Las farolas de la vieja ciudad encendían sus fogatas eléctricas, agrupando la niebla entre los recovecos de sus aceras antiguas tal como un prestidigitador reclama a los gatos. Nina avanzaba a paso rápido, con el abrigo apretado contra el viento húmedo que olía a lluvia sin nombre. Sus zapatos golpeaban el empedrado con el ritmo de un secreto, uno que pocos se atreven a contar y que, sin embargo, ella guardaba en la sangre: podía oír a los fantasmas.
No había contado jamás a nadie lo que escuchaba a la hora bruja, cuando las campanas de la iglesia marcaban la medianoche y las luces titilaban más fuerte, como encogiéndose de frío o temblando por algo que no se atrevían a nombrar. Marisa, su mejor amiga y única confidente, solía decirle que era su imaginación poderosa; Nina sonreía y asentía, evitando sumergirse en la explicación imposible de que las voces la visitaban desde siempre, ofreciéndole historias a cambio de que las oyese.
Aquella noche, la Séptima Luna se alzaba sobre la ciudad, un fenómeno lunar raro que, según las leyendas urbanas, traía consigo a los viajeros perdidos entre los mundos. Nunca había visto nada fuera de lo común en esas noches, salvo un escalofrío insistente y la sensación de que la realidad era una piel fina, rasgada con facilidad.
Giró en una esquina y allí, en la puerta cerrada de la librería de antigüedades, lo vio. El hombre estaba apoyado contra el marco vetusto, con el rostro oculto en sombras despeinadas por el viento. No era un fantasma, podía decirlo de inmediato, porque los fantasmas carecían de densidad y olían a polvo y a tiempo detenido. Él la miró, o así lo sintió, y una corriente la atravesó desde el pecho. Piel de gallina, vértigo.
—Nina —dijo el hombre, la voz líquida, casi etérea—. Por fin.
El nombre, pronunciado así, era una promesa, una llamada. Ella quiso recular, pero sus pies estaban clavados.
—¿Te conozco? —susurró, la pregunta filtrándose en la neblina.
—Aún no. —Sus labios se movieron en una sonrisa que era cuchilla y caricia a la vez—. Pero me lo prometiste hace tres vidas.
El corazón de Nina galopó. Recordó viejas leyendas de pactos sellados bajo lunas extrañas, relatos de almas encadenadas a un destino cíclico. Se obligó a reír, un sonido tenso.
—Me temo que soy olvidadiza con promesas tan… longevas.
Él se incorporó. Sus ojos resplandecían, grises y tormentosos, con una intensidad que la hizo preguntarse si eran realmente humanos.
—¿Puedo caminar contigo? —preguntó, y su voz arrastró los bordes de la realidad, deshilachando sus dudas.
Nina debería haberse negado, pero no pudo. Asintió, y juntos emprendieron una marcha silenciosa por calles antiguas, las piedras como testigos mudos de algo ancestral.
—Mi nombre es Asher —dijo de pronto, sin mirar atrás.
—Nina —repitió ella, y, por un momento, sintió que el nombre no le pertenecía del todo.
—Sí. Fuiste Nina, has sido otros nombres antes y después. —La miró de soslayo—. Supongo que soy lo más parecido a un fantasma, sólo que mi condena es recordar.
Ella se detuvo, el corazón presionando contra las costillas.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó.
Se apoyó cerca de ella, tan cerca que la electricidad en el aire chisporroteó.
—Viniste a buscar respuestas, ¿no es así? —Asher levantó una mano, el dorso a milímetros de la mejilla de Nina. La caricia invisible erizó su piel—. Pregúntame.
Abrió la boca, y las preguntas brotaron en tropel: ¿qué eres? ¿Por qué yo? ¿Qué promesa? Pero la única palabra que emergió fue “quiero”.
—¿Qué quieres, Nina?
Repasó su cuerpo, lo estudió de arriba abajo buscando señales, alguna pista de lo que la separaba de los demás hombres mortales en su vida. Su corazón, tan cansado de rutina, latía por este extraño que parecía venir de ningún lugar y de todas partes.
—Quiero entender por qué me siento incompleta… como si siempre esperara algo o a alguien —susurró.
Asher sonrió, acercándose aún más. El mundo pareció retroceder; no había más ciudad, ni niebla, ni farolas. Sólo ellos.
—Porque tu alma busca a la mía desde que el tiempo comenzó para ambos —declaró él—. Cada noche de Séptima Luna, cruzo el velo para encontrarte. Podrías llamarme maldición, podrías llamarme promesa.
A Nina le temblaron las manos. Se aferró a su abrigo, respiración agitada, un soplo sobre su oreja.
—¿Eres real? —quiso saber, igual que una niña temerosa de los monstruos que acechan bajo la cama, deseando y temiendo encontrar uno.
—Tan real como lo eres tú —musitó Asher, y al tocarle el rostro, un calor inhumano la envolvió—. Esta noche, puedes recordar, si te atreves.
Él acercó sus labios, apenas los rozó con los suyos. Un destello inundó la mente de Nina: torres antiguas, un océano negro y susurros de deseo sobre piel y piedra. Vio la caricia de Asher en otras formas, en rostros y cuerpos preteridos por los siglos, cada uno extinguiéndose en un final prematuro, una tragedia repetida.
La visión la dejó sin aliento. Él la sujetó cuando sus rodillas flaquearon.
—Siempre mueres antes de que pueda retenerte, Nina —confesó Asher—. Siempre te reclaman antes de que el alba me devuelva a mi prisión.
El dolor en su voz la hizo querer envolverlo. Tomó su rostro entre las manos, estudiando la nívea tersura de la piel, la oscuridad que se prendía como un humo sobre sus mejillas. Sin pensar, lo besó.
Fue fuego y ola, fue nacimiento y catástrofe. Sus bocas se buscaron en una urgencia que era antigua e insaciable. Asher gimió bajo su contacto, sus brazos rodeándola para anclarla contra él. La niebla los envolvió, cediendo a su paso como una cortina cómplice.
—Dime que esta vez no te irás —suplicó él, su voz, temblor y acero.
Nina buscó su cordura, pero el deseo crecía, titilante y feroz. Las manos de Asher recorrían su cuerpo, acariciando sobre el abrigo y luego bajo la tela, descubriéndola con una destreza que parecía recordar cada curva, cada lunar secreto.
Se aferró a él mientras la luna derramaba su luz espectral sobre ambos. La ciudad desapareció completamente. Estaban solos en un cuarto antiguo, recreado por su memoria compartida: una cama amplia, sábanas gastadas, velas parpadeantes.
—No entiendo cómo sucede esto —jadeó Nina mientras él la desnudaba despacio, depositando besos ígneos a lo largo de su clavícula, sobre sus pechos desnudos. Tirita, no de frío, sino de anticipación indomable. Las manos de Asher la recorrían como si fuese un salmo, sus labios una oración de paz y tormenta.
—Es tu recuerdo el que lo hace posible. —Desabrochó su pantalón, sus dedos hábiles, urgentes, y Nina respondió con igual pasión, liberándolo de sus propias ropas hasta que los cuerpos se abrazaron en una danza urgente.
El primer contacto de sus pieles fue la confirmación de una eternidad deseada. Nina arqueó la espalda bajo la lengua de Asher, un lamento escapándole. Nunca antes un hombre la había tocado así, con la devoción de quien sabe que sólo tiene una noche antes del abismo.
A cada caricia, la inundaba la sensación de haber estado allí antes, de haber sentido ese peso, ese calor, en las noches de otras vidas. El placer la consumió al tiempo que la luna parecía acercarse, enorme en la ventana recreada.
—Hazme tuya —susurró ella—. Esta vez quiero elegir nuestro destino.
Él entró en ella despacio, tembloroso, como un hombre que cruza un umbral prohibido. Nina lo recibió con la certeza de que, por fin, el vacío dentro de sí encontraba eco en el cuerpo de otro. Sus movimientos eran oleaje, un vaivén hipnótico que los ataba y desataba en la orilla de un éxtasis inefable.
Gritaron juntos cuando la ola los rompió, un clamor entre el deseo y la amargura de saberlo efímero. La respiración entrecortada, la piel brillante de sudor y luz lunar, Nina abrazó a Asher como si así pudiera enraizarlo en la realidad.
Él besó su frente, y por un momento, el tiempo fue un bucle perfecto.
—¿Qué pasará cuando amanezca? —susurró Nina, una lágrima fugaz deslizándose por su mejilla.
—Todo depende de ti. —La miró con una ternura abrasadora—. Si eliges recordarme, mis cadenas pueden romperse. Si olvidas, me desgarraré de nuevo hasta la próxima Séptima Luna.
Las palabras pesaron entre los dos. El silencio era un páramo. Nina cerró los ojos, las imágenes de siglos, tragedias y esta noche pulsando en su mente. Podía elegir olvidar, regresar a la vida donde sólo el eco de un anhelo imposible la acompañaría, o podía retener el dolor y el amor y asumir la carga y el milagro de recordar.
Se vistieron lento, entre besos y miradas de promesa. Los extremos de la memoria y el deseo, jugando en sus labios, en sus dedos entrelazados. Afuera, la noche se aclaraba; la Séptima Luna comenzaba a fundirse con la palidez del alba.
En la esquina de la puerta, antes de salir al mundo duro, Nina tomó la decisión que marcaría aquello y todo lo venidero.
—No pienso olvidar. Ni a ti, ni a nosotros. Esta vez, mi amor, desafiaré a la luna misma —dijo, voz firme.
Asher sonrió, lágrimas contenidas en sus ojos de tormenta.
—Entonces hemos vencido, aunque sea sólo una noche —murmuró, y sus labios sellaron la promesa.
Y al cruzar la puerta, mano a mano, la realidad se encogió y expandió para ellos, como si el universo mismo aprendiera una nueva forma de amar.
Hasta la próxima luna, hasta el próximo despertar, sus almas errantes ya no serían dos, sino un faro en medio de la niebla.
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