó a pesar de la distancia.

Su venganza fue sutil: una ilusión de espejos flotando, cada uno mostrando una versión distinta de Arion. En uno, era un anciano doblado por el tiempo, en otro, un niño. Finalmente, uno de los espejos reflejó a Arion y a Lirae juntos, entrelazados, con las bocas apenas separadas. La multitud jadeó ante ese último retrato, especulando, cuchicheando. Lirae sintió un calor subiendo por su cuello.

Si Arion se sintió herido, no lo demostró. Alzó la voz, componiendo palabras en un idioma antiguo. Por la plaza cruzó entonces la ilusión de una lluvia de plumas doradas, cada una llevando frases escritas. Lirae atrapó una y leyó: “Si rivalidad hay, es sólo porque el deseo teme su propia fuerza”.

Era un mensaje para Fayel, pero Lirae sintió las palabras como si la acariciaran. Entre ellos, ella era la tercera pluma en la balanza.

El duelo siguió una hora más, creciendo en audacia y belleza, hasta que las ilusiones dieron paso a la extenuación y las respiraciones entrecortadas recordaron a todos que, por muy poderosos que fueran, seguían siendo humanos. Los aplausos tronaron; el aprendiz anunció empate, aunque todos sabían que no había victoria sin derrota, ni amor sin riesgo.

Al disiparse la multitud, Lirae se encontró entre ambos. Quedaron los tres solos bajo la pálida luz de los faroles, las sombras extendiéndose, abrazándolos con la intimidad que sólo la noche sabe tramar.

Arion fue el primero en hablar, lanzando su voz baja, ronca, por encima del sonido del agua de la fuente. —Debo admitirlo, Fayel, tu imaginación no ha perdido filo en el exilio.

Fayel respondió con una sonrisa afilada, pero su mirada se volvió hacia Lirae, en una súplica muda. —Él reconoce un igual cuando lo ve —murmuró, suavizando el filo de sus palabras.

Lirae, acostumbrada a interrogar pero nunca a decidir, sintió que aquella noche era diferente. Ambos esperaban algo. Ya no bastaba con escribir: querían que ella eligiera, tomara parte en su batalla de deseo y resentimiento.

—Os admiro a los dos —dijo finalmente—, no por vuestras ilusiones, sino por el coraje de mostrároslas el uno al otro. La rivalidad puede ser tan íntima como una caricia.

Arion tendió la mano, palma arriba. —¿Tanto te cuesta escoger, Lirae?

Fayel también extendió la suya, encendida por una chispa azul. —Quizá no debas escoger. No todas las historias terminan con un solo nombre.

La sugerencia flotó entre los tres, tan cargada de electricidad que Lirae se vio tentada a huir. Pero algo había cambiado: el aliento del duelo, la exposición de deseos antes velados, empujaban su voluntad. Caminó despacio, primero hacia Arion, rozando con sus dedos la mano que él ofrecía. Sintió el pulso bajo la piel, fuerte, impaciente. Luego, alargó el otro brazo hacia Fayel, percibiendo la vibración de su magia, el temblor de una risa contenida.

Los tres se miraron, sabiendo que la noche, y no las palabras, terminaría de sellar el pacto.

Se refugiaron en la torre del reloj, ese viejo e impasible testigo. Entre risas y miradas profundas, la rivalidad se tiñó de deseo crudo. Fueron desnudándose, primero de ilusiones —retirando las capas de magia—, después de ropas, hasta que la única verdad fueron los cuerpos, el temblor de sus bocas encontrándose, los pechos marcados por la respiración acelerada, los muslos empapados en sudor. Lirae se debatió entre los brazos de Fayel, luego entre los de Arion; ambos la reclamaban, ambos la dejaron reclamar.

El placer, como la rivalidad, los arrastró al límite. No hubo una sumisión absoluta, sino pactos tácitos donde el dominio se alternaba como el vaivén del océano. La boca de Fayel, cálida y astuta, descubría secretos que jamás habían sido escritos; las manos de Arion, rigurosas y hambrientas, arrancaban gemidos apenas nacidos. Entre ellos, Lirae aprendió que la pasión no es un lazo que ata, sino una línea trazada en la piel y borrada al instante, una y otra vez.

Al amanecer, exhaustos y satisfechos, se tendieron juntos sobre los cojines de plumas. El silencio era ternura y promesa. Lirae comprendió entonces que la crónica más difícil era la de un amor sin límites, de una rivalidad que era fuego pero también refugio.

—¿Y ahora qué escribirás? —susurró Fayel, su aliento recorriendo el hombro de Lirae.

—¿La historia de una elección imposible? —preguntó Arion, tocando su cintura.

Lirae sonrió, tomando el cuaderno y escribiendo la primera línea: “En la ciudad de Silvara, cuando la magia y el deseo chocan, a veces la única victoria es no elegir nunca.”

El sol ascendía, dorando las hojas de los árboles y la piel entrelazada de los tres, y en lo alto de la torre, el reloj marcaba no el paso del tiempo, sino el nacimiento de una leyenda. Una en la que ninguno ganó, pero todos ardieron hasta el alba.

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