La lluvia caía sobre la ciudad de Aylesmere como si el cielo aún llorara por la muerte de los antiguos dioses, y la neblina arrastraba a las sombras entre las lámparas de gas, ocultando criaturas y secretos mejor no nombrados. Lady Marienne Ashcroft aceleró el paso, recogiendo el dobladillo empapado de su falda para evitar los charcos de la calle, aunque poco sentido tenía: los bordes ya estaban arruinados tras recorrer media ciudad. Nadie de su posición debería hallarse en las inmediaciones del Mercado de las Bestias, y menos aún tan cerca de la medianoche. Pero Marienne, cuya vida se había regido siempre por las severas reglas de los Ashcroft, hoy rompía la última y más peligrosa de todas: nunca entregar tu corazón, ni siquiera un trozo, a aquello que no te corresponde.
Atisbó la hilera de faroles que marcaba el umbral del mercado. Aunque en la superficie parecía un bazar cualquiera, donde se negociaban animales exóticos, bajo tierra latía otro mundo. Era el lugar donde los feéricos y los humanos se cruzaban —para comerciar, para perderse, o como en su caso, para buscar una gota de milagro. Se detuvo un instante bajo un toldo, recordando a su padre, duque de la región, quien temía más los rumores que las cuchillas. De haberla visto aquí, habría dictado una sentencia de encierro instantánea. Pero ella no buscaba sólo una aventura; buscaba a alguien, al único que la había mirado como a un igual.
El aroma a especias, piel mojada y flores extrañas la envolvió al cruzar la arcada de hierro. Hubo una breve vacilación en el umbral, pues en el mercado, nada era lo que parecía. De pronto, los faroles titilaron una fracción de segundo y la silueta que esperaba—alta, envuelta en una capa oscura—emergió entre los vendedores de sortilegios y los mercachifles. Cassian la observaba desde lejos, su rostro de ángulos afilados y orejas levemente puntiagudas resguardado por la penumbra. Sus ojos, de un azul imposible bajo la linterna, brillaron al reconocerla.
Marienne fingió indiferencia mientras lo saludaba. —Llego tarde—susurró, la voz apenas audible en el bullicio.
—Como siempre—replicó él, su acento ligeramente arrastrado por la música de otro mundo. Sus labios curvados en una sonrisa conocedora, la clase de sonrisa que uno nunca aprende en los salones de baile o en los asilos dorados de la alta sociedad. Marienne sintió una descarga bajo la piel: nostalgia, deseo, temor.
Caminaron juntos, Cassian llevándola entre puestos donde pieles translúcidas de draculus cuidadosamente enrolladas cambiaban de dueño, donde niñas humanas jugaban con colas de sirena verdaderas, y una cortesana feérica ofrecía polvos de sueños embotellados en risas. Cassian, acostumbrado a moverse entre dos mundos, la protegía con una naturalidad envidiable.
Al llegar a la parte trasera del mercado, entraron en una tienda apartada donde una anciana en enaguas raídas tejía una alfombra dorada con hilos que parecían de luz. Allí, Marienne preguntó en voz baja por la loción de olvido, pues buscaba borrar la larga huella de su linaje. La anciana les negó: “Solo los que no desean lo olvidan con facilidad. Tú, niña mía, deseas demasiado”.
Salieron con las manos vacías. Fue entonces cuando Cassian posó una mano sobre el guante de piel de Marienne. —No deberías estar aquí. Una lady como tú podría perder más que su reputación.
—¿Crees que no lo sé?—respondió ella, con un estremecimiento irónico. —Pero dime, ¿acaso tú tienes algo más fácil de perder?
Cassian calló y ella vio, por un breve instante, la verdad que él siempre escondía. De niño, había sido vendido a la corte feérica por unos padres humanos desesperados. Allí aprendió lealtad, astucia y la manera insidiosa en la que un secreto podía valer más que la sangre. Pero esas cosas no las decía en voz alta, y Marienne solo podía intuirlas en el reflejo de su mirada cada vez que ella se atrevía a preguntar por su pasado.
Continuaron caminando bajo la lluvia, el rumor del mercado detrás, la ciudad adelante, y en medio un pacto tácito: ninguno mencionaría el abismo social entre ellos. Marienne pensó en su casa —el gran salón de espejos, los jardines simétricos— y todo le pareció de otro siglo, ajeno e inútil comparado con la cercanía incómoda de Cassian, el calor de su cuerpo junto al suyo bajo el paraguas raído.
De pronto, rió, cortando el silencio pesado. —¿Has pensado alguna vez en marcharte, Cassian? Me refiero a cruzar el Silente—susurró el nombre prohibido, el de la frontera invisible que separaba el mundo humano del feérico.
—Y perder el poco respeto que tengo entre ambos bandos. No, lady. Y si tú lo hicieras, te cazarían. Por tu nombre, por tu sangre.
Ella se mordió el labio inferior, la frustración erizándole la piel.
—¿Por qué he de quedarme donde no pertenezco ni a mi propio reflejo en el espejo?
Cassian la miró fijamente, y en ese instante, ambos supieron que nada en el universo era tan peligroso como una pasión oculta, y menos en una ciudad que castigaba el más mínimo atisbo de escándalo entre clases.
Siguieron avanzando, sin rumbo fijo, pero las calles parecían empujarlos hacía los barrios prohibidos.
Marienne se estremeció bajo el abrigo mojado y Cassian se quitó la capa, envolviéndola con torpeza masculina. Cuando la piel de sus dedos rozó su cuello, Marienne sintió como todo lo antiguo—los modales, las limitaciones, su apellido—se desmoronaba entre la neblina.
Llegaron a una esquina donde los faroles estaban apagados y las sombras parecían más densas. Allí, Cassian se detuvo, su perfil duro en la penumbra, y murmuró:
—Perteneces a otro mundo, Marienne. No puedo, no debo...
—¿Y si…?—Ella dejó la pregunta en el aire. El silencio era tan denso que casi opresivo.
Pero él no contestó, sólo la miró de nuevo con ese azul oscuro y vulnerable. Con suavidad, Cassian tomó el rostro de Marienne entre sus manos, sus pulgares trazando el contorno de sus pómulos. Ella, por primera vez, no apartó la vista.
Los labios de Cassian rozaron los suyos y todo el mercado, la ciudad entera, pudo haber desaparecido. El beso supo a peligro, a derrota y a algo que cabía en los cuentos que le contaban de niña, cuando aún creía en la bondad de los feéricos y en la justicia de las grandes casas. Él no se apartó, ni ella. Los dos sabían que, tras ese instante, la vida no podría retroceder al punto de partida.
Fue Cassian quien primero se separó. —No puedo ofrecerte un hogar —admitió, la voz entrecortada por la culpa.
—Quizá—dijo Marienne con una valentía que no sabía poseer—no busco un hogar. Tal vez solo quiero un escape, o la promesa de que hay algo fuera del deber y la obediencia.
Cassian negó con la cabeza, pero ya era tarde. Las palabras, como puñales, habían cortado cualquier lazo con sus antiguos miedos. Marienne tomó su mano, la misma que tantas veces había guiado en secreto por los pasadizos ocultos de Aylesmere.
—Esta noche no soy la hija del duque. Esta noche soy una mujer, y has sido el primero en verme como tal.
Caminaron hasta que la ciudad comenzó a despertar; los primeros carros de la lechería, obreros camino al puerto. Bajo un arco cubierto de hiedra, una casa ruinosa que parecía parte de ningún lado, Marienne se detuvo y giró hacia él.
—Te dejo marchar antes que el día lo haga imposible—dijo. Su tono era definitivo, pero la esperanza parpadeaba tras sus pestañas mojadas.
Cassian la besó de nuevo, rápido, urgente y con la desesperación de quien sabe que lo prohibido nunca dura.
—Nunca me olvides —pidiò, mientras la primera luz de la mañana encendía el oro de su cabello.
Marienne no lo vio desaparecer entre las brumas, pero escuchó su risa en el eco de los adoquines. El costado que le había dejado Cassian dolía, aunque distinto a lo que conocía. No era la herida de clase, ni de linaje, sino algo más profundo: la certeza de haber amado, aunque sólo por una noche, más allá de la razón y la seguridad.
Esa mañana, cuando regresó a la mansión familiar y cruzó los salones vacíos, supo que todo seguía igual en la superficie. Pero en las sombras, allí donde permanecía el recuerdo del beso y la promesa de un mundo diferente, Marienne Ashcroft renació. Por fin, comprendió que la diferencia social era más que una línea invisible; era una invitación a desafiar todos los límites y buscar el amor donde los dioses, y los hombres, decían que no debía existir.
Y mientras en la ciudad los rumores comenzaban a tejer historias sobre la loca hija del duque, ella guardó su secreto junto con la última huella de humedad en su capa: el milagro, por breve que fuera, de haber amado a quien nadie esperaba.
Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.