Portada del relato Cofres Bajo la Niebla
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Fragmento:


La mujer, Eirlys, apretó la caja contra su torso. Sus ojos, de un gris plomizo como el cielo antes de una tormenta, tenían ese fulgor que sólo brilla cuando la esperanza se mezcla con el miedo. “Lo único seguro es lo incierto. Pero he visto cómo la verdad se abre paso… incluso entre raíces podridas.”

Duración: 08:14

Cofres Bajo la Niebla
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Texto de ajuste de pausa.

La niebla flotaba perezosa sobre el lago de Aelindis, arropándolo como un velo blanco que detenía los ecos y tragaba las palabras. A esa hora en que el fuego de los faroles apenas se atrevía a pintar de bronce los reflejos de las casas, dos figuras se deslizaban a través de la penumbra, buscando el umbral del bosque sin nombre. Una de ellas, el cabello oscuro trenzado con hilos de plata, iba descalza; la otra, envuelta en una capa más apropiada para la guerra que para la noche, sostenía en sus manos una caja de madera tallada con símbolos antiguos.

Kristan, que nunca había sentido verdadero recelo, torció los labios al mirar a su acompañante. “No sé si lo que hacemos es locura,” murmuró, “o por fin sensatez. ¿Estás segura de querer confiar en… él?”

La mujer, Eirlys, apretó la caja contra su torso. Sus ojos, de un gris plomizo como el cielo antes de una tormenta, tenían ese fulgor que sólo brilla cuando la esperanza se mezcla con el miedo. “Lo único seguro es lo incierto. Pero he visto cómo la verdad se abre paso… incluso entre raíces podridas.”

Habían cruzado el poblado sin ser vistos, siguiendo un sendero de rocas musgosas que serpenteaba por colinas y acequias, y ahora el bosque los recibía con su hálito de resina y tierra húmeda. Pasos tras pasos, avanzaban, sintiendo el palpitar bajo sus pies, como si en el subsuelo existieran criaturas esperando despertar. Aelindis, y en especial su bosque, era célebre por los fantasmas que no eran del todo fantasmas y los pactos enterrados siglos atrás.

No era la primera vez que Eirlys acudía al bosque. Tenía, desde niña, la rara habilidad de entender sus susurros, y de leer los augurios en la danza de los álamos. Nadie en la aldea osaba llamarla bruja, pero todos evitaban su puerta al anochecer. Kristan, sin embargo, la había visto llorar la muerte de una rosa, y desde entonces había confiado en su bondad incluso cuando ella misma no lo hacía.

“Nadie, ni siquiera los dioses, puede romper el sello de confianza que pongas en alguien,” recordó Eirlys, repitiendo una frase que oía a menudo en sueños. “Por eso el bosque aguarda.”

Se detuvieron ante un claro donde la niebla era traslúcida. En el centro, una losa de piedra cubría una antigua sima. Kristan se arrodilló, apoyando sus palmas sobre la roca. “¿Podemos hacerlo juntos?”

Eirlys asintió. Con un cuchillo de jade, abrió una línea en la piel de su brazo—no por herida, sino por ceremonia—y dejó que una gota de sangre cayera sobre la piedra. Kristan hizo lo mismo. La losa tembló, y el frío se intensificó.

De la sima surgió primero una mano, esbelta, vestida de anillos oxidados, y luego un cuerpo envuelto en harapos lujosos de otro tiempo. El espíritu tenía la belleza terrible de los espectros nobles: unos ojos de lapislázuli flamígero sobre un rostro pálido y suave como cera. Dirigió una mirada a Eirlys.

“¿Por qué me invocáis?”

Eirlys inclinó la cabeza. “Venimos a sellar un pacto que sólo puede fundarse en la fe recíproca.”

El espectro caminó por el aire ligero, acercándose a la caja. “Ese cofre… trae consigo el aroma del temor y del amor; de las promesas nunca pronunciadas.”

Kristan tragó saliva. “Queremos… unir nuestras vidas. Pero no en el modo que esperan los aldeanos, ni bajo las reglas de los hombres. Venimos a pedir que seas testigo y guardián de nuestro juramento.”

Las palabras quedaron suspendidas, como copos de nieve a punto de derretirse. La entidad sonrió con labios inexistentes. “¿Y de qué modo te ofreces tú a ella, guerrero?”

Kristan bajó la cabeza. “No tengo riquezas ni tierras. Todo cuanto soy lo pongo en sus manos: mis días y mis noches, mi fragilidad y mi tesón. Pero sobre todo, la promesa de confiar en ella aún cuando el miedo haga temblar la realidad.”

Una ráfaga de viento barrió el claro. El espectro se volvió a Eirlys.

“Sé que tienes más miedo que cualquier otra criatura en este bosque, y aun así has venido. ¿En qué confías, Eirlys?”

Ella apretó los ojos. “Confío en que el amor real se funda en conocerse en las sombras, y no a pesar de ellas. Que la confianza se forja a fuego lento, como el oro, y que ninguna magia es tan poderosa como la que surge de atreverse a creer en alguien completamente.”

El espectro asintió, posando una mano etérea sobre la caja. “Ofrecéis un don poco común. Pero aquí, bajo este roble, las promesas deben ser sinceras o el bosque las devorará.”

Eirlys vaciló. Sabía que en su interior habitaba el temor a perder a Kristan, a ser abandonada. Pero en ese instante alzó la mirada, decidida. “Confío en ti más allá de la razón. Abriré mi vida entera como este cofre.”

La caja rechinó al abrirse. Dentro había un espejo. No era grande ni ornamentado, pero relucía con luz propia. El espectro deslizó sus dedos por la superficie y, de pronto, las imágenes comenzaron a danzar: Eirlys llorando en soledad, Kristan luchando en silencio por un poco de ternura, ambos temblando ante la posibilidad de ser heridos. Pero también se vieron uno junto al otro, construyendo un hogar, sanando cicatrices, aprendiendo a ser vulnerables.

“El precio de la confianza,” dijo la entidad, “es la verdad desnuda. Ahora debéis miraros y aceptaros tal cual sois, con todo lo que teméis y todo lo que amáis.”

Hubo un largo silencio. Eirlys, con lágrimas cayendo libres, sostuvo la mirada de Kristan en el reflejo. No era fácil, no era cómodo, pero al hacerlo, sintió cómo la duda se escurría poco a poco, como la niebla ante el sol. Su corazón latía ajeno a cualquier hechizo. Kristan la sostuvo, y en sus ojos no vio juicio, sólo un anhelo honesto y sencillo de estar juntos, incluso en los días en que amarse sería una ardua tarea.

El espectro, satisfecho, cerró el cofre. “Ahora pertenecéis uno al otro y a vosotros mismos. Si algún día la confianza se rompe, regresad aquí; la sima devorará la mentira y dejará que crezca de nuevo la verdad.”

El claro comenzaba a llenarse de luz azulada; la niebla se disipaba como si huyera del pacto recién sellado. Eirlys, exhausta, dejo caer la cabeza en el hombro de Kristan. Por un instante, el temor de perderlo se disipó, abrumada sólo por la certeza simple y brutal de haber dado todo, incluso lo más frágil.

Regresaron al poblado al alba, de la mano. Nadie supo jamás qué ocurrió realmente en el bosque, sólo que Eirlys y Kristan empezaron a construir una casa al borde del lago, sobre pilotes de madera oscura. Quienes pasaban cerca sentían a veces una brisa diferente, un susurro de seguridad—y si uno miraba con verdadera atención, podía vislumbrar, por un instante fugaz, una figura espectral entre los álamos, custodiando no sólo un cofre, sino un pacto.

A lo largo de los años, aprendieron a tropezar y alzarse. Hubo días de resentimientos y noches donde el miedo los hacía callar, pero el recuerdo del espejo en el cofre, el compromiso de desnudarse el alma, los mantenía. Eirlys, con el tiempo, enseñaría a otros la alquimia de la confianza: cómo el dolor y el desvelo pueden, si se atreven, transformarse en la más valiosa de las magias.

En cada promesa, aunque titubeante, crecía siempre una raíz nueva. Y el bosque, protector de los secretos, seguía aguardando a quienes se atreven a confiar, incluso cuando el mundo les invita a hacerlo todo menos eso.

La realidad nunca fue tan simple como un cuento de hadas. En el universo de Eirlys y Kristan, las sombras y las luces bailaban en eterno vaivén. Algunos decían que los vieron viejos y felices a la orilla del lago, otros, que partieron al alba, llevándose consigo la bruma hacia la próxima frontera desconocida.

Pero bajo la corteza de los árboles, en lo profundo del bosque, el cofre permanece cerrado, guardando la memoria de dos almas que se atrevieron a confiar—no por ausencia de miedo, sino por la certeza de que el amor verdadero sólo crece en tierra donde la confianza se planta una y otra vez.

Porque al final, confiar es el reto más grande de los adultos, el acto más rebelde en mundos que parecen construidos para el recelo. Y quienes han logrado, aunque sea una vez, abrir el cofre sin saber si serán heridas o sanados, encuentran una especie de magia que nada ni nadie puede disipar. La magia de confiar, a pesar de todo.

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