Portada del relato El eco de las aguas silentes
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Fragmento:


—Mejor trae tus insultos al fondo del vaso. Cuando amanezca, descubrirás si merecen ser recordados o ahogados —replicó con calma.

Duración: 09:34

El eco de las aguas silentes
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Texto de ajuste de pausa.

La taberna de Cristal Verde resplandecía bajo los últimos rayos del sol, incrustada como una joya en la plaza principal de Keldavir, una ciudad tan antigua como las colinas verdes que la rodeaban. Grupos de viajeros, mercaderes y soldados abarrotaban las mesas, alzando sus jarras y compartiendo historias sobre batallas, amores perdidos y fortunas encontradas. En la tarima, la figura esbelta de una mujer tocaba laúdes de oro oscuro con una destreza embrujante. Nadie pronunciaba su nombre; todos la llamaban La Dama Grana, porque sus cabellos caían en cascada roja hasta la cintura y sus ojos se oscurecían cuando cantaba baladas que arrancaban lágrimas a los espíritus de los muertos.

Eran noches así —cuando las estrellas se deslizaban como plata líquida sobre los techos de madera, y la luna parecía temblar atrapada entre las enredaderas de la posada— cuando Eldric, hijo bastardo de la reina Alianor, encontraba paz. Alejado de intrigas de la corte y del peso invisible de su linaje, aquí podía perderse entre las notas de la música y la sombra tibia del vino, invisible como él deseaba.

Sentado al rincón, su capa oscura manchada de polvo, Eldric alzó la mirada y atrapó el reflejo de la Dama Grana en el espejo que adornaba el muro. Sus dedos volaban—más veloces, más precisos—y por un instante, la lucha entre las melodías y la vida parecía resolverse en una sola vibración, sutil y atrayente. Quizá era eso lo que hacía que olvidara el pergamino enrollado en su bolsa—aquel con las órdenes firmadas con el sello de su madre, la reina: encontrar al misterioso dueño de la canción más antigua de la frontera, una melodía que prometía abrir pasajes entre mundos y sanar la grieta entre criaturas feéricas y humanos.

Aquella noche, la taberna respiraba una calma extraña... hasta que el bullicio se quebró con un grito.

—¡Fuera de aquí, bestia! —bramó un soldado, tropezando hacia la tarima entre carcajadas y empujones. Sus ojos brillaban con el fulgor nublado del vino, y su mano empuñaba una daga demasiado pequeña para jactarse, pero lo bastante afilada como para ensuciar la piel del aire.

La Dama Grana dejó de tocar. Los acordes se extinguieron como antorchas bajo la lluvia; un silencio denso se apoderó de la sala. Sonrió, apenas una curva desafiante en sus labios escarlata, y sostuvo la mirada de aquel hombre con la serenidad de quien no tiene miedo a sangrar.

—Guarda esa navaja, muchacho —dijo, su voz baja pero firme, con el acento dulce del sur donde los ríos bailan con el mar—. No querrás batirte con el destino esta noche.

El soldado bufó, pero sus pasos vacilaron antes de continuar. Eldric se deslizó desde la sombra, sus botas amortiguadas por el musgo acumulado bajo las tablas. Se movía sin pensar, sólo con un instinto surgido de muchas peleas y aún más derrotas. Sin palabras, se interpuso entre la mujer y la daga. El soldado se detuvo, sorprendido, quizás por la capa gastada, o tal vez por el brillo cauteloso que brillaba en los ojos de Eldric.

—¿Quién eres tú para interponerte, chucho? —gruñó el soldado.

Eldric no respondió enseguida. Tomó una jarra de la mesa y la ofreció.

—Mejor trae tus insultos al fondo del vaso. Cuando amanezca, descubrirás si merecen ser recordados o ahogados —replicó con calma.

Hubo un momento tenso. Luego, una risa dispersa se propagó entre algunas mesas y el soldado, sangre nublada por el alcohol y el ridículo, soltó la daga con un tintineo y tomó la jarra. La música regresó a la sala—no de la Dama Grana, sino de las conversaciones que renacían y los músicos menores que ocupaban el vacío con tonadas ligeras.

La mujer de la tarima inclinó levemente la cabeza hacia Eldric.

—Mi héroe de capa raída —murmuró, sosteniendo su laúd con gracia—. Únete a mí en la brisa, si tu corazón lo permite.

Él la siguió afuera, donde el aire olía a jazmín y campos mojados, y las estrellas parecían tan cercanas que su aliento podía empañarles la luz. La Dama apoyó el laúd contra su pecho y comenzó a rasguear, suave, conjurando una melodía extraña, como si fabricara un puente entre este mundo y otro oculto.

—¿Sabes que pasará si cantas la canción equivocada esta noche? —musitó ella—. Hay criaturas en la frontera que se alimentan de versos y de nombres. He visto hombres arder desde dentro sólo por tararear la estrofa prohibida.

Eldric sonrió, aunque su sonrisa llevaba cicatrices recientes.

—Viniste a hurtadillas hasta este pueblo sabiendo el riesgo. ¿Qué te hizo cruzar el río Sombra, dama sin nombre?

Ella clavó en él una mirada que parecía de otro siglo.

—Recuerdos —susurró—. Y lo que aún no he encontrado. —El laúd suspiró en sus manos. Luego, repentinamente, ella le extendió el instrumento—. ¿Sabes tocar, forastero?

Por respuesta, Eldric se sentó en la balaustrada y tomó el laúd entre sus manos. Sorprendió a ambos al pulsar la cuerda grave; de ella emergió una nota que vibró en el aire, pura y cristalina.

—Una copla para los amantes; un lamento para quienes dejaron de buscar —improvisó, buscando la tonalidad de su voz, que hacía años no usaba sino para dictar órdenes.

Poco a poco, la música fue unigiendo sus voces en una especie de pacto. Primero ocultos entre risas y miradas, luego confesándose en cada nota. Tocaron melodías antiguas, de esas que arrancan sueños incluso a quienes no quieren volver a soñar. Y mientras los acordes flotaban en la noche, Eldric percibió que la magia dormida en los rincones del mundo se agitaba, despertando con la música, reclamando la herida de la frontera, el abismo invisible entre lo humano y lo feérico.

En el trasluz de la luna, la Dama Grana comenzó a hablar de ciudades de cristal y jardines flotantes en los que los amantes se encontraban a medianoche bajo la mirada indiferente de los dioses. De la brisa salada que levanta las hojas de los ruiseñores que no pueden volar. Y allí, con la cadencia práctica de quienes no temen al olvido, compartió su historia. Era hija de las colinas, nieta de una sílfide cautiva y de un mercenario. Aprendió magia no de libros, sino del rumor de los ríos y el canto del laúd. Huyó de la ciudad dorada tras descubrir que su voz podía, en noches propicias, atravesar el velo y mover a las criaturas del crepúsculo a la piedad...

Eldric la escuchaba, sintiendo que las palabras tejían promesas entre sus propias heridas —las de un hombre criado entre el deber y el abandono, incapaz de encontrar reposo entre los dos. Miró sus manos sobre el laúd; recordaban una vida de acero y hambre, pero ahora temblaban con una ansiedad antigua, la de quien teme amar más de lo que el destino permite.

—Maestra de la música —dijo él entonces—. Busco una canción perdida. Una melodía capaz de sanar la frontera, quizá de romperla del todo. Dicen que sólo una voz anclada en dos mundos puede entonarla sin morir quemada por su propio eco. ¿La conoces?

Ella asintió lentamente.

—Quizá... pero hay un precio —dijo, y sus ojos danzaron, turquesa bajo la niebla—. La melodía requiere dos corazones entrelazados, uno del día y otro de la noche. Uno humano, uno forjado de música. Si fallas, perderás todo lo que amas.

Eldric sintió el alma oscilar entre los bordes de los acantilados. Todo lo que amaba era, quizá, lo que aún no se atrevía a abrazar.

—¿Me acompañarías? —preguntó, la garganta seca, la súplica ardiendo tras los dientes.

La Dama Grana tendió la mano, y en ese gesto, la noche pareció contener el aliento. Tocó la palma de Eldric y su magia ascendió como el pulso de un torrente nuevo. Juntos, caminaron por la penumbra de los jardines, abriéndose paso entre lilas y arrayanes, hacia la frontera donde la realidad titilaba, borrosa, a la luz de las luciérnagas.

Al llegar al claro donde la frontera se desvanecía en niebla plateada, ambas voces buscaron la melodía. Él recordó las enseñanzas de su infancia, la voz firme y cálida de su madre, el timbre crudo de la nostalgia. Ella, en cambio, ascendió en notas etéreas, tejidas con el hálito de los antepasados. En ese momento, el velo entre los mundos se afinó como una cuerda vibrante. Las cutículas del aire resplandecieron, y las figuras de otro tiempo yacían al filo de la visión: criaturas aladas, ciervos de mirada humana, ancianas que trenzaban el destino con las yemas de bronce.

Su canción era un duelo y un deseo. Versos de amor y de pérdida. Preguntas sin respuesta. Sentencias de redención. Eldric sintió que la herida de la frontera se cerraba poco a poco, y que la nostalgia cedía su lugar a una esperanza temblorosa. La Dama Grana, con lágrimas en los ojos, cantó la última nota, bañando sus palabras en la luz trémula de la aurora.

Cuando terminó, la frontera había sanado en parte, pero no completamente. Porque no se curan de un tajo las heridas tejidas durante generaciones. Pero sí se puede empezar. Se miraron, exhaustos y henchidos, y comprendieron que entre canción y canción también nacería la posibilidad de un amor nuevo, forjado no por la necesidad, sino por la elección compartida de caminar juntos.

Regresaron a la taberna cuando las primeras sombras huían, ni héroes ni leyendas, sino simplemente dos almas condenadas —o bendecidas— al sueño y a la vigilia del deseo. Y cada noche, durante años, quienes pasaban por la plaza de Keldavir hablaban de la mujer de cabellos tan rojos como rubí, y del hombre de la capa manchada de guerra, cuyas voces tejían serenatas capaces de embriagar hasta a los dioses más sombríos.

Porque no hay frontera invencible cuando el amor se convierte en un canto compartido y la noche en un escenario donde dos corazones pueden, al fin, reconocerse.

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