Portada del relato Entre Soles Lejanos
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Una noche de octubre me llevó al antiguo muelle a orillas del río. Había luna, y sobre el agua reverberaban las linternas de las barcazas llenas de higos y carbón. Éloi me habló del Talismán de Arcis, un artefacto legendario que, según los rumores, permitía anclar los lazos más allá del tiempo y el espacio, pero con un precio: quien lo portaba debía renunciar a regresar jamás a su origen. Me pregunté entonces si esa era su condena, y si yo acabaría, en ese exilio perpetuo, convertida en la sombra de sus recuerdos.

Duración: 08:35

Entre Soles Lejanos
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La vida, como un tapiz, se teje con hilos imprevistos y nudos imposibles, y en esas encrucijadas que otros eluden, yo encontré, en la costura rota del mundo, a Éloi. Corría el año en que los peñascos se quebraban por las lluvias y la bruma cubría la ribera del Rin, allí donde los exiliados refugiaban sus sueños entre barcos varados y bibliotecas de polvo. Era una ciudad fronteriza, de estación incierta – ni la primavera se atrevía a florecer en sus balcones, ni el invierno osaba reinar por completo.

Había sido enviada a esa ciudad por mandato silencioso de una familia que, para protegerme, prefirió perderme en el olvido dorado de sus soledades. Llevar mi apellido en la boca era una condena, un idioma extranjero que nadie quería aprender. Aún así, el naufragio me dotó de alas nuevas: a falta de casa, el río; a falta de lengua, las cartas; a falta de futuro, la noche extendida y generosa.

La primera vez que vi a Éloi, mis manos estaban manchadas de tinta, y mi falda vieja recogía el polvo tibio de la biblioteca donde trabajaba. Era una hora azul, de esas en las que la ciudad se domestica bajo el ritual de encender lámparas. Él apareció entre las estanterías, deslizándose como si perteneciera al lugar desde antes de su fundación. Los libros lo reconocieron antes que yo; una brisa inquieta desenrolló el estandarte opaco de su abrigo largo, y un tamborileo suave anunció su llegada.

“No sabía que los exiliados leen,” dijo, apenas un eco, mientras acariciaba la loma de unos volúmenes de poesía. Había en su voz la neutralidad de los que vienen de lejos, el idioma convertido en consuelo y no en promesa.

“Quizá es que para nosotros los libros son jardines portátiles,” respondí, percibiendo la sonrisa en sus labios aunque apenas lo miraba. Mi corazón, exiliado también, reconoció en él la posibilidad de un hogar.

Las semanas siguientes fueron una coreografía secreta, ensayada cada tarde junto al rumor del río: un encuentro furtivo tras la ventana empañada de la biblioteca, recortes de conversación sobre siglos muertos, miradas robadas entre libros de alquimia y contrabando. Éloi era un viajero caído en mi ciudad como una estrella furtiva. Venía del Sur, de una tierra donde el vino baila en las ánforas y la sal centellea en los párpados. Como yo, había aprendido a vivir entre las fugas de la luz, a mirar más allá del umbral siempre clausurado de la nostalgia.

Bajo los álamos que bordeaban el río aprendimos a delinear el contorno de ese amor distante que es más promesa que realidad, más carta al viento que abrazo logrado. Nuestros encuentros se fueron poblando de confesiones: yo narraba los orígenes de mi exilio, la casa tras los setos negros, el patio donde los sauces recuerdan todavía lejanos himnos de mi infancia. Éloi compartía la gravedad suave de su propio destierro, una maldición que le obligaba a huir siempre antes de amanecer, a no dejar jamás raíces allí donde florecían los cerezos.

Una noche de octubre me llevó al antiguo muelle a orillas del río. Había luna, y sobre el agua reverberaban las linternas de las barcazas llenas de higos y carbón. Éloi me habló del Talismán de Arcis, un artefacto legendario que, según los rumores, permitía anclar los lazos más allá del tiempo y el espacio, pero con un precio: quien lo portaba debía renunciar a regresar jamás a su origen. Me pregunté entonces si esa era su condena, y si yo acabaría, en ese exilio perpetuo, convertida en la sombra de sus recuerdos.

—¿Tú lo buscas? —le pregunté, temerosa de la respuesta.

—No lo busco. Lo temo. Pero hay noches en que deseo tenerlo más que desear tu presencia. El deseo de permanecer, de no desplomarme otra vez en la distancia.

Sus palabras me hundieron en una ternura abrasadora, un dolor calmo. Lo amaba con la intensidad de las esferas lejanas, siempre consciente de que tal amor solo puede crecer en la luz desigual del horizonte.

Durante los meses siguientes, la guerra de las familias rivales se reavivó en la ciudad, y los exiliados fueron vigilados con recelo y odio sordo. El aire se arremolinaba con noticias de traiciones y fugas al mar, y la biblioteca se convirtió, para ambos, en el refugio último, el invernadero donde alimentábamos el germen frágil de nuestra devoción. Recuerdo el calor intermitente de sus manos entre los anaqueles y el modo en que nuestros labios buscaban silencio tras los libros, siempre en la frontera de lo prohibido.

Sin embargo, el exilio es un animal hambriento: nos devoraba los días con voracidad. Había largas ausencias de Éloi, y cartas que llegaban, dobladas con tensión, portadoras de versos y dibujos de su puño: “A veces la distancia no es entre dos cuerpos, sino entre dos tiempos: el tuyo, en el umbral de un deseo; el mío, en la penumbra de un adiós que no se pronuncia.”

En una carta me habló de una misión secreta: debía trasladarse al otro lado del río, a la Ciudad Alta, para negociar el paso de los últimos fugitivos antes de que los puentes fueran clausurados por las patrullas. Era una empresa peligrosa, más aún para un hombre marcado por el estigma de la huida. Aquella noche la pasé en vela, con el corazón en huelga y los dedos envueltos en el aroma de sus cartas. Imaginé su perfil recortado en el crepúsculo, la sombra extendida por las almenas, el sonido de sus pasos resonando en calles que nunca compartiríamos de día.

Pasaron semanas antes de que Éloi reapareciera. Su rostro estaba cambiado, la palidez aumentada por el cansancio, el fuego de sus ojos aún intacto pero herido por dudas. Me relató sus peripecias, los encuentros cifrados en callejones, los nombres cambiados, las partidas improvisadas entre amapolas marchitas y ruinas. Ahora, más que nunca, su estancia en la ciudad era precaria, el margen entre amor y exilio, entre vida y desaparición, era una cuerda tensa que podíamos romper en cada gesto.

—¿Qué nos queda? —le pregunté al abrigo de una biblioteca ya vacía, mientras la nieve empezaba a colonizar los vitrales.

—Nos queda esto —respondió con voz trémula, rozando mi mejilla—. El poder de lo leve, de lo que sobrevive al tiempo.

Esa noche, por primera vez, nos amamos en la penumbra cenicienta de mi ático, bajo el rumor de la lluvia en los cristales. Fue un amor hecho de vehemencias y reticencias, de silencios subrayados por el abismo del posible adiós. Mi cuerpo buscaba en el suyo el lenguaje anterior a toda palabra, la certeza de que incluso en el exilio, la piel puede inventar naciones, y la caricia tejer estandartes invisibles.

En la hora más oscura, cuando el deseo se vuelve murmullo de ausencias, Éloi me confesó:

—Vendrán días peores. Quizá mañana deba partir para siempre. Me buscan, ya han encontrado mi nombre. Si no regreso, prométeme que vivirás, que amarás de nuevo. No dejes que el destierro se convierta en tu única identidad.

—No puedo prometerte nada que no sea fidelidad a nuestra memoria. Aun si el exilio me condena, sabré reconstruir nuestro amor en el idioma de los que sobreviven.

Lo vi partir al amanecer, envuelto en la niebla densa del río, su figura disminuida en la bruma. No hubo cartas ese invierno, solo la espera prolongada, los días sin nombre, la certeza de que la distancia entre nosotros era ahora tanto geográfica como irremediablemente temporal.

Durante meses, la ciudad cambió de gobierno; las patrullas aumentaron, y la biblioteca cerró sus puertas al caer la noche. Yo recorría las calles con el anhelo, escudriñando rostros, hasta que una tarde recibí un pliego sin remite: era la letra de Éloi, temblorosa, fragmentada.

“A veces siento que el exilio es solo un tipo particular de amor: ese que se sabe condenado, que florece bajo la amenaza de la extinción. Si algún día vuelves a pisar los muelles, búscame en las leyendas, en los nombres de los barcos que parten sin retorno. Quizá el Talismán de Arcis nunca existió, pero ahora sé que el auténtico poder reside en quienes se atreven a amar incluso desde la lejanía más descarnada.”

No he vuelto a ver a Éloi. Pero en la frontera de cada madrugada, en el olor de los libros antiguos, percibo su nombre. Mi exilio sigue, pero ya no es un páramo sino un jardín cultivado por su paso. Amar a distancia es sostener la vida en suspenso, resistir el hambre de presencia con la opulencia de la memoria. El exilio, descubrí, no es olvido: es solo otra forma de la espera.

Y así, cada tarde camino hacia el río, leo sus cartas, y espero. Porque en esa esperanza de lo imposible, en los umbrales inacabados de las ciudades en fuga, los exiliados y los amantes seguimos creyendo, testarudos, en el regreso de algún verano imposible; en la resurrección, por breve que sea, del amor que se niega a morir.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.