Portada del relato La marea de los susurros
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Fragmento:


“¿Quién eres?”, susurró, y la respuesta fue un escalofrío, una lengua fría en la curvatura de su columna. No era terror lo que sentía sino hambre, una necesidad animal de ser consumida por esa otra realidad. Cerró los ojos, abrió las piernas, suplicando con un gesto. Afuera llovía, y adentro, su propia humedad escalaba como musgo los barrotes de la cama.

Duración: 08:56

La marea de los susurros
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Texto de ajuste de pausa.

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Hay noches en que la carne no se contenta con los placeres sencillos, y la oscuridad se impregna de una fragancia diferente, mezcla de lilas desmayándose y sudor de ángel. Cuando caía la medianoche sobre París, el aire se volvía denso en el ático de Rue Vert, donde Juliette escribía cartas que nunca enviaría. Esa noche, sentía la corriente de una presencia indescifrable, una humedad entre las piernas que era como presagio de tormenta y ofrenda de unas manos invisibles que la buscaban bajo la falda.

Desde hacía semanas las ánforas de su cuerpo retenían un deseo difícil de explicar, una sed que ningún amante del mundo real parecía saciar. Había hombres detrás de cada puerta, con lenguas hambrientas y espaldas duras, pero ninguno aportaba ese estremecimiento espectral que su piel sentía cuando el reloj daba las tres. Era entonces que surgía una sombra, apenas un roce de aire tibio, ora junto a la nuca, ora al costado del muslo; no la podía ver, pero allí estaba: el amante nocturno que la poseía más allá de la frontera del sueño.

Daban las campanadas y Juliette se deslizaba a la ventana, a mirar el cielo pizarroso, a soñar con los pasos sigilosos del fantasma que la cortejaba. Empezó a escribirle cartas, trazando palabras inundadas de súplica y de invitación. “Dime tu nombre, aparecido. Cuéntame cuál es la forma de tu deseo. Permíteme tocar tus labios por debajo de la realidad…”

Al principio creyó que la locura la acechaba. Cada mañana, una prenda de su ropa amontonada sobre la silla dejaba de estar. Primero un liguero, después una bata de seda, por último una cinta delgada que llevaba en el cabello. No sabía si era olvido o una broma de la casa antigua. Hasta la noche que se deslizó desnuda entre las sábanas y sintió que la tela se apretaba, como si fuese otro cuerpo, invisible.

“¿Quién eres?”, susurró, y la respuesta fue un escalofrío, una lengua fría en la curvatura de su columna. No era terror lo que sentía sino hambre, una necesidad animal de ser consumida por esa otra realidad. Cerró los ojos, abrió las piernas, suplicando con un gesto. Afuera llovía, y adentro, su propia humedad escalaba como musgo los barrotes de la cama.

Empezó a notar los cambios. Al escribir, las palabras se le aparecían en la mente como dictadas por alguien más. Cuando leía a Baudelaire, los versos cobraban otro sentido. Amanecía con marcas en la piel, besos azules y delgadas líneas en la cadera, como si dedos etéreos parecieran reclamar su carne con una ansiedad impaciente.

Nadie le creía, por supuesto. Sus amigas pensaron que estaba aburrida de sus amantes mundanos, ese desfile de poetas, músicos y obreros que subían y bajaban las escaleras de su vida. Pero había algo diferente: la intensidad del encuentro, el abismo sin nombre que se abría cada vez que anochecía y París parecía envolverse en el manto de su propia magia.

Fue una noche anegada en azufre y relámpagos cuando apareció la silueta. Hasta entonces solo eran susurros, toques, miradas de ultratumba. Ahora, con la tormenta en la ventana, una figura se dibujó en la penumbra. Era alto, de cabellos largos casi blancos, la piel translúcida como el reflejo de una perla atesorada por el fondo del Sena. No podía distinguir sus ojos, sólo el fulgor de un deseo antiguo.

Se arrodilló al pie de su cama, un gesto cortesano y salvaje a la vez. Ella sentía el pecho oprimido por la emoción y el terror. “No temas”, dijo el hombre, y su voz era eco de todas las agonías y pulsiones que alguna vez soñó, un murmullo tan íntimo que le lamía los pezones. “Te he observado durante siglos, Juliette. Mi deseo es igual al tuyo, pero no he venido a poseerte. Vengo a aprender a ser poseído.”

Desnuda y temblando, comprendió que la dualidad de los cuerpos era una ficción, que su papel en ese anhelo era tanto el de víctima como el de verdugo. El fantasma olía a polvo de biblioteca y a lirios podridos; el contacto de sus manos helaba y quemaba al mismo tiempo. Entre los dos, el tiempo dejó de existir.

Ella llevó sus manos hasta el rostro de él, y tocó labios que eran la frontera de la vida y la muerte, labios que aprendían a besarla con la torpeza virginal de los que aman tras cien años de soledad. Sus cuerpos se buscaron fuera de todas las leyes. Cuando él penetró su carne lo hizo también en la memoria, el dolor y el vértigo—el orgasmo era una tormenta que la arrojaba a otra dimensión, un relámpago que partía su cuerpo en dos.

“No me dejes”, suplicó Juliette mientras las primeras luces del alba mordían la oscuridad. “No me dejes sin aprender tu nombre.”

Él tembló, y su cuerpo se esfumó en una marea de hojas secas y perfumes añejos. En su vientre, ella sintió un ardor, como si aquellas manos—andariegas, invisibles—sembrasen en su interior un secreto destinado a germinar.

Los días siguientes fueron un delirio suave. Nadie encontraba a Juliette en los cafés ni en las librerías. Su figura se volvió más pálida, más difusa, su mirada era la de una sonámbula habitada por promesas no cumplidas. En la intimidad de su ático, el deseo se amplificaba cada noche.

Las visitas se sucedían, ya no solo en forma etérea: velas que se consumían al doble de velocidad, espejos empañados con palabras en idiomas antiguos, heridas minúsculas en los labios inferiores que sangraban sin dolor. Los orgasmos eran vasos comunicantes entre la vigilia y el sueño.

En uno de esos arrebatos, supo finalmente cómo llamarle: Azarel, un nombre susurrado en la lengua de su abuela, vestigio de historias prohibidas, portador del final y del principio. Lo llamó en la cumbre de un clímax que la hizo vomitar lágrimas de sal, y fue entonces que él se materializó del todo, tan real que la hizo temblar. Ya no era un amante de otro mundo; era un hombre como ningún otro, nacido del exceso mismo de su deseo.

Se sentaron uno frente al otro, explorándose con la lentitud de los ciegos. Azarel besó cada espacio de su cuerpo como si fuera el primer y último beso: el cruce de sus clavículas, el hueco entre sus costillas, la curva de la columna. Entre ellos no existía civilización ni culpa: se revolcaron en la cama, se lameron y mordieron hasta que la sangre corrió como tinta sobre las sábanas.

Azarel supo entonces contarle el porqué de su presencia. Había sido hombre y después sombra, habituado a recorrer la frontera, alimentándose de los deseos insatisfechos de los vivos, incapaz de volver a amar hasta que la fuerza de una pasión suficientemente salvaje lo arrancó de su letargo.

“Te has convertido tú misma en espectro”, dijo con ternura brutal. “Te acerqué al filo de lo conocido y desde allí solo puedes volver si renuncias a lo que conoces.”

Juliette miró al París dormido, intuyendo que no había regreso posible. Se abrazaron en la penumbra, devorándose piel y alma, hasta que las últimas defensas de lo real se rindieron a la magia.

No fue muerte lo que alcanzó, sino una especie de vida paralela, donde los días no importaban y las noches eran un ciclo de iniciación perpetua. Azarel la guiaba por paisajes transparentes: campos de flores cuyos pétalos eran lenguas ardientes, bibliotecas donde cada libro se leía con caricias, corredores de anhelo donde nadie juzgaba el cuerpo femenino ni castigaba el gozo.

A veces, en la frontera del alba, escuchaban la ciudad despertar y sentían la tentación de regresar. ¿Era acaso posible volver a despertar entre sábanas frías, tomar café, fingir una vida entre gente ciega a los milagros? La pobreza de ese mundo se hizo imposible. Juliette aprendió a flotar y a perderse en las dimensiones que Azarel desanudaba para ella. Sus orgasmos eran puertas a estancias jamás soñadas y su grito llenaba de sentido cada piedra de la ciudad invisible.

Un día, Azarel la llevó al Jardín de la Luna Oculta, un lugar donde todo deseo era permitido y ninguna herida era pecado. Allí, mujeres y hombres danzaban desnudos entre columnas de vapor, amándose con la sencillez de quienes no temen al infierno. Se besaron bajo la luna pálida, y Juliette sintió la revelación más pura: el amor, para ser eterno, debía ser imposible de poseer por completo, una llama que consume y alimenta a la vez.

Decidieron no regresar nunca. Los vivos seguían su rutina, ignorantes del éxtasis que podía esconder la noche. Por todo París, Juliette y Azarel dejaron rastros, pequeños milagros y temblores: nombres escritos en el vaho de los espejos, gemidos contenidos en el zumbido de la ciudad, un revoloteo de placer allí donde una mujer solitaria sentía una caricia de nadie.

Dicen que cuando llueve y la tormenta sacude las buhardillas, algunos sienten el roce de una lengua que no es del todo real, la promesa de unos dedos que abren la puerta a otros mundos. Son los amantes que cruzaron la frontera. Son Juliette y Azarel, siempre buscándose, siempre prologando la historia donde lo real y lo invisible hacen el amor bajo la mirada atenta de la luna.

Y así la noche —todas las noches— se convierte en un ritual. Entre dos cuerpos, todo es posible. Allí, en la penumbra, el deseo es la única eternidad.

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