Portada del relato Hijos del Alba y la Tormenta
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Fragmento:


—¿Otra vez aguardando? —la voz llegó suave, detrás de ella; la voz de quien lleva años aprendiendo a entrar y salir de las habitaciones sin anunciarse.

Duración: 09:26

Hijos del Alba y la Tormenta
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Texto de ajuste de pausa.

Las nubes rodaban como bestias perezosas sobre los riscos de Asheray, formando remolinos de niebla azulada que lamían las cornisas de piedra y los altos ventanales del Castillo de Yelmar. La luz del amanecer, rota como espejos antiguos, teñía las paredes frías y los suelos de mármol con manchas color ámbar. Helene avanzó por el corredor principal, el taconeo de sus botas resonando apagadamente en el aire húmedo, mientras el eco de voces le llegaba desde el Gran Salón. El festival del Solsticio siempre era así de ruidoso, pero esa mañana el bullicio parecía más lejano, como si la distancia entre ella y los demás hubiera crecido durante la noche.

La Reina aun dormía, y con ella, el corazón de Asheray palpitaba lento. Helene suspiró, llevando la mano a la bolsa de cuero donde descansaban dos cartas ya leídas hasta el hastío. Una de ellas, con el sello negro de la Orden, era un recordatorio de todo lo que no podía ser; la otra, doblada apenas en cuatro y con prisa, contenía una sola frase en la caligrafía apretada de Vaylen: “Espérame en el Jardín de Cedros cuando caiga la noche”.

Pero la noche ya había caído siete veces desde entonces, y Helene aún aguardaba. Porque los promesas, en Asheray, rara vez se cumplían.

Se apostó frente al gran ventanal y contempló las copas ondulantes de los cedros en la lejanía. Vaylen, el hechicero proscrito, el hombre que había salvado su vida y perdido el alma en el mismo gesto, hacía semanas que no era más que rumor y susurro en los pasillos: algunos decían que había huido a los Montes de Syth, otros, que la Orden lo había tomado prisionero en una celda de hierro y sueños rotos. Pero Helene sabía que él seguía cerca—o quizá era el fantasma de su esperanza el que no se alejaba.

El sonido del festival trepó por las escaleras hasta el corredor como una oleada de calor. Nadie notaba su ausencia; Helene era una sombra más en el cortejo de la Reina Lysira, una dama de compañía cuyo don particular —la clarividencia, apenas domesticada— resultaba útil mientras se mantuviera discreta. Pero su corazón, ese traidor conocedor de imposibles, palpitaba cada día más lejos del castillo y sus intrigas.

No quería bajar al festival. No podía ver, una vez más, cómo el Rey Ilian bailaba con Lysira bajo la lluvia de pétalos y cómo los ojos de la Reina se posaban, brillantes aún con la juventud renovada que susurros de magia le otorgaban cada año, en los jóvenes caballeros y no en ella, Helene, la muchacha de los ojos grises y la boca presta a callar.

Era imposible, sabía, que Lysira pudiera verla de otro modo; imposible, también, que Vaylen regresara.

Los relámpagos crujieron lejanos, anunciando que el día apenas lograría despejarse. Helene aspiró el aire salado del alba y cerró los ojos. Por un instante, todo quedó en silencio salvo por el rumor lejano de la tempestad.

—¿Otra vez aguardando? —la voz llegó suave, detrás de ella; la voz de quien lleva años aprendiendo a entrar y salir de las habitaciones sin anunciarse.

Helene giró despacio. Era Edda, la senescal de la Reina, envuelta en su capa de lana, y con la firmeza de aquellos que han visto el destino de todos los demás y el suyo propio una y otra vez.

—Nunca dejo de esperar —respondió Helene—. Aunque sé bien dónde acaba la paciencia.

Edda la observó unos segundos. Sus ojos, siempre atentos a los gestos más mínimos, parecían ahora relucir con un dejo de compasión.

—Dicen que lo vieron en el Bosque Lúgubre —comentó, bajando la voz, evitando nombrar a Vaylen—. También dicen que la Orden lo busca. Y que la Reina sueña en voz alta cada noche, repitiendo un nombre distinto al del Rey.

Helene apartó la mirada. Estas últimas palabras eran como espigas que se le clavaban bajo la piel.

—¿Te has preguntado si merece la pena esperar por él? —Edda murmuró, casi con ternura.

—No he tenido elección —se sinceró Helene—. Algunas esperas son una maldición, y uno solo puede acatarlas.

La senescal esbozó una sonrisa triste, y se retiró con la misma silente dignidad con la que había llegado. Helene volvió al ventanal. El corazón le dolía con la punzada de la inevitabilidad.

A mediodía, cuando la música y las risas se hacían insoportables, Helene bajó al invernadero. Escondido tras la arboleda de mirtos y laureles, era el único rincón del castillo donde el tiempo no parecía fluir con la cadencia malsana de los días de corte; allí podían crecer flores que nadie más miraría, y las sombras brindaban consuelo a los ojos cansados de tanto ver. Se sentó entre los helechos, extrajo la carta de Vaylen y la leyó de nuevo.

Podía cerrar los ojos y recordar el tacto de sus dedos manchados de tinta, la voz ronca llena de promesas que sabían a ceniza, el juramento que él jamás pudo sellar. Nadie le había dicho que el amor por un mago era amar a la misma imposibilidad, a la fuga perpetua, a los secretos tan grandes que quebraban la voluntad.

Y mientras releía, el susurro: “La Reina espera la adivinanza; los muros murmuran. Ve al río cuando anochezca”.

La carta parecía distinta ahora, como si las palabras hubieran absorbido la humedad y el tiempo, como si el mensaje fuera para otra mujer, en otro reino, en otro siglo.

***

La noche cayó sin que Helene la sintiera. El festival desembocó en un caos de antorchas, pasos de danza y vino derramado. El río, a las afueras de la muralla, corría con velocidad, como si intuyera el peso de los secretos que ocultaba su cauce. Helene caminó hasta el Sauce de las Lágrimas, allí donde los enamorados grababan sus nombres y las traiciones se susurraban al viento.

Al pie del árbol, recostado en sombras, estaba Vaylen.

Había envejecido en pocos días: ojeroso, delgado, con la sombra gris del miedo bajo la piel. Su túnica estaba rasgada y húmeda, sus cabellos en desorden; pero sus ojos —esos ojos de un azul imposible— la miraban como si el mundo se hubiera quedado quieto.

—No debiste venir —murmuró Vaylen.

—Lo prometiste —Helene replicó, quedamente—. Siempre vuelvo donde hay promesas.

—No tengo nada que darte —él confesó, y en su tono había una súplica, casi una lastimera petición de olvido—. La Orden me caza. Mi poder es peligro; no puedo quedarme, ni arrastrarte conmigo.

—Nunca quise nada que pudieras darme, salvo tú mismo —respondió ella, con una verdad que le dolió pronunciar.

Vaylen quiso acercarse, pero el aire entre ambos parecía una muralla invisible, tan sólida como las leyes de la magia que les separaban. Hubo un ardor repentino en los ojos de él, un deseo antiguo y feroz, pero la distancia siguió ahí.

—Helene… Si alguna vez te amé, fue al saber que no podía quedarme —susurró—. Si alguna vez amaste, fue por saber que no me quedarías.

Las lágrimas no cayeron. Estaban demasiado cansados para eso.

—¿Dónde irás? —ella se obligó a preguntar.

—A la frontera. Los exiliados se congregan en la costa sur. Allí puedo ser nadie —dijo, y la voz le tembló—. Te soñé cada noche. Pero los sueños se olvidan al alba.

Helene asintió. De algún modo, lo había sabido siempre.

—¿Es imposible, entonces?

—Siempre lo fue —admitió Vaylen.

Hubo un silencio espeso, y luego Vaylen avanzó un paso. Con indecible dulzura, rozó su frente con la de ella, un último roce, una caricia que sabía a despedida y a todos los besos no dados.

—Cuando las nubes rueden al alba, piensa en mí —murió la voz contra su piel. Luego Vaylen se desvaneció entre los sauces, como si la tierra se lo hubiera tragado.

***

Helene permaneció bajo el árbol mucho tiempo. La noche se llenó del grito de las ranas y del zumbido de los insectos. El regreso al castillo fue lento, tortuoso. No encendió lámparas al llegar a su habitación; la oscuridad era parte de la cura, así como la soledad.

Durante semanas la corte no supo de ella. Solo Edda se atrevió a entrar en sus aposentos.

—Nadie volvió a verlo —le dijo una tarde, dejando un plato de sopa en la mesa—. Con el tiempo, lo de menos es la ausencia. Aprendes a vivir con ella.

—Yo lo amaba sin remedio —respondió Helene, y aquellas palabras, pronunciadas en el aire cálido de la soledad, le devolvieron una parte de sí misma que creía muerta.

La vida continuó. Llegó el otoño, con sus lluvias rojas y sus hojas como lenguas de fuego. El festival del Solsticio pasó sin festejo para Helene. La Reina Lysira seguía soñando nombres ajenos al suyo, y el tiempo—siempre ese traidor—limó con suavidad el filo de la herida.

Pero cuando las nubes rodaban sobre los riscos y la tormenta goteaba como perlas en los ventanales, Helene salía al corredor principal y miraba el corazón dormido del reino, pensando en Vaylen, el hombre imposible, el amor no correspondido que había definido su vida. La esperanza, aún, no retrocedía del todo; algunos dolores son eternos, y el amor, nacido de la imposibilidad, es el más tenaz de todos.

Así, entre la vigilia y el sueño, la dama de compañía Helene aguardaba siempre, hija del alba y la tormenta, dueña de un imposible que nunca la abandonaría. Porque en Asheray, los corazones no se curan; sólo aprenden a esperar un poco menos cada día.

Y en las noches de niebla, a veces, el viento le devolvía el eco de una voz perdida: “Cuando las nubes rueden al alba, piensa en mí…”

Y ella pensaba—hasta que el sol nacía y el destino volvía a imponerse, frío y hermoso, como un antiguo sortilegio.

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