Portada del relato Susurros de luna carmesí
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Fragmento:


—No vengo para asustarte. Aunque sé que lo esperas —acercó una mano a la superficie del agua, sin tocarla—. Has sentido el eco de mi existencia desde la primera noche aquí. Me llamo Erik, y la mansión es tanto mi prisión como mi santuario.

Duración: 07:41

Susurros de luna carmesí
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Texto de ajuste de pausa.

El eco de unos pasos resonaba en el corredor vacío, un eco tan antiguo como los secretos de la mansión Ashwood. Cada peldaño que descendía Sophie llenaba la arcaica estructura de vibraciones, como si los mismos retratos de los antepasados colgados en la pared se revolvieran inquietos ante su presencia. Había ido allí buscando respuestas, un rastro de cartas y espejismos la había atraído desde Londres, y aunque no lo admitía ni ante sí misma, el hambre inconfesable de lo extraño le hervía en la sangre.

El reloj daba las doce. Los candelabros esparcían luz temblorosa y el aire estaba impregnado de ese frío húmedo y denso que rezumaban las viejas piedras. Durante el día, la mansión tenía aspecto de ruina soñolienta, pero por las noches… Algo la despertaba. Vagos susurros, notas de un piano invisible, risas llenas de promesas y advertencias, y ese perfume tan ajeno a cualquier época humana.

Sophie cruzó el salón principal, donde la gran chimenea de mármol blanco devoraba leños aletargados, y se internalizó en los jardines a través de la galería sur. Allí, la luna, llena y sanguinolenta, tintaba el mundo de una inquietante claridad rojiza. Sabía que el corazón del misterio, la raíz de todas las leyendas de Ashwood, latía al otro lado del otoño despeinado del bosque de pinos. Y fue allí donde lo vio por primera vez.

Casi desnudo bajo los reflejos lunares, Erik estaba en cuclillas junto a la fuente de piedra, su piel tan pálida y translúcida que parecía un reflejo materializado de la propia luna. Al menor movimiento de Sophie, él giró la cabeza y ella se sintió traspasada por unos ojos grises, conoferros y cambiantes como la tormenta.

No era guapo al modo convencional: las facciones demasiado afiladas, la boca grave y seria, un aura entre lo letal y lo indefenso. Pero el magnetismo que emanaba de él era absoluto, imposible de resistir. Sophie lo supo de inmediato, de ese modo antiguo y visceral que precede la razón.

—Te han llamado —dijo Erik, la voz más caricia que sonido.

Sophie respiró, en un intento por aferrarse a la realidad—. ¿Quién eres? ¿Qué eres?

Él sonrió, y esa pequeña curvatura en sus labios desató una inquietud dulce y punzante en sus entrañas.

—No vengo para asustarte. Aunque sé que lo esperas —acercó una mano a la superficie del agua, sin tocarla—. Has sentido el eco de mi existencia desde la primera noche aquí. Me llamo Erik, y la mansión es tanto mi prisión como mi santuario.

Sophie se acercó, desafiando su propio temor. El destino que se arremolinaba entre ellos era palpable, una presión eléctrica que parecía querer fundirlos en un solo hilo.

—Las mujeres de mi familia… —musitó—. Dicen que estamos malditas. Giros trágicos, muertes sin explicación. ¿Tú tienes la culpa?

Erik entrecerró los ojos. Su figura se estremecía, como si fuera tan real como la luz o el recuerdo de una melodía olvidada.

—La maldición es consecuencia de una promesa antigua —susurró—. Hace más de doscientos años, juré proteger a la heredera de Ashwood, una y otra vez, cada generación. Pero el precio de intervenir es alto. Cuando la pasión florece, también despierta la tragedia.

Sophie sintió el impulso de tocarlo, de buscar una temperatura, una textura que anclara todo a la lógica. Pero cuando extendió los dedos, Erik materializó una caricia de frío que le estremeció el alma.

—No estás vivo… pero tampoco muerto —dijo, temblando.

—No aún. Estoy atado al umbral. Puedo amar, pero no existir del todo —susurró él, su aliento invisible colándosele bajo la piel—. Mi condena es velar por la pasión de quienes poseen mi corazón, y perderme en el anhelo cada vez que ellas me necesitan… pero sólo cuando la luna arde con sangre, puedo tocar esta realidad.

Hubo silencio, sólo el crujir de las ramas y el rumor del agua. Sophie percibió que estaba al borde de un abismo: uno de peligro, placer y revelaciones.

—¿Y si me amenazas? —se atrevió, la voz rota por el deseo.

Erik la rodeó, tan inmaterial como un sueño, pero tan urgente como el roce de un amante.

—Tal vez sí. Pero sólo porque el amor, cuando es verdaderamente oscuro, siempre amenaza. He anhelado tantas veces cruzar el umbral. He deseado la carne, la fiebre, la rendición. Sabes a qué has venido aquí, Sophie. Sabes que no puedes hacerme retroceder.

La luna, ajena a los límites de la moral, ascendió aún más, tiñendo el mundo de un carmesí más profundo.

Ya no hubo contención. Sophie exhaló un nombre que nunca antes había pronunciado en voz alta, y algo en el aire chisporroteó. Erik la envolvió, y aunque no era un abrazo físico, el estremecimiento la sacudió hasta la médula. Pudo sentir cada uno de sus miedos destrozándose y fusionándose con una pasión más vasta que la lógica.

—Hazme tuya —susurró ella, no sabiendo si se entregaba a un amante, a un demonio, o sólo a sí misma.

Erik la condujo, etéreo y ardiente, hasta el corazón en ruinas de la mansión. Cada sala era un recuerdo, una emoción, un lamento y una danza. La llevó hasta la habitación de la torre, donde el lecho permanecía intacto desde hacía siglos. Allí, bajo la claridad rojiza, la seducción tomó forma.

Los labios de Erik eran una ráfaga helada, pero la quemaban por dentro. Cada caricia la despojaba de certezas, llenándola de hambre y necesidad. La ropa parecía desaparecer entre sus manos, y la desnudez era total, no sólo corporal sino también espiritual. Juntas, las pieles, las heridas y las ansias se hilvanaron.

Sophie arqueó la espalda, y la voz de Erik se deslizó por su cuello como una invitación prohibida.

—Déjame beber de tu pasión —ronroneó—. Y tal vez, por una noche, podré ser real.

No hubo tiempo para la vacilación. Sophie se ofreció, sin miedo, sin resentimiento. El éxtasis fue puro y devastador. Un vértice entre el amor y la muerte, la consumación de todo cuanto se atrevía a soñar en el silencio. Erik la poseyó en todas sus formas: cuerpo, espíritu y memoria, de un modo que ninguna caricia terrenal podría igualar.

Y entonces, en la cúspide del placer, Sophie sintió cómo algo de su vida, de su propio tiempo, se deslizaba en el interior de Erik. Él cobró peso, color, encarnadura. Por unos instantes, fue tan tangible como las sábanas, como las lágrimas o los gritos. Se amaron una y otra vez, sin noción del tiempo, rompiendo todas las fronteras del deseo y la existencia.

Pero el alba llegó, y con ella, la Sangre de la Luna comenzó a desvanecerse. Erik la contempló, casi humano, casi ileso, casi libre.

—¿Y ahora? —preguntó Sophie, sabiendo que la felicidad era un animal precario.

—Ahora empieza la verdadera lucha —dijo él—. Porque ya no puedo volver a ser sólo una sombra. He tomado de ti, y tú de mí. Estamos entrelazados, y la mansión jamás nos dejará marchar del todo.

El regreso a la vigilia fue intempestivo. La habitación amanecía vacía, salvo porque en el aire flotaba una fragancia imposible: el perfume de la pasión compartida entre dos mundos. Sophie descendió la escalera, distinta. Más fuerte, quizás, y también más vulnerable. Sabía que ahora llevaba a Erik dentro de sí, y que la próxima luna carmesí no sería una amenaza, sino una promesa.

Las cartas antiguas que la habían traído hasta Ashwood temblaban en su puño. Ya no buscaba respuestas. Ahora quería soñar, desear y luchar. La mansión la observaba, complacida, como un amante satisfecho.

Y en los rincones donde la sombra se resistía al amanecer, se oía el rumor de un nombre recién aprendido.

La sangre y el amor, en Ashwood, nunca se disipan del todo.

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