El reloj de la sala marcaba las tres y cuarto de la madrugada. Un viento helado se deslizó por las rendijas de las ventanas, haciendo resentir a Alexandra incluso debajo de la gruesa manta que la cubría en el pequeño estudio. Afuera, la luna llena era un faro dorado entre las nubes grises, bañando la vieja casona en reflejos blancos y azules. En la oscuridad, sólo la lámpara de pie emitía un halo cálido sobre las páginas dispersas de un expediente judicial que Alexandra había abandonado hacía horas. No podía conciliar el sueño, y sabía perfectamente la razón.
Andrés llegó a su vida hacía apenas un mes, pero desde la primera noche ella había advertido la tormenta silenciosa que él traía detrás de su sonrisa. Lo había conocido en el despacho jurídico donde ella trabajaba, cuando acudió como parte de una investigación inesperada sobre uno de los clientes de Alexandra: una acaudalada dama de la alta sociedad que, de forma inexplicable, parecía de pronto involuntaria protagonista de rumores oscuros. Andrés se presentó como consultor externo, un detalle ambiguo que Alexandra nunca logró descifrar del todo. Ni su apellido ni su currículum parecían rastreables en ningún registro oficial, pero los superiores de Alexandra le aseguraron que todo era parte de un “procedimiento especial”.
La noche en cuestión, Alexandra escuchó pasos en la escalera. Sintió cómo el fino vello de su nuca se erizaba, aunque sabía que debía ser simplemente el ruido de la madera vieja cediendo ante las corrientes nocturnas. Sin embargo, le costó convencerse. Desde hacía dos semanas sentía una presencia cerca de ella, especialmente cuando trabajaba sola. No podía probarlo, y era incapaz de expresarlo sin sonar paranoica, pero algo en el aire la conminaba a no bajar la guardia.
Esa tarde habían discutido a solas en uno de los salones improvisados como oficina. Andrés tenía una tendencia extraña a desaparecer sin dejar rastro ni explicaciones, y cuando regresaba llevaba consigo un olor indefinible, una mezcla de tierra húmeda, madera y azafrán. Alexandra solía preguntarse si él siquiera era capaz de sudar: su aspecto era siempre impecable, sus ojos tan oscuros como el café negro. La conversación fue tensa.
—¿Sabe que la señora Villarreal no parece consciente de los riesgos que corre? —inquirió Andrés, sin mirarla—. Hay asuntos que van más allá de este mundo, Alexandra.
—¿Es una amenaza? —preguntó ella, exasperada por el tono críptico.
Él apartó la vista del expediente, clavando su mirada en ella con intensidad casi sobrenatural.
—Un aviso.
—¿Por qué debería confiar en lo que usted dice?
—La confianza, señorita, es un lujo peligroso en este oficio.
Aquel intercambio resonaba dentro de su mente mientras Alexandra se removía bajo la manta, incapaz de ordenar el torbellino de pensamientos. Se preguntaba cuál era la verdadera naturaleza de la amenaza que acechaba a la señora Villarreal, y por extensión, a ella misma. Era solo una abogada, pero hacía tiempo que notaba señales a su alrededor que desafiaban la lógica: espejos empañados sin causa, puertas que se cerraban en habitaciones vacías y, sobre todo, la sensación persistente de que alguien —o algo— la observaba incluso en la penumbra.
Un leve crujido la devolvió al presente. No era imaginación. La puerta del estudio se movió, apenas. Alexandra se irguió lentamente, el corazón acelerado. Alguién estaba ahí.
—¿Andrés? —susurró.
Silencio. Luego, una sombra, alta y estilizada, cruzó el umbral. No tuvo que adivinar su identidad. Andrés era inconfundible.
—No debes quedarte sola esta noche. —Habló bajo, su tono cargado de urgencia.
—¿Por qué?
—No es seguro. Ha comenzado.
Antes de que ella pudiera interrogarlo, un golpe sordo resonó en el piso superior, seguido de un chillido cacofónico que no pudo atribuir a ningún animal reconocible. Andrés pareció desencajado por un instante, algo extraño para alguien de semblante tan férreo.
—Tengo que mostrarte algo —dijo, y tomó la mano de Alexandra con una gentileza que contrastaba con la vorágine a su alrededor.
La condujo a través de la penumbra, escaleras arriba, deteniéndose ante la imponente puerta del ático. Alexandra intentó zafarse, pero Andrés la sostuvo. Al abrir, la habitación se inundó de una brisa densa, fría, repleta de murmullos casi inaudibles. Alexandra distinguió símbolos antiguos grabados en el suelo y paredes, formando una red de protección con círculos y formas geométricas destinadas, según intuyó, a mantener a raya lo que sea que allí anidaba.
—¿Qué es esto, Andrés?
—Un sello de contención —explicó él—. Algo está intentando liberarse. Esta casa, la señora Villarreal y tú... están conectados por lo que ocurrió aquí hace más de cien años.
Andrés la miró de una forma que la hizo dudar de todo lo que conocía de él. Su mirada era grave y, por primera vez, Alexandra percibió miedo en sus ojos.
—¿Quién eres en realidad? —La pregunta le salió más como una súplica.
—No todo puede ser explicado —replicó él—. Pero si confías en mí, te protegeré.
La palabra “confiar” resonó con ironía en la mente de Alexandra. Todo lo que sabía rugía en protesta: su sentido común, su deseo de escapar, su aversión a los secretos. Pero aquel momento estaba sellado por algo superior a ella, a Andrés, e incluso a la propia lógica.
La noche siguió su curso entre murmullos y tensión. Andrés veló en el ático hasta el amanecer, mientras Alexandra dormitaba a ratos, soñando con figuras envueltas en niebla y voces que repetían su nombre. Cuando la luz de la mañana rasgó las tinieblas, Andrés ya no estaba. Sólo quedó el perfume persistente de madera y azafrán.
Durante el día, Alexandra intentó hallar una explicación razonable para lo vivido. El expediente de la señora Villarreal le parecía ahora menos importante que los sucesos inexplicables acontecidos la noche anterior. Decidió indagar por su cuenta el pasado de la casa: descubrió, tras horas de búsqueda en archivos polvorientos de la biblioteca municipal, que la mansión perteneció, en 1853, a una mujer llamada Alma Villarreal, cuya desaparición había sido atribuida a un siniestro jamás esclarecido. La leyenda hablaba de rituales, pactos de sangre y la promesa de una vida eternamente protegida por fuerzas no humanas. Un escalofrío la recorrió al leer las palabras “protegida por el vigilante nocturno, de nombre mancillado y rostro oculto”.
Al volver esa noche, encontró una carta debajo de su puerta. Instintivamente, buscó a Andrés con la mirada, sin encontrar rastro de él. La carta tenía una caligrafía antigua, y sólo decía: “Anoche cruzaste el umbral. El precio será tu verdad o tu alma.”
Las noches siguientes, la presencia de Andrés fue menos frecuente y más ambigua. A veces aparecía en el vestíbulo, otras la vigilaba desde el jardín bajo la luna. Alexandra empezó a sentir una fascinación peligrosa por aquel ser que era, sin duda, más que humano: su voz se había vuelto un bálsamo oscuro que la seducía y perturbaba a un tiempo. Ya no distinguía cuánto de su propia voluntad le pertenecía y cuánto era dictado por la influencia de Andrés. En sus sueños, él la llamaba desde la sombra y le mostraba formas y recuerdos que no reconocía como propios.
Sin embargo, Alexandra no logró despojarse de la sospecha. ¿Era Andrés guardián o carcelero? ¿La protegía del mal externo, o era él mismo su condena? Cada encuentro entre ambos era una danza tensa de deseo y recelo, donde las caricias incipientes estaban imbuidas de advertencias y las palabras se convertían en ecos de enigmas.
Durante una de esas noches asfixiantes de calor y ansiedad, la tensión se quebró. Alexandra, incapaz de resistir más, enfrentó a Andrés en el antiguo invernadero de la casa, donde las plantas cubrían el techo con sombras góticas.
—No puedo seguir así —admitió ella—. Quiero respuestas. ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí?
Andrés, detrás del cristal empañado, parecía vacilar. Finalmente se acercó, y la distancia íntima entre ambos electrizó el aire.
—No puedes amarme sin aceptar todo lo que soy —susurró—. Y para eso, debes estar dispuesta a perder tu fe en la realidad.
La besó entonces, con una ternura y ferocidad que la hizo dudar de su propia existencia. Sus labios transmitieron verdades que ninguna explicación verbal podría suplir: imágenes de otras vidas, de un amor trágico condenado a repetirse a través del tiempo, de pactos sellados con sangre en noches como aquella. Alexandra vio, a través del tacto, la figura espectral de Alma Villarreal y comprendió que ella misma era su reencarnación; que su destino y el de Andrés estaban atados fuera del tiempo, cicatrizados en cada generación.
Él, por su parte, confesó ser el guardián eterno de la familia Villarreal, condenado a vigilar, amar y perder a su alma gemela una y otra vez por el precio de un pacto que ya no recordaba del todo. La desconfianza, entonces, ya no era hacia Andrés, sino hacia el tejido mismo de la realidad que los había aprisionado allí, juntos y separados por una condena sin fin.
Amanecía cuando Alexandra despertó sola entre las plantas del invernadero, envuelta en el perfume residual de azafrán. Afuera, el primer canto de los pájaros traía consigo la promesa de un día diferente. Supo que ya no podía ignorar el vínculo o la maldición que los ataba. Con el corazón herido pero firme, se preparó para perseguir el misterio hasta sus últimas consecuencias, aun sabiendo que, al final de todo, la única certeza sería la eterna duda entre el amor y la traición que los rodeaba como un velo invisible.
Ella y Andrés, destino y elección, continuarían bailando esa coreografía imposible donde cada caricia era un juramento y cada secreto un abismo. Porque el verdadero romance, entendió Alexandra, siempre se oculta entre la confianza y la sospecha; y sólo quienes se atreven a amarse en la penumbra logran sobrevivir a la verdad de los susurros al anochecer.
Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.